Síguenos

Actualidad

¿Qué ha dicho cada partido en España sobre el ataque a Irán?

Publicado

el

partidos en España sobre el ataque a Irán

Las posturas de PP, PSOE, Vox, Sumar, Podemos y Bildu tras el ataque a Irán dejan una España partida entre condena, cautela y apoyo político.

La reacción política española al ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán ha dejado un mapa muy reconocible, pero bastante más áspero de lo habitual. PSOE y Gobierno han condenado la operación por unilateral, han exigido desescalada inmediata y han reclamado respeto al derecho internacional. Sumar, Podemos, IU y EH Bildu han sido todavía más duros y han hablado de ataque ilegal, de agresión imperialista o incluso de amenaza global. En la otra orilla, el PP ha evitado cualquier indulgencia con Teherán, ha insistido en la peligrosidad del régimen iraní y ha pedido contención y negociación. Vox, en cambio, ha roto el tono general: Santiago Abascal ha dicho que vería con “gran esperanza” la caída del régimen de los ayatolás y ha presentado esa hipótesis como una buena noticia para el mundo.

Ese reparto de papeles se produjo desde primera hora del sábado 28 de febrero, después de una ofensiva lanzada por Donald Trump junto a Benjamin Netanyahu que ha disparado la tensión en Oriente Próximo, ha provocado víctimas civiles en Irán y ha empujado a varios gobiernos a activar alertas diplomáticas y de seguridad. En España, la respuesta institucional no se ha quedado en la retórica. José Manuel Albares confirmó que 158 españoles se encontraban en Irán y pidió que abandonaran el país por los medios disponibles, mientras las embajadas seguían operativas. A partir de ahí, cada partido leyó la crisis con su propio marco: para unos, lo central es la ilegalidad del bombardeo; para otros, el riesgo de blanquear al régimen iraní; para Vox, directamente, la oportunidad de debilitar a los ayatolás.

Moncloa fija la línea entre condena y cautela

La posición del Gobierno de Pedro Sánchez fue rápida, medida en las palabras y bastante firme en el fondo. El presidente rechazó la “acción militar unilateral” de Estados Unidos e Israel y la definió como una escalada que contribuye a un orden internacional más incierto. No es una frase menor. Cuando La Moncloa habla de acción unilateral está diciendo, en el lenguaje diplomático que suele envolver estas crisis, que la operación queda fuera de la lógica que España considera legítima. No habla solo de prudencia o de preocupación, habla de un movimiento que agrava el conflicto y erosiona las reglas del juego internacional.

Sánchez, además, añadió un matiz clave para blindarse frente a la crítica de la derecha. También rechazó las acciones del régimen iraní y de la Guardia Revolucionaria, dejando claro que la condena del bombardeo no supone ningún tipo de indulgencia con Teherán. Esa doble frase, casi quirúrgica, es la pieza central del mensaje socialista: no al ataque, no al régimen, sí a una desescalada inmediata. La idea de fondo es otra, más simple y más pesada: España no puede permitirse otra guerra larga y devastadora en Oriente Próximo. Esa expresión resume el nervio político del momento. Después de Gaza, después de meses de inestabilidad regional, después de una tensión nuclear que no termina de bajar, Madrid no quiere aparecer ni en el campo del aplauso ni en el de la equidistancia.

El ministro de Exteriores, José Manuel Albares, reforzó ese tono con una apelación directa al diálogo y al respeto al derecho internacional como únicas vías para la paz y la estabilidad. Mientras tanto, su departamento elevó al máximo la recomendación de no viajar a Irán y pidió a los españoles que siguen allí que salgan cuanto antes. El dato de los 158 ciudadanos españoles en territorio iraní introdujo una dimensión muy concreta, menos ideológica y más urgente. No era solo una discusión sobre geopolítica o alianzas; era también una cuestión de embajadas, llamadas, rutas de salida y margen real de maniobra si el conflicto seguía subiendo de temperatura.

