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¿Se frena Rusia? Ucrania recupera terreno en el frente

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Ucrania recupera terreno en el frente

Rusia frena su avance en Ucrania, Kiev recupera terreno en el sureste y el bloqueo de Starlink altera un frente castigado desde hace semanas

Ucrania ha logrado algo que llevaba demasiados meses fuera del cuadro: recuperar más terreno del que Rusia ha podido conquistar en un mes. No significa que el frente haya dado un vuelco ni que Kiev haya resuelto sus problemas de fondo, pero sí marca un giro nítido en una guerra que se había vuelto casi mecánica, con avances rusos lentos, caros y constantes. En febrero, las fuerzas del Kremlin ocuparon 126 kilómetros cuadrados, la cifra mensual más baja en muchos meses, mientras el mando ucraniano asegura que sus tropas han recobrado posiciones en el sureste y han roto, al menos de forma local, la inercia que pesaba sobre el campo de batalla.

La clave de este cambio está en una suma de factores muy concretos, no en una gran maniobra de película. Oleksandr Sirski, comandante en jefe del Ejército ucraniano, situó el movimiento en los ejes de Oleksandrivka y Guliaipole, en el sector suroriental del frente. Allí, según Kiev, Ucrania ha recuperado nueve localidades desde finales de enero, ha empujado a unidades rusas fuera de varias posiciones fortificadas y se ha aprovechado de un problema que ha golpeado con fuerza a Moscú: el corte del uso irregular de terminales Starlink que Rusia estaba empleando para coordinar tropas y drones.

El dato que rompe la rutina del frente

Durante más de dos años, la guerra se ha movido con una lógica cruel y bastante repetitiva. Rusia apretaba, Ucrania contenía como podía, y el mapa cambiaba poco a poco, casi a mordiscos. Después del fracaso de la gran contraofensiva ucraniana de 2023, Kiev quedó atrapada en una pelea de desgaste puro, con menos margen para maniobras amplias y con la obligación de defender una línea de contacto larguísima, castigada a diario por drones, artillería y bombas planeadoras. La tendencia estaba clara: los rusos no arrasaban grandes ciudades cada semana, pero avanzaban lo suficiente para mantener la presión estratégica y transmitir la sensación de que el tiempo jugaba de su lado.

Por eso el dato de febrero tiene tanta carga política y militar. DeepState, la plataforma ucraniana que sigue la evolución del frente y que se ha convertido en una referencia habitual para medir cambios territoriales, calculó que Rusia ocupó 126 kilómetros cuadrados durante ese mes. La cifra es aproximadamente la mitad que en enero y queda muy lejos de las grandes ganancias que Moscú firmó en la segunda mitad de 2024. El contraste más potente está en noviembre de 2024, cuando el empuje ruso alcanzó su punto álgido y llegó a rondar los 725 kilómetros cuadrados, una cifra que entonces reflejaba hasta qué punto las defensas ucranianas estaban sometidas a una presión extrema en varios sectores.

Ese frenazo no es un capricho estadístico. También encaja con otra comparación menos vistosa pero reveladora. Según datos recogidos en los seguimientos del frente, Rusia ocupó 371 kilómetros cuadrados entre enero y febrero de 2026, frente a los 517 que había logrado en el mismo periodo del año anterior. Es decir, el ejército ruso sigue avanzando, sí, pero avanza menos y paga mucho por cada tramo. En una guerra donde el desgaste es casi un idioma propio, reducir el ritmo del contrario ya supone una victoria parcial. No es un titular finalista, no arregla el frente entero, pero cambia la atmósfera.

Sirski fue más allá del número bruto de kilómetros y puso una frase que resume la novedad del momento: por primera vez desde la operación de Kursk, las Fuerzas de Defensa de Ucrania recuperaron más territorio del que Rusia consiguió tomar. Esa referencia no es casual. La incursión lanzada por Kiev en agosto de 2024 sobre la región rusa de Kursk, donde las tropas ucranianas llegaron a controlar más de mil kilómetros cuadrados, había sido el último gran episodio en el que Ucrania consiguió sorprender y alterar la lectura dominante de la guerra. Desde entonces, el relato venía siendo otro: resistir, aguantar, perder poco. Febrero, sin embargo, ha enseñado algo distinto.

Dónde está cambiando el mapa

El lugar importa. No se trata de un avance difuso en un mapa inmenso, sino de ganancias localizadas en el sureste, sobre todo en la región de Zaporizhia, una zona especialmente sensible porque conecta varias líneas de presión rusas y ucranianas al mismo tiempo. Reuters recogió que las tropas de Kiev retomaron nueve asentamientos en esta región desde finales de enero y que el contraataque sigue abierto. El propio Sirski añadió que, además de esas acciones cerca de Oleksandrivka y Guliaipole, el Ejército ucraniano reforzó su control sobre Kupiansk, en el noreste, y logró mantener su defensa en torno a Pokrovsk, en la región de Donetsk, donde Rusia había concentrado una parte importante de su esfuerzo ofensivo.

Esos nombres no son decorado. Guliaipole lleva mucho tiempo siendo un punto delicado del frente sur, una bisagra entre posiciones ucranianas y corredores que Moscú querría explotar para seguir erosionando la defensa de Kiev. Oleksandrivka, por su parte, se ha convertido en el símbolo más concreto del repunte ucraniano de estas semanas. Allí, según el mando de las Fuerzas Aerotransportadas de Asalto de Ucrania, se puso en marcha una operación ofensiva el 29 de enero y desde entonces las unidades ucranianas han ido empujando a las fuerzas rusas fuera de posiciones fortificadas y pequeñas localidades. El verbo que usan desde Kiev no es casual: “expulsar”. No hablan de un mero ajuste de línea, sino de una limpieza progresiva de enclaves que Rusia había conseguido sostener.

De ocho a nueve localidades, la secuencia que explica el cambio

La cronología ayuda a entender la dimensión real del avance ucraniano. El 23 de febrero, Sirski aseguró que sus tropas habían recuperado unos 400 kilómetros cuadrados en un tramo del frente sur desde finales de enero e indicó que el balance incluía ocho asentamientos. Apenas una semana después, la cifra de localidades liberadas subió a nueve. Ese pequeño salto tiene bastante valor porque enseña que no se trató de un golpe puntual para vender optimismo, sino de una operación en desarrollo, con continuidad y con capacidad de consolidar lo ya ganado. En una guerra llena de contraataques que se desinflan en días, esa continuidad cuenta mucho.

Hay, además, un matiz importante en el lenguaje del mando ucraniano. Sirski no presentó esta recuperación como el arranque de una gran reconquista nacional, sino como el resultado de “operaciones efectivas” en sectores muy concretos. Esa prudencia tiene sentido. En el frente de Ucrania, un “asentamiento” puede ser una aldea diminuta, un conjunto de casas, una posición avanzada o un núcleo semidestruido con más valor táctico que poblacional. Pero ahí está precisamente la clave: esta guerra ya no se decide en grandes ciudades cada mes, sino en cadenas de pequeñas posiciones cuya pérdida o recuperación obliga a reorganizar fuego, reservas y logística. Un puñado de pueblos puede parecer poco desde lejos; sobre el terreno, cambia líneas enteras de observación y de suministro.

Lo que sucede en Zaporizhia también pesa porque rompe otra idea muy asentada desde finales de 2025: que Rusia había encontrado en el sur una rutina eficaz de avance. No era una ofensiva fulminante, pero sí un método. Presión continua, ataques escalonados, drones por saturación, artillería, bombas aéreas y una capacidad casi infinita para insistir. Durante meses funcionó. Ucrania sufrió, cedió posiciones y vio cómo cada balance semanal le dejaba una pequeña factura territorial. El dato de febrero no invalida todo aquello, pero sí indica que ese mecanismo puede atascarse cuando falla una pieza clave del sistema ruso.

El factor Starlink que ha desordenado a Moscú

Esa pieza clave es Starlink. O, mejor dicho, la pérdida de acceso a una parte de la red Starlink que Rusia estaba usando de forma irregular en zonas ocupadas y cerca de la línea del frente. Durante meses se acumularon indicios de que unidades rusas estaban operando con terminales obtenidos por vías opacas, a través de contrabando, intermediarios y registros fraudulentos. El problema para Kiev no era menor: esas terminales daban a Moscú una conectividad de alta velocidad muy útil para enlazar drones, observadores, mandos y grupos de asalto en sectores donde las radios convencionales fallan, se degradan o son más fáciles de interferir.

A comienzos de febrero, tras contactos entre Kiev y SpaceX, la empresa de Elon Musk, se endurecieron los controles para dejar fuera a terminales no autorizadas. La fórmula que describieron medios internacionales y fuentes ucranianas fue una especie de “lista blanca”: solo podían conectarse de forma segura los dispositivos verificados dentro del sistema permitido, lo que dejó fuera una parte del parque usado por Rusia. El impacto fue rápido. Reuters habló de apagones generalizados en terminales rusas sobre el terreno, y la prensa británica recogió mensajes de blogueros y canales prorrusos lamentando que las comunicaciones habían entrado en caos. No es una palabra menor en un frente saturado de drones. Caos, ahí, significa llegar tarde, ver peor y coordinarse mal.

Cuando se rompe el mando y control

La expresión militar puede sonar fría, pero conviene aterrizarla. Mando y control es la capacidad de ver lo que ocurre, transmitirlo a tiempo, decidir rápido y convertir esa decisión en fuego o en movimiento. Sin eso, incluso un ejército con mucha gente y mucha munición se vuelve torpe. Los paracaidistas ucranianos sostienen que las restricciones sobre Starlink afectaron a la conciencia situacional de las fuerzas rusas y dañaron sus comunicaciones en primera línea. Dicho de otra forma: Rusia habría perdido, de golpe, una parte de la vista y una parte del oído en sectores donde estaba intentando empujar. En una guerra que se libra a menudo con drones FPV, reconocimiento en tiempo real y corrección instantánea de tiro, ese daño es enorme.

La gravedad del problema se entiende mejor si se mira cómo Rusia había llegado a depender de esa red. Informaciones recientes apuntan a que miles de terminales entraron por canales de contrabando, muchas veces a través de Asia central, y que algunas eran activadas mediante terceras personas para disfrazar su destino real. Las autoridades ucranianas incluso anunciaron en febrero la detención, en la región de Odesa, de dos ciudadanos ucranianos acusados de registrar terminales Starlink para su uso por fuerzas rusas. Según la investigación, cobraban pequeñas cantidades por cada activación y trataban de reclutar a otras personas para ampliar el sistema. El caso enseña hasta qué punto la guerra tecnológica ya no se libra solo en fábricas y satélites, sino también en ventanillas, formularios y Telegram.

El golpe, además, afecta de forma muy concreta a las operaciones con drones. Ucrania llevaba tiempo denunciando que Rusia estaba integrando terminales Starlink en misiones de reconocimiento y en algunos vectores de ataque para mantener enlace y guiado en tiempo real. Cortar ese uso no deja a Rusia muda para siempre, porque sigue teniendo radios, enlaces alternativos y soluciones más rudimentarias, pero sí la obliga a recurrir a sistemas más lentos, menos cómodos y más vulnerables. Ahí está una de las claves de febrero: Ucrania ha aprovechado la ventana de desorganización rusa antes de que Moscú termine de recomponer su red.

Musk vuelve al centro de la guerra, aunque de otra manera

El regreso de Elon Musk a esta historia tiene algo de ironía cruda. Al comienzo de la invasión a gran escala, su red Starlink fue decisiva para que Ucrania mantuviera conectividad en medio de los ataques rusos contra infraestructuras. Más tarde, la relación se ensució. Hubo choques públicos con el entorno de Volodímir Zelenski, discusiones sobre los límites del uso militar de la red y una fuerte polémica cuando salió a la luz que Musk no aceptó ampliar la cobertura para una operación ucraniana vinculada a Crimea en 2022. Desde entonces, en Kiev se instaló una sospecha persistente: dependían demasiado de un actor privado imprevisible.

Esa incomodidad no ha desaparecido. Lo que ha cambiado es el sentido inmediato del movimiento. En febrero de 2026, el multimillonario sudafricano no reaparece como figura de apoyo sentimental ni como aliado político limpio, sino como propietario de una infraestructura sin la cual el frente moderno funciona peor. SpaceX cerró el paso a terminales usadas por Rusia y esa decisión ha tenido efectos tácticos visibles. Ahí está la paradoja: después de años de suspicacia y de enfrentamientos verbales, el nombre de Musk vuelve a quedar asociado a las mejores noticias que Kiev ha recibido del frente en mucho tiempo.

Conviene, aun así, no adornarlo. Starlink no gana guerras por sí solo y Musk no se ha convertido de repente en héroe estable de Ucrania. Lo que ha ocurrido es más áspero y más real: una herramienta clave de comunicación, usada también por Rusia de forma ilícita, ha dejado de estar disponible para parte de las fuerzas del Kremlin, y Ucrania ha aprovechado esa dislocación. Nada más y nada menos. En el siglo XXI, eso ya es muchísimo. Una red satelital privada puede influir en la velocidad a la que se mueve una trinchera. Visto así, la guerra moderna tiene algo inquietante: una antena del tamaño de una bandeja puede modificar el ritmo de un frente de 1.200 kilómetros.

Lo que este giro sí significa y lo que no

Sería un error leer febrero como una derrota estratégica rusa. Rusia sigue siendo el ejército con más masa, conserva iniciativa en varios sectores y mantiene capacidad para golpear la infraestructura energética ucraniana, presionar posiciones agotadas y sostener una guerra larga. Durante el invierno, además, incrementó los ataques sobre el sistema energético de Ucrania y sobre tropas extenuadas a lo largo de toda la línea de contacto. El hecho de que su avance se haya ralentizado en un mes no convierte a Moscú en un actor devaluado ni resuelve de un plumazo las carencias ucranianas en personal, munición y defensa aérea.

Tampoco conviene imaginar un frente uniforme. La guerra de Ucrania es una suma de microguerras simultáneas. Mientras Kiev recupera terreno en una parte de Zaporizhia, puede estar sufriendo en otros puntos de Donetsk o aguantando a duras penas en sectores donde la presión rusa no ha bajado. El propio mando ucraniano ha puesto el acento en avances localizados y en la estabilización de lugares clave como Kupiansk y Pokrovsk, dos nombres que siguen apareciendo en casi todos los partes porque son nodos sensibles del equilibrio militar. El mensaje real no es que Ucrania haya pasado a dominar el frente, sino que ha demostrado que Rusia también puede perder el hilo.

Y eso, en esta guerra, importa mucho. Durante meses se había asentado la impresión de que Moscú podía seguir avanzando poco a poco casi por pura insistencia, aunque a un coste humano altísimo. Febrero ha introducido una grieta en esa percepción. Rusia ya no parece automática. La reducción de sus ganancias mensuales, el salto de Ucrania en el sureste y las dificultades rusas para recomponer comunicaciones enseñan que la línea del frente sigue siendo moldeable, que aún admite cambios de tendencia y que la tecnología, bien gestionada, puede alterar resultados locales de forma inmediata. La palabra clave aquí no es “victoria”; es “inflexión”. Pequeña, parcial, pero real.

Ese matiz también pesa fuera del campo de batalla. Zelenski necesita demostrar a sus socios que Ucrania no se limita a resistir, que todavía puede recuperar terreno y que la ayuda militar no cae en un pozo sin fondo. Kiev se juega mucho en esa percepción. Cada avance localizado refuerza el argumento de que la guerra no está cerrada, de que el desgaste ruso puede traducirse en resultados tangibles si Ucrania conserva medios, conectividad y margen operativo. La batalla por el mapa sigue siendo también una batalla por la narrativa internacional. Y febrero le ha dado a Kiev una fotografía mucho menos sombría que la de meses anteriores.

El frente que ha dejado de parecer inevitable

Lo más importante de estas semanas no son solo los kilómetros recuperados ni los pueblos que cambian de color en los mapas. Lo más importante es que se ha roto una sensación de inevitabilidad. Hasta hace poco, la secuencia parecía escrita: Rusia empujaría un poco más, Ucrania aguantaría un poco peor, y el resultado mensual volvería a ser una pequeña ganancia rusa con un precio brutal en vidas. Febrero no invalida esa lógica por completo, pero la ha discutido con hechos. Nueve localidades recuperadas, un balance mensual favorable a Kiev, un enemigo con problemas de mando y control, y un sur del frente que vuelve a moverse en dirección contraria a la habitual.

A partir de aquí, la gran incógnita es si Ucrania podrá sostener lo ganado. Esa es la palabra decisiva. En esta guerra no basta con avanzar; hay que fijar posiciones, reforzarlas, protegerlas del contraataque y explotar la ventana antes de que el rival se adapte. Rusia, previsiblemente, intentará reconstruir sus enlaces, buscar sustitutos a Starlink, tapar agujeros y volver a imponer esa presión viscosa que tantas veces le ha funcionado. Ucrania, mientras tanto, tratará de ampliar la ventaja allí donde ha detectado desorden ruso. No hay nada resuelto, pero sí hay algo nuevo: el frente ha dejado de parecer un pasillo de una sola dirección.

En esa novedad hay una noticia de fondo bastante clara. Kiev no ha cambiado la guerra entera, pero ha recuperado iniciativa local, aire político y un argumento militar que no tenía desde hacía meses. Rusia continúa siendo peligrosa, destructiva y capaz de seguir avanzando. Solo que ya no parece tan imparable en todas partes. A veces la diferencia entre una mala semana y un mal año empieza justo así, con una serie de pueblos pequeños, con un general que por fin puede hablar de terreno recuperado y con una red de satélites que deja a parte del enemigo mirando una pantalla vacía.

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Periodista con más de 15 años de experiencia en prensa digital y televisión. Especializado en actualidad nacional, economía y sociedad. Ha colaborado con medios de ámbito nacional y escribe desde Madrid.

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