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¿Por qué Rusia quiere 50.000 soldados norcoreanos para la guerra?
Rusia busca reforzarse con hasta 50.000 soldados norcoreanos mientras aumentan sus bajas y Pyongyang amplía su apoyo militar en esta guerra.

Rusia no se ha quedado sin soldados, pero tiene un problema cada vez más incómodo: necesita reemplazar bajas, mantener unidades en el frente, formar reservas y continuar atacando sin recurrir a otra gran movilización nacional que vuelva a llevar la guerra hasta la cocina de millones de hogares rusos. En ese equilibrio aparece Corea del Norte. Kiev sostiene que entre 30.000 y 50.000 militares norcoreanos podrían ser enviados a territorio ruso, una cifra muy superior a la del primer despliegue conocido. La información, por ahora, no equivale a 50.000 soldados ya concentrados y listos para entrar en combate. Volodímir Zelenski habló de una decisión adoptada para ese despliegue, pero no explicó públicamente el origen de sus datos.
La diferencia importa. Moscú conserva una enorme capacidad humana y sigue reclutando soldados, pero la guerra consume hombres casi al mismo ritmo al que llegan los reemplazos. Las estimaciones disponibles son demasiado imprecisas para afirmar que Rusia pierde sistemáticamente más efectivos de los que incorpora, aunque muestran una franja muy estrecha entre reclutamiento y desgaste. Algunos cálculos recientes han situado las pérdidas rusas en torno a 5.000-8.200 militares semanales y las incorporaciones aproximadamente entre 5.500 y 8.000. Dicho de otra manera: la máquina todavía funciona, pero buena parte del combustible nuevo sirve simplemente para mantenerla andando.
Rusia no se ha quedado sin soldados, pero sí paga la factura
La imagen de un Kremlin desesperado llamando a Pyongyang porque ya no quedan rusos disponibles resulta tentadora. También demasiado sencilla. Rusia dispone de una población mucho mayor que Ucrania y desde 2022 ha construido un gigantesco sistema de contratación militar basado en salarios elevados, primas regionales y beneficios para las familias. Tras movilizar unos 300.000 reservistas en septiembre de 2022, el Kremlin ha intentado evitar repetir una medida que provocó miedo, protestas y una salida masiva de ciudadanos del país.
Ahí está el matiz decisivo. Tener población movilizable no significa querer movilizarla.
El problema del Kremlin no consiste únicamente en encontrar cuerpos capaces de vestir un uniforme. Necesita hombres que acepten hacerlo voluntariamente, en cantidades suficientes y sin alterar demasiado la vida cotidiana de Moscú, San Petersburgo y las grandes ciudades. Durante años, una parte importante del coste humano de la invasión ha quedado concentrada en regiones económicamente más débiles, contratistas, presos y sectores sociales para los que las primas militares representan cantidades difíciles de rechazar.
Ese sistema muestra señales de tensión. Diversas estimaciones describen una presión creciente sobre las regiones rusas para alimentar el reclutamiento mientras las fuerzas sufren decenas de miles de bajas mensuales entre muertos y heridos. El ritmo de contratación permite sostener una parte importante del esfuerzo, pero resulta mucho menos cómodo si Moscú pretende crear reservas frescas para una ofensiva de mayor escala.
Corea del Norte ofrece justamente eso: hombres que no cuentan en la política doméstica rusa.
De Kursk a los 50.000: qué sabemos
El precedente existe y ya no es una especulación de inteligencia. Rusia y Corea del Norte reconocieron en 2025 que militares norcoreanos combatieron contra fuerzas ucranianas en Kursk. Las estimaciones ucranianas y surcoreanas situaron aquel contingente en aproximadamente 14.000-15.000 efectivos, enviados después de que Ucrania penetrara en territorio ruso durante su ofensiva de 2024.
Ahora la escala podría cambiar. Zelenski afirmó el 9 de agosto de 2026 que se había decidido desplegar entre 30.000 y 50.000 norcoreanos en Rusia. Semanas antes había hablado de unos 30.000. La horquilla superior, esos 50.000 que han encendido las alarmas, debe manejarse con cuidado: la cifra no ha podido verificarse de manera independiente y tampoco se conoce públicamente qué proporción correspondería a tropas de combate, personal logístico, ingenieros, zapadores o unidades destinadas a otras funciones.
La distinción no es académica. Cincuenta mil infantes preparados para participar en asaltos son una cosa; una fuerza de 50.000 personas repartida entre construcción, desminado, logística, artillería, protección de instalaciones y unidades de combate es otra bastante distinta.
Kursk fue el ensayo general
La experiencia anterior dejó una enseñanza para ambas partes. Rusia descubrió que podía emplear tropas extranjeras para liberar unidades propias y reforzar un sector del frente sin anunciar otra movilización. Corea del Norte consiguió algo mucho más difícil de comprar incluso con dinero: experiencia real de guerra contemporánea.
Sus soldados entraron en un campo de batalla dominado por drones FPV, vigilancia permanente desde el aire, artillería coordinada digitalmente, guerra electrónica y pequeños grupos de asalto. Es un laboratorio brutal. Las fuerzas norcoreanas pagaron un precio elevado, según diferentes estimaciones de inteligencia, pero también pudieron modificar tácticas y trasladar lo aprendido a uno de los ejércitos más herméticos del planeta.