Hay un segundo detalle relevante en la respuesta del Ejecutivo. Sánchez no se limitó a condenar el ataque por sus efectos inmediatos, sino que lo enmarcó como un factor de desorden internacional. Esa formulación conecta la crisis iraní con la forma en que el Gobierno viene interpretando los grandes focos de conflicto: defensa de las reglas multilaterales, rechazo a las ofensivas preventivas y apelación constante a la diplomacia. En un tablero tan tóxico como el de Oriente Próximo, donde cada palabra puede leerse como adhesión a uno u otro bloque, Moncloa eligió una fórmula de equilibrio difícil: condena del bombardeo, rechazo del régimen iraní y prioridad absoluta a que la guerra no se ensanche todavía más.

El PP endurece el discurso contra Teherán y evita sumarse a la euforia

La reacción del Partido Popular se movió en otro registro. Alberto Núñez Feijóo puso el foco en la naturaleza del régimen iraní y dejó una frase muy definida: “ningún demócrata puede ser condescendiente” con los ayatolás. A partir de ahí, el líder del PP recordó que Teherán masacra a sus ciudadanos, persigue la bomba nuclear, financia el terror y desestabiliza la región. Ese es el punto desde el que construyó toda su respuesta. El PP no quiso situarse en una condena desnuda del ataque porque considera que ese marco puede diluir la amenaza que representa la república islámica. Primero el diagnóstico del régimen; después, la crítica a la escalada.

Ahora bien, Feijóo tampoco firmó una adhesión simple a la operación militar de Washington y Tel Aviv. Pidió unidad de Occidente, sí, pero también contención, evitar una escalada mayor y volver a la negociación. Ahí está el matiz que separa al PP de Vox y, al mismo tiempo, lo distancia del Gobierno. Los populares no compran la lectura de la izquierda, muy centrada en la ilegalidad del bombardeo, pero tampoco quieren aparecer como una fuerza entusiasta de la guerra. La posición popular es más clásica: el régimen iraní es una amenaza grave, el contexto internacional exige firmeza, y aun así la salida debe intentar reconducirse hacia la negociación antes de que la región entre en una dinámica todavía más explosiva.

En esa misma intervención, Feijóo reclamó al Gobierno un plan inmediato de protección y evacuación para los españoles presentes en la zona. Era una forma de combinar crítica y sentido institucional. Mientras Moncloa hablaba de derecho internacional, el PP obligaba al Ejecutivo a demostrar capacidad operativa. No es un gesto menor en política exterior: cuando la oposición introduce la palabra evacuación, desplaza parte del debate desde la doctrina hacia la gestión. Y en estas crisis la gestión pesa. Mucho. Porque una mala foto en un aeropuerto, un ciudadano bloqueado o una embajada sin margen pueden desbaratar cualquier discurso bien armado.

La grieta interna del centro derecha aparece en el tono

Dentro del espacio popular se han visto, además, tonos distintos. El más nítido fue el de Cayetana Álvarez de Toledo, que expresó su admiración por estadounidenses e israelíes implicados en la operación. No cambia la posición formal del PP, pero sí enseña una corriente interna más atlantista y más comprensiva con el golpe militar sobre Irán. Feijóo, en cambio, ha preferido una línea de mayor contención verbal, consciente de que la política exterior se cobra caros los excesos retóricos. En el PP conviven esas dos pulsiones: la que quiere remarcar sin descanso el peligro iraní y la que entiende que un ataque de esta magnitud puede abrir una caja muy difícil de cerrar.

Por eso el mensaje popular resulta, al mismo tiempo, duro y prudente. Duro con el régimen iraní, al que presenta como amenaza estructural. Prudente con la guerra, porque una escalada regional descontrolada puede terminar salpicando a Europa, a la OTAN, a los mercados energéticos y a la propia seguridad española. El PP ha querido instalarse ahí, en un terreno donde pueda marcar distancia con la izquierda sin terminar abrazado a un discurso de choque total.

Vox rompe el consenso de prudencia

Si hay un partido que se ha desmarcado de casi todos, ese ha sido Vox. Santiago Abascal afirmó que ve con “gran esperanza” la posibilidad de que caiga el régimen iraní y remató la idea con una frase muy expresiva: “si el régimen de los ayatolás cae, el mundo será más libre”. No hay demasiados rodeos ahí. Vox interpreta el ataque no como una escalada peligrosa, sino como una oportunidad geopolítica para debilitar o derribar una dictadura teocrática. Esa mirada conecta sin fisuras con su visión internacional, muy alineada con el bloque conservador más duro de Occidente, muy próxima a la lógica del trumpismo y muy favorable a Israel cuando entra en confrontación con sus enemigos regionales.

Abascal añadió otra capa, la doméstica, que es donde Vox suele sentirse más cómodo. Acusó a Pedro Sánchez de colocar a España en una posición delicada al acercarla a una “oscuridad antioccidental”. La expresión no iba realmente dirigida a Teherán, sino al propio debate español. Vox usa el ataque sobre Irán para presentar al Gobierno como un actor ambiguo, distante de sus aliados naturales y demasiado cómodo en los discursos de condena a Estados Unidos e Israel. Es el mismo esquema que aplica en casi todas las crisis internacionales: traducir un conflicto exterior en una prueba de carácter ideológico dentro de España.

La diferencia con el PP, aquí, es total. Feijóo habla de firmeza y negociación. Abascal habla de esperanza ante una posible caída del régimen. El PP intenta equilibrar geopolítica y prudencia; Vox convierte la crisis en un plebiscito moral entre Occidente y sus enemigos. Esa divergencia explica por qué, pese a compartir un fuerte rechazo al régimen iraní, ambos partidos han sonado tan distintos en las primeras horas. Uno pisa con el freno puesto. El otro acelera.

Sumar coloca el foco en Trump, Netanyahu y la legalidad internacional

En Sumar la reacción fue frontal desde el primer minuto. Yolanda Díaz denunció la destrucción del derecho internacional y sostuvo que Donald Trump y Benjamin Netanyahu son una amenaza para la seguridad de todo el planeta. Es un lenguaje mucho más duro que el del PSOE y bastante más político que el estrictamente diplomático de Albares. Mientras el Gobierno intenta combinar rechazo, equilibrio y contención, Sumar se mueve en un terreno de condena más descarnada, donde el ataque aparece como la prueba de que la impunidad se está abriendo paso como norma.

El propio Movimiento Sumar fue un paso más allá y habló de una nueva “agresión imperialista” de Estados Unidos contra un régimen que, al mismo tiempo, definió como dictatorial y teocrático. Esa doble formulación es interesante porque evita una caricatura muy habitual en el debate público. Sumar no blanquea a la república islámica. La presenta como una dictadura religiosa. Pero justamente por eso sostiene que la respuesta no puede ser una ofensiva militar al margen del derecho internacional. No hay simpatía con Teherán; hay rechazo a la lógica del bombardeo como herramienta política.

Ernest Urtasun, una de las voces más visibles del espacio, habló directamente de “ataque ilegal” y aprovechó la crisis para insistir en la necesidad de una mayor autonomía europea en defensa y política exterior. Ahí aparece una de las ideas más persistentes de la izquierda europea contemporánea: la convicción de que la Unión no puede seguir reaccionando a golpes de agenda norteamericana. En el caso iraní, esa tesis reaparece con fuerza. Si Europa carece de voz propia, viene a decir Sumar, termina atrapada entre el silencio, la impotencia o la adhesión forzada a decisiones ajenas.

Podemos e IU elevan todavía más el tono

A la izquierda de Sumar, Podemos endureció todavía más el discurso. Ione Belarra calificó a Estados Unidos e Israel como “la mayor amenaza de la humanidad” y encadenó el ataque a Irán con una secuencia más amplia de intervenciones y conflictos: Palestina, Líbano, Siria, Yemen, Venezuela, Cuba. El mensaje morado no se limita a condenar un bombardeo concreto; lo integra en una lectura global según la cual Washington y Tel Aviv actúan como vectores permanentes de desestabilización. Es una posición maximalista, sí, pero plenamente coherente con la línea que Podemos ha consolidado en política internacional.

Irene Montero mantuvo el mismo registro y condenó las “agresiones ilegales” que, a su juicio, convierten a Estados Unidos e Israel en los criminales más peligrosos del planeta. Además, reclamó que España impida a Estados Unidos usar sus bases militares y volvió a pedir la salida de la OTAN. Ahí se ve con claridad la diferencia entre el bloque de izquierdas. Para el PSOE, la prioridad es la diplomacia y la protección consular. Para Sumar, la denuncia del ataque y la exigencia de autonomía europea. Para Podemos, la crisis sirve además para reabrir la discusión sobre las bases, la Alianza Atlántica y el grado de dependencia española respecto a Washington.

En Izquierda Unida, Antonio Maíllo habló de “abismo mundial” y “abismo nuclear” y acusó a Estados Unidos e Israel de cinismo por negociar mientras, según su versión, preparaban los misiles. Es un lenguaje de máxima alarma, muy vinculado a la vieja tradición antiintervencionista de la izquierda española. El trasfondo es reconocible: cuando el derecho internacional colapsa y la fuerza sustituye a la diplomacia, el riesgo ya no es solo un episodio bélico, sino una guerra regional con efectos imprevisibles. En IU, más que la denuncia jurídica, late el temor a una cadena de represalias que termine desbordando a toda la región.

Bildu se pronuncia y otros partidos territoriales miden sus tiempos

Entre los partidos territoriales, la reacción más clara y localizada en las primeras horas ha sido la de EH Bildu. La coalición vasca denunció que el ataque “vulnera el derecho internacional” y expresó su “firme rechazo” a todo ataque contra la paz, la autodeterminación y la soberanía de los pueblos. Es una formulación muy propia de Bildu, donde la condena jurídica se mezcla con un marco político más amplio, centrado en la soberanía y en la impugnación del intervencionismo exterior. No es un comunicado especialmente barroco; va al núcleo del asunto y lo hace con un vocabulario muy reconocible en su tradición política.

Más difícil resulta trazar, con la misma precisión, un mapa completo de ERC, PNV, Junts o BNG en el cierre de las primeras horas. En los seguimientos políticos más amplios y en los resúmenes nacionales publicados durante la jornada, no ha emergido una declaración de igual peso o visibilidad de esos partidos específicamente centrada en el ataque de este 28 de febrero. Eso no significa que no vayan a pronunciarse o que carezcan de posición; significa que, en el arranque de la crisis, la conversación pública española ha estado dominada por Gobierno, PP, Vox, Sumar, Podemos, IU y EH Bildu. También eso dice algo sobre cómo se ordena la agenda cuando la política exterior entra de golpe en el centro del tablero.

Ese silencio relativo de algunos socios territoriales puede responder a varias razones. A veces es simple prudencia: esperar a que se asiente la información antes de fijar una postura. A veces es cálculo: no regalar una frase precipitada en un asunto tan inflamable. Y a veces, sencillamente, jerarquía política. No todos los partidos sienten la misma necesidad de entrar con rapidez en una crisis internacional donde el foco mediático va a concentrarse, casi por inercia, en Moncloa, el PP y los actores más polarizados. En cualquier caso, la ausencia de un pronunciamiento rotundo de otras formaciones en las primeras horas refuerza aún más el contraste entre quienes han querido marcar perfil inmediato y quienes han preferido no abrir todavía ese frente.

El fondo del choque: derecho internacional, OTAN, Israel y Estados Unidos

Lo que ha ocurrido con Irán ha funcionado en España como una radiografía acelerada de las familias políticas. PSOE y Sumar coinciden en la condena del ataque, pero no lo cuentan igual. El PSOE habla como Gobierno, con lenguaje de Estado, con un pie en la diplomacia y otro en la protección consular. Sumar eleva el tono político y moral, señala de frente a Trump y Netanyahu y subraya la ilegalidad del ataque. Podemos usa la crisis para cuestionar de raíz la arquitectura militar occidental, incluyendo bases estadounidenses y OTAN. IU refuerza el relato de riesgo sistémico. EH Bildu lo aterriza en soberanía y derecho internacional.

