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¿Por qué Feijóo invoca a Calvo-Sotelo y la Transición ante Sánchez?

Feijóo reivindica a Calvo-Sotelo y la Transición para marcar distancias con Sánchez y reforzar su perfil político en plena batalla nacional.

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Por qué Feijóo no moción censura

Alberto Núñez Feijóo ha encontrado en la Transición española algo más que un episodio histórico que homenajear durante sus días de agosto en Galicia. El presidente del Partido Popular está convirtiendo aquel periodo en una pieza central de su discurso frente a Pedro Sánchez: reivindica la concordia, el respeto institucional y el sistema constitucional nacido en 1978 mientras acusa al actual Gobierno de caminar precisamente en sentido contrario.

La operación política se ha visto con especial nitidez en dos actos celebrados en Galicia. Primero, el 7 de agosto en Lugo, Feijóo recordó al periodista Fernando Ónega, fallecido el pasado 3 de marzo y estrechamente ligado a Adolfo Suárez. Después, el 18 de agosto, visitó en Ribadeo una exposición dedicada a Leopoldo Calvo-Sotelo, presidente del Gobierno entre 1981 y 1982. Dos figuras distintas, un mismo hilo conductor: presentar aquella cultura política como referencia para la España actual y situarse a sí mismo como heredero de ella.

No es nostalgia inocente, claro. En política pocas excursiones al pasado se hacen únicamente para mirar fotografías en sepia. Feijóo está utilizando el recuerdo de la Transición para dibujar una frontera política muy contemporánea: de un lado, el PP que pretende representar la continuidad institucional; del otro, un Gobierno de Pedro Sánchez al que acusa de impulsar una transformación del Estado que, según sostiene, los ciudadanos no han votado. Esa es la tesis popular. Otra cuestión es que la historia, como suele ocurrir, sea bastante menos dócil que los discursos.

Feijóo convierte la Transición en su marco contra Sánchez

Durante su visita a Ribadeo, con motivo del centenario del nacimiento de Leopoldo Calvo-Sotelo, Feijóo reivindicó el “espíritu de entendimiento” de la Transición y presentó al expresidente como ejemplo de servicio público. El dirigente del PP se definió al mismo tiempo como una “alternativa viable” a Sánchez y acusó al jefe del Ejecutivo de promover un “programa destituyente” que, según su interpretación, estaría debilitando las instituciones nacidas del sistema constitucional de 1978.

Feijóo fue todavía más lejos. Atribuyó al Gobierno la voluntad de sustituir el Estado autonómico por un modelo “plurinacional de carácter confederal” mediante una supuesta “mutación constitucional por la puerta de atrás”. También incluyó en su diagnóstico la Corona, el Poder Judicial y las fuerzas de seguridad, instituciones que, a su juicio, estarían siendo sometidas a un proceso de deslegitimación. Son acusaciones políticas del líder de la oposición, no una descripción institucional aceptada de manera general; conviene conservar esa diferencia, porque en tiempos de trinchera hasta los adjetivos pretenden adquirir rango de boletín oficial.

El objetivo del mensaje, sin embargo, resulta bastante transparente. Feijóo intenta apropiarse políticamente de conceptos que funcionan bien más allá del electorado tradicional del PP: estabilidad, moderación, Constitución y convivencia. Palabras con pocas aristas y una gran capacidad evocadora, sobre todo cuando la política cotidiana llega cargada de bronca.

Calvo-Sotelo, una figura especialmente útil para ese relato

Leopoldo Calvo-Sotelo encaja casi a medida en esa construcción. Sucedió a Adolfo Suárez después de su dimisión y fue investido presidente el 25 de febrero de 1981, dos días después de que el intento de golpe de Estado del 23-F interrumpiera la primera votación de su investidura. Su mandato duró hasta diciembre de 1982, cuando Felipe González asumió la Presidencia tras la victoria electoral del PSOE.

Su Gobierno estuvo marcado, entre otras decisiones, por el proceso de entrada de España en la OTAN. Calvo-Sotelo defendió esa orientación durante su investidura; España comunicó formalmente su intención de adherirse a la Alianza en diciembre de 1981 y se convirtió en su miembro número 16 el 30 de mayo de 1982. También gobernó en los estertores de la UCD, un partido que terminaría prácticamente desintegrado tras las elecciones de aquel año.

Hay aquí una paradoja que hace interesante la elección de Feijóo. Calvo-Sotelo simboliza institucionalidad y europeísmo, sí, pero también gobernó una etapa extremadamente áspera: crisis económica, tensiones territoriales, violencia terrorista, ruido militar y descomposición de su propio partido. La Transición que hoy puede contemplarse bajo el barniz amable de la memoria fue, mientras sucedía, un terreno bastante más pedregoso.

Fernando Ónega y las palabras de aquella democracia

El otro nombre recuperado por Feijóo este agosto es el de Fernando Ónega. El periodista gallego, fallecido a los 78 años el pasado 3 de marzo, fue director de prensa de la Presidencia del Gobierno con Adolfo Suárez entre 1977 y 1978 y escribió parte de sus discursos, incluida una de las frases más reconocibles de la política española: “Puedo prometer y prometo”.

En el homenaje celebrado en Lugo el 7 de agosto, donde Ónega fue reconocido como hijo predilecto de la ciudad, Feijóo lo presentó como un “constructor de la democracia” y sostuvo que la democracia española no habría sido igual sin las palabras que el periodista puso al servicio de aquella etapa. Después llevó el argumento al presente y contrapuso ese espíritu a los “tahúres” y “aprendices de brujo” que, según él, operan en la España actual.

