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Historia

Romina Rivera: ¿cómo murió la violinista de 9 años que brilló en Roma?

Romina Rivera murió tras varios días ingresada. Su talento con el violín, la fibrosis quística y la denuncia de su madre marcan su historia.

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Romina Rivera

Romina Valeria Rivera Cruz, la joven violinista venezolana que había llevado su música hasta Roma, murió el 16 de agosto de 2026 en el estado Portuguesa después de permanecer unos diez días ingresada en el Hospital Dr. Jesús María Casal Ramos de Acarigua-Araure. La niña padecía fibrosis quística, una enfermedad genética crónica que afecta especialmente a los pulmones y puede provocar complicaciones respiratorias graves.

Su muerte, sin embargo, no ha quedado reducida al duelo. Su madre, Claribeth Cruz, sostiene públicamente que durante la hospitalización faltaron especialistas capaces de manejar adecuadamente la enfermedad de su hija y denuncia que no pudo contactar con el médico que conocía el caso de Romina en una unidad especializada de Barquisimeto. Hasta el 21 de agosto, no se ha hecho pública una conclusión oficial que determine una negligencia médica. Esa diferencia importa: existe una acusación familiar seria, pero no una responsabilidad sanitaria demostrada.

Romina Rivera murió tras diez días ingresada en Acarigua-Araure

La niña permaneció hospitalizada durante aproximadamente diez días antes de fallecer. Las informaciones difundidas por su entorno vinculan el deterioro de su estado de salud con complicaciones asociadas a la fibrosis quística que padecía desde pequeña.

La fibrosis quística altera la producción de determinadas secreciones del organismo y puede hacer que la mucosidad de los pulmones sea especialmente espesa. Eso favorece infecciones respiratorias, inflamación y pérdida progresiva de función pulmonar. En pacientes pediátricos complejos, el seguimiento especializado y coordinado resulta particularmente importante.

No se conoce públicamente, al menos de forma suficientemente documentada, un informe clínico completo que establezca la causa médica inmediata del fallecimiento de Romina. Por eso sería precipitado convertir las acusaciones de la familia en un diagnóstico definitivo sobre lo ocurrido dentro del hospital.

Y ahí conviene frenar el titular fácil. La muerte de una paciente con una enfermedad grave no demuestra por sí sola una mala praxis; del mismo modo, padecer una enfermedad crónica tampoco invalida las dudas planteadas por la familia sobre la asistencia recibida.

La madre denuncia falta de especialistas durante el ingreso

Claribeth Cruz ha situado el foco en las condiciones en las que fue atendida su hija. Según su relato difundido públicamente, Romina estaba controlada habitualmente por profesionales relacionados con una Unidad de Fibrosis Quística en Barquisimeto, pero durante el ingreso en Acarigua-Araure la familia no habría logrado que se estableciera la comunicación que solicitaba con el especialista que conocía su historial.

La madre sostiene que el personal disponible no contaba con suficiente experiencia sobre una patología tan específica. Sus palabras han sido durísimas: afirmó que la falta de conocimiento médico había terminado por “apagar” la luz de su hija y aseguró que el centro no disponía de condiciones adecuadas para pacientes de semejante complejidad.

Son afirmaciones de la madre y deben presentarse como tales. Por el momento, las informaciones conocidas no permiten afirmar que exista una investigación concluida, una resolución administrativa o una sentencia que confirme que la actuación sanitaria causó la muerte.

Una denuncia que trasciende el caso de Romina

Cruz ha explicado que decidió hacer pública su experiencia no únicamente por su hija. Pretende llamar la atención sobre lo que considera una carencia de especialistas y de medios para atender a niños con enfermedades complejas.

El caso adquiere así una dimensión que rebasa la biografía de una joven música. La continuidad asistencial —que un especialista conozca el historial, los tratamientos previos y las particularidades del paciente— puede resultar decisiva en patologías crónicas poco frecuentes. Cuando esa cadena se rompe, las familias suelen sentir que vuelven a empezar desde cero justo en el peor momento posible.

En las informaciones publicadas hasta el 21 de agosto no consta una explicación pública detallada del Hospital Dr. Jesús María Casal Ramos que permita contrastar punto por punto la versión ofrecida por la familia. La incógnita médica sigue abierta, y también la eventual responsabilidad que pudiera derivarse de lo sucedido.

De Acarigua a Roma con un violín entre las manos

Antes de que su nombre apareciera asociado a un hospital, Romina Rivera lo había hecho a un escenario bastante más luminoso. Comenzó su formación musical siendo muy pequeña en el Núcleo Acarigua-Araure de El Sistema, el conocido proyecto venezolano de formación mediante orquestas y coros infantiles y juveniles.

Su progresión fue rápida. Formó parte de agrupaciones de Portuguesa y consiguió acceder por sus propios méritos a la Sinfónica Nacional Infantil de Venezuela. Para una niña de su edad, aquello ya suponía algo más que tocar bien el violín: exigía horas de estudio, disciplina, audiciones y la capacidad de integrarse en una orquesta de alto nivel.

En octubre de 2025 llegó uno de los momentos que acabarían definiendo su breve trayectoria. Romina fue seleccionada para viajar a Roma junto con otros jóvenes músicos venezolanos durante los actos relacionados con la canonización de José Gregorio Hernández y Carmen Rendiles.

Existe aquí una precisión importante porque algunas informaciones recientes han mezclado pontificados. La ceremonia de canonización se celebró el 19 de octubre de 2025, cuando León XIV era ya papa. Francisco había fallecido meses antes. La actuación documentada de Romina vinculada a aquella canonización, por tanto, corresponde al pontificado de León XIV.

El solo de ‘Danzón n.º 2’