Naturaleza
¿Por qué Islandia retoma la caza de ballenas tras dos años de parón?
Islandia reactiva la caza comercial de ballenas entre críticas, cuotas polémicas y un negocio que sobrevive pese al rechazo social creciente.

Islandia ha retomado la caza comercial de ballenas porque Hvalur hf., la única empresa que captura rorcuales comunes en el país, decidió volver a operar al amparo de una licencia vigente hasta 2029. Dos de sus barcos salieron a mediados de junio, poniendo fin a dos temporadas completas sin capturas. La pausa, vista desde fuera, parecía el comienzo del final. Era solo una pausa.
El último balance disponible, cerrado el 17 de julio, situaba en 22 los cetáceos capturados durante la nueva campaña. El límite recomendado para la temporada es de 150 rorcuales comunes y 168 rorcuales aliblancos o minke, aunque la actividad real se concentra en la primera especie: un gigante marino clasificado como vulnerable por la UICN.
Islandia vuelve al mar con dos barcos balleneros
Los buques de Hvalur hf. zarparon en la segunda quincena de junio rumbo a las aguas del Atlántico Norte. Su objetivo es el rorcual común, segundo animal más grande del planeta después de la ballena azul y principal materia prima —la expresión resulta fría, pero así funciona el negocio— de la industria ballenera islandesa.
La temporada se prolonga habitualmente durante el verano, cuando la luz casi no abandona el horizonte y las condiciones permiten localizar, perseguir y remolcar los ejemplares hasta la estación de Hvalfjörður. Allí son izados desde el agua y procesados en tierra. Casi toda la carne termina fuera del país, fundamentalmente en Japón.
Islandia no registró capturas en 2024 ni en 2025. En el primer año, la autorización llegó cuando la campaña ya estaba muy avanzada y Hvalur consideró inviable movilizar barcos y trabajadores. En 2025, la compañía tampoco salió: el mercado japonés ofrecía pocas garantías y la operación no parecía rentable. No fue una prohibición, sino una combinación de retrasos administrativos y cuentas empresariales que no terminaban de cuadrar.
Una licencia mantiene abierta la temporada hasta 2029
La situación cambió a finales de 2024, cuando un Gobierno islandés en funciones concedió permisos balleneros durante cinco años. Hvalur obtuvo la licencia para capturar rorcuales comunes y otra sociedad recibió autorización para el rorcual aliblanco, aunque la caza de esta última especie lleva años prácticamente paralizada.
El Ejecutivo actual ha anunciado que revisará la legislación y estudia presentar una norma destinada a terminar con la actividad. El calendario, sin embargo, tiene una grieta bastante visible: las licencias podrían continuar produciendo efectos hasta 2029. Islandia se encuentra así en una curiosa pirueta institucional, preparando el entierro de la caza mientras todavía entrega las llaves del barco.
Cuántas ballenas puede capturar Islandia
El Instituto de Investigación Marina y de Agua Dulce de Islandia ha recomendado que durante esta campaña no se superen los 150 rorcuales comunes y los 168 rorcuales aliblancos. Son 318 animales sobre el papel, aunque no constituyen una previsión de capturas reales ni significan que ambas cuotas vayan a agotarse.
La recomendación para el rorcual común supone una reducción respecto a los límites manejados en años anteriores. En 2022 fueron capturados 148 ejemplares; en 2023, una temporada recortada por la suspensión temporal y las nuevas condiciones de bienestar animal, murieron 24. Durante las dos campañas siguientes no hubo caza. La serie es irregular, muy dependiente del clima, las decisiones políticas y, sobre todo, de la capacidad de vender la carne.
En la nueva temporada, Hvalur comenzó con dos capturas durante su primera salida. Menos de un mes después, el recuento difundido por las organizaciones que vigilan la campaña había alcanzado los 22 animales. La cifra debe leerse con fecha: corresponde al 17 de julio y puede variar mientras los barcos sigan operativos.
El rorcual común, objetivo principal de la campaña
El rorcual común puede desplazarse a gran velocidad pese a sus dimensiones y recorre amplias zonas oceánicas en busca de alimento. Su cuerpo largo y afilado, casi como el casco de un submarino, puede superar holgadamente el tamaño de un autobús urbano. Es una pieza formidable dentro del ecosistema marino y también, precisamente por su volumen, la captura preferida de Hvalur.
La UICN lo clasifica globalmente como especie vulnerable, una categoría reservada a animales expuestos a un riesgo elevado de extinción en estado silvestre. Esto no significa que todas sus poblaciones estén al borde del colapso ni que la captura islandesa vaya a extinguir por sí sola al animal. Sí significa que su conservación no puede reducirse a una resta entre ejemplares disponibles y ejemplares arponeables.
El rorcual aliblanco común, por contraste, figura globalmente como especie de preocupación menor. Esa diferencia importa: hablar de ballenas incluidas en la Lista Roja puede sonar a una única alarma, cuando el registro reúne categorías muy distintas, desde preocupación menor hasta peligro crítico. La fotografía científica es bastante más compleja. No por ello tranquilizadora.
Qué dice realmente la Lista Roja de la UICN
Las evaluaciones de los especialistas internacionales en cetáceos señalan que una de cada cuatro especies de ballenas, delfines y marsopas está amenazada de extinción. Otro grupo considerable se considera casi amenazado y alrededor de una décima parte presenta datos insuficientes, una zona de penumbra científica donde la ausencia de información no equivale, claro está, a ausencia de peligro.
Entre los grandes cetáceos existen situaciones muy diferentes. La ballena franca del Atlántico Norte está en peligro crítico; la ballena azul y el rorcual boreal se encuentran en peligro; el rorcual común y el cachalote son vulnerables. Otras especies, como la yubarta o el rorcual aliblanco común, han mejorado globalmente y se sitúan en preocupación menor, aunque determinadas poblaciones regionales pueden encontrarse bastante peor.
La recuperación parcial de algunas ballenas constituye uno de los grandes éxitos ambientales del último medio siglo. También explica por qué los países balleneros sostienen que ciertas capturas son biológicamente sostenibles. Los conservacionistas responden que esa recuperación se produjo precisamente gracias a décadas de protección y que los cetáceos afrontan amenazas acumulativas: colisiones con barcos, redes de pesca, contaminación, ruido submarino, reducción del alimento y alteraciones climáticas. El arpón no llega a un océano vacío de problemas.
El conflicto también afecta al bienestar animal
La gran discusión islandesa no gira únicamente alrededor del número de ejemplares disponibles. También pesa la forma de matarlos. Los barcos disparan arpones provistos de una granada explosiva, diseñada para detonar dentro del animal. En condiciones ideales, la explosión provoca una muerte rápida; en el mar real —olas, movimiento, distancia, ángulo de tiro— no siempre ocurre así.
Una inspección oficial de la campaña de 2022 constató que varios rorcuales necesitaron más de un disparo. Algunos tardaron largos minutos en morir y se documentaron casos extremos de sufrimiento prolongado durante cerca de dos horas. Aquellas conclusiones llevaron al Gobierno a suspender temporalmente la temporada siguiente y a imponer después controles más estrictos sobre el material, la formación de los tiradores y la supervisión de las capturas.
El problema de fondo permanece. Resulta difícil garantizar una muerte inmediata cuando se dispara desde un barco en movimiento contra un mamífero que nada bajo la superficie. Hvalur defiende que las técnicas han mejorado; las organizaciones animalistas consideran que el margen de error forma parte inevitable del propio método. Entre ambos argumentos queda el animal, enorme, herido y sujeto a una cuerda en mitad del Atlántico.
Un negocio dependiente del mercado japonés
La carne del rorcual común apenas forma parte de la dieta cotidiana islandesa. El grueso de la producción se exporta a Japón, mercado histórico de Hvalur y destino de miles de toneladas desde la reanudación de la caza comercial en 2006. El rorcual aliblanco sí llegó a ofrecerse con frecuencia en restaurantes turísticos, presentado como una costumbre nacional mucho más arraigada en los menús para visitantes que en las cocinas domésticas.
Ese modelo comercial se ha debilitado. Japón abandonó la Comisión Ballenera Internacional en 2019, volvió a cazar comercialmente en sus propias aguas y ha ampliado su capacidad de procesamiento. Compra menos fuera porque produce más dentro. Hvalur compite, por tanto, con la propia flota japonesa en el único mercado capaz de absorber una parte relevante de sus capturas.
Hay otra paradoja económica, quizá la más islandesa de todas. El país ha construido una pujante industria de avistamiento de ballenas, con embarcaciones que salen de Reikiavik, Húsavík y otras localidades para mostrar cetáceos vivos a cientos de miles de visitantes. En algunos puertos, barcos turísticos y balleneros comparten prácticamente el mismo paisaje: unos venden el soplido sobre el agua; otros, el cuerpo en la cubierta. Modernidad y tradición, cada una con su taquilla.
Una excepción dentro de la moratoria internacional
La Comisión Ballenera Internacional aprobó en 1982 una moratoria sobre la caza comercial, efectiva desde la temporada 1985-1986 y todavía vigente. Islandia abandonó el organismo en 1992 y regresó diez años después con una reserva formal contra esa prohibición. Esa reserva le permite fijar sus propios límites nacionales y mantener la actividad sin incumplir, desde su interpretación jurídica, las obligaciones asumidas.
Noruega opera mediante una objeción al acuerdo e Islandia mediante su reserva. Japón salió directamente de la organización y retomó las capturas comerciales en sus aguas. Son los tres países que continúan practicando abiertamente esta modalidad de caza, distinta de las excepciones concedidas a determinadas comunidades indígenas cuya alimentación y cultura dependen históricamente de los cetáceos.
La caza islandesa es, por tanto, legal dentro de Islandia, pero se desarrolla contra el criterio político de la mayoría de miembros de la Comisión Ballenera Internacional. Legalidad nacional y consenso internacional navegan por rutas distintas. No es raro en política marítima; las fronteras en el agua siempre han tenido algo de lápiz sobre cristal.
El futuro de las ballenas se decide también en tierra
El regreso de los barcos no demuestra que la industria ballenera islandesa haya recuperado su antigua fortaleza. Más bien revela que todavía dispone de permisos, barcos y trabajadores, además de un empresario dispuesto a comprobar si el negocio conserva oxígeno. Las cuotas son amplias; el mercado, bastante menos.
La presión social ha crecido, el turismo depende de una imagen ambientalmente cuidada y el Gobierno ha prometido revisar la ley. Frente a ello siguen pesando la autonomía nacional, la tradición marinera y la idea de que Islandia debe decidir por sí misma cómo explota sus recursos. Un debate legítimo, aunque la tradición no convierta automáticamente cada práctica antigua en una práctica razonable.
Mientras el Parlamento discute una posible prohibición, los barcos continúan saliendo y el contador puede seguir aumentando. Esa es la realidad: la caza de ballenas ha vuelto, el rorcual común sigue clasificado como vulnerable y una licencia válida hasta 2029 mantiene abierta la puerta que una parte creciente de Islandia preferiría cerrar.

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