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¿Por qué Cuba envejece? Ya mueren dos personas por cada nacimiento

Cuba cerró 2025 con el doble de muertes que nacimientos, menos habitantes y más mayores. La crisis demográfica acelera y transforma el país.

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pareja de cubanos en la playa

Cuba cerró 2025 con una cifra que explica buena parte de su crisis demográfica sin necesidad de adornos: 136.214 personas murieron y solo nacieron 68.064 niños. Prácticamente dos fallecimientos por cada nacimiento. Al mismo tiempo, la población efectiva de la isla descendió hasta los 9.434.593 habitantes, 313.414 menos que un año antes. Cuba no solo envejece. Se hace más pequeña.

Detrás del desequilibrio hay tres movimientos que se alimentan entre sí: muy pocos nacimientos, una población cada vez más envejecida y una emigración intensa, especialmente entre jóvenes y personas en edad de trabajar y formar una familia. La fecundidad permanece en 1,29 hijos por mujer, muy lejos de los aproximadamente 2,1 necesarios para mantener estable una población a largo plazo sin aportación migratoria. Mientras tanto, el 26,7 % de los residentes en Cuba tiene 60 años o más.

La vieja expresión «tercera edad» casi se queda pequeña para describir lo que está ocurriendo. No porque vivir más sea un problema —al contrario—, sino porque la pirámide demográfica cubana está perdiendo base mientras ensancha rápidamente su parte superior. Hay menos niños entrando en el sistema educativo, menos jóvenes acercándose al mercado laboral y más personas que necesitarán pensiones, atención sanitaria o cuidados durante los próximos años.

Cuba perdió más de 313.000 habitantes en un solo año

La población efectiva pasó de 9.748.007 habitantes al terminar 2024 a 9.434.593 al cierre de 2025. Es una caída cercana al 3,2 % en doce meses, una velocidad extraordinaria para un fenómeno que normalmente se mide con calendarios largos y generaciones enteras.

El dato de nacimientos tampoco aparece de repente. En 2021 se contabilizaban alrededor de 99.000 nacimientos. En 2024 fueron algo más de 71.000 y en 2025 bajaron finalmente hasta 68.064. La dirección de la curva lleva años siendo la misma: hacia abajo.

Las últimas estadísticas actualizaron cifras preliminares divulgadas semanas antes. Los primeros datos situaban los nacimientos en 68.051 y las defunciones en 134.354; posteriormente, el recuento se ajustó hasta 136.214 muertes y 68.064 nacimientos. La fotografía cambia poco en su significado, pero bastante en su crudeza: el saldo natural ronda las 68.000 personas en negativo.

Cuba lleva décadas por debajo del reemplazo generacional. Lo extraordinario ahora es la combinación de esa baja fecundidad sostenida con una emigración de grandes dimensiones. Cuando ambas cosas coinciden, la demografía deja de avanzar lentamente. Pisa el acelerador.

No faltan solo bebés: también se marchan los jóvenes

Reducir toda la explicación a que las cubanas tienen menos hijos sería cómodo. Y bastante incompleto.

Los especialistas llevan tiempo señalando que la emigración está acelerando el envejecimiento, precisamente porque una parte considerable de quienes salen del país pertenece a edades laborales y reproductivas. Entre 2020 y 2024 emigraron más de un millón de cubanos, un movimiento capaz de alterar en muy pocos años la estructura demográfica de un país de poco más de nueve millones de habitantes.

En 2025 continuó el fenómeno. Los datos sitúan en más de 245.000 personas el saldo asociado a la emigración exterior durante el año. Todas las provincias pierden población y La Habana concentra una porción especialmente elevada de esa salida.

Tener hijos depende también de poder imaginar el futuro

La fecundidad no funciona como un interruptor que un Gobierno pueda encender con un decreto. Influyen la vivienda, los ingresos, la estabilidad laboral, los servicios disponibles y los cuidados, pero también algo más difícil de medir en una hoja de cálculo: la percepción de futuro.

Antonio Aja, director del Centro de Estudios Demográficos de la Universidad de La Habana, ha señalado precisamente la importancia de la calidad de vida, la vivienda y las expectativas vitales en las decisiones reproductivas. La demografía tiene esa incómoda costumbre de no obedecer consignas: una familia puede recibir incentivos, pero difícilmente tendrá un segundo o tercer hijo solo porque una estadística nacional lo considere conveniente.

El Estado cubano ha aplicado medidas destinadas a favorecer a familias con varios hijos, incluidas prioridades y ayudas vinculadas a la vivienda. Hasta finales de 2025 habían beneficiado a 9.933 familias. Son actuaciones concretas, pero el descenso de los nacimientos demuestra que el problema rebasa cualquier programa aislado.

Y conviene introducir aquí una cuestión elemental, casi de higiene democrática: la maternidad no puede convertirse en una obligación patriótica. Una política demográfica seria no consiste en pedir a las mujeres que tengan más hijos, sino en construir unas condiciones materiales y personales en las que quien desee formar una familia pueda hacerlo sin convertir esa decisión en una carrera de obstáculos.

La Habana muestra la versión más extrema de la crisis

La capital resume buena parte del problema cubano, solo que con las cifras subidas de volumen.

La Habana registra una tasa de decrecimiento de 43,9 habitantes por cada mil, la más elevada del país, y concentra 78.537 personas de las más de 245.000 contabilizadas en el saldo migratorio exterior. Allí las muertes se acercan a tres por cada nacimiento.

También aparecen contrastes llamativos dentro de la propia geografía cubana. Plaza de la Revolución, en La Habana, es el municipio con mayor envejecimiento: el 38,2 % de sus residentes tiene al menos 60 años. En el extremo contrario, Yateras, en Guantánamo, presenta un 17,9 %. Guantánamo mantiene asimismo la mayor tasa de natalidad provincial, con 9,1 nacimientos por cada mil habitantes.

La distribución territorial importa. Una localidad que pierde jóvenes no pierde únicamente habitantes. Pierde trabajadores, futuros padres y madres, consumo, alumnos y actividad económica y, con frecuencia, profesionales esenciales. A partir de cierto punto aparece una especie de círculo vicioso: cuanto menos población queda, más difícil resulta mantener determinados servicios; cuanto peores son las oportunidades, mayor resulta el incentivo para marcharse.

No sucede únicamente en Cuba. Muchas regiones rurales de España, Italia, Portugal o Europa oriental conocen bien esa mecánica. La peculiaridad cubana está en la velocidad y simultaneidad con que actúan el descenso de la natalidad, el envejecimiento y la emigración.

Cuba tiene 1,26 millones menos de personas en edad laboral que en 2021

Quizá este sea el dato menos vistoso y uno de los más importantes.

La población cubana en edad laboral pasó de 6.866.435 personas en 2021 a 5.606.541 en 2025. Son 1.259.894 menos en apenas cuatro años.

Una reducción semejante se nota en todas partes: empresas, hospitales, escuelas, agricultura, transporte y administración pública. También en las cuentas del Estado. Si disminuye la población que trabaja mientras aumenta la que necesita prestaciones y cuidados, cada trabajador sostiene —de manera directa o indirecta— una parte mayor de la estructura social.

El envejecimiento, por sí mismo, no debería tratarse como una desgracia. Que las personas alcancen edades avanzadas es, en principio, una buena noticia. El problema aparece cuando una sociedad envejece sin suficiente relevo generacional y pierde al mismo tiempo población activa. Entonces surgen las tensiones sobre pensiones, sanidad, dependencia y cuidados.

Y los cuidados tienen rostro. Frecuentemente femenino. El aumento de la población mayor incrementa la presión sobre unos trabajos de atención que todavía recaen de forma desproporcionada sobre las mujeres. Menos trabajadores jóvenes y más mayores dependientes forman una ecuación bastante menos abstracta cuando alguien tiene que acompañar al médico a un padre de 82 años, conseguir medicamentos o dejar horas de empleo para atenderlo.

Una población urbana, femenina y cada vez más mayor

De los 9.434.593 habitantes contabilizados al terminar 2025, aproximadamente 7,04 millones viven en ciudades y asentamientos urbanos, el 74,7 % del total. Otros 2,39 millones residen en zonas rurales.

Las mujeres superan a los hombres en 133.971 personas y la relación nacional se sitúa en 972 hombres por cada mil mujeres. En el campo ocurre lo contrario: hay alrededor de 1.140 hombres por cada mil mujeres. Son pequeñas piezas de un puzle bastante revelador sobre movilidad, longevidad y estructura económica.

Más relevante todavía resulta la edad. La media ronda los 43 años y más de uno de cada cuatro cubanos ha cumplido 60. Cuba presenta así una estructura mucho más envejecida que la mayoría de América Latina y el Caribe y figura entre los casos de envejecimiento más avanzado de la región.

Esta transformación también obliga a repensar servicios públicos que fueron diseñados para otro país. Una escuela construida para cientos de niños puede quedar sobredimensionada; un policlínico, en cambio, necesitará más atención geriátrica. Cambian las viviendas, el transporte, las pensiones, los horarios, incluso la forma física de las ciudades. La demografía parece silenciosa hasta que empieza a mover muebles.

El verdadero desafío no es ser viejo, sino quedarse sin relevo

Cuba no va camino de desaparecer, como permiten imaginar algunos titulares apresurados. Pero sí está entrando en una etapa de población menor, más envejecida y con menos trabajadores, y hacerlo a esta velocidad obliga a revisar muchas certezas económicas y sociales.

La propia planificación oficial contempla que la población continúe descendiendo durante las próximas décadas. Antes incluso de conocerse las cifras definitivas de 2025, las proyecciones situaban a Cuba en torno a 7,7 millones de habitantes en 2050, con un 36,4 % de población envejecida y una reducción adicional de la fuerza laboral.

No existe una solución rápida. Recuperar nacimientos lleva años; recuperar adultos jóvenes que han emigrado resulta todavía más complejo. Y aunque mañana aumentara espectacularmente la natalidad, esos bebés tardarían dos décadas en incorporarse plenamente al mercado laboral.

Por eso el dato de 2025 importa tanto. Dos muertes por cada nacimiento no son únicamente una curiosidad estadística ni una fotografía de la tercera edad cubana. Son el resultado visible de decisiones familiares, emigración, condiciones económicas y una transformación social acumulada durante décadas.

El país que muestran las cifras tiene menos habitantes que hace un año, menos jóvenes que hace cinco y muchos más mayores que hace una generación. También plantea una cuestión mucho más profunda que la simple cantidad de cubanos: qué condiciones necesita una sociedad para que sus jóvenes puedan quedarse, formar una familia o regresar sin que hacerlo parezca una extravagancia.

Ahí se juega buena parte de la demografía cubana. No en pedir más nacimientos sobre el papel, sino en conseguir que exista un futuro suficientemente habitable para quienes tendrían que protagonizarlos.

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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