En la derecha, la línea divisoria es otra. PP y Vox comparten una visión muy severa del régimen iraní, pero divergen en la traducción política del ataque. El PP quiere firmeza sin entusiasmo bélico. Vox ve en la ofensiva una oportunidad histórica para debilitar a los ayatolás y la enmarca como una batalla más entre Occidente y sus adversarios. Esa diferencia puede parecer de matiz, pero no lo es. En política exterior, una cosa es advertir del peligro iraní y otra celebrar como prometedora una operación que puede incendiar toda la región.

La crisis también ha reactivado viejos reflejos de la política española. Cada gran conflicto en Oriente Próximo reabre, con palabras nuevas, debates que llevan décadas ahí: hasta qué punto España debe alinearse con Estados Unidos, qué margen real tiene dentro de la OTAN, cómo se define ante Israel, dónde empieza la defensa del derecho internacional y dónde termina la realpolitik. El ataque a Irán ha condensado todo eso en unas horas. Como si alguien hubiera metido en una coctelera la geopolítica, la campaña permanente y las fracturas ideológicas del Congreso.

Hay, además, un factor material que sobrevuela todas estas posiciones aunque no siempre aparezca en primer plano: el miedo a que la guerra se expanda y afecte a bases estadounidenses en la región, al tráfico energético, a la seguridad europea y a la estabilidad diplomática. Irán ya ha respondido golpeando posiciones de Estados Unidos en varios países de Oriente Próximo, lo que multiplica la sensación de que la ofensiva inicial no ha cerrado nada, sino que ha abierto una nueva fase. Y eso, en España, refuerza la centralidad de una idea que comparten casi todos salvo Vox: una escalada fuera de control puede arrastrar mucho más que un intercambio de bombardeos.

El mapa político español tras el golpe sobre Irán

La foto que deja esta jornada es bastante nítida. Pedro Sánchez y José Manuel Albares han situado a España en el campo de la desescalada, el diálogo y el respeto al derecho internacional, sin rebajar por ello la crítica al régimen iraní. Alberto Núñez Feijóo ha puesto el foco en la amenaza que representa Teherán y ha pedido contención y negociación, intentando escapar de la trampa entre el pacifismo retórico y el seguidismo militar. Santiago Abascal ha sido el único gran líder nacional que ha leído la ofensiva en términos abiertamente esperanzados, al asociarla con una eventual caída del régimen de los ayatolás.

A la izquierda del PSOE, Yolanda Díaz ha presentado a Trump y Netanyahu como una amenaza para la seguridad mundial; Urtasun ha hablado de ataque ilegal y de autonomía europea; Ione Belarra e Irene Montero han llevado la crítica al terreno de las bases militares y la OTAN; Antonio Maíllo ha alertado de un abismo regional y nuclear; y EH Bildu ha rechazado el bombardeo por vulnerar la paz, la autodeterminación y la soberanía. Es un mosaico diverso, sí, pero con un trazo común evidente: la idea de que el ataque sobre Irán rompe las costuras del derecho internacional y agrava una región ya al borde.

En el fondo, lo que ha estallado en España no es solo un debate sobre Irán. Es una discusión sobre cómo se entiende el poder occidental, qué relación se quiere con Washington, qué papel debe jugar Europa y hasta dónde llega la legitimidad del uso de la fuerza cuando el adversario es un régimen autoritario y desestabilizador. Cada partido ha contestado a esas preguntas desde su propia gramática. El resultado no ha sido un consenso de Estado, sino una especie de espejo roto: en cada fragmento aparece una parte de la política española. En uno, la diplomacia. En otro, la seguridad. En otro, la OTAN. En otro, la batalla cultural. Y en todos, de una forma u otra, el vértigo de una región que vuelve a temblar.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído