Síguenos

Actualidad

¿Acosó el influencer AruberutoMakoto a una joven ebria en Japón?

El vídeo de AruberutoMakoto con una joven ebria en Japón desata críticas por su conducta, la intervención de un hombre y un insulto racista.

Publicado

el

una joven ebria en Japón

El creador de contenido español Alberto Alonso, conocido como AruberutoMakoto, se encuentra en el centro de una nueva polémica por un vídeo grabado en Japón en el que aparece abordando junto a un amigo a una joven japonesa que se encontraba ebria. El episodio termina con la intervención de un hombre que trata de frenar la situación y con un comentario racista atribuido a uno de los españoles.

La secuencia ha provocado críticas porque el acercamiento a la chica no se produce en una situación precisamente neutral. La joven presenta signos evidentes de embriaguez, mientras Alonso y su acompañante insisten en interactuar con ella. La conducta ha sido descrita públicamente como acoso con fines sexuales. Conviene precisar el alcance de esa afirmación: se trata de una valoración de lo que muestran las imágenes, no de una condena judicial, ni consta una resolución que establezca responsabilidad penal.

Qué ocurre en el vídeo de AruberutoMakoto

El episodio arranca con Alberto Alonso y otro joven acercándose a una japonesa que se encuentra bajo los efectos del alcohol. La escena, grabada como contenido para redes, va adquiriendo un tono incómodo cuando la interacción continúa pese al estado de la chica.

Ahí está precisamente el elemento que ha colocado el vídeo bajo el foco. Una persona ebria no es un decorado para un directo, y su vulnerabilidad importa cuando la conversación busca un acercamiento íntimo o sexual. No hace falta convertir cada comportamiento desagradable en una categoría penal para advertir algo bastante más elemental: el consentimiento necesita libertad y capacidad para decidir, no una nube de alcohol alrededor.

En un momento de la secuencia, otro hombre presencia lo que está ocurriendo y decide intervenir para detener a los dos jóvenes. El episodio podría haber terminado ahí. No lo hizo.

La intervención de un hombre cambia la escena

El hombre que interviene es negro y se enfrenta a los españoles para impedir que continúe la situación. Tras ese encontronazo, uno de ellos reacciona con una expresión abiertamente racista: «Es un negro de mierda que está de ilegal aquí».

La frase añade otra dimensión a un vídeo que ya era problemático. La discusión deja entonces de girar únicamente alrededor de cómo se aborda a una mujer intoxicada y pasa también por la reacción contra quien pone un límite. No se cuestiona su comportamiento ni se rebate lo que dice: se recurre a su color de piel y se presupone, sin más dato, que se encuentra ilegalmente en Japón.

Una pirueta bastante conocida. Cuando alguien interrumpe el espectáculo, el problema pasa mágicamente a ser quien protesta. La cámara graba, pero no concede inmunidad moral.

Quién es Alberto Alonso, AruberutoMakoto

Alberto Alonso utiliza desde hace años el nombre de AruberutoMakoto en internet y ha construido buena parte de su presencia digital alrededor de Japón. Su contenido gira en torno a la vida cotidiana en el país, entrevistas callejeras, cultura japonesa y emisiones en directo donde las interacciones con desconocidos ocupan un espacio importante.

Ese formato tiene una virtud evidente para cualquier creador: nunca se sabe qué ocurrirá. También tiene un problema igual de evidente. Las personas que aparecen al otro lado de la cámara siguen siendo personas, no extras contratados para aumentar la retención del vídeo.

El caso adquiere relevancia precisamente por esa frontera. Grabar la vida en la calle puede producir momentos espontáneos, divertidos e incluso interesantes. Forzar una situación para obtener contenido, especialmente cuando intervienen alcohol, sexo o vulnerabilidad, cambia bastante el paisaje. El algoritmo podrá premiar el conflicto; las normas básicas de convivencia, en cambio, siguen siendo menos sofisticadas.

Del contenido callejero al problema del consentimiento

La discusión sobre este vídeo no debería perderse en una competición por encontrar la etiqueta más escandalosa. El punto central es más sencillo: una mujer aparentemente intoxicada está siendo abordada por dos hombres y una tercera persona considera necesario intervenir.

Estar bebido no convierte automáticamente cualquier conversación en una agresión ni cualquier acercamiento en un delito. Sería absurdo afirmarlo. Pero cuanto mayor es el grado de intoxicación, más delicada resulta cualquier interacción de carácter sexual, porque la capacidad para expresar una voluntad libre y consciente puede estar afectada.

Esto importa particularmente cuando existe una cámara. Quien graba mantiene el control del dispositivo, decide qué imágenes conserva, cuáles publica, cómo las titula y ante qué audiencia las presenta. La otra persona puede ni siquiera ser plenamente consciente de estar participando en una pieza destinada a circular por internet. Esa asimetría no desaparece porque el vídeo se presente como entretenimiento.

Una cámara no convierte la calle en un plató

Las redes han normalizado una idea extraña: que sacar un teléfono móvil otorga una especie de permiso tácito para convertir cualquier encuentro humano en contenido. No funciona así. Los desconocidos no son figurantes gratuitos y mucho menos cuando atraviesan una situación de debilidad.

El problema tampoco es exclusivo de un creador concreto. Una parte del entretenimiento basado en directos callejeros vive precisamente de tensar la cuerda: provocar conversaciones, buscar reacciones, acercarse al límite y esperar a que ocurra algo suficientemente llamativo para convertirlo en clip. A veces sale una anécdota. Otras, una escena que revela bastante más de quien sostiene la cámara que de quien aparece delante de ella.

El comentario racista agrava la polémica

La intervención del hombre que trata de detener la situación habría podido servir para rebajar la tensión. La respuesta racista hace justo lo contrario.

Reducir al hombre a su condición de negro y atribuirle inmediatamente una situación migratoria irregular reúne dos prejuicios en apenas unas palabras: racismo y xenofobia. Su supuesto estatus administrativo, además, nada tiene que ver con lo que estaba ocurriendo. Es simplemente munición verbal para desacreditar a quien interviene.

También hay una ironía bastante gruesa en que ciudadanos extranjeros en Japón pretendan utilizar la condición de supuesto inmigrante irregular para despreciar a otro extranjero. Pero internet tiene estas pequeñas delicadezas: a veces el argumento se desmonta solo antes de terminar la frase.

Lo relevante es que el hombre interviene ante una escena que considera inapropiada. Su origen, nacionalidad o situación migratoria no modifica ese hecho. Y responder atacando su raza evita precisamente discutir lo incómodo: por qué consideró necesario detener a los españoles.

Qué se sabe y qué no se puede afirmar

Hasta el momento, la información disponible permite describir el episodio mostrado en las imágenes y las expresiones que se atribuyen a sus protagonistas. Otra cosa es convertir automáticamente esa secuencia en una sentencia.

No consta que Alberto Alonso haya sido condenado por estos hechos, ni debe confundirse una acusación pública de acoso con una declaración judicial de culpabilidad. Esa diferencia no rebaja la gravedad de las imágenes descritas; simplemente evita esa costumbre tan digital de celebrar juicio, recurso y sentencia antes de que termine el vídeo de treinta segundos.

También sería precipitado aventurar el grado exacto de intoxicación de la joven, qué había ocurrido antes de comenzar la grabación o qué sucedió después fuera de cámara. El vídeo muestra una parte de los hechos, y esa parte puede juzgarse desde el punto de vista social y ético sin inventar el resto.

Sí resulta legítimo detenerse en los límites de ciertos contenidos en directo. Cuando la materia prima ya no son paisajes, restaurantes o curiosidades culturales, sino personas vulnerables convertidas en espectáculo, la palabra entretenimiento empieza a quedarse pequeña.

Cuando el contenido deja de servir como excusa

El episodio protagonizado por AruberutoMakoto concentra en pocos minutos varios de los problemas que acompañan al entretenimiento callejero llevado al extremo: alcohol, consentimiento, exposición pública, racismo y búsqueda de contenido. Demasiados ingredientes para despacharlo como una simple broma que salió mal.

Alberto Alonso tiene derecho a explicar su versión y cualquier responsabilidad jurídica deberá determinarse, en su caso, por las autoridades competentes y no por una multitud con conexión a internet. Eso no impide observar la escena y reconocer sus límites.

Porque grabar una situación no la vuelve inocua. Tener seguidores tampoco transforma la provocación en periodismo, ni el espectáculo en coartada. Y quizá esa sea la parte menos tecnológica de toda esta historia: cuando una persona está vulnerable y alguien pide que se pare, parar sigue siendo una idea bastante sensata, aunque el directo esté funcionando de maravilla.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído