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¿Quién apoya el ataque a Irán y quién lo rechaza?

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Quién apoya el ataque a Irán y quién lo rechaza

El mapa político del ataque a Irán: quién cerró filas con Washington, quién respaldó a Teherán y qué hizo Europa en medio del choque militar.

La foto internacional que ha dejado el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán este 28 de febrero de 2026 no es un coro uniforme, sino un mapa lleno de grietas, silencios calculados y frases medidas al milímetro. A un lado han quedado los gobiernos que han respaldado de forma abierta o bastante clara la ofensiva con un argumento repetido casi palabra por palabra: impedir que Teherán llegue a tener arma nuclear y cortar la capacidad de un régimen que consideran desestabilizador para Oriente Próximo. En ese bloque destacan sobre todo Canadá y Australia. En el lado opuesto se han situado quienes han condenado el golpe como una agresión contra un Estado soberano, con Rusia y China al frente y con apoyos políticos nítidos desde Pakistán, Malasia o el propio Omán, que además ejercía de mediador entre Washington y Teherán. En medio aparece el grupo más numeroso, una especie de zona gris diplomática: Francia, Alemania, Reino Unido, España, la Unión Europea, la ONU y buena parte del mundo árabe no han querido bendecir los bombardeos, pero tampoco han cerrado filas con Irán; han puesto el foco en la desescalada, en el retorno a las negociaciones y, en varios casos, en la condena de los misiles iraníes lanzados después contra Israel y contra países del Golfo.

Si se ordenan las reacciones oficiales que se han hecho públicas hasta ahora, el reparto queda bastante claro. Pro ataque o claramente alineados con su lógica: Canadá, Australia y, con un lenguaje menos entusiasta pero sí muy duro contra Teherán, Ucrania. Contra el ataque o abiertamente críticos: Rusia, China, Pakistán, Malasia, Omán y Noruega en el terreno jurídico. En una posición intermedia, más incómoda y más europea que otra cosa: Francia, Alemania, Reino Unido, España, la UE y la ONU, que han pedido parar la espiral y volver al diálogo. En el mundo árabe la línea ha sido todavía más delicada: varios gobiernos han evitado apoyar la operación de Washington y Tel Aviv, pero al mismo tiempo han condenado con dureza la represalia iraní contra Qatar, Baréin, Emiratos, Kuwait, Jordania y otros países de la zona, porque ahí ya no se discutía un expediente nuclear, sino la soberanía directa de sus vecinos.

Un mapa diplomático roto en tres franjas

Lo primero que ha quedado claro es que el mundo no ha respondido con un simple sí o no. La reacción se ha partido en tres franjas. La primera es la de quienes compran el argumento de que el ataque era necesario para frenar un peligro mayor: un Irán nuclearizado, con más capacidad militar y más margen para proyectar influencia a través de aliados y milicias en toda la región. La segunda es la de quienes ven la operación como una violación frontal del derecho internacional, una acción de fuerza que abre la puerta a una guerra aún más grande. Y la tercera, la más ancha, la más incómoda, la de quienes han optado por frases de equilibrio: no avalan abiertamente el bombardeo, pero concentran la condena política en la represalia iraní y repiten, casi como una letanía diplomática, que la única salida real pasa por volver a la mesa de negociación.

Ese reparto no es casual. Oriente Próximo es el lugar donde casi todas las capitales quieren parecer firmes y prudentes a la vez, una gimnasia verbal complicadísima. Hay gobiernos que llevan años denunciando el programa nuclear iraní, su desarrollo de misiles balísticos, el apoyo a actores armados en la región y la represión interna del régimen. Pero una cosa es compartir ese diagnóstico y otra bendecir sin matices una operación militar tan amplia, lanzada además en un momento en que seguían existiendo contactos diplomáticos. Por eso tantos comunicados han sonado a lenguaje de quirófano: condena de la escalada, apelación al derecho internacional, defensa de los civiles, rechazo a la proliferación nuclear y llamada urgente a negociar. Todo al mismo tiempo. Todo con la mandíbula apretada.

Los que han respaldado el golpe sin demasiados rodeos

El apoyo más limpio, más reconocible, ha llegado desde Canadá. El primer ministro Mark Carney sostuvo que Ottawa respalda a Estados Unidos en su objetivo de impedir que Irán obtenga un arma nuclear y de frenar a un régimen que, en sus palabras, amenaza la paz y la seguridad internacionales. La frase importa por lo que dice y por lo que omite. No entra a discutir la legalidad del ataque, no pone el foco en la oportunidad política del momento, no se refugia en fórmulas ambiguas: va al núcleo del argumento de Washington. Teherán, según esa lectura, no es solo un problema regional; es el principal foco de inestabilidad y terror en Oriente Próximo, una formulación que encaja con la línea más dura del bloque occidental.

Australia se movió en un registro muy parecido. El primer ministro Anthony Albanese apoyó la actuación estadounidense para evitar que Irán acceda a la bomba atómica y describió al actual liderazgo iraní como una fuerza desestabilizadora. Ese lenguaje, aunque suene sobrio, es de una contundencia notable. Cuando un gobierno define así a otro, está diciendo algo más profundo que “entendemos la operación”: está sugiriendo que el problema no es solo lo ocurrido este sábado, sino la propia naturaleza del poder iraní, su trayectoria regional y su forma de actuar dentro y fuera de sus fronteras. Albanese añadió además un argumento doméstico: recordó los ataques en suelo australiano que Canberra atribuyó a Teherán y que llevaron a un deterioro drástico de las relaciones diplomáticas. Ahí se ve el segundo motor del apoyo australiano: no es una cuestión abstracta, sino también un litigio de seguridad nacional leído desde casa.

Ucrania se alinea contra Teherán, aunque con otro lenguaje

El caso de Ucrania es algo distinto. Kyiv no apareció con un aplauso literal al bombardeo, pero sí colocó su mensaje en el mismo eje político que los países que ven en Irán un actor agresivo. Su Ministerio de Exteriores señaló que el origen de lo que ocurre está en la violencia y la impunidad del régimen iraní, en la represión interna y en su comportamiento de los últimos meses. Es una reacción coherente con la guerra que Ucrania libra desde hace años: para Kyiv, Irán no es un expediente lejano, sino un socio militar de Rusia, acusado de suministrar drones y tecnología utilizada contra su territorio. Por eso su respuesta no se entiende solo mirando el Golfo; hay que mirarla también desde Járkov, Odesa o Kyiv, donde la relación entre Moscú y Teherán se percibe desde hace tiempo como una amenaza concreta.

Aquí aparece uno de los hilos más reveladores de toda la crisis: el ataque a Irán no se está leyendo únicamente como un episodio de Oriente Próximo, sino como una pieza más de un tablero internacional donde se cruzan la guerra de Ucrania, la rivalidad entre Occidente y el eje Rusia-China, y la batalla global por definir qué cuenta como legítima defensa, qué cuenta como agresión y quién tiene derecho a usar la fuerza para impedir un riesgo que dice ver antes de que ese riesgo se materialice. Por eso algunos apoyos han sido tan claros y algunas condenas tan duras. En realidad, cada capital hablaba de Irán, sí, pero también estaba hablando de sí misma.

Los que lo han condenado de frente

El tono más severo ha llegado desde Rusia. Moscú calificó los bombardeos de acto de agresión armado, premeditado y no provocado contra un Estado soberano miembro de Naciones Unidas. No se quedó ahí. El Ministerio de Exteriores ruso acusó a Washington y Tel Aviv de esconderse detrás de la cuestión nuclear para perseguir en realidad un objetivo de cambio de régimen en Teherán. Esa acusación no es menor, porque desarma el relato defensivo de la operación y lo sustituye por otro más explosivo: no sería un golpe para contener una amenaza, sino una ofensiva para derribar al poder iraní. Rusia advirtió además del riesgo de una catástrofe humanitaria, económica e incluso radiológica en la región y se ofreció a mediar, mientras Serguéi Lavrov respaldaba la petición iraní de convocar de urgencia al Consejo de Seguridad.

En el Kremlin hay también cálculo estratégico, claro. Rusia ha estrechado sus vínculos con Irán en los últimos años, comparte con Teherán el rechazo al poder estadounidense en la región y entiende que un gran choque en Oriente Próximo puede alterar prioridades occidentales, tensar mercados energéticos y desviar atención política y militar de otros frentes, incluida Ucrania. Pero sería un error reducir su reacción a puro oportunismo. Moscú está intentando consolidar una idea muy específica del orden internacional: la de la soberanía estatal como muro frente a intervenciones que, según su narrativa, Occidente ejecuta cuando le conviene. Esa idea, aunque en boca rusa suene a ironía para muchos gobiernos europeos, sigue teniendo eco en buena parte del Sur Global.

China, Pakistán y Malasia: soberanía, contención y alarma

China se movió en un marco parecido, aunque con un lenguaje menos teatral y más clásico. Pekín expresó una alta preocupación por los ataques, pidió el cese inmediato de las acciones militares, reclamó el retorno a las negociaciones y subrayó que deben respetarse la soberanía, la seguridad y la integridad territorial de Irán. Es la gramática diplomática habitual de China, pero aquí tiene un peso especial. Al insistir en la soberanía, Pekín no solo critica a Estados Unidos e Israel; también se presenta como una potencia que dice defender un orden más estable frente a intervenciones que considera desestabilizadoras. Y, de paso, refuerza una idea útil para sus propios intereses: que ningún Estado debería ver amenazadas sus fronteras ni su integridad por decisiones unilaterales ajenas.

Pakistán condenó los ataques estadounidenses e israelíes y, al mismo tiempo, denunció la andanada iraní contra Arabia Saudí, Jordania, Baréin, Kuwait, Catar y Emiratos Árabes Unidos. Esa doble condena es relevante. Islamabad no quería quedar alineado con el bombardeo inicial, pero tampoco podía avalar que la respuesta iraní se extendiera por las monarquías del Golfo y por otros países vecinos. El Ministerio de Exteriores paquistaní subrayó además que la operación llegó cuando seguían abiertos esfuerzos diplomáticos para una salida negociada, y advirtió de que todo esto puede socavar la paz regional con consecuencias de gran alcance. Malasia, por su parte, dibujó un escenario casi apocalíptico: el primer ministro Anwar Ibrahim advirtió de que la región se estaba acercando al borde de la catástrofe. El tono era duro, pero retrata bien la sensación dominante en buena parte de Asia: esto ya no parece una crisis contenible, sino una escalada con capacidad de desbordarlo todo.

Europa evita bendecir el bombardeo, pero tampoco se coloca con Irán

La reacción de Francia, Alemania y Reino Unido es probablemente la más reveladora de todo el día. Los tres gobiernos dejaron claro que no participaron en los ataques, condenaron los misiles iraníes contra países de la región y pidieron una reanudación de las negociaciones. En su declaración conjunta, Emmanuel Macron, Friedrich Merz y Keir Starmer insistieron en que Irán debe frenar sus ataques indiscriminados, volver a la mesa y permitir que su pueblo determine su futuro. También recordaron sus exigencias de siempre: fin del programa nuclear, contención del programa balístico, cese de la actividad desestabilizadora en la región y fin de la violencia interna contra la población iraní. Es decir, no apoyan abiertamente el bombardeo, pero tampoco aceptan el marco iraní de agresión pura y simple. Se colocan en una especie de centro duro: diplomacia, sí; indulgencia, no.

Macron fue aún más lejos en su propio mensaje. Pidió una reunión urgente del Consejo de Seguridad de la ONU y advirtió de que la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán tiene consecuencias serias para la paz y la seguridad internacionales. Pero añadió algo importante: el régimen iraní debía entender que ya no tiene otra salida que negociar de buena fe sobre sus programas nuclear y balístico y sobre sus acciones regionales. Más tarde, en una reunión de seguridad, remarcó que nadie puede pensar que el problema nuclear iraní o sus capacidades regionales vayan a resolverse solo con bombardeos. Esa frase retrata bien el nervio europeo: Teherán preocupa mucho, pero la idea de que la fuerza por sí sola vaya a resolver el problema convence a muy pocos en las capitales del continente.

En Reino Unido la posición fue parecida, aunque con un matiz operativo. Keir Starmer aseguró que el Reino Unido no participó en los ataques, reunió al comité de emergencia COBRA y confirmó que fuerzas y aeronaves británicas estaban implicadas en operaciones defensivas regionales coordinadas con aliados para proteger intereses y personal británico. Al mismo tiempo, Londres insistió en que Irán no debe llegar a desarrollar armas nucleares y activó alertas para sus nacionales en varios países del Golfo. Es un equilibrio delicado: no formar parte del bombardeo, sí reforzar la defensa ante la represalia iraní, y mantener en el discurso la vieja línea británica de que el programa nuclear de Teherán no puede desembocar en una capacidad militar plena.

España optó por una posición más nítida en el plano formal. Pedro Sánchez exigió desescalada inmediata y respeto completo al derecho internacional. Después, José Manuel Albares insistió en el mismo mensaje: respeto a la legalidad, diálogo y fin de los ataques. Madrid evitó justificar los bombardeos y puso el acento en parar la violencia cuanto antes. Ese tono encaja con la tradición diplomática española en las crisis de la región: mucha defensa del marco legal y de la negociación, poca disposición a avalar operaciones unilaterales de gran envergadura. Dentro de Europa, además, Noruega destacó por introducir una objeción jurídica muy concreta. Su ministro de Exteriores, Espen Barth Eide, señaló que un ataque preventivo solo podría ajustarse al derecho internacional si existiera una amenaza inmediatamente inminente, algo que puso en duda de manera abierta. Ahí aparece uno de los grandes debates que deja esta jornada: no solo se discute si la ofensiva era conveniente, sino si era legal.

La Unión Europea y la ONU se han movido en un terreno parecido, con palabras quizá menos afiladas, pero con una alarma muy visible. Ursula von der Leyen y António Costa reclamaron máxima contención, protección de los civiles y respeto al derecho internacional, mientras la ONU habló de una escalada que socava la paz y la seguridad internacionales. António Guterres pidió el cese inmediato de las hostilidades, y el alto comisionado de Derechos Humanos, Volker Türk, deploró tanto los ataques sobre Irán como la posterior represalia iraní, recordando que los civiles acaban pagando siempre el precio más alto. No hay florituras aquí: la ONU ve un riesgo real de guerra regional y de consecuencias todavía imposibles de medir.

El mundo árabe condena a Irán, pero no compra una guerra larga

En el mundo árabe la respuesta ha sido especialmente compleja. La Liga Árabe, formada por 22 países, calificó la represalia iraní como una violación flagrante de la soberanía de Estados que apuestan por la paz y la estabilidad. Gobiernos que mantienen relaciones diplomáticas con Israel, entre ellos Marruecos, Jordania y los Emiratos Árabes Unidos, condenaron los misiles dirigidos contra bases y territorios de Kuwait, Baréin, Catar y los propios Emiratos. Arabia Saudí habló directamente de agresión traicionera y de violación manifiesta de la soberanía. Ese tono tan duro tiene una lógica cristalina: una cosa es observar con recelo a Teherán, y otra muy distinta aceptar que la respuesta iraní convierta al Golfo en un tablero de impactos, sirenas y restos de interceptores cayendo sobre carreteras y barrios.

Los hechos sobre el terreno han pesado mucho en esa reacción. Qatar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Baréin aseguraron haber interceptado misiles iraníes, y Jordania hizo lo mismo. En Abu Dabi, la prensa estatal emiratí informó de al menos una muerte, mientras en Dubái se vieron columnas de humo y en varios puntos del Golfo cundió el pánico, con residentes refugiándose en baños sin ventanas, armarios o espacios interiores. El detalle es importante porque cambia el clima político. Mientras el bombardeo inicial podía ser leído por algunos gobiernos árabes con prudencia o con silencio calculado, la contraofensiva iraní golpeó directamente su entorno inmediato y alteró la sensación de seguridad que varias monarquías han construido durante años casi como una marca de Estado. De repente, el conflicto dejó de ser “de otros”.

Omán y Líbano muestran el miedo al desbordamiento

Omán ha sido una de las voces más singulares del día porque no hablaba solo como vecino, sino como mediador. Su ministro de Exteriores, Badr Albusaidi, lamentó que las negociaciones activas y serias que Mascate estaba facilitando entre Irán y Estados Unidos quedaran, otra vez, dinamitadas. Fue incluso más allá: dijo que la acción estadounidense constituía una violación de las reglas del derecho internacional y del principio de resolver las disputas por medios pacíficos, no mediante hostilidad y sangre. Es una crítica muy directa y muy poco ornamental. Omán viene a decir que el golpe no solo ha aumentado el riesgo militar; también ha destruido, quizá por mucho tiempo, el único carril diplomático que seguía vivo.

En Líbano, el primer ministro Nawaf Salam lanzó un mensaje menos internacional y más doméstico, pero también muy revelador: afirmó que no aceptará que nadie arrastre al país a aventuras que amenacen su seguridad y su unidad. El subtexto era evidente. Cada crisis entre Israel e Irán activa de inmediato la alarma sobre el papel de Hezbolá y sobre la posibilidad de que el frente libanés vuelva a encenderse. Esa es otra razón por la que tantas capitales árabes y mediterráneas han optado por la contención verbal. No es solo miedo a una guerra grande; es miedo a que el conflicto se fragmente en varios frentes simultáneos, desde el Golfo hasta el Levante.

Por qué cada capital se ha colocado donde se ha colocado

Detrás de cada declaración hay una lógica bastante reconocible. Los países que han apoyado el ataque, sobre todo Canadá y Australia, lo hacen porque llevan tiempo viendo a Irán como una amenaza que combina nuclearización potencial, influencia regional, represión interna y, en algunos casos, operaciones o tramas atribuidas a Teherán fuera de Oriente Próximo. Su razonamiento es sencillo, aunque no necesariamente pacífico: si el régimen iraní sigue avanzando, el coste futuro será peor que el coste presente del bombardeo. Ahí caben tanto el temor a la bomba como el rechazo frontal a la naturaleza del régimen.

Los que condenan la ofensiva, en cambio, se apoyan en otra arquitectura mental. Rusia y China leen la crisis desde la soberanía, la crítica a las intervenciones occidentales y el rechazo a cualquier precedente que legitime golpes preventivos contra un Estado adversario. Pakistán, Malasia y Omán añaden otro elemento: la idea de que una operación así revienta los canales diplomáticos cuando aún no estaban del todo muertos y eleva el riesgo de una guerra con consecuencias regionales brutales. En el mundo árabe, además, la posición está atravesada por una contradicción permanente: muchos gobiernos desconfían de Irán profundamente, pero tampoco quieren una campaña abierta que incendie el vecindario, golpee rutas energéticas, afecte al comercio y convierta sus capitales en objetivo de represalias.

Europa, mientras tanto, está atrapada entre dos impulsos. El primero es estratégico: Irán preocupa, y mucho, por su programa nuclear, su actividad balística y su papel regional. El segundo es político y jurídico: Europa no quiere normalizar que una crisis así se gestione exclusivamente a golpe de bombardeo, y menos aún si el argumento del ataque preventivo entra en terreno resbaladizo. Por eso la reacción europea ha sido tan típica y, a la vez, tan significativa: no respaldo entusiasta a Washington, no defensa de Teherán, sí condena de la represalia iraní, sí presión para recuperar una salida negociada. Es un punto medio incómodo, pero muy consciente de lo que está en juego. Porque si algo se percibe en Bruselas, París, Berlín, Londres o Madrid es que esta vez el incendio no parece local ni breve.

Un tablero internacional partido, pero no simétrico

Al cerrar el día, el reparto de posiciones deja una conclusión bastante firme. Los apoyos abiertos al ataque existen, pero no son mayoritarios. Han sido nítidos en Canadá y Australia, y más indirectos en Ucrania. Las condenas más duras han llegado de Rusia y China, con eco en Pakistán, Malasia y Omán. Europa, la UE, la ONU y una parte importante del mundo árabe han intentado moverse en una franja intermedia: rechazo a la escalada, preocupación jurídica y humanitaria, condena de los misiles iraníes y obsesión por devolver la crisis al terreno de la diplomacia. Esa es la geometría real del momento. No es un planeta alineado detrás de Washington y Tel Aviv, pero tampoco un planeta volcado con Teherán. Es, más bien, un sistema internacional partido en tres, con muchos gobiernos tratando de no elegir del todo mientras el suelo se mueve bajo sus pies.

Lo más revelador, en realidad, no está solo en quién ha apoyado o quién ha condenado, sino en el miedo que atraviesa casi todos los comunicados. Miedo a una guerra regional larga, miedo a nuevas oleadas de misiles sobre el Golfo, miedo a una ruptura total de las negociaciones y miedo a que el expediente nuclear iraní deje de ser un problema diplomático grave para convertirse en el detonante de una confrontación mucho más amplia. Por eso la palabra que más se ha repetido, incluso entre gobiernos muy distintos, ha sido negociación. No por ingenuidad, ni por pacifismo de escaparate, sino porque muchos ejecutivos asumen que el uso de la fuerza puede romper mucho en muy pocas horas, pero rara vez ordena una región tan compleja por sí solo. Y porque, a estas alturas, casi nadie se engaña: lo que ha estallado no es solo una crisis entre Irán, Israel y Estados Unidos, sino un pulso que ha obligado al mundo entero a retratarse.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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