No hace falta mucha arqueología política para comprender el movimiento. Ónega permite reivindicar la palabra; Calvo-Sotelo, la institución. Suárez queda flotando inevitablemente detrás de ambos. Feijóo va componiendo así un pequeño álbum de familia política en el que aparecen moderación, sentido de Estado y pactos mientras Sánchez ocupa el papel del antagonista.

El problema de reclamar una herencia que pertenece a muchos

Aquí empieza la parte incómoda. La Transición no fue propiedad de una única familia ideológica, ni puede reducirse sin más a la genealogía política de la actual derecha española. El sistema constitucional de 1978 nació de acuerdos entre fuerzas que venían de lugares extraordinariamente distintos y, en ocasiones, enfrentados: reformistas procedentes del régimen anterior, socialistas, comunistas, conservadores y nacionalistas, además de una sociedad que presionaba desde fuera de las instituciones para ensanchar las libertades.

Tampoco Calvo-Sotelo representa una tradición política idéntica a la del PP actual. Fue dirigente de la Unión de Centro Democrático, la formación heterogénea de Adolfo Suárez, y su propia experiencia gubernamental ilustra hasta qué punto la política de aquella época estaba construida sobre equilibrios que hoy resultan difíciles de trasladar mecánicamente. La historia no entrega escrituras de propiedad. Mucho menos cuarenta años después.

Ese matiz no invalida la reivindicación de Feijóo; simplemente coloca el debate donde corresponde. Un partido puede reconocerse en determinados valores históricos. Otra cosa es presentar esos valores como patrimonio exclusivo y al adversario como alguien situado automáticamente fuera de ellos. El PSOE, por ejemplo, también formó parte esencial de los acuerdos que consolidaron el sistema constitucional y gobernó después durante catorce años bajo ese mismo marco.

De la política del pacto a la política de los bloques

La apelación de Feijóo funciona precisamente porque la España política de 2026 se parece poco, en sus formas, a la fotografía idealizada de la Transición. El Congreso lleva años articulado alrededor de bloques muy definidos, la negociación parlamentaria se interpreta con frecuencia como una cuestión de legitimidad moral y el lenguaje político se ha ido llenando de términos que antes reservábamos para circunstancias bastante excepcionales: traición, golpe, régimen, ruptura, autoritarismo.

En ese paisaje, reivindicar concordia y respeto institucional tiene un valor electoral evidente. El problema llega cuando esa concordia se utiliza al mismo tiempo como arma arrojadiza. Feijóo reclama la política del entendimiento mientras describe al Gobierno como una amenaza para el propio Estado; el Gobierno, por su parte, ha acusado repetidamente al PP de bloquear acuerdos institucionales o de cuestionar la legitimidad de la mayoría parlamentaria que sostiene a Sánchez. El consenso de ayer acaba utilizado para repartir certificados de constitucionalismo hoy. Curiosa forma de homenajearlo.

Hay también una diferencia esencial entre 1978 y 2026. Durante la Transición había que construir unas reglas democráticas nuevas después de una dictadura. Ahora la disputa consiste en gobernar, reformar o interpretar unas instituciones que llevan décadas funcionando. Comparar ambos momentos puede ser políticamente eficaz, pero históricamente exige prudencia.

Por qué este discurso le interesa ahora a Feijóo

La apelación a Calvo-Sotelo y Ónega permite a Feijóo reforzar un perfil que siempre ha tratado de cultivar: el de político previsible, institucional y moderado, más gestor que agitador. Esa identidad resulta especialmente importante para un PP que compite por la derecha con Vox y, a la vez, necesita captar votantes de centro si aspira a ampliar una mayoría electoral.

La fórmula intenta resolver dos necesidades que no siempre conviven cómodamente. Feijóo puede endurecer el ataque a Sánchez —hablar incluso de un “programa destituyente”— mientras envuelve ese mensaje en referencias a la Constitución, la Transición y el entendimiento. Palo y terciopelo. La retórica puede ser áspera, pero el decorado sigue siendo institucional.

Ese es quizá el aspecto más relevante de los actos de Lugo y Ribadeo. No parecen episodios aislados del calendario estival. Entre Ónega, Suárez y Calvo-Sotelo, Feijóo está definiendo el terreno simbólico desde el que quiere enfrentarse al presidente del Gobierno: no presentarse únicamente como alternativa al PSOE, sino como alternativa a una forma de ejercer el poder que describe como incompatible con el espíritu constitucional de 1978.

La Transición vuelve al presente, aunque nunca se fue del todo

Feijóo ha elegido una herencia política de enorme potencia simbólica. Calvo-Sotelo representa la continuidad democrática en uno de sus momentos más frágiles; Ónega, las palabras con las que aquella nueva democracia trató de explicarse a un país que estaba aprendiendo a vivirla. Ambos permiten al líder del PP hablar del presente sin limitarse al presente.

Pero la Transición española fue bastante más compleja que el retrato de familia que cualquier partido pueda colocar hoy sobre la mesa. Hubo pactos, desde luego; también conflictos feroces, errores, renuncias, incertidumbre y adversarios que fueron capaces de reconocerse mutuamente como interlocutores legítimos. Quizá ahí esté el detalle menos cómodo y más actual de aquella época.

Feijóo pretende convertir ese legado en el contraste fundamental con Sánchez. La batalla política ya no consiste solo en quién gestiona mejor o quién reúne una mayoría parlamentaria, sino también en quién puede reclamar la continuidad del sistema de 1978. Y ahí la historia vuelve a entrar en campaña. No con olor a archivo, precisamente, sino con toda la pólvora del presente.

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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