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Cuál es la estrategia de EEUU e Israel para derrotar a Irán

EE UU e Israel golpean con ventaja aérea, pero Irán conserva territorio, misiles, milicias y margen para llevar la guerra al desgaste largo.
Con los ataques coordinados de Estados Unidos e Israel contra Irán este 28 de febrero, la pregunta ya no gira solo en torno a si ambos países pueden golpear con fuerza, porque eso ha quedado otra vez a la vista, sino a qué significaría realmente ganar. La respuesta corta, y bastante menos épica de lo que sugieren algunos titulares, es esta: Washington y Tel Aviv sí pueden imponerse militarmente a Teherán en una campaña aérea y tecnológica, degradar sus mandos, frenar parte de su programa nuclear, castigar su industria de misiles y obligar al régimen a replegarse. Lo que no pueden garantizar con la misma claridad es una victoria limpia, rápida y estable. Irán no es un objetivo pequeño, ni una milicia cercada, ni un Estado fallido. Es un país grande, armado, endurecido por décadas de sanciones y crisis, con profundidad territorial, misiles, drones, Guardia Revolucionaria, redes regionales y capacidad para convertir una derrota táctica en una guerra larga.
La lógica de la operación que se está perfilando, con Donald Trump en la Casa Blanca, Benjamín Netanyahu al frente del Gobierno israelí, Ali Khamenei como guía supremo de Irán y Masoud Pezeshkian como presidente iraní, apunta justo ahí. Israel puede abrir la puerta con ataques de precisión, inteligencia y sorpresa; Estados Unidos puede sostener la presión con bombarderos, reabastecimiento, defensa antimisiles, satélites, guerra electrónica y presencia naval. Pero una cosa es destruir objetivos y otra, muy distinta, doblegar un sistema político-militar que lleva años preparándose para sobrevivir bajo fuego. Esa diferencia, que a veces se pierde entre mapas y vídeos nocturnos de explosiones, es la que explica casi todo lo que viene después.
La superioridad aérea existe, pero no resuelve sola la guerra
Si se compara el poder de ambos bloques de forma fría, sin propaganda y sin postureo de sobremesa, la ventaja de EE UU e Israel en el aire es evidente. La fuerza aérea israelí lleva tiempo demostrando un nivel de penetración, inteligencia y precisión muy alto, y Estados Unidos sigue siendo la única potencia capaz de sostener una campaña aérea compleja durante semanas o meses con una infraestructura global detrás. Eso incluye cazas furtivos, aviones cisterna, vigilancia por satélite, plataformas de inteligencia, capacidad de interferencia electrónica, defensa naval y una cadena logística que Irán no puede igualar. En una guerra convencional abierta, el primer golpe fuerte no estaría en los tanques ni en la infantería. Estaría arriba. Y ahí, Irán parte por detrás.
Eso no quiere decir que el cielo esté regalado. Después de la guerra de junio de 2025, la dirigencia iraní intentó reconstruir parte de sus defensas, mover piezas, reforzar la dispersión de activos y endurecer instalaciones sensibles. Aun así, el patrón sigue siendo reconocible: si Estados Unidos e Israel quieren imponerse, necesitan primero cegar, desordenar y fragmentar. Es decir, dejar fuera de juego radares, enlaces de comunicaciones, centros de mando, nudos de la defensa aérea, depósitos, pistas, lanzadores móviles y corredores logísticos. Sin ese trabajo previo, cualquier campaña se atasca; con él, la capacidad iraní no desaparece, pero sí se vuelve más torpe, más lenta y más vulnerable. El campo de batalla moderno no empieza por el frente clásico, empieza por los sensores, las redes, las pantallas y el mando.
Donde la coalición sí tiene una ventaja nítida
En ese terreno, Israel y Estados Unidos sí parten con una superioridad muy concreta. Israel ha demostrado que puede penetrar capas defensivas iraníes, localizar objetivos de alto valor y ejecutar ataques de gran alcance con una mezcla muy afinada de inteligencia humana, señales, vigilancia y precisión. Washington, por su parte, aporta lo que ninguna otra potencia puede poner sobre la mesa con tanta densidad: masa operativa. Esa palabra, tan seca, tan militar, importa mucho. Significa poder lanzar oleadas, reponer medios, cubrir bases, sostener defensas, vigilar el tráfico aéreo y marítimo, proteger a aliados y gestionar una guerra con varias capas a la vez. Irán puede responder. Lo que no puede hacer es competir sistema contra sistema en igualdad.
Ahora bien, conviene bajar el volumen épico. Porque una campaña aérea exitosa, incluso muy exitosa, no equivale por sí misma a la rendición del régimen iraní. Lo que sí podría lograr es algo más concreto y más realista: reducir durante un periodo prolongado la amenaza de los misiles balísticos, dañar instalaciones nucleares, obligar a la Guardia Revolucionaria a dispersarse y romper la continuidad del mando. Para Netanyahu, eso ya sería una victoria importante. Para Trump, también, sobre todo si consigue venderla como una acción decisiva sin necesidad de ocupación terrestre. Pero sería una victoria parcial, costosa, reversible y sometida a la capacidad iraní de reconstrucción. Ahí empieza el segundo problema.
El territorio iraní convierte la campaña en una prueba de resistencia
Irán no se termina en unas cuantas bases conocidas. Esa es la gran diferencia frente a conflictos más pequeños y más comprimidos. El país tiene una superficie inmensa, cordilleras, altiplanos, zonas semidesérticas, infraestructuras militares repartidas y una tradición de dispersión y enterramiento de instalaciones sensibles. Fordow, Natanz y otros emplazamientos ligados al programa nuclear o a la estructura militar no existen como piezas aisladas flotando en el mapa. Forman parte de una red más amplia donde el terreno, la distancia y la redundancia son parte de la defensa. Se puede destruir una instalación. Se puede golpear un complejo. Se puede matar a un mando. Lo difícil llega después: asegurar que el sistema deja de funcionar durante mucho tiempo.
Ese es uno de los motivos por los que dentro del propio aparato estadounidense, antes incluso de esta nueva escalada, ya se advertía de que una operación seria contra Irán no sería un paseo. Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto de EE UU, había expresado reservas sobre la escala, la complejidad y el consumo de municiones que exigiría una campaña extensa. Y no es una objeción menor. Golpear cientos de objetivos en un país de este tamaño, con blancos móviles, instalaciones endurecidas y necesidad simultánea de proteger bases, barcos y aliados, obliga a administrar recursos muy finos. Los interceptores THAAD, Patriot o Standard Missile no son infinitos, y una guerra larga contra Irán se come munición de alta gama a una velocidad notable. Dicho sin jerga: el problema no es solo entrar; es aguantar el ritmo.
La geografía no salva a Teherán, pero sí le da tiempo
La geografía iraní no convierte a Teherán en invulnerable, ni mucho menos. Israel ya ha demostrado que puede penetrar, y Estados Unidos tiene medios de sobra para golpear a gran distancia. Lo que sí hace el mapa es darle margen de absorción al régimen. En vez de una caída lineal, la estructura puede pasar por fases: pérdida de centros, dispersión, improvisación, repliegue, reapertura parcial, reconstitución. Es un movimiento feo, desordenado, a veces caótico, pero puede bastar para sostener la narrativa de que el sistema sigue en pie. En una guerra moderna, sobrevivir al primer impacto ya es una forma de resistencia política.
De ahí que la idea de “ganar a Irán” deba afinarse con bisturí. Si significa destruir su capacidad de proyectar amenaza durante un tiempo, es factible. Si significa impedir cualquier represalia, no. Si significa forzar por bombardeo un colapso automático del régimen, la cosa cambia mucho. La República Islámica llega desgastada a este episodio, con la economía muy dañada, la moneda en crisis, protestas recientes y fracturas internas; pero también llega con un aparato coercitivo fuerte, una Guardia Revolucionaria muy metida en el Estado y una cultura estratégica basada justo en eso, en resistir bajo presión externa. No hay que comprar su relato para entender su método.
Misiles, drones y saturación: la baza que mantiene vivo a Irán
La gran compensación iraní frente a su inferioridad aérea ha sido, durante años, la misma: misiles balísticos, drones, capacidad de saturación y guerra por capas. Irán no necesita dominar el cielo para hacer daño serio. Le basta con enviar oleadas, encontrar grietas en el escudo rival y obligar a Israel, a Estados Unidos y a los socios regionales a defenderse una y otra vez. Eso ya se vio en junio de 2025, cuando tras los primeros ataques israelíes Teherán respondió con cientos de misiles y una cantidad masiva de drones, saturando defensas y logrando impactos pese al alto porcentaje de intercepciones. La lección que dejó aquella secuencia es muy clara: interceptar no es gratis. Cada noche de defensa consume recursos, desgasta tripulaciones, tensiona a la población y pone a prueba la cadena de mando.
Ese sigue siendo el principal instrumento de supervivencia militar iraní. Mientras conserve un volumen razonable de lanzadores, inventario balístico, drones de ataque y capacidad de dispersión, Irán seguirá teniendo una herramienta para demostrar que no está neutralizado. Puede perder bases, perder mandos, perder fábricas concretas. Pero si mantiene una amenaza de represalia sostenida, la victoria rival deja de verse total. Además, la combinación de misiles balísticos, drones unidireccionales, posibles misiles de crucero y ciberataques añade ruido e incertidumbre. La guerra ya no es solo qué cae, sino qué obliga al otro a vivir en alerta permanente.
Israel puede defenderse mucho; defenderse siempre es otra cosa
La arquitectura defensiva israelí es una de las más densas del mundo. Cúpula de Hierro, David’s Sling, Arrow, más apoyo estadounidense y despliegues navales, han elevado muchísimo el umbral de protección. Pero ningún escudo es perfecto, menos aún cuando la amenaza llega en salvas, desde varios vectores y durante días seguidos. Una campaña prolongada contra Irán implica aceptar que habrá interceptaciones masivas, sí, pero también impactos, daños materiales, interrupciones, presión psicológica y una gestión diaria del riesgo. Y cuando se suman bases estadounidenses en la región, aeropuertos, puertos, refinerías y nodos energéticos, la ecuación se ensancha.
Esto afecta directamente al cálculo político de Trump y Netanyahu. Porque el éxito no depende solo de cuántos objetivos iraníes sean destruidos, sino de cuánto tiempo pueden sostener ellos la presión doméstica, militar y diplomática mientras siguen recibiendo respuesta. Si Irán consigue mantener esa capacidad de castigo, aunque sea disminuida, la guerra entra en un terreno menos limpio y mucho más ingrato: el del desgaste. Y el desgaste, en Oriente Próximo, se contagia. Se contagia a las bolsas, al petróleo, a la aviación, a los seguros marítimos, a las cancillerías del Golfo y a los gobiernos europeos que temen una escalada sin orillas.
Ormuz, el Golfo y las milicias: la guerra puede abrir más frentes de los previstos
Aquí aparece otra carta iraní que a menudo se resume demasiado deprisa. Irán no pelea solo desde su territorio, ni solo con sus fuerzas regulares. Su estrategia regional siempre ha combinado capacidad nacional y proyección indirecta, apoyándose en redes, milicias, aliados y grupos afines que pueden actuar como multiplicadores del conflicto. Puede que algunos de esos actores lleguen más debilitados que hace dos años, sobre todo después de los golpes recibidos en la región, pero el modelo sigue ahí: si el centro es atacado, la periferia puede activarse. Y eso obliga a repartir atención, interceptores, vigilancia y mensajes políticos en varias direcciones al mismo tiempo.
