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¿Por qué algunos jefes preguntan a ChatGPT a quién deben despedir?

Algunos jefes usan ChatGPT para decidir despidos y estrategias, mientras sus empleados soportan órdenes absurdas y una gestión sin criterio.

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algunos jefes preguntan a ChatGPT a quién despedir

Resumen

  • Algunos jefes consultan ChatGPT para contratar, ascender o despedir
  • La IA puede reforzar sesgos y convertir la gestión en una coartada
  • La ley exige control humano, transparencia y protección de datos

La inteligencia artificial ha entrado en algunas empresas por la puerta de servicio —redactar un correo, ordenar una presentación, resumir un documento— y ha terminado sentada en el despacho principal. Varios trabajadores aseguran que sus jefes ya no recurren a ChatGPT solo como herramienta: lo consultan antes de reuniones, modifican estrategias según sus respuestas y hasta le preguntan a quién contratar, ascender o despedir.

El caso más extremo conocido este 29 de junio de 2026 procede de una empresa tecnológica vinculada al sector jurídico. Una abogada contó que su superior empezó generando mensajes de Slack y correos electrónicos con ChatGPT, pero pronto impuso a toda la plantilla la obligación de conversar con la IA antes de plantearle cualquier propuesta. Después comenzó a tomar decisiones estructurales siguiendo sus intercambios con el chatbot, incluidas cuestiones de personal. La tecnología no ejecutaba los despidos, claro. Lo preocupante era que el responsable humano había dejado de ejercer como tal.

Los testimonios fueron recogidos de forma anónima para proteger a los empleados frente a posibles represalias. No constituyen una encuesta representativa ni permiten diagnosticar a los directivos implicados, pero describen un patrón reconocible: empresas donde la IA deja de ayudar a decidir y pasa a dictar el marco de la decisión, incluso cuando desconoce el negocio, a los clientes y a las personas afectadas.

El chatbot entra en el despacho del jefe

Según la abogada, el empresario contrató varias cuentas compartidas de ChatGPT para vigilar las conversaciones que mantenían los trabajadores con la herramienta. La jugada tenía cierta simetría cómica: los empleados descubrieron que también podían leer los chats del jefe y comenzaron a revisarlos para averiguar quién podía ser despedido o ascendido. La oficina se convirtió en una pecera digital; todos mirando la pantalla, nadie hablando con nadie.

Las decisiones cambiaban al ritmo de los mensajes. Un día, la empresa debía concentrarse en reclamaciones por negligencias médicas; poco después, en asuntos de insolvencia. La abogada asegura que tuvo tres puestos distintos durante su estancia porque sus tareas se redefinían semana tras semana según las respuestas generadas por la IA: automatización, estrategia jurídica, gestión de equipos, ventas. Todo cabía en el mismo despacho y, por tanto, nada terminaba de asentarse.

No fue el único relato. Un estratega comercial contó que dejó su empleo después de que el fundador ignorara los comentarios recibidos directamente de potenciales clientes porque contradecían lo que ChatGPT o Claude habían sugerido. El producto no se vendía, pero la máquina localizó rápidamente un culpable: el equipo de ventas. El resultado fue otra herramienta creada con IA para analizar las llamadas comerciales buscando fallos, mediante una instrucción que ya llevaba la condena incorporada. Si se le pide encontrar todo lo que un vendedor hizo mal, encontrará algo. Aunque la llamada haya sido buena.

La «Biblia» corporativa que cambiaba cada semana

El episodio más revelador fue la creación de un manual interno de cientos de páginas al que el jefe llamó “la Biblia”. Su propósito era que los empleados no tuvieran que preguntar nada a otra persona: bastaba con introducir el documento en ChatGPT y consultar qué hacer, cuáles eran las funciones de cada puesto o cómo resolver un problema. El manual, sin embargo, cambiaba constantemente y la plantilla debía volver a estudiarlo. La supuesta automatización produjo más burocracia, no menos. La abogada terminó marchándose por el uso que la dirección hacía de la IA.

La escena no está tan lejos de otras oficinas. Directivos europeos han reconocido que emplean chatbots para redactar comunicaciones internas, mientras algunos trabajadores describen la recepción de mensajes impersonales, instrucciones genéricas o revisiones automáticas que cuestionan su trabajo sin comprender su contexto. Un responsable de una empresa alemana de robótica admitió que dejó de enviar anuncios de incorporaciones escritos casi por completo con ChatGPT cuando su equipo empezó a burlarse del tono artificial.

Cuando la IA deja de ser herramienta y se convierte en coartada

Usar inteligencia artificial para resumir datos, comparar escenarios o preparar un borrador no equivale a delegarle la dirección de una empresa. La frontera aparece cuando el responsable acepta sus respuestas como una autoridad neutral, sin comprobar los datos, examinar el razonamiento ni escuchar a quienes conocen el problema sobre el terreno.

Los grandes modelos de lenguaje producen respuestas a partir de patrones aprendidos. Pueden organizar información con enorme rapidez, pero no poseen experiencia empresarial propia, no conocen una plantilla por convivir con ella y tampoco asumen las consecuencias de una decisión. El marco del Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de Estados Unidos recomienda que las organizaciones identifiquen los riesgos específicos de la IA generativa y los integren en sus procesos de control, evaluación y gestión de riesgos. No basta con abrir una cuenta y empezar a mandar.

La Organización Internacional del Trabajo denomina gestión algorítmica al uso de sistemas que organizan, asignan, supervisan o evalúan el trabajo a partir de datos. Esa gestión reduce el contacto entre empleados y responsables y ya se extiende más allá de las plataformas digitales hacia sectores como la logística, la banca, la sanidad y la atención al cliente. El problema no es solo tecnológico: también modifica quién explica una decisión, quién escucha una objeción y quién responde cuando algo sale mal.

El espejo complaciente que siempre da la razón

Uno de los peligros es la tendencia de algunos modelos a adaptarse al punto de vista planteado por el usuario. Si un jefe pregunta por qué su estrategia es brillante, recibirá argumentos favorables; si solicita todos los errores cometidos por un empleado, el modelo buscará errores. El resultado puede parecer analítico cuando, en realidad, se limita a recorrer el pasillo que ya dibujó la pregunta.

La complacencia de los chatbots no es una fantasía de empleados contrariados. OpenAI retiró en abril de 2025 una actualización de GPT-4o después de reconocer que el modelo se había vuelto excesivamente adulador y conforme con las opiniones del usuario. La empresa corrigió aquella versión, pero el episodio dejó una advertencia bastante nítida: una respuesta redactada con seguridad no tiene por qué ser independiente, equilibrada ni cierta.

Consultar no es delegar

Una dirección sensata puede pedir a la IA que proponga hipótesis y después contrastarlas con datos internos, especialistas y trabajadores. Otra cosa es utilizarla como un oráculo que ofrece legitimidad instantánea. El jefe conserva entonces el poder, pero externaliza el criterio; el chatbot no manda jurídicamente, aunque su texto se convierta en la orden del día.

Ahí aparece la coartada perfecta. La decisión parece técnica, limpia, casi inevitable: “lo recomienda el sistema”. Sin embargo, la responsabilidad sigue perteneciendo a la empresa y a quienes adoptan la medida. ChatGPT no conoce el desempeño real de una persona salvo por la información —completa, incompleta o sesgada— que alguien haya introducido. Tampoco puede valorar por sí solo conflictos, discapacidades, cargas familiares, relaciones laborales o posibles discriminaciones. Convierte palabras en más palabras. A veces excelentes; otras, un traje impecable sobre un maniquí vacío.

Qué dice la ley española sobre los despidos decididos con IA

En España, una empresa no puede esconder las decisiones laborales detrás de un algoritmo como quien baja una persiana. El artículo 64.4 del Estatuto de los Trabajadores reconoce a la representación de la plantilla el derecho a conocer los parámetros, reglas e instrucciones de los algoritmos o sistemas de inteligencia artificial que influyan en las condiciones de trabajo, el acceso al empleo, su mantenimiento o la elaboración de perfiles. La norma abarca, por tanto, decisiones que pueden terminar afectando a ascensos, evaluaciones o despidos.

También entra en juego el Reglamento General de Protección de Datos. Su artículo 22 protege a las personas frente a decisiones basadas únicamente en tratamientos automatizados cuando produzcan efectos jurídicos o las afecten de manera significativa. En los supuestos permitidos deben existir garantías como la intervención humana, la posibilidad de expresar el propio punto de vista y el derecho a impugnar el resultado.

La palabra importante es “humana”, no la presencia decorativa de una firma al final del proceso. La Agencia Española de Protección de Datos ha advertido que la intervención humana debe ser efectiva. Si un responsable se limita a aprobar automáticamente la recomendación del sistema, sin capacidad, tiempo o voluntad para revisarla, esa supervisión puede convertirse en mero atrezo. Un sello de caucho con nómina.

No todo uso informal de ChatGPT para pedir una opinión constituye, por sí mismo, una decisión automatizada prohibida. Hay que analizar cuánto peso tuvo la respuesta, qué datos personales se introdujeron, si hubo una valoración humana real y cómo se justificó finalmente la medida. Pero alimentar un chatbot con evaluaciones, conversaciones privadas o información sobre trabajadores también puede abrir problemas de confidencialidad, exactitud y protección de datos, especialmente cuando las cuentas son compartidas o no existe un protocolo corporativo.

El Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial considera especialmente sensibles los sistemas empleados en el ámbito laboral. Tras el acuerdo político alcanzado en mayo de 2026 para ajustar su calendario, la Comisión Europea sitúa en el 2 de diciembre de 2027 la aplicación de las reglas específicas para sistemas de alto riesgo utilizados en empleo, educación, infraestructuras críticas, migración y otros ámbitos. Eso no crea un vacío hasta entonces: el RGPD y la legislación laboral española siguen plenamente vigentes.

Una empresa sin criterio acaba hablando sola

La inteligencia artificial puede ahorrar horas de trabajo ingrato. La OIT calcula que una de cada cuatro personas trabaja en ocupaciones con algún grado de exposición a la IA generativa, aunque considera más probable la transformación de los puestos que su desaparición completa. La herramienta está aquí y sería absurdo fingir lo contrario. También sería absurdo entregarle las llaves, el organigrama y la carta de despido.

Los testimonios conocidos muestran la paradoja de ciertas empresas que adoptan ChatGPT para ganar productividad y terminan creando tareas duplicadas, manuales interminables, instrucciones contradictorias y reuniones destinadas a interpretar lo que quiso decir la máquina. El empleado ya no ejecuta su trabajo: revisa el borrador automático, corrige sus errores, traduce su prosa y explica al jefe por qué la realidad no coincide con la respuesta obtenida. La eficiencia se transforma en una cinta de correr. Mucho movimiento, el mismo paisaje.

Un chatbot puede discutir una decisión, ofrecer alternativas y detectar puntos ciegos. No debe escoger al trabajador prescindible ni reemplazar la conversación incómoda que corresponde mantener a un responsable. Dirigir consiste precisamente en asumir la incertidumbre, escuchar versiones contradictorias y responder por el resultado. Cuando un jefe pregunta a ChatGPT a quién despedir y obedece sin más, no está automatizando la gestión. Está automatizando su renuncia a gestionar.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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