Economía
¿Por qué China desafía a EEUU por las sanciones a Irán y qué hará?
China rechaza las sanciones de EEUU contra Irán y abre otro pulso por el petróleo, el dólar y el poder estadounidense sobre terceros países.

China ha respondido con dureza a la nueva ofensiva económica de Estados Unidos contra Irán. Pekín considera ilegales las sanciones unilaterales estadounidenses y asegura que adoptará “todas las medidas necesarias” para proteger sus derechos e intereses, una advertencia que afecta de lleno al comercio entre China e Irán y, sobre todo, al petróleo. El portavoz del Ministerio de Exteriores chino, Lin Jian, reiteró este martes 25 de agosto que su Gobierno se opone a unas restricciones que Washington pretende extender también a quienes continúen haciendo negocios con Teherán.
La disputa va bastante más allá de una protesta diplomática. Estados Unidos ha ampliado la amenaza de sanciones secundarias, capaces de castigar a empresas y entidades de terceros países por sus relaciones económicas con Irán. Y ahí aparece China, el principal comprador del crudo iraní transportado por mar. Washington quiere estrangular las vías de financiación de Teherán; Pekín no está dispuesto a aceptar que la legislación estadounidense determine con quién pueden comerciar sus compañías. Dos concepciones del poder económico frente a frente, con el dólar y los petroleros haciendo de artillería.
China considera ilegales las sanciones de Estados Unidos
El mensaje transmitido desde Pekín no deja demasiado espacio para la interpretación. Lin Jian aseguró que China se opone firmemente a las sanciones unilaterales de Estados Unidos y que protegerá los intereses legítimos de sus ciudadanos y empresas. Es una posición conocida de la diplomacia china, aunque el nuevo paquete estadounidense eleva notablemente la temperatura.
Conviene introducir un matiz importante. Cuando Pekín califica las sanciones de “ilegales”, está expresando la posición jurídica y política del Gobierno chino. China sostiene desde hace años que las sanciones adoptadas unilateralmente, sin autorización del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, carecen de base en el derecho internacional. Washington, por el contrario, aplica sus restricciones recurriendo a su legislación nacional y a su capacidad para controlar el acceso al sistema financiero estadounidense.
La diferencia puede parecer una discusión para especialistas hasta que toca una cuenta bancaria, un seguro marítimo o una refinería. Entonces deja de ser teórica.
China ya había advertido meses atrás de que tomaría medidas frente a la aplicación extraterritorial de sanciones estadounidenses. Después de nuevas presiones sobre refinerías chinas relacionadas con compras de petróleo iraní, Pekín defendió expresamente las normas nacionales destinadas a contrarrestar la aplicación fuera de Estados Unidos de determinadas restricciones económicas.
Qué ha hecho EEUU contra Irán
El Departamento del Tesoro estadounidense anunció el 24 de agosto una amplia campaña denominada Operation Economic Outcast, concebida para cortar las conexiones financieras internacionales que permiten a Irán obtener ingresos y esquivar las restricciones occidentales. Washington sancionó a cerca de 60 personas, empresas y buques y amplió el riesgo de sanciones secundarias a actividades vinculadas con sectores como los activos digitales, el oro, la aviación y el transporte marítimo.
La arquitectura es sencilla de entender, aunque sus mecanismos sean bastante menos sencillos. Estados Unidos no se limita a impedir que sus propias empresas comercien con determinados actores iraníes. También advierte a compañías de otros países de que determinadas operaciones con Teherán pueden acabar costándoles el acceso al sistema financiero estadounidense. Dado el peso internacional del dólar, no es precisamente una amenaza decorativa.
El secretario del Tesoro, Scott Bessent, ha presentado la campaña como un intento de aislar económicamente al régimen iraní y reducir los recursos disponibles para sus programas militares, tecnológicos y regionales. Washington sostiene que las redes de exportación de petróleo, sociedades pantalla, intermediarios financieros y buques de la denominada flota fantasma iraní permiten a Teherán seguir generando ingresos pese a años de sanciones.
Las sanciones secundarias son el verdadero punto de fricción
Aquí está el corazón del problema para Pekín. Las denominadas sanciones secundarias pretenden influir en empresas que ni siquiera son estadounidenses. Una compañía china puede operar desde China, pagar a un proveedor iraní y cumplir la legislación china; aun así, Washington podría castigarla si considera que esa actividad entra dentro del régimen sancionador estadounidense.
China rechaza precisamente esa jurisdicción extraterritorial. Para Pekín, las relaciones comerciales normales con Irán no deberían quedar sometidas a una autorización estadounidense siempre que respeten el marco jurídico internacional. Para Washington, en cambio, permitir esas operaciones significa dejar abiertas las tuberías financieras que intenta cerrar.
No es una pelea nueva. Sí es cada vez más difícil de mantener en un terreno puramente diplomático. La dimensión económica del pulso entre China y Estados Unidos hace que una sanción concebida inicialmente contra Irán pueda terminar golpeando bancos, navieras, refinerías y empresas situadas a miles de kilómetros de Teherán.
El petróleo explica buena parte del choque con China
La relación económica entre Pekín y Teherán tiene muchos componentes, pero basta mirar los petroleros para entender por qué esta crisis importa. China se ha convertido en el comprador decisivo del petróleo iraní, especialmente a través de refinerías independientes que aprovechan los descuentos asociados al riesgo de comerciar con un país sometido a sanciones.
Las estimaciones disponibles sitúan en China más del 80% del petróleo iraní exportado por vía marítima. Los flujos, sin embargo, se han reducido con fuerza durante los últimos meses: las entregas habrían bajado a unos 534.000 barriles diarios en agosto, frente a unos 823.000 en julio, después de haber alcanzado alrededor de 1,58 millones de barriles diarios en momentos anteriores de 2026.
Ese descenso muestra que la presión estadounidense sí produce efectos, aunque no necesariamente consiga detener el comercio. Las compañías recurren a intermediarios, cambios de bandera, transferencias de crudo entre barcos y estructuras empresariales difíciles de seguir. El petróleo puede cambiar varias veces de manos antes de llegar a una refinería. Sobre el papel parece un laberinto; en el mar son simplemente barcos acercándose unos a otros durante unas horas.
Washington lleva tiempo atacando precisamente esa infraestructura. Estados Unidos ha sancionado, entre otros objetivos, refinerías independientes chinas, sociedades comerciales y decenas de buques que, según sus autoridades, participan en el transporte de petróleo iraní. Algunas de estas redes habrían movido millones de barriles de crudo hacia China.
Pekín amenaza con medidas, pero no dice cuáles
La frase de Lin Jian —China adoptará todas las medidas necesarias— es deliberadamente amplia. Pekín no ha concretado qué instrumentos utilizará si Estados Unidos decide aumentar la presión sobre bancos, refinerías o navieras chinas. Y esa ambigüedad también tiene utilidad diplomática: deja margen para responder sin anunciar de antemano hasta dónde está dispuesto a llegar.
China dispone de legislación para reaccionar frente a medidas extranjeras que considere injustificadamente extraterritoriales. Puede, además, proporcionar respaldo político y regulatorio a empresas nacionales afectadas por las sanciones. Otra cosa es que todas esas compañías estén dispuestas a perder acceso al mercado estadounidense o al sistema financiero en dólares. El patriotismo empresarial tiene límites contables.
Ese es precisamente uno de los elementos que Washington explota. Una pequeña refinería independiente puede asumir riesgos que un gran banco chino con operaciones internacionales quizá considere inaceptables. De ahí que la presión estadounidense acostumbre a concentrarse no solo en quien compra físicamente el petróleo, sino también en aseguradoras, intermediarios, operadores portuarios, navieras y entidades que procesan pagos.
Por ahora, Estados Unidos ha evitado algunas de las opciones más explosivas. Una sanción generalizada contra grandes entidades financieras chinas relacionadas indirectamente con el comercio iraní tendría consecuencias mucho más amplias y podría transformar una disputa sobre Irán en un conflicto financiero directo entre las dos mayores economías del planeta.
Una disputa económica dentro de una crisis mucho mayor
El enfrentamiento por las sanciones llega en un momento especialmente delicado. La crisis abierta en 2026 ha multiplicado la presión sobre Irán y mantiene las rutas energéticas del Golfo bajo una vigilancia constante. China ha reclamado repetidamente el fin de las operaciones militares y una vuelta a la negociación, mientras intenta preservar sus propios intereses estratégicos en Oriente Próximo.
Pekín tiene razones políticas y económicas para evitar un aislamiento completo de Irán. Necesita estabilidad en las rutas energéticas del Golfo, compra cantidades considerables de hidrocarburos en la región y defiende desde hace años un orden internacional en el que Estados Unidos tenga menos capacidad para convertir su dominio financiero en una herramienta de política exterior.
Irán, por su parte, necesita compradores. El petróleo sigue siendo una fuente fundamental de divisas y cualquier reducción prolongada de sus exportaciones estrecha el margen económico del Gobierno iraní. Las sanciones buscan exactamente eso: hacer que mantener determinados programas militares y redes regionales resulte cada vez más caro.
Pero China cambia la ecuación. Mientras exista un comprador de su tamaño dispuesto a mantener relaciones económicas con Teherán, el aislamiento económico de Irán que persigue Washington resulta mucho más complicado.
EEUU y China vuelven a medir hasta dónde llega su poder
La respuesta china a las sanciones contra Irán deja una imagen bastante nítida del nuevo pulso internacional. Estados Unidos conserva una extraordinaria capacidad de presión gracias al dólar, los mercados financieros y su sistema de sanciones. China posee, a su vez, el tamaño económico suficiente para discutir algunas de esas reglas y mantener abiertas relaciones comerciales que Washington pretende cerrar.
Ninguna de las dos potencias parece interesada, al menos por el momento, en convertir esta cuestión en una ruptura financiera directa. Washington aprieta, pero todavía calibra el coste de golpear a grandes entidades chinas. Pekín protesta, mantiene sus vínculos y promete responder, aunque tampoco ha detallado una represalia inmediata.
En medio queda Irán. Y alrededor, petroleros, bancos, compañías de seguros, puertos y precios energéticos. La geopolítica contemporánea tiene a veces poca épica y mucho Excel: quién paga, en qué moneda, qué barco transporta el crudo y qué banco procesa la operación puede terminar pesando tanto como una declaración presidencial. Ese es el terreno sobre el que China y Estados Unidos vuelven a probar los límites de su poder.

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