La dimensión marítima pesa todavía más. El estrecho de Ormuz es, a estas alturas, casi una palabra que mueve mercados por sí sola. No hace falta cerrarlo por completo para generar una sacudida internacional; basta con elevar el riesgo, hacer más caro el tránsito, aumentar el nerviosismo y forzar desvíos o escoltas. Irán lleva años invirtiendo en una estrategia naval asimétrica basada en lanchas rápidas, minas, drones, misiles antibuque y presión sobre el tráfico marítimo. En una guerra abierta, esa baza no sustituye su debilidad convencional, pero sí puede complicar mucho el entorno operativo de EE UU y dañar a economías que, en teoría, no están en primera línea.
El apoyo árabe no está garantizado del modo que Washington querría
Otro dato decisivo: los aliados regionales de Estados Unidos no siempre quieren la misma guerra que imagina Washington. Las monarquías del Golfo temen a Irán, sospechan de su programa misilístico, recelan de su influencia y no quieren verlo convertido en potencia nuclear. Pero también temen una conflagración prolongada en su propio vecindario. De ahí que la cooperación exista, sí, pero no siempre con el grado de exposición que pediría una campaña larga y abierta. Hay una diferencia enorme entre coordinar defensa, compartir inteligencia o permitir cierta presencia militar y aparecer como plataforma entusiasta de una ofensiva que puede desencadenar represalias directas sobre bases, puertos e infraestructuras críticas.
Eso obliga a Washington a hilar fino con el uso de instalaciones, corredores y cobertura política. Y limita uno de los sueños más repetidos por quienes simplifican el conflicto: la idea de una gran coalición regional alineada sin fisuras contra Teherán. La realidad es menos cinematográfica. Hay apoyo, sí. Hay miedo compartido, también. Pero hay, sobre todo, prudencia. En el Golfo se teme a Irán y se teme igualmente al escenario en el que Irán, acorralado, golpee donde más duele: energía, rutas marítimas, bases estadounidenses y economías hiperexpuestas.
El espejismo del apoyo civil automático contra el régimen
La variable civil es probablemente la más malentendida de todo el debate. Irán llega a esta crisis con una legitimidad erosionada, con protestas muy serias entre finales de 2025 y enero de 2026, extendidas por todo el país, con un malestar económico profundo y una represión durísima. El descontento existe, eso está fuera de duda. La inflación, el hundimiento del rial, el desgaste social y el hartazgo con la élite clerical son reales. También lo es la fractura entre parte de la sociedad y el aparato del poder. Pero de ahí no se deduce automáticamente que una guerra lanzada por EE UU e Israel vaya a traducirse en una revuelta interna útil para los intereses de Washington o de Tel Aviv. No funciona así.
En situaciones de ataque exterior, incluso sociedades muy críticas con sus gobernantes pueden experimentar un reflejo clásico: cerrar filas, al menos por un tiempo, frente al enemigo externo. Irán no es una excepción. El régimen lo sabe y explota esa lógica con habilidad, mezclando nacionalismo, memoria histórica, victimismo estratégico y control interno. Además, la oposición iraní está fragmentada, dispersa y sin una estructura única capaz de transformar el malestar social en una alternativa inmediata de poder mientras caen bombas. Puede haber sabotaje, fuga de cuadros, filtraciones, miedo en la élite y protestas intermitentes. Lo que no parece razonable es dar por hecho que los ataques extranjeros crearán por sí solos un cambio de régimen ordenado y funcional.
Khamenei sigue teniendo un aparato, aunque el suelo tiemble
Ali Khamenei llega debilitado, pero no desnudo. La Guardia Revolucionaria, los servicios de seguridad, las redes económicas ligadas al poder y la capacidad de represión del Estado siguen siendo muy considerables. Y cuando la cúpula percibe amenaza existencial, tiende a responder cerrando aún más el sistema. Eso ya se vio en otras oleadas de protesta y puede repetirse con mayor dureza en medio de una guerra. Masoud Pezeshkian, como presidente, tiene menos peso real que el guía supremo y el entramado de seguridad. La clave del poder iraní sigue estando en ese núcleo duro, no en el ala más presentable del Ejecutivo.
Por eso, si el objetivo máximo de Trump o Netanyahu fuera la caída del régimen, entrarían en un terreno mucho más incierto y mucho más costoso que el de una campaña punitiva o de degradación estratégica. Ya no se trataría solo de golpear instalaciones nucleares, fábricas de misiles o centros de mando, sino de desarmar un sistema de control interno extendido por todo el país. Y eso multiplica el número de objetivos, el tiempo de operación, el consumo de munición y el riesgo de una respuesta más salvaje de Teherán. Dicho de manera muy simple: destruir capacidad militar es difícil; derribar un régimen sin invadir es otra liga.
Qué sería ganar de verdad y qué sería solo comprar tiempo
Si se aparta el ruido y se mira la jugada central, la definición más seria de una victoria para Estados Unidos e Israel no es ocupar Irán ni instalar otro Gobierno, sino retrasar durante años la amenaza estratégica iraní. Eso significa deteriorar el programa nuclear, frenar la producción de misiles, diezmar a la Guardia Revolucionaria en sus escalones más sensibles, dañar centros de mando y dejar a Teherán en peor posición para intimidar a sus vecinos. Desde el punto de vista israelí, ese objetivo ya tendría un valor enorme. Desde el punto de vista estadounidense, también sería vendible si se consigue evitando una guerra terrestre y conteniendo la respuesta iraní dentro de ciertos límites.
Pero incluso ese escenario favorable tiene letra pequeña. Irán puede reconstruir, aprender y adaptarse. Ya lo hizo tras rondas anteriores de presión, sabotaje y ataques. Sus redes de adquisición internacional han sufrido golpes, su industria ha sido castigada y su programa nuclear ha entrado y salido de distintas fases, pero el sistema ha mostrado una capacidad notable para reponer, improvisar y esconder. Por eso una campaña aérea exitosa no cerraría el expediente iraní, solo lo reabriría en nuevas condiciones. El riesgo no desaparecería; cambiaría de forma. Menos visible un tiempo, quizá, pero no necesariamente muerto.
Qué aspecto tendría una derrota iraní
La derrota iraní más probable no sería una escena de rendición formal, ni una caída inmediata del régimen, ni mucho menos un final ordenado con música triunfal. Sería algo más áspero y mucho más propio del lenguaje real de las guerras: un Irán golpeado, con parte de su cadena de mando rota, defensas perforadas, instalaciones nucleares dañadas, inventarios de misiles reducidos, cuadros militares eliminados y margen de disuasión disminuido, pero todavía capaz de responder y de seguir existiendo como actor hostil. En ese escenario, EE UU e Israel podrían proclamarse vencedores, con razones objetivas para hacerlo. Habrían impuesto el ritmo, marcado los objetivos y obligado a Teherán a pelear desde peor posición.
La cuestión decisiva es que incluso esa derrota iraní vendría acompañada de una factura muy seria: represalias sobre Israel, riesgo para bases estadounidenses, tensión en el Golfo, petróleo al alza, presión diplomática y posibilidad de reactivación de frentes paralelos. Ahí está la contradicción central de esta crisis. Washington y Tel Aviv pueden ganar la guerra militar más visible, la de los radares, las pistas, los hangares, los lanzadores y las instalaciones estratégicas. Lo que no tienen asegurado es ganar con la misma nitidez la guerra posterior: la de la reconstrucción iraní, la resiliencia del régimen, el desgaste regional y la administración del caos. En esa grieta, estrecha y profunda, se decidirá si esta ofensiva queda como un golpe decisivo o como otro capítulo durísimo de una confrontación que aún no ha encontrado final.

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