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Naturaleza

¿Por qué hay menos incendios en España y cada vez queman más terreno?

España registra menos incendios, pero los grandes fuegos queman más terreno y elevan el riesgo. Así cambia el mapa forestal español en 2026.

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Más lluvias y más incendios

España está entrando en una fase distinta de su relación con el fuego. El número de incendios forestales puede bajar y, sin embargo, el daño crecer de forma brutal. No es una contradicción: cada vez pesa más un pequeño grupo de grandes incendios, capaces de avanzar durante días, saltar carreteras, amenazar pueblos y consumir en unas horas superficies que antes tardaban mucho más en arder.

Los datos de 2025 y 2026 dibujan ese cambio con bastante nitidez. En 2025, apenas el 0,77 % de los incendios, 65 de más de 8.000, concentró el 86 % de toda la superficie quemada; solo diez fuegos reunieron el 57 % del terreno afectado. En 2026 la concentración se ha acentuado: más del 76 % de la superficie quemada corresponde a 42 grandes incendios forestales. Ya no basta, por tanto, con contar cuántos focos se producen. Importa mucho más saber cuáles consiguen escapar de la capacidad de extinción y en qué paisaje lo hacen.

La temporada está dejando otra señal difícil de ignorar. Los balances disponibles sitúan la superficie afectada en más de 250.000 hectáreas a mediados de agosto, aunque las cifras varían entre los registros nacionales y el Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales, EFFIS, porque utilizan metodologías y ritmos de actualización distintos. Los datos del año en curso son provisionales y pueden corregirse cuando se delimitan con precisión los perímetros.

Menos incendios no significa menos riesgo

Durante décadas, uno de los indicadores más intuitivos para medir una campaña forestal fue el número de incendios. Si había menos, parecía razonable pensar que el año estaba siendo mejor. Esa lectura se ha quedado corta.

El problema actual está en la concentración del daño. Un incendio pequeño que se extingue con rapidez apenas deja huella territorial; otro que encuentra vegetación continua, humedad muy baja, temperaturas extremas y viento puede multiplicar su perímetro en pocas horas. Contarlos como dos incendios sirve para la estadística. Para entender lo que ocurre sobre el terreno, sirve bastante menos.

En 2025 se registraron 63 grandes incendios forestales frente a una media de 18, y cada uno de ellos quemó de media unas 6.100 hectáreas. Durante 2026 el patrón ha seguido endureciéndose. España ha encadenado episodios que han batido registros estatales y autonómicos, una sucesión que empieza a parecer menos una colección de anomalías y más un aviso sobre el tipo de verano forestal que puede hacerse habitual.

Cuando el paisaje se convierte en combustible

El fuego necesita una ignición, claro, pero después necesita algo más importante: combustible suficiente y continuo. Ahí entra una transformación silenciosa del territorio español que lleva décadas avanzando detrás de carreteras secundarias, aldeas envejecidas y campos que dejaron de trabajarse.

La desaparición de parte de la agricultura tradicional, el retroceso de la ganadería extensiva y el abandono de aprovechamientos como la leña han permitido que muchas parcelas antes separadas por cultivos, pastos o terrenos trabajados sean ocupadas por matorral y vegetación. El resultado es una mayor continuidad. Para las llamas, menos interrupciones; casi una autopista verde cuando llega julio y esa vegetación se seca.

No significa que el abandono rural explique por sí solo los incendios. Sería demasiado cómodo. La ciencia forestal lleva tiempo señalando que intervienen muchos factores y que la continuidad de la vegetación está relacionada tanto con cambios en los usos del suelo como con la falta de gestión de determinadas masas forestales. La ganadería extensiva, el pastoreo y la gestión de biomasa forman parte precisamente de las herramientas disponibles contra el riesgo.

El cambio climático no prende la chispa, pero cambia el incendio

Conviene separar dos asuntos que suelen mezclarse en las discusiones veraniegas. Una cosa es el origen de un incendio y otra, muy distinta, su comportamiento una vez iniciado.

El cambio climático no convierte automáticamente una colilla, un rayo o una máquina agrícola en un incendio. Lo que hace es favorecer condiciones más propicias para que un fuego se vuelva extremo: temperaturas altas, vegetación seca, baja humedad y episodios prolongados de calor. Temperatura, viento, humedad, lluvia acumulada, estado de la vegetación y humedad del suelo forman precisamente parte de los elementos utilizados para calcular el peligro de incendios forestales.

En 2025, el 71,4 % de los grandes incendios forestales se produjo durante olas de calor. El dato importa porque explica por qué dos fuegos originados de manera parecida pueden acabar siendo completamente diferentes: uno se controla y otro genera columnas convectivas, focos secundarios y velocidades de propagación que reducen mucho el margen de actuación de los equipos de extinción.

Un incendio extremo cambia también las prioridades

Cuando las llamas alcanzan determinada intensidad, apagar deja de ser el único problema. Hay carreteras que cortar, urbanizaciones que proteger, personas que evacuar, tendidos eléctricos, depósitos, granjas, hospitales o residencias que pueden quedar dentro de la trayectoria.

Ese fenómeno es especialmente delicado en la llamada interfaz urbano-forestal, las zonas donde viviendas y vegetación prácticamente se tocan. Un paisaje bonito en primavera puede convertirse en agosto en un escenario dificilísimo de defender. La prevención, en estos lugares, empieza muchos meses antes del primer humo: franjas de seguridad, accesos despejados, planes municipales, gestión de la vegetación y población que sepa cómo actuar.

Burgohondo y Los Gallardos, dos incendios que marcan 2026

El incendio de Burgohondo, en Ávila, declarado el 22 de julio, ha quedado como una de las imágenes más crudas de este nuevo escenario. Superó las 50.000 hectáreas afectadas y fue considerado el mayor incendio forestal registrado en España. Incluso después de quedar estabilizado, los responsables de extinción advertían de que la vigilancia tendría que prolongarse durante semanas por el riesgo de reactivaciones.

Más doloroso todavía fue Los Gallardos, en Almería. El incendio comenzó el 9 de julio y causó finalmente 14 muertos, además de heridos y evacuaciones. La cifra convirtió el episodio en uno de los incendios forestales más mortíferos de la historia reciente española. El fuego fue extinguido el 25 de julio, pero su dimensión humana deja bastante claro que hablar únicamente de hectáreas empieza a resultar insuficiente.

A esos episodios se han sumado incendios de enorme tamaño en Andalucía, Castilla-La Mancha, Aragón y Madrid. Son territorios distintos, con vegetación y orografía diferentes. El elemento común está en la capacidad de determinados fuegos para superar rápidamente el ataque inicial y transformarse en verdaderas emergencias de protección civil.

Prevenir no consiste simplemente en “limpiar el monte”

Cada gran incendio resucita la misma expresión: hay que limpiar el monte. Suena sencilla. También engaña un poco.

Un bosque no es un parque urbano que deba quedar barrido hasta la última rama. La prevención forestal consiste en gestionar el combustible de manera selectiva: desbroces donde son necesarios, podas, clareos, mantenimiento de cortafuegos, quemas prescritas bajo control profesional, aprovechamiento de biomasa, pastoreo y creación de discontinuidades que dificulten que las llamas recorran kilómetros sin encontrar obstáculos.

El objetivo no es fabricar montes desnudos, sino paisajes más resistentes al fuego. La integración entre ganadería extensiva y gestión forestal puede ayudar a conservar los ecosistemas y reducir combustible. Un rebaño pastando en determinadas zonas puede hacer un trabajo preventivo que ninguna fotografía de un hidroavión consigue enseñar tan bien. Es menos espectacular. También llega bastante antes del incendio.

Hay además una vertiente económica. Recuperar aprovechamientos sostenibles de madera, leña o biomasa, favorecer el pastoreo y mantener actividad agraria permite que una parte de esa gestión genere ingresos. Un territorio habitado y trabajado suele ofrecer más oportunidades para romper la continuidad del combustible que otro abandonado durante décadas.

La prevención cuesta dinero; la devastación, bastante más

Los grandes incendios de 2026 habrían generado hasta mediados de agosto un coste aproximado de entre 2.000 y 3.800 millones de euros, sin contabilizar necesariamente todas las indemnizaciones, daños en infraestructuras, pérdidas económicas ni servicios ambientales destruidos. Las estimaciones sobre las necesidades de prevención sitúan en torno a 1.000 millones de euros anuales el esfuerzo necesario para reforzar esa tarea.

La comparación tiene algo de incómoda. España posee medios de extinción altamente especializados, aeronaves, brigadas, técnicos, bomberos forestales y capacidad de movilización estatal. Son indispensables. Pero ningún dispositivo puede garantizar que todos los incendios extremos sean atacables en todo momento. Hay situaciones en las que la intensidad térmica, el viento o la velocidad del frente obligan sencillamente a retroceder.

Ahí aparece el verdadero cambio de enfoque. No se trata de gastar menos en extinción para gastar más en otra cosa, sino de evitar que la extinción sea la primera gran inversión forestal que recibe un territorio. Esperar a que el humo aparezca en el horizonte para empezar a gestionar el monte sería algo parecido a instalar los frenos después del accidente.

El próximo gran incendio empieza mucho antes de la primera llama

España parece haber conseguido reducir el número total de incendios respecto a otras etapas, pero está entrando en una época en la que los pocos que escapan pueden resultar mucho más destructivos. Esa es la paradoja que explican los datos recientes: menos focos no garantizan menos hectáreas quemadas, menos evacuaciones ni menor daño.

El clima más cálido aumenta las jornadas peligrosas; el abandono de determinados usos rurales favorece la acumulación y continuidad de vegetación; la expansión de viviendas junto al monte multiplica la exposición humana. Después llega una chispa —accidental, intencionada o natural— y encuentra el escenario montado.

Por eso la batalla decisiva contra los incendios forestales no siempre tiene llamas. Puede parecerse a un rebaño cruzando lentamente un cortafuegos, una cuadrilla clareando un pinar en febrero, un mosaico de cultivos todavía trabajado o un ayuntamiento preparando la evacuación de una urbanización antes de necesitarla. La prevención es menos fotogénica que un avión descargando agua sobre una montaña roja, pero buena parte del futuro de los incendios españoles se juega precisamente ahí, cuando todavía no hay nada ardiendo.

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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