No es un detalle menor para Seúl. Durante décadas, buena parte del Ejército Popular de Corea se ha entrenado para una guerra que no ha librado. Ucrania permite observar qué ocurre cuando las columnas, las trincheras y la doctrina clásica chocan contra pequeños drones capaces de localizar un soldado escondido entre árboles y atacarlo minutos después.
Pyongyang ya aporta misiles, munición y experiencia
Reducir la cooperación entre Moscú y Pyongyang a soldados sería quedarse mirando una sola pieza del tablero. Corea del Norte se ha convertido también en proveedor de munición, artillería y misiles balísticos para Rusia.
Evaluaciones ucranianas e independientes atribuyen a Pyongyang el envío de millones de proyectiles de artillería y mortero, además de misiles balísticos, sistemas de artillería de largo alcance y lanzacohetes múltiples. Funcionarios ucranianos han llegado a estimar que la munición norcoreana cubre aproximadamente la mitad de determinadas necesidades rusas en el frente, una cifra que debe entenderse como estimación de Kiev, no como una contabilidad verificable desde el exterior.
Hay otro salto cualitativo. Inteligencia militar ucraniana asegura que una unidad norcoreana de misiles ha comenzado a desplegarse en el oeste de Rusia y podría operar hasta 120 misiles balísticos con seis lanzadores. El contingente estaría formado por unas 90 personas y tendría como base prevista la región de Vorónezh.
Es decir, Pyongyang estaría pasando poco a poco de vender material a participar también en su utilización. La frontera entre proveedor y participante militar se vuelve bastante fina cuando quienes manejan el arma llegan con ella.
Qué gana Moscú con tropas norcoreanas
Para Rusia hay una ventaja militar inmediata: preservar efectivos propios. Un batallón norcoreano dedicado a proteger posiciones, limpiar minas o asumir tareas en retaguardia permite trasladar soldados rusos a otro lugar. No hace falta que cada recién llegado participe en un asalto para que su presencia tenga consecuencias operativas.
Existe también una utilidad política. La movilización de 2022 llevó la guerra a familias que hasta entonces podían contemplarla por televisión como algo lejano. Los contratos voluntarios han permitido al Kremlin administrar mejor ese contacto con la realidad. Tropas norcoreanas no generan funerales en ciudades rusas, no reciben primas de gobiernos regionales rusos y, sobre todo, no votan en Rusia.
A Pyongyang tampoco le sale gratis la aventura. Obtiene dinero, petróleo, cooperación económica y, según analistas y servicios de inteligencia, acceso a conocimiento tecnológico ruso. Moscú y Pyongyang firmaron en junio de 2024 un tratado de asociación estratégica que contempla asistencia mutua ante una agresión exterior. Ambos gobiernos presentan su cooperación militar dentro de ese marco.
La relación, además, continúa profundizándose. El ministro ruso de Exteriores, Serguéi Lavrov, ha vuelto a elogiar públicamente la cooperación con Corea del Norte y ha recordado el papel de sus militares en Kursk. Ya no estamos ante una colaboración que Moscú esconda con demasiado entusiasmo: Rusia presume de ella.
¿Puede cambiar la guerra?
Cincuenta mil soldados son muchos. No son, por sí solos, una varita mágica.
Su impacto dependerá de dónde sean desplegados, de su entrenamiento, del mando bajo el que operen y de la función que reciban. También de cómo se integren con unidades rusas. La guerra de Ucrania ha demostrado con bastante insistencia que añadir hombres a un frente saturado de drones, minas y artillería no convierte automáticamente esos hombres en avances territoriales.
Un contingente de ese tamaño sí permitiría a Moscú ganar profundidad de reservas, rotar formaciones desgastadas o concentrar tropas rusas en determinados sectores. Incluso empleado parcialmente en labores de apoyo aliviaría otras unidades. Si una parte importante entrara directamente en combate dentro de Ucrania, el salto político sería todavía mayor: Corea del Norte dejaría atrás el cómodo matiz de haber combatido principalmente en territorio ruso y su implicación sería más difícil de presentar como simple defensa del aliado.
Militarmente, el efecto más importante quizá no consista en una espectacular ruptura del frente, sino en algo bastante menos cinematográfico: permitir a Rusia seguir combatiendo durante más tiempo. Las guerras de desgaste se deciden muchas veces así, sin grandes flechas sobre el mapa. Un país consigue reponer soldados, munición y equipos durante unos meses más que el adversario. Y esos meses terminan pesando.
Una alianza que pesa más que una cifra
La posible llegada de 50.000 soldados norcoreanos no demuestra que Rusia haya agotado sus fuerzas. Demuestra algo más interesante: Moscú intenta que sus propias limitaciones humanas sean menos limitantes, evitando en lo posible una nueva movilización general mientras mantiene la presión militar sobre Ucrania.
Corea del Norte encaja perfectamente en esa necesidad. Aporta hombres, proyectiles y misiles; recibe recursos, tecnología y una experiencia bélica que ningún ejercicio militar puede reproducir. Los dos regímenes encuentran beneficios distintos en la misma trinchera.
Por eso la cifra concreta —30.000, 40.000 o 50.000— importa menos que la tendencia. Lo que comenzó como suministro de munición terminó incluyendo soldados en Kursk y ahora alcanza unidades de misiles y un posible nuevo contingente mucho mayor. La guerra de Ucrania se internacionaliza por acumulación, casi sin ceremonia: un barco de proyectiles, después otro; unos miles de soldados, después decenas de miles.
Rusia todavía tiene hombres. Lo que busca en Corea del Norte es algo más valioso: que no todos tengan que ser rusos.

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