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¿Cómo reanuda Irán la producción de misiles balísticos bajo tierra?

Irán ensambla nuevos misiles balísticos en instalaciones subterráneas con componentes almacenados, pero aún lejos del ritmo anterior a la guerra.

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lanzadora misiles de iran

Foto: Fars Media Corporation / Wikimedia CommonsCC BY 4.0.

Resumen

  • Irán ha reanudado la producción de misiles balísticos bajo tierra
  • El ensamblaje usa piezas almacenadas antes y durante la guerra
  • La capacidad sigue limitada y lejos del ritmo previo al conflicto

Irán ha reanudado la producción de misiles balísticos, aunque por ahora a un ritmo inferior al que mantenía antes de la guerra. La recuperación se apoya en componentes almacenados previamente y, sobre todo, en el traslado del ensamblaje a instalaciones subterráneas, una forma bastante literal de esconder bajo la alfombra —o bajo varios metros de roca— una industria que Estados Unidos e Israel daban por severamente degradada.

La información conocida este 10 de septiembre de 2026 apunta a algo más preciso que una simple vuelta a las fábricas: Teherán estaría montando nuevos proyectiles con las piezas que logró conservar antes y durante los ataques, tanto de propelente líquido como sólido. No significa que la capacidad industrial iraní haya regresado intacta. Más bien al contrario. El volumen sería todavía limitado y uno de los grandes interrogantes es cuánto material conserva Irán para mantener esa producción durante meses.

Ese matiz importa. Ensamblar misiles con componentes guardados no equivale a haber reconstruido toda la cadena industrial necesaria para fabricarlos indefinidamente. Pero tampoco es un detalle menor: demuestra que los golpes sufridos por la infraestructura iraní no han eliminado su capacidad para regenerar el arsenal, precisamente uno de los objetivos estratégicos que perseguían Washington e Israel.

Una industria golpeada que vuelve a moverse

El programa balístico iraní sufrió ataques intensos desde el comienzo de la guerra. Algunas evaluaciones difundidas durante el conflicto llegaron a presentar como destruida una enorme parte de la infraestructura vinculada a los misiles. Esas estimaciones siempre tuvieron un problema incómodo: resulta relativamente sencillo comprobar qué edificio ha desaparecido de una fotografía aérea y mucho más difícil saber qué sobrevivió varios pisos más abajo.

Ahí aparece ahora la principal ventaja iraní. Parte de la actividad se estaría desarrollando en complejos protegidos bajo tierra, mientras se han detectado señales de movimiento en instalaciones relacionadas con el programa de misiles, entre ellas Khojir, al este de Teherán. También se han descrito trabajos destinados a habilitar nuevos espacios subterráneos de ensamblaje, una respuesta casi previsible después de meses de bombardeos sobre instalaciones visibles.

Los complejos enterrados no convierten la producción en invulnerable. Necesitan energía, transporte, personal, materias primas y accesos; todo eso deja huella en superficie. Pero obligan a un atacante a resolver un rompecabezas bastante más desagradable. Destruir un hangar es una cosa. Saber qué ocurre tras una entrada excavada en una montaña, y hasta dónde llega el túnel, otra muy distinta.

El problema de saber cuánto sobrevivió realmente

Los análisis realizados durante el conflicto llevan meses advirtiendo de esa zona gris. Una parte relevante de la fabricación y almacenamiento iraní está instalada en estructuras endurecidas o subterráneas, lo que hace difícil determinar desde el exterior el daño real causado bajo la superficie. Las imágenes por satélite permiten observar cráteres, carreteras cortadas, edificios destruidos o nuevas excavaciones; no ofrecen, por desgracia para los servicios de inteligencia, paredes transparentes.

Ese límite explica por qué las cifras espectaculares sobre porcentajes destruidos deben manejarse con cuidado. Una instalación puede quedar inutilizada durante semanas y recuperar después parte de su actividad. Otra puede perder maquinaria irremplazable. Y un tercer complejo puede parecer arrasado sobre el terreno mientras conserva intactas galerías profundas.

Misiles sólidos y líquidos, una diferencia que cuenta

La información disponible señala que Irán está ensamblando modelos con propulsión sólida y líquida. La distinción no es un capricho técnico. Los misiles de combustible sólido pueden almacenarse durante periodos prolongados preparados para su empleo y requieren menos operaciones inmediatamente antes del lanzamiento. Los de combustible líquido suelen necesitar una preparación logística mayor.

Para Teherán, conservar ambas familias proporciona flexibilidad. Para quienes intentan neutralizar el arsenal iraní, significa que no basta con localizar lanzadores o destruir una sola clase de instalación. El programa balístico del país se construyó durante décadas precisamente alrededor de la dispersión, la movilidad y la supervivencia después de un primer ataque.

Por qué los misiles siguen siendo esenciales para Irán

Irán no dispone de una fuerza aérea convencional comparable a la de Estados Unidos o Israel. Sus misiles compensan parcialmente esa desigualdad y funcionan como instrumento de disuasión, represalia y presión regional. El país ha desarrollado durante años una de las colecciones más amplias y variadas de misiles balísticos y de crucero de Oriente Próximo, con sistemas capaces de alcanzar Israel y numerosos objetivos militares estadounidenses desplegados en la región.

No es únicamente una cuestión de cantidad. Teherán ha invertido en alcance, precisión y sistemas móviles, además de diferentes tipos de propulsión. Y la guerra ha convertido ese arsenal en algo más que una amenaza teórica.

Durante los últimos días, Irán ha seguido empleando misiles balísticos contra objetivos vinculados a Estados Unidos dentro de una nueva escalada del conflicto iniciado con los ataques estadounidenses e israelíes contra territorio iraní el 28 de febrero de 2026. Washington ha asegurado haber interceptado o evitado varios de esos proyectiles, mientras Teherán continúa exhibiendo modelos de combustible sólido y sistemas diseñados para atacar a larga distancia.

Así que la recuperación industrial llega en un momento particularmente delicado. No se trata de depósitos llenándose tranquilamente mientras la diplomacia discute en otra habitación. Los misiles siguen formando parte activa del conflicto.

El cuello de botella está en las piezas

La capacidad futura de Irán dependerá menos de poder atornillar componentes dentro de un túnel que de disponer de componentes suficientes para seguir haciéndolo. La fase actual utiliza principalmente material que ya estaba almacenado antes de la guerra.

Ese inventario, por definición, se agota.

Reconstruir una producción sostenida exige recuperar proveedores, maquinaria y rutas de importación. El programa militar iraní depende en parte de materiales y bienes de doble uso —productos civiles que también pueden incorporarse a sistemas militares— obtenidos durante años mediante redes internacionales de adquisición. Los controles sobre esas cadenas y el bloqueo de determinadas rutas complican la reposición de algunos elementos especializados.

Aquí está posiblemente el punto más vulnerable del renacimiento balístico iraní. Una fábrica subterránea puede sobrevivir a un bombardeo; una cadena de suministro rota es bastante menos fotogénica, pero puede detenerla igualmente. Por eso resulta prematuro interpretar el nuevo ensamblaje como una vuelta completa a la situación anterior a la guerra.

También sería prematuro hacer lo contrario y considerarlo residual. Irán ha construido durante décadas redundancias, almacenes y centros dispersos precisamente para absorber golpes. Esa arquitectura industrial, poco elegante pero resistente, empieza a demostrar para qué servía.

La guerra bajo tierra cambia los cálculos

La tendencia hacia instalaciones profundamente enterradas no se limita al programa de misiles. La actividad observada durante 2026 en Pickaxe Mountain, cerca del complejo nuclear de Natanz, ha vuelto a poner el foco sobre la capacidad iraní para desarrollar infraestructura protegida dentro de formaciones montañosas. Las imágenes por satélite han mostrado trabajos y movimientos en la zona, aunque no permiten confirmar qué material existe realmente dentro de los túneles.

El paralelismo es revelador. Cada nueva ronda de ataques empuja activos sensibles a mayor profundidad; cada metro ganado bajo tierra aumenta el coste técnico y político de destruirlos. Es una especie de carrera geológica: bombas más penetrantes frente a túneles más profundos.

Y tiene límites para ambos lados. Irán no puede meter toda su industria bajo una montaña. Estados Unidos e Israel tampoco pueden asumir que destruir aquello que se ve significa haber destruido aquello que funciona.

Un arsenal reducido, pero todavía decisivo

La noticia cambia sobre todo una percepción. Durante los primeros meses de la guerra, el debate giraba alrededor de cuánto había perdido Irán. La cuestión estratégica empieza a desplazarse hacia cuánto puede reconstruir y a qué velocidad.

Por ahora, los datos disponibles dibujan una recuperación parcial. Irán fabrica o ensambla nuevos misiles en cantidades inferiores a las anteriores al conflicto, aprovecha componentes almacenados y protege parte del proceso bajo tierra. No hay evidencia pública que permita afirmar que haya restaurado completamente su capacidad de producción ni saber durante cuánto tiempo podrá mantener el ritmo actual.

Pero el simple hecho de que vuelva a producir importa. Estados Unidos e Israel pueden haber destruido plantas, lanzadores y depósitos; el conocimiento técnico, las reservas supervivientes y parte de la infraestructura permanecen. Y una industria militar que conserva esas tres cosas tiene una incómoda costumbre: vuelve.

En Oriente Próximo, donde durante estos meses los misiles han pasado del comunicado militar al cielo nocturno con demasiada facilidad, esa diferencia entre “degradado” y “eliminado” no es semántica. Es la distancia entre un programa herido y uno muerto. El iraní, a tenor de lo conocido este jueves, sigue claramente en la primera categoría.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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