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¿Cómo era Irán antes de 1979 y qué cambió después?

Así era Irán antes de 1979: moda, voto femenino, universidades y vida urbana frente al control religioso impuesto por la revolución islámica.
Irán antes de la revolución islámica de 1979 se parecía mucho menos al estereotipo rígido que hoy domina la conversación global. En las grandes ciudades, sobre todo en Teherán, pero también en Shiraz, Isfahán o Tabriz, existía una vida urbana marcada por la modernización, la universidad, la moda occidental, la cultura pop, los matrimonios civiles tramitados en tribunales de familia y una presencia femenina mucho más visible en la calle, en las aulas y en algunas instituciones del Estado. Las mujeres habían logrado el derecho al voto en 1963, participaron como candidatas en las elecciones de ese mismo año y varias reformas legales impulsadas por el régimen de Mohammad Reza Shah Pahlavi ampliaron su margen de maniobra en asuntos decisivos como el divorcio, la custodia y la edad mínima para casarse. Esa imagen, sin embargo, necesita un matiz importante para no caer en la postal fácil: aquel Irán no era una democracia liberal, sino una monarquía autoritaria que combinaba brillo cosmopolita, desigualdad social y una represión política dura ejercida por la SAVAK, la policía secreta del sha.
Lo que cambió después de 1979 fue más profundo que una cuestión de pañuelos o faldas. La revolución encabezada por Ruhollah Jomeini sustituyó aquella modernización autoritaria por un sistema teocrático que devolvió a la religión un peso central en el derecho, la moral pública y la vida cotidiana. El hiyab pasó de ser una elección o una costumbre social diversa a convertirse en una obligación legal; muchas conquistas femeninas fueron recortadas o anuladas; las juezas fueron apartadas de sus puestos y la vigilancia sobre la apariencia, el ocio y la conducta femenina se convirtió en una política de Estado. En 2025, organismos de la ONU y medios internacionales seguían documentando un endurecimiento de la presión institucional sobre las mujeres, con vigilancia electrónica, cámaras, aplicaciones de denuncia y nuevas sanciones para castigar el incumplimiento del código de vestimenta. La comparación seria entre aquel Irán y el actual no enfrenta libertad absoluta contra oscuridad total: enfrenta dos regímenes autoritarios distintos, uno empeñado en occidentalizar desde arriba y otro obsesionado con regular la moral privada desde arriba.
La vitrina del sha y el país que quería correr hacia delante
El Irán del sha llevaba años intentando vender una imagen de potencia moderna, petrolera y segura de sí misma. No todo era propaganda. La llamada Revolución Blanca, ratificada en 1963, puso en marcha un paquete de reformas que incluía redistribución de tierras, cuerpos de alfabetización y sanidad para zonas rurales, programas de desarrollo y cambios legales que ampliaban el espacio social de las mujeres. Britannica resume bien el alcance material de aquel salto: las reformas llegaron a redistribuir tierras a unos 2,5 millones de familias, empujaron la alfabetización y aceleraron la urbanización. Eso, en la práctica, cambió el aspecto del país. El viejo Irán rural seguía ahí, intacto en muchos lugares, pero el Irán urbano empezó a llenarse de avenidas, oficinas, universidades, nuevas promociones residenciales, coches importados, boutiques, cafeterías, hoteles internacionales y una clase media que aspiraba a parecerse más a Europa o a Estados Unidos que al Irán clerical tradicional. La capital se convirtió en escaparate del proyecto. A finales de los setenta, el auge del petróleo, la construcción y la industrialización habían llevado a Teherán por encima de los cuatro millones de habitantes, un crecimiento que alteró no solo el paisaje físico, también el ritmo de la vida diaria.
Ese empujón hacia delante tuvo consecuencias muy visibles en el espacio público. La religión perdió terreno en la vida oficial, los tribunales civiles ganaron peso frente a la autoridad clerical y el Estado trató de fabricar una identidad nacional secular, centralizada y orgullosa de su pasado imperial persa. Las ciudades grandes comenzaron a vivir una mezcla extraña, a ratos fascinante: tradición persa, consumo moderno, nacionalismo del siglo XX y un deseo muy claro de proyectar al exterior una imagen de país sofisticado. En los barrios acomodados de Teherán no resultaba raro ver a mujeres con el pelo descubierto, vestidos cortos, botas altas o trajes de oficina; a hombres con corbata y peinados occidentales; a jóvenes entrando en el cine o en conciertos de música popular. Googoosh, nacida Faegheh Atashin, se convirtió en símbolo de aquella etapa. No fue solo una cantante famosa: su estética y sus peinados acabaron siendo copiados por miles de mujeres, hasta el punto de que su figura quedó asociada al glamour de un país que quería entrar en la modernidad con el acelerador pisado a fondo.
Cuando la moda, la universidad y la calle contaban otra historia
Hablar de moda en el Irán previo a 1979 no es quedarse en la superficie. La ropa era una señal de algo más hondo: quién mandaba sobre el cuerpo y cuánto margen tenía cada mujer para decidir cómo aparecer en público. En el Irán urbano de los sesenta y setenta convivían el chador, el pañuelo usado por tradición o convicción, y una moda abiertamente occidental en sectores medios y altos. Había minifaldas, pantalones de campana, gafas grandes, maquillaje marcado, gabardinas de corte europeo y un ecosistema comercial que incluía peluquerías, revistas femeninas y tiendas de ropa con referencias francesas, italianas y estadounidenses. Esa libertad visual, muy real en ciertos entornos, no debe exagerarse como si hubiese sido igual en todo el país. En muchas provincias la vida seguía siendo más conservadora, la familia conservaba un peso enorme y la división entre élites urbanas y mundo rural seguía siendo brutal. Pero en las grandes ciudades el aire era otro. La presencia femenina en la universidad, en oficinas, en aulas y en espacios de ocio resultaba cada vez más normal. El dato educativo ayuda a medirlo: en 1966 solo sabía leer y escribir el 17,42% de la población femenina iraní; en 1976 ya era el 35,48%. No era una revolución completa, pero sí un cambio de escala.
El cuerpo femenino dejó de ser solo un asunto doméstico
Ese avance se notó también en la forma en que la mujer empezó a ocupar el escenario político e institucional. En 1963, por primera vez en la historia del país, las iraníes votaron y pudieron presentarse a las elecciones para el Majles. Aquel mismo año fueron elegidas seis diputadas y el sha nombró a dos senadoras. Los nombres importan porque convierten la historia en algo tangible: Hajar Tarbiat, Showkat Malek Jahanbani, Farrokhroo Parsa, Nayereh Ebtehaj-Samii, Mehrangiz Dowlatshahi y Nezhat Naficy entraron en el Parlamento; Mehrangiz Manouchehrian y Shams ol-Moluk Mosaheb llegaron al Senado. Unos años después, en 1968, Farrokhroo Parsa se convirtió en la primera mujer en ocupar un puesto ministerial al frente de Educación. No era un detalle menor ni una foto para la galería. Era el mensaje político de una monarquía que quería presentarse como reformista y moderna. En paralelo, se crearon cuerpos femeninos de alfabetización y salud para extender esa modernización fuera de la capital, aunque el proceso nunca fue uniforme ni logró borrar la distancia entre la vitrina urbana y la realidad de muchas familias iraníes.
La ley también cambió de verdad
El terreno donde más se notó la diferencia entre el Irán anterior a 1979 y el posterior fue el derecho de familia. Las reformas de 1967 y, sobre todo, la Family Protection Law de 1975 alteraron reglas muy sensibles. La edad mínima para casarse subió hasta los 18 años para las mujeres y 20 para los hombres; el divorcio dejó de ser una facultad tan automática del marido; los tribunales obtuvieron más capacidad para decidir sobre custodia y disolución matrimonial; y la mujer ganó herramientas para litigar en condiciones menos desiguales. Ese cambio no transformó Irán en un país plenamente igualitario, pero sí movió el eje legal. De pronto, asuntos que antes quedaban atrapados en una lógica patriarcal casi indiscutida pasaban a revisarse en instancias civiles con un enfoque menos rígido. Para muchas mujeres urbanas, aquello significó algo muy concreto: poder negociar mejor su vida privada. Elegir, retrasar, discutir, resistirse. La ley, por una vez, no estaba completamente escrita contra ellas.
Otro símbolo de esa apertura parcial fue la carrera de Shirin Ebadi, una de las primeras juezas del país y, en 1975, la primera mujer en presidir un tribunal iraní. La escena tiene algo cinematográfico: una mujer vestida con toga en una institución que, pocos años antes, hubiera parecido reservada a los hombres. Tras la revolución, esa imagen dejó de ser posible. Las mujeres fueron apartadas de la judicatura y Ebadi fue degradada a un puesto subalterno en el mismo tribunal que había presidido. Años más tarde se convertiría en Premio Nobel de la Paz, pero su caso sirve para medir el giro histórico de 1979 con una nitidez casi cruel. Antes de la revolución, el Estado Pahlavi abrió rendijas para que ciertas mujeres, sobre todo educadas y urbanas, entrasen en ámbitos hasta entonces casi vetados. Después, la nueva república islámica no se limitó a frenar ese avance: en varios frentes dio marcha atrás. Farrokhroo Parsa, la primera ministra iraní, acabó ejecutada en 1980 por el nuevo régimen. El cambio de época fue literal, y también despiadado.
Pero no era un paraíso liberal
Sería un error grave presentar el Irán del sha como un edén de libertades. No lo fue. La monarquía de Mohammad Reza Pahlavi modernizó, sí, pero también reprimió con dureza y concentró poder. La oposición política denunció durante años la corrupción de la corte, la desigualdad en el reparto de la riqueza petrolera, la occidentalización forzada y el peso de la SAVAK, convertida en sinónimo de miedo para miles de iraníes. Britannica describe esa policía secreta como una institución que protegió al régimen arrestando, torturando y ejecutando a muchos disidentes. La propia revolución de 1978-79 no brotó porque un país entero quisiera prohibir las minifaldas. Estalló por una combinación más espesa: autocracia, injerencia occidental, desigualdad, malestar económico, resentimiento religioso y un rechazo muy amplio a la represión del Estado. A la nostalgia visual de las viejas fotografías le falta muchas veces ese fondo. Detrás de la chica con gafas de sol en una avenida de Teherán había también cárceles, censura, persecución y una profunda brecha entre una élite muy visible y un país socialmente mucho más quebrado.
La modernización, además, fue muy desigual. La imagen de un Irán lleno de universitarias con faldas cortas y pelo cardado corresponde sobre todo a las clases medias y altas urbanas, no al conjunto del país. En muchas zonas rurales la autoridad familiar y religiosa seguía dominando la vida cotidiana. No todas las iraníes deseaban vestir a la europea, ni todas interpretaban las reformas del sha como liberación. Para una parte de la sociedad, aquella occidentalización parecía una cirugía hecha desde arriba, demasiado rápida, demasiado elitista, demasiado asociada a Estados Unidos y demasiado indiferente a las costumbres locales. Esa fractura explica por qué el proyecto Pahlavi fue tan incapaz de consolidar una legitimidad profunda. Mientras el régimen exhibía congresos, avenidas, coronaciones fastuosas y consumo cosmopolita, debajo crujían la desigualdad, la corrupción y un descontento que acabó reuniendo a religiosos, liberales, nacionalistas y sectores de izquierda en una misma corriente de derribo.
Lo que 1979 borró y lo que no
La revolución islámica cambió el marco entero. En febrero de 1979 cayó la monarquía y, pocos meses después, la nueva República Islámica empezó a reconstruir el país bajo otra lógica: clero en el centro del poder, ley religiosa con mucha más influencia, depuración de las élites asociadas al sha y una ofensiva explícita contra buena parte de la cultura considerada occidental. El cambio se notó enseguida en el lugar de las mujeres. Las reformas familiares previas fueron desmontadas o muy recortadas, el velo pasó a convertirse en un emblema político del nuevo orden y profesiones o espacios donde ellas habían avanzado sufrieron un cierre inmediato. El caso de Shirin Ebadi lo resume bien, pero no fue el único. El nuevo régimen no quería simplemente más pudor en la calle; quería reordenar la sociedad alrededor de una moral pública obligatoria. Ahí se entiende por qué la ropa, los peinados, la música o la separación entre hombres y mujeres adquirieron una dimensión casi constitucional. No eran detalles culturales. Eran piezas del poder.
Del pañuelo opcional al control moral
El contraste con el presente sigue siendo áspero. Irán de 2026 ya no aplica el control del velo exactamente igual que en los primeros años de la revolución, pero la presión estatal persiste y se ha sofisticado. Informes recientes de la ONU y reportajes de Associated Press describen un sistema que combina sanciones económicas, cierres de negocios, arrestos, vigilancia con cámaras, reconocimiento facial en algunos accesos universitarios y hasta aplicaciones para que particulares denuncien a mujeres que consideran mal vestidas. En 2024 y 2025 hubo además un fuerte debate sobre una ley todavía más dura de “castidad e hiyab”, cuestionada por expertos de Naciones Unidas y por el propio presidente Masoud Pezeshkian, que consideró problemático su despliegue. Al mismo tiempo, la sociedad lleva años moviéndose en la dirección contraria. Desde la muerte de Mahsa Amini en septiembre de 2022, el desafío femenino a la obligatoriedad del velo ha erosionado la capacidad del régimen para imponer obediencia completa. Se ven más mujeres sin cubrirse del todo, más resistencia cotidiana, más negocios que tensan el límite y un Estado que duda entre reprimir a fondo o evitar otra explosión social.
Y, sin embargo, la historia iraní no cabe en un esquema fácil de “antes libre, ahora atrasado”. Ahí está una de sus contradicciones más fuertes. Bajo la República Islámica, muchos indicadores educativos siguieron mejorando. La alfabetización femenina adulta, que era del 35,48% en 1976, ha llegado al 85,1% en 2023, y la presencia de mujeres en la educación superior se volvió masiva en las décadas posteriores. Pero esa expansión educativa no se tradujo en una libertad equivalente en el espacio público ni en el mercado laboral. El Banco Mundial sitúa la participación laboral femenina en solo 13,4% en 2024, un dato muy bajo para un país con semejante nivel de formación. Dicho de otro modo: el Irán actual ha producido mujeres mucho más formadas que el Irán del sha, pero sigue sin permitirles vivir con la misma holgura visible en cuestiones tan elementales como vestir, circular, cantar, presidir tribunales o negociar su lugar frente a la autoridad moral del Estado. Más estudios, menos autonomía plena. Esa tensión define buena parte del país contemporáneo.
El país que desapareció de la calle
Por eso la gran diferencia entre el Irán anterior a 1979 y el de después no está solo en las fotografías. Está en el tipo de vida que esas fotografías permitían imaginar. Antes de la revolución, una joven de clase media en Teherán podía verse a sí misma estudiando, trabajando, vistiendo como quisiera, discutiendo un divorcio ante un tribunal, entrando en un despacho público o copiando el peinado de Googoosh sin que todo eso la colocara automáticamente frente a una maquinaria moral del Estado. No era una libertad completa, ni estaba al alcance de todas, ni ocurría igual en cada ciudad. Pero existía, y se veía. Después de 1979, esa normalidad desapareció de la superficie y fue sustituida por otra: la del control, el reglamento, la sospecha sobre el cuerpo femenino y la idea de que la virtud pública debía ser administrada por el poder. Lo que se perdió no fue solo una estética setentera. Se perdió una forma de estar en la calle sin convertir cada mechón de pelo, cada falda o cada gesto en una cuestión de obediencia política.
Ese es el motivo de que el Irán previo a los ayatolás siga despertando tanta fascinación. No por nostalgia vacía, ni por una especie de postal exótica de mujeres elegantes en blanco y negro, sino porque permite ver con una claridad brutal hasta qué punto un país puede cambiar cuando cambia la autoridad que decide sobre la vida íntima. El sha quiso construir una modernidad acelerada y autoritaria, y terminó cayendo arrastrado por sus propias grietas. Jomeini y la República Islámica prometieron autenticidad, justicia moral y soberanía frente a Occidente, pero acabaron imponiendo otro sistema de control sobre el cuerpo, la cultura y la disidencia. Entre uno y otro Irán hay una frontera precisa: antes el Estado quería parecer moderno; después quiso parecer virtuoso. Y en medio quedaron millones de personas, sobre todo mujeres, obligadas a vivir ese péndulo en la piel, en el armario, en los tribunales y en la memoria familiar.

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