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¿Es Ayuso la novia perfecta para hacer negocios en Madrid?

Foto: Wiki
El mapa de ayudas, contratos y comisiones que rodea a las parejas de Ayuso y reactiva en Madrid una polémica cada vez más difícil de apagar.
La historia que vuelve a poner a Isabel Díaz Ayuso en el centro no gira en torno a una sola relación sentimental ni a un episodio aislado, sino a una repetición incómoda. La pieza que ha reactivado la polémica reúne tres nombres ya conocidos en Madrid —Jairo Alonso, Rafael Hernández Torre y Alberto González Amador— y los coloca bajo el mismo foco: los tres, por vías distintas, han obtenido beneficios económicos, ayudas, comisiones o posiciones empresariales vinculadas de un modo u otro al ecosistema de contratos, subvenciones y negocios que orbita alrededor de la Comunidad de Madrid desde que Ayuso llegó a la Puerta del Sol en 2019. No es una causa única, no es una trama cerrada con un solo expediente encima de la mesa, pero sí dibuja una fotografía política muy concreta y cada vez más difícil de despachar con un simple “todo es casualidad”.
Lo verdaderamente delicado es que los tres casos no pesan igual en lo jurídico, pero sí se empujan entre sí en lo político. El de Jairo Alonso remite al salto llamativo de un exnovio al puesto directivo de una empresa cuyo negocio con la administración madrileña se disparó; el de Rafael Hernández Torre, exmarido de la presidenta, abre el debate sobre una ayuda covid de casi 94.000 euros concedida a una sociedad de la que era administrador; y el de Alberto González Amador, pareja actual de Ayuso, se mueve ya en un terreno mucho más áspero, con acusaciones por fraude fiscal, falsedad documental y una investigación que se ha ido ampliando hacia otras posibles conductas ligadas a sus negocios con el entorno de Quirón. Visto en conjunto, el daño no nace solo de cada hecho concreto, sino de la sensación de patrón: demasiadas personas del círculo sentimental de la presidenta aparecen, una y otra vez, cerca del dinero público, del contrato sensible o del negocio altamente rentable.
El patrón que ya no cabe en una anécdota
En política hay casos que entran en la categoría del accidente, un mal titular, una relación desafortunada con fecha de caducidad. Y luego están los episodios que, al repetirse, dejan de parecer accidentes. Eso es lo que ocurre aquí. Ayuso lleva años defendiendo que las actuaciones privadas de las personas con las que se ha relacionado sentimentalmente no tienen por qué contaminar su gestión. El argumento, en abstracto, es razonable. El problema aparece cuando la realidad va colocando piezas demasiado parecidas sobre el mismo tablero. Un exnovio que acaba en una firma con fuerte crecimiento en adjudicaciones regionales. Un exmarido que recibe una ayuda relevante gestionada por el Gobierno que ella preside. Una pareja actual investigada por haber defraudado a Hacienda tras enriquecerse con comisiones millonarias en la pandemia y por sus conexiones con un gran grupo sanitario con fortísima presencia en Madrid. Una vez puede ser ruido. Tres veces ya es otra cosa.
La clave está en que no todos los hechos son equivalentes y conviene no mezclar niveles. No hay constancia pública de delito en el caso de Rafael Hernández Torre por el mero cobro de una ayuda covid. Tampoco existe una resolución que convierta en ilegal el fichaje de Jairo Alonso por Asseco. Pero la política no se mide solo con el Código Penal; también se mide con la apariencia de imparcialidad, con la limpieza institucional y con esa idea elemental, tan poco sofisticada y tan importante, de que el dinero público no debería acercarse siempre a los mismos círculos de confianza. Ahí es donde el relato se le complica a Ayuso, porque su discurso de libertad económica, mérito y desacomplejamiento choca con una secuencia de hechos que desprende otra cosa: proximidad con premio. Y eso, en una comunidad que ha hecho de la contratación pública y de la colaboración con grandes grupos privados un pilar central de su modelo, pesa mucho.
Jairo Alonso, del salón de peluquería al despacho tecnológico
El caso de Jairo Alonso es probablemente el más revelador cuando se mira el ecosistema que rodea a la presidenta madrileña. No porque tenga el mayor recorrido judicial —no lo tiene—, sino porque resume bien cómo funciona el problema político. Alonso fue durante años una figura asociada a la vida pública y privada de Ayuso. Regentaba junto a su hermano el salón Azul de Rizos, en Chamberí, y la relación sentimental entre ambos tuvo visibilidad pública, incluido aquel episodio de la pedida de mano en Panamá que durante un tiempo alimentó la prensa del corazón y la política madrileña a la vez. Después llegó la ruptura. Y lo que vino luego fue un giro profesional tan brusco como llamativo: del mundo de la peluquería y el estilismo al de una consultora tecnológica con creciente actividad en el sector público. No es ilegal cambiar de sector; claro que no. Lo que disparó la controversia fue el lugar exacto en el que acabó aterrizando y el momento en que lo hizo.
En noviembre de 2021, según la información disponible, Jairo Alonso se incorporó a Asseco como jefe de Operaciones y responsable de desarrollo de negocio, con el cargo en inglés de Chief Operations Officer & Business Development Manager. La compañía, radicada en Pozuelo de Alarcón, se dedica a servicios relacionados con la informática y la tecnología. Hasta aquí, la descripción empresarial no tiene nada de extraordinario. Lo relevante aparece al comparar su relación con la Comunidad de Madrid antes y después de la llegada de Ayuso al poder. Antes de 2019, la empresa acumulaba contratos menores por 3.368 euros, apenas tres expedientes de escasa entidad. Después, el panorama cambió por completo: 42 contratos públicos y una facturación superior al medio millón de euros con la administración regional. Es ese salto, tan abrupto, el que convirtió el fichaje del exnovio de la presidenta en un asunto político y no en una simple nota de sociedad.
Asseco, de 3.368 euros a más de medio millón
Las adjudicaciones más jugosas ayudan a entender la dimensión del salto. Por un lado, la adquisición de 86 terminales All-in-one para el Hospital 12 de Octubre, una adjudicación de 115.999,84 euros. Por otro, el contrato para gestionar y remodelar la web de Turismo de la Comunidad de Madrid y sus redes sociales, una operación que rozó los 250.000 euros. No estamos hablando, por tanto, de una empresa que vendiera un portátil suelto o un monitor perdido en una oficina administrativa. Hablamos de una firma que entra en áreas visibles, sensibles y estratégicas del aparato regional. Y justo en ese momento de expansión aparece Jairo Alonso en un puesto directivo, pese a que la propia información periodística recordaba que no tenía una trayectoria conocida en el sector tecnológico. El movimiento no prueba por sí solo una irregularidad, pero sí alimenta con mucha fuerza la sospecha de que la cercanía sentimental con la presidenta abre puertas, mejora contactos o vuelve ciertas reuniones bastante más fáciles.
La defensa de la empresa fue clara. Asseco negó que existiera conflicto de intereses y sostuvo que Alonso encajaba por su perfil de gestión, su capacidad para operar y, sobre todo, por sus contactos en el mundo de la inversión y el inmobiliario. Ahí está, de hecho, uno de los detalles más jugosos del caso. Porque cuando una compañía justifica el fichaje de la expareja de una presidenta autonómica por sus contactos, el argumento pensado para disipar dudas termina levantando otras nuevas. ¿Contactos con quién?, ¿en qué entornos?, ¿para qué puertas? La empresa añadió, además, que desde la incorporación de Alonso no había recibido nuevos contratos públicos de la Comunidad de Madrid, como prueba de que no había “conflicto de nada”. El problema es que el debate político no se limitaba a lo que pasó después de su fichaje, sino a lo que había ocurrido justo antes: una relación muy productiva entre la compañía y la administración madrileña, seguida de la contratación del exnovio de Ayuso en un cargo de peso. Esa secuencia, tan limpia sobre el papel y tan turbia en apariencia, sigue siendo la gran herida del caso.
Rafael Hernández Torre y los casi 94.000 euros de la línea covid
El nombre de Rafael Hernández Torre Durbán devuelve la discusión a una etapa anterior de la vida de la presidenta. Fue marido de Ayuso entre 2008 y 2011. Su perfil ha sido siempre bastante menos mediático que el de otros nombres del entorno sentimental de la dirigente popular, pero la información conocida en los últimos días lo ha colocado otra vez en el centro del debate. Hernández Torre aparece como administrador único de Durbanity Eventos SL, una sociedad que recibió 93.958,90 euros de la línea covid gestionada por la Comunidad de Madrid en 2021. El dato, en sí mismo, es demoledor desde el punto de vista político: el exmarido de la presidenta resulta beneficiario de una ayuda pública de casi 100.000 euros tramitada por el mismo Gobierno autonómico que ella encabeza. Eso basta para que salten las alarmas en cualquier clima político mínimamente cargado.
Ahora bien, aquí conviene ser preciso porque el asunto no se sostiene si se fuerza más de la cuenta. No existe constancia pública de ilegalidad en la concesión de esa ayuda. La línea estaba financiada por el Gobierno central, aunque eran las comunidades autónomas las que la tramitaban y concedían. La documentación publicada señala que la sociedad cumplía formalmente con los requisitos de la convocatoria y que el acuerdo se adoptó en abril de 2021, cuando Ayuso estaba como presidenta en funciones tras haber adelantado las elecciones autonómicas. Jurídicamente, por tanto, no estamos ante un fraude acreditado ni ante una subvención declarada irregular. Políticamente, sin embargo, el caso hace daño porque alimenta la misma sensación que ya generan otros episodios del entorno de la presidenta: el dinero público vuelve a aparecer demasiado cerca del círculo íntimo. Y esa cercanía, aunque sea legal, desgasta mucho cuando se produce en serie.
Hay otro elemento que explica el ruido. Hernández Torre, empresario relacionado con el mundo del golf, del deporte y de los eventos, no tiene una carrera política conocida ni era una figura asociada al aparato regional. Precisamente por eso, la concesión de una ayuda tan relevante llama más la atención. No encaja en la imagen de un cargo público que recibe un ingreso compatible o un asesor que se recoloca. Encaja más bien en esa zona gris donde un antiguo miembro del núcleo más privado de una presidenta termina figurando como beneficiario de fondos gestionados por su administración. El problema para Ayuso no es solo ese expediente de 93.958,90 euros. El problema es que llega después del caso Jairo y al lado del caso Alberto. Aislado, el episodio de Durbanity Eventos sería incómodo. Sumado al resto, funciona como una pieza más de un mosaico que empieza a tener demasiada coherencia interna como para seguir llamándolo casualidad.
Alberto González Amador, el frente que más daño hace
Luego está Alberto González Amador, y ahí cambia el tono, el grosor del expediente y también el riesgo para la presidenta madrileña. Aquí ya no se discute solo una apariencia o una coincidencia fea. Aquí hay un procedimiento penal conocido, una investigación tributaria intensa y una cadena de revelaciones que ha ido ampliando el perímetro del caso durante meses. La Fiscalía y la Abogacía del Estado piden para González Amador tres años y nueve meses de cárcel y una multa de 448.927 euros por un presunto fraude fiscal de 350.951 euros. La acusación se refiere a los ejercicios del Impuesto de Sociedades de 2020 y 2021, que, según Hacienda, fueron alterados mediante el uso de facturas falsas y otras maniobras destinadas a reducir la base imponible. El contraste es llamativo: un año el impuesto le salió incluso a devolver en algo más de 1.300 euros y al siguiente apenas pagó unos 7.000, cuando la Agencia Tributaria sostiene que debió abonar más de 350.000 entre ambos ejercicios. No es una diferencia menor. Es el corazón mismo del caso.
El origen del dinero que después acaba en el foco judicial está en la pandemia. A través de Maxwell Cremona, González Amador obtuvo un beneficio extraordinario con la intermediación en una operación de material sanitario. La cifra que más se repite en las investigaciones es muy concreta: 1.973.000 euros de comisión por una sola operación de venta de mascarillas y guantes valorada en torno a 42 millones de euros. Esa fue la palanca del salto patrimonial. Después vino el problema fiscal, y más tarde la sospecha de que parte de toda esa arquitectura económica no se limitaba a un impago tributario, sino que podía esconder otras conductas. El propio recorrido procesal del caso ha sido elocuente. Antes de que la denuncia llegara formalmente al juzgado, la defensa de González Amador trasladó al fiscal la voluntad de reconocer hechos y satisfacer las cantidades presuntamente defraudadas para explorar un acuerdo. Más tarde, el relato cambió, la batalla se endureció y el asunto terminó convirtiéndose en uno de los mayores dolores de cabeza de la presidencia madrileña.
Quirón, mascarillas y una investigación que no deja de crecer
Lo que de verdad convierte el caso González Amador en una bomba política es que el fraude fiscal ya no aparece solo. A su alrededor ha ido surgiendo una segunda pieza centrada en sus relaciones con el entorno de Quirón, uno de los grupos sanitarios con mayor peso en Madrid. La justicia investiga si pudo existir un pago encubierto de 500.000 euros a través de la compra de Círculo de Belleza SL, una pequeña empresa sin apenas actividad ni valor real, propiedad de María Gloria Carrasco, esposa de Fernando Camino, presidente de Quirón Prevención. La sospecha es que aquella operación pudiera ser en realidad la forma de repartir una comisión ligada al gran pelotazo de las mascarillas. Dicho más claro: que los casi dos millones cobrados durante la pandemia no se agotaran en una ganancia personal, sino que escondieran un circuito de reparto disfrazado bajo una compraventa empresarial sin lógica económica aparente.
La relación entre González Amador y Fernando Camino no es nueva ni superficial. Las informaciones publicadas reconstruyen un vínculo profesional de quince años, nacido en tiempos de Fraternidad Muprespa y prolongado después en el universo Quirón. Cuando la relación sentimental entre Ayuso y González Amador se hizo pública en 2021, la facturación de la sociedad principal del empresario a empresas del grupo Quirón se disparó. En paralelo, él llegó a presentarse internamente en entornos de la compañía con cargos como director internacional o director de proyectos, usó correo corporativo y mantuvo una posición mucho más relevante que la de un mero consultor externo. La investigación judicial sospecha que la compra de la empresa de la esposa de Camino por medio millón fue una tapadera. La UCO lleva meses trabajando en un informe sobre ese presunto reparto ilícito. Y esa es la parte del caso que más compromete el discurso de Ayuso cuando insiste en que su pareja “no tiene absolutamente nada que ver” con la Comunidad de Madrid. Tal vez no figure en una nómina del Gobierno regional ni tenga un contrato directo con Sol, pero sus negocios se cruzan con un grupo sanitario que factura cientos de millones al sistema madrileño y ocupa una posición central en el modelo sanitario de la comunidad. El vínculo político, por tanto, existe aunque no adopte la forma grosera del contrato firmado a mano.
En las últimas semanas, además, el caso ha seguido generando ramificaciones. Maximiliano Niederer, señalado como presunto cooperador necesario en la emisión de dos facturas falsas desde México y Costa de Marfil por 620.000 y 922.585 euros, se ha adherido a la petición de nulidad del procedimiento impulsada por la defensa de González Amador. Esa maniobra no cambia el fondo del asunto, pero sí muestra hasta qué punto el frente judicial sigue vivo y lejos de apagarse. Para Ayuso, el desgaste viene de dos lados a la vez. Por un lado, la erosión judicial pura, con la pareja en el centro de una causa penal seria. Por otro, la erosión política más tosca y más persistente: la imagen de una dirigente que ha convertido la meritocracia y la buena gestión en bandera mientras su entorno sentimental aparece una y otra vez asociado a comisiones, ayudas y negocios con aroma de privilegio.
Una presidenta rodeada por la misma sospecha
El gran problema para Ayuso no es únicamente lo que pueda acabar probándose en sede judicial. Es el relato que se ha ido sedimentando a su alrededor. En Madrid, la presidenta ha cultivado una imagen de dirigente desacomplejada, liberal, directa, una política que presume de eficiencia, de menos trabas, de más empresa, de menos solemnidad. Pero cuando uno observa la secuencia que forman Jairo, Rafael y Alberto, lo que asoma por debajo no es una anomalía moderna, sino una versión muy reconocible de la vieja política de siempre: proximidades privadas que terminan teniendo rendimiento económico. Da igual que en un caso sea una ayuda formalmente legal, en otro un fichaje empresarial y en otro una causa penal con años de recorrido. Juntos dibujan un ambiente. Y en política, a veces, el ambiente perjudica tanto como el auto judicial.
Ayuso ha insistido en más de una ocasión en que los asuntos de su pareja no guardan relación con su gestión y en que la oposición pretende usar un “ciudadano particular” para atacarla políticamente. La frase le ha servido para atrincherarse, pero cada vez funciona peor. Porque lo que ha deteriorado la situación ya no es solo Alberto González Amador. Es la acumulación de nombres. Un nombre se discute. Dos nombres incomodan. Tres nombres configuran un patrón difícil de desmontar. Y ese patrón tiene un hilo conductor muy madrileño, muy concreto: la Comunidad aparece siempre cerca, ya sea en forma de adjudicación, de subvención, de gestión de ayudas o de gran proveedor sanitario con enorme dependencia del erario regional. Esa insistencia es la que convierte el asunto en un problema de Presidencia, aunque formalmente los expedientes no lleven la firma de Ayuso.
El círculo de las parejas y el precio político
Al final, lo que queda sobre la mesa es bastante más corrosivo que un mal titular de fin de semana. Lo que queda es la sensación de que el entorno sentimental de Ayuso no ha sido, precisamente, un espacio ajeno a la rentabilidad económica. Jairo Alonso termina en una tecnológica cuyo negocio con la Comunidad se ha multiplicado. Rafael Hernández Torre figura al frente de una empresa beneficiada con casi 94.000 euros de ayudas covid gestionadas por el Ejecutivo madrileño. Alberto González Amador arrastra una investigación por fraude fiscal, falsedad documental y una pieza creciente sobre negocios con el entorno de Quirón tras embolsarse casi dos millones con las mascarillas. Son hechos de naturaleza distinta, sí, pero comparten suficiente materia política como para desbaratar el relato de normalidad. El problema para Ayuso ya no es explicar un caso concreto. Es explicar por qué el azar parece trabajar siempre tan bien en favor de quienes han compartido con ella una parte de su vida.
Y ahí es donde la polémica adquiere un espesor distinto. No se trata de moralina ni de convertir las relaciones privadas en argumento de barra de bar. Se trata de poder, de dinero público, de la frontera entre lo íntimo y lo institucional y de la capacidad real de una dirigente para blindar su presidencia frente a cualquier sombra de favor o trato preferente. Esa frontera, en el caso de Ayuso, lleva tiempo demasiado borrosa. Cada nuevo dato no sustituye al anterior: lo reactiva, lo amplía, le da contexto. Por eso la noticia de estos días importa tanto. Porque no añade solo información sobre un exmarido o un exnovio. Lo que hace es ordenar una secuencia y ponerle forma. Y cuando una secuencia toma forma, deja de parecer un accidente y empieza a parecer una costumbre.

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