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¿Quiénes son los Pasdarán y qué poder tienen en Irán?

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Quiénes son los Pasdarán

Quiénes son los Pasdarán, cómo mandan en Irán y por qué su poder militar, político y económico sigue siendo decisivo tras la guerra de 2025.

Irán tiene presidente, ministros, Parlamento, generales del ejército regular y una burocracia espesa, difícil de leer desde fuera. Pero el centro real del poder coercitivo no está ahí del todo. Está en el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, conocido en persa como Sepah-e Pasdaran y abreviado como los Pasdarán, una organización creada en 1979 para proteger la revolución de Ruhollah Jomeini y que con el tiempo se convirtió en algo mucho más grande: un ejército paralelo, una red de inteligencia, una maquinaria económica y el principal escudo político de Alí Jamenei. No depende del Gobierno electo, no responde al presidente de turno y no actúa como una fuerza armada convencional. Su misión, desde el primer día, ha sido otra: defender la ideología, la estructura y la continuidad de la República Islámica incluso cuando el país tiembla, cuando la calle protesta o cuando la presión exterior aprieta.

Eso explica por qué los Pasdarán aparecen una y otra vez en casi todos los grandes episodios iraníes de las últimas décadas. Estuvieron en la guerra con Irak, crecieron bajo el fuego, entraron después en la economía, colonizaron parcelas del aparato del Estado, supervisaron parte del desarrollo de los misiles y del entramado de seguridad, sostuvieron la proyección exterior de Teherán a través de la Fuerza Quds y fueron pieza central en la represión de las protestas internas. También explica por qué Israel los convirtió en objetivo prioritario durante la guerra de doce días de junio de 2025, cuando varios de sus mandos más conocidos, entre ellos Hossein Salami, Amir Ali Hajizadeh y Gholamali Rashid, murieron en ataques que sacudieron la cúspide militar iraní. El golpe fue severo. La estructura, sin embargo, siguió en pie.

El brazo que no depende del Gobierno

El nombre oficial suena burocrático, casi ceremonial, pero engaña. Los Guardianes de la Revolución no son un añadido folclórico dentro del sistema iraní. Son una de sus piezas fundacionales. Nacieron pocos meses después de la caída del sha, cuando el nuevo régimen necesitaba una fuerza propia, plenamente leal a la revolución y desconfiada del viejo ejército regular, el Artesh, heredero de la monarquía. Aquella decisión inicial marcó todo lo demás. Mientras el Artesh quedó asociado a la defensa clásica del territorio, los Pasdarán asumieron una tarea más profunda y más política: custodiar la República Islámica frente a enemigos exteriores, opositores internos, desviaciones ideológicas y posibles fracturas dentro del propio aparato estatal. Desde entonces viven en una zona de poder muy particular, a medio camino entre el cuartel, el partido de Estado y los servicios de seguridad. Esa singularidad explica también por qué Estados Unidos los incluyó en 2019 en su lista de organizaciones terroristas extranjeras, una decisión excepcional contra una rama oficial de las fuerzas armadas de otro Estado y una medida que retrató hasta qué punto Washington dejó de verlos como un actor militar ordinario.

La clave está en la cadena de mando. Los Pasdarán rinden cuentas de manera directa al líder supremo, no al presidente ni al gabinete. Ese detalle, que puede parecer técnico, lo cambia todo. Cuando en Irán hay elecciones, el margen de maniobra del presidente siempre choca con un techo invisible pero durísimo: las estructuras que controlan la seguridad, la doctrina regional, el sistema de vigilancia y la supervivencia del régimen. Ahí la Guardia pesa muchísimo más que cualquier ministerio. Por eso su influencia no depende del color político relativo del Gobierno, si es que esa etiqueta sirve en Irán. Da igual que en la presidencia se siente un perfil más pragmático o uno más duro. Los Pasdarán siguen ahí, con presupuesto, cuadros propios, legitimidad revolucionaria y acceso directo al núcleo del poder.

La guerra entre Irán e Irak, de 1980 a 1988, fue el gran laboratorio que los transformó. Empezaron como una fuerza joven, irregular y cargada de fervor. Salieron de aquella guerra con otra musculatura, otra cultura interna y otra ambición. El régimen descubrió que le servían para combatir, movilizar, adoctrinar y construir relato al mismo tiempo. Muchos de los nombres que después dominaron la seguridad iraní se formaron allí, entre ofensivas suicidas, trincheras, propaganda del martirio y una idea muy nítida de obediencia religiosa. Esa memoria bélica sigue siendo decisiva. En la Guardia Revolucionaria, la guerra con Irak no es solo historia militar; es el mito fundador que todavía ordena jerarquías, carreras y discursos.

Cómo se organiza el poder de los Guardianes

La estructura de los Pasdarán combina ramas militares clásicas y dispositivos diseñados para otro tipo de control. Están las fuerzas terrestres, las fuerzas navales y las fuerzas aeroespaciales, pero también la Organización de Inteligencia y la Fuerza Quds, dedicada a las operaciones exteriores. A eso se suma el Basij, la gran red paramilitar de movilización social. Las estimaciones más repetidas sitúan el núcleo militar directo de la Guardia en torno a 125.000 efectivos, aunque la cifra real es difícil de comprobar y cambia según qué componente se cuente. El dato más sólido no es el número exacto, sino su forma: no se trata de una unidad de élite pequeña y cerrada, sino de una arquitectura de poder con profundidad territorial, cuadros políticos, capacidad de reclutamiento y presencia en casi todos los frentes sensibles del país.

Las fuerzas terrestres tienen un papel esencial en la seguridad interior y en el control del territorio. Las navales son especialmente temidas en el Golfo por su doctrina de presión asimétrica, con lanchas rápidas, despliegues irritantes y una forma de operar pensada más para desgastar, intimidar y encarecer cualquier choque que para ganar una guerra convencional al estilo occidental. Las aeroespaciales concentran probablemente el componente más estratégico del cuerpo, porque de ellas depende buena parte del programa iraní de misiles balísticos, drones y sistemas de lanzamiento. Ese brazo fue, precisamente, uno de los más golpeados en junio de 2025 con la muerte de Amir Ali Hajizadeh, el general que durante años encarnó la capacidad iraní de castigar a distancia y saturar defensas enemigas.

La inteligencia de los Pasdarán ocupa otra zona crítica. No funciona solo como espionaje hacia fuera; también participa en vigilancia interna, contrainteligencia, seguimiento de opositores y control de disidencias. En Irán, la seguridad no está repartida de manera limpia entre instituciones especializadas como en una democracia liberal. Se superpone, se pisa, se refuerza. Ministerio de Inteligencia, Guardia Revolucionaria, policía, sistema judicial, aparato clerical: todos pueden cruzarse en una misma operación. Esa superposición es deliberada. Genera competencia, sí, pero también produce una red de control densa y difícil de esquivar.

Basij, la red que baja a la calle

Si la Guardia Revolucionaria es el músculo central del régimen, el Basij es su extensión más pegada al asfalto. Se trata de una milicia de voluntarios integrada en la órbita de los Pasdarán, menos profesionalizada que las unidades regulares pero mucho más fácil de activar en momentos de tensión. Durante años ha sido una pieza visible en la represión de protestas, en el control del espacio público y en la aplicación de los códigos islámicos, incluido el velo obligatorio y otras normas de comportamiento. Su presencia tiene algo viscoso: aparece en universidades, barrios, patrullas de apoyo, actos oficiales, controles improvisados, campañas morales. No siempre dispara. A veces basta con que esté.

El Basij fue útil en la guerra con Irak, cuando aportó masas de jóvenes movilizados bajo una mezcla de fervor religioso y patriotismo revolucionario, y siguió siendo útil después como herramienta de vigilancia social. En los momentos de mayor agitación interna, desde las protestas estudiantiles de 1999 hasta las grandes oleadas de contestación de 2009, 2019 o 2022, su papel volvió a primer plano. No actúa solo, pero sí forma parte de esa idea de poder distribuido que el régimen ha cultivado con esmero: el Estado no se limita a reprimir desde arriba, también se despliega por abajo, con redes de lealtad, informantes, milicianos y mediadores coercitivos. Por eso en Irán la calle nunca es solo la calle; también es un espacio de observación y castigo.

La Fuerza Quds y la guerra fuera de las fronteras

La dimensión exterior de los Pasdarán se concentra en la Fuerza Quds, el brazo encargado de las operaciones en el extranjero y del vínculo con organizaciones armadas aliadas. Es una estructura rodeada de sigilo, propaganda y exageraciones, pero su papel real ha sido enorme. Durante años ayudó a tejer la red regional que Irán presentó como eje de la resistencia, con conexiones directas con Hezbolá en Líbano, milicias chiíes en Irak, grupos afines en Siria y los hutíes en Yemen. No siempre opera con grandes despliegues visibles. Su fuerza ha estado en otra cosa: entrenamiento, coordinación, transferencia de armamento, asesoría, financiación y construcción paciente de influencia. Es una diplomacia armada, por decirlo de una forma llana.

La figura que mejor simbolizó ese poder fue Qasem Soleimani, comandante de la Fuerza Quds durante más de dos décadas y probablemente el militar iraní más influyente de su generación. Para Teherán fue un héroe de guerra y un arquitecto regional. Para Washington, el cerebro de una red armada responsable de desestabilizar Oriente Próximo y atacar intereses estadounidenses. Su muerte en un bombardeo de Estados Unidos en Bagdad, el 3 de enero de 2020, no destruyó la estructura, pero sí convirtió a Soleimani en un mártir de Estado, un icono repetido en carteles, funerales, discursos y documentales oficiales. La República Islámica lo absorbió enseguida en su liturgia política: el general pasó a ser mito, y el mito siguió operando incluso después de muerto.

Conviene entender bien qué significa la Fuerza Quds en la estrategia iraní. Irán sabe que no puede competir de tú a tú con Estados Unidos o Israel en todos los terrenos de una guerra convencional prolongada. Así que construyó un modelo de proyección indirecta. En vez de desplegar divisiones enteras fuera de casa, ha preferido levantar aliados, redes logísticas y plataformas armadas que le permitan ganar profundidad, presionar a sus rivales y responder sin exponerse siempre de forma frontal. Esa lógica marcó la guerra de Siria, la relación con grupos iraquíes y la capacidad de hostigamiento en varios puntos de la región. También explica por qué, cada vez que Israel o Estados Unidos quieren degradar la influencia iraní, miran primero hacia la Guardia Revolucionaria y, dentro de ella, hacia la Quds.

La propia guerra de 2025 confirmó que ese brazo seguía siendo central. En los ataques de junio cayeron también responsables ligados a la red exterior iraní y a la logística regional. La lectura israelí era evidente: si se quiere recortar la capacidad de Teherán para mover aliados, armas y represalias a través de Oriente Próximo, hay que golpear a los hombres que cosen esa tela por dentro. Irán respondió intentando demostrar lo contrario, que la red podía seguir funcionando incluso tras la pérdida de figuras clave. Ahí está una de las señas de identidad de los Pasdarán: no dependen de un solo rostro, por muy célebre que sea. Son una estructura que reemplaza rápido y, cuando hace falta, convierte la muerte de sus mandos en combustible político.

Misiles, drones y la guerra de junio de 2025

Si algo ha definido la modernización militar de los Pasdarán en los últimos años ha sido la apuesta por los misiles y los drones. Teherán asumió hace tiempo que no podía igualar a sus adversarios en aviación avanzada, defensa aérea de última generación o superioridad tecnológica clásica. La respuesta fue otra: invertir en capacidad de represalia, alcance regional, saturación y guerra asimétrica. En esa doctrina, la Fuerza Aeroespacial de la Guardia se convirtió en el escaparate más visible. Bajo Amir Ali Hajizadeh, ese brazo acumuló peso político y militar, no solo por su arsenal, también por su valor simbólico. Cada prueba de misiles, cada exhibición de drones, cada amenaza sobre bases o infraestructuras enemigas formaba parte del mismo mensaje: Irán puede no dominar el cielo, pero sí puede complicar el cálculo de cualquier ataque.

La guerra de doce días de junio de 2025 dejó al descubierto tanto la importancia de esa rama como sus vulnerabilidades. El 13 de junio, una oleada de ataques israelíes alcanzó instalaciones nucleares, fábricas de misiles y centros de mando iraníes. Murieron Hossein Salami, jefe de la Guardia desde 2019; Amir Ali Hajizadeh, jefe aeroespacial; Gholamali Rashid, figura clave del aparato de mando; el jefe del Estado Mayor, Mohammad Bagheri, que había pasado por la Guardia; y varios científicos vinculados al programa nuclear, entre ellos Fereydoun Abbasi-Davani y Mohammad Mehdi Tehranchi. Fue la mayor sacudida a la jerarquía militar iraní en décadas. Y también un golpe psicológico. Durante unas horas se vio con crudeza que la cúpula de seguridad del régimen podía ser alcanzada con una precisión humillante.

La reacción iraní fue inmediata en el plano simbólico y acelerada en el plano orgánico. Alí Jamenei nombró con rapidez a Mohammad Pakpour como nuevo comandante en jefe de la Guardia para sustituir a Salami, un relevo que mostró hasta qué punto el sistema tiene mecanismos preparados para evitar vacíos visibles. Ese automatismo importa mucho. En regímenes de este tipo, la sensación de continuidad es casi tan importante como la continuidad misma. La Guardia no podía permitirse aparecer como una estructura decapitada y desconectada. Tenía que demostrar que seguía mandando, que seguía coordinando y que seguía teniendo capacidad de respuesta. Lo hizo con nombramientos exprés, mensajes de represalia y una recomposición acelerada de la cadena de mando.

Pero el daño fue real. La guerra de 2025 no solo eliminó nombres; puso en cuestión la seguridad interna del sistema, su blindaje frente a infiltraciones y la eficacia de algunos de sus mecanismos de protección. También obligó a la Guardia a mirar hacia dentro con más ansiedad. Tras el alto el fuego, las autoridades endurecieron la represión interna con arrestos, ejecuciones y nuevos despliegues de seguridad, especialmente en regiones sensibles como las áreas kurdas. La lógica era conocida: cuando el régimen se siente golpeado por fuera, busca cerrar grietas por dentro. Y ahí los Pasdarán recuperan su función más primaria, la que explica su existencia desde 1979: garantizar que ninguna crisis exterior se convierta en una crisis de supervivencia doméstica.

A finales de febrero de 2026, con nuevas maniobras de la Guardia en la costa sur iraní y otra vez la tensión militar disparada con Israel y Estados Unidos, quedó claro que el cuerpo seguía en el centro del tablero. La secuencia es casi mecánica. Cuando sube el riesgo de choque regional, suben también la exposición, el protagonismo y la capacidad de intimidación de los Pasdarán. Son el rostro armado de la disuasión iraní, pero también el termómetro de sus miedos.

Dinero, contratos y petróleo

El poder de los Pasdarán no se entiende solo con mapas militares. También hay que seguir el rastro del dinero. A lo largo de los años, la Guardia construyó un vasto entramado económico que le permitió financiarse, ampliar su autonomía y ocupar sectores estratégicos. La pieza más conocida es Khatam al-Anbiya, su gran brazo de ingeniería y construcción, convertido en uno de los principales contratistas de infraestructuras del país. Con el tiempo, esa presencia se extendió a obras públicas, energía, telecomunicaciones, transporte y proyectos industriales. En Irán no siempre resulta sencillo separar dónde termina el Estado y dónde empieza la red empresarial vinculada a la Guardia. A menudo están mezclados, solapados, cosidos con la misma aguja.

Aquí conviene afinar porque incluso los nombres se prestan a confusión. Existe el Cuartel General Central Khatam al-Anbiya, ligado al mando operativo militar, y existe también el conglomerado constructor del mismo nombre o casi, que funciona como brazo económico de la Guardia. Esa superposición ilustra bien la lógica del sistema: el mismo universo institucional puede mandar tropas, coordinar operaciones y adjudicarse contratos. Nada de eso es decorativo. Supone poder real. Supone acceso a recursos, a redes de patronazgo, a licencias, a empleos, a importaciones y a negocios blindados por la opacidad y las sanciones.

En los últimos años ese peso se ha notado con especial claridad en el sector petrolero. Distintas informaciones coinciden en que la Guardia ha ampliado su control sobre la exportación de crudo iraní hasta gestionar una porción enorme del negocio, en algunos cálculos hasta la mitad de los ingresos de exportación. En un país sancionado, donde vender petróleo exige flotas en sombra, intermediarios, triangulaciones y empresas pantalla, la Guardia Revolucionaria tiene ventajas obvias: experiencia clandestina, redes internacionales, protección política y capacidad para moverse en la zona gris donde se mezclan Estado, seguridad y mercado negro. Eso le da una autonomía formidable y refuerza su influencia sobre el conjunto del régimen.

La economía de los Pasdarán importa también por otra razón menos visible. Les permite mantener fidelidades. Un aparato de esta naturaleza no se sostiene solo con doctrina o con miedo. Necesita carreras, contratos, sueldos, jubilaciones, favores, ascensos y expectativas de promoción para miles de personas. Cuando la Guardia entra en la construcción, en la energía o en la logística, no solo gana dinero: compra estabilidad interna. Crea una constelación de intereses materiales alrededor de sí misma. Ese tejido explica por qué su peso sobrevive incluso a cambios de gobierno, sanciones internacionales o crisis puntuales. No es una máquina de guerra flotando sobre el Estado. Está clavada dentro de él.

El poder que sigue en pie

La historia reciente de los Pasdarán muestra una paradoja muy iraní. Cuanto más se habla de debilidad del régimen, más aparece la Guardia como su herramienta indispensable. Y cuanto más castigo recibe desde fuera, más se endurece su función doméstica. La muerte de Hossein Salami y de otros mandos en 2025 no deshizo la estructura. El relevo rápido de Mohammad Pakpour, la reactivación de figuras veteranas como Ali Shamkhani en el núcleo de seguridad y las nuevas maniobras militares de 2026 enseñan justo lo contrario: la República Islámica puede quedar herida, pero todavía conserva un aparato capaz de recomponerse, imponer disciplina y proyectar fuerza. El problema para Teherán no es solo sustituir generales. Es sostener la autoridad del sistema en medio de una presión exterior cada vez más agresiva y de una fatiga interior que no desaparece.

Ahí los Pasdarán siguen siendo decisivos. Son el guardián del orden revolucionario, el brazo que reprime, el que negocia desde la amenaza, el que administra buena parte del músculo económico y el que articula la presencia iraní en varios frentes de Oriente Próximo. También son, cada vez más, un actor metido de lleno en la gran incógnita del país: qué ocurrirá el día en que falte Alí Jamenei. La sucesión del líder supremo no será un simple trámite clerical. Será una batalla silenciosa por el equilibrio del sistema, y en esa batalla la Guardia tendrá un peso central, ya sea para asegurar continuidad dura o para bendecir una transición controlada con otro rostro. Por eso entender a los Pasdarán no consiste solo en mirar cuántos misiles tienen o cuántas lanchas despliegan en el Golfo. Consiste en entender quién protege de verdad el edificio iraní, quién lo financia, quién lo vigila y quién está dispuesto a aplastar cualquier grieta antes de que se convierta en derrumbe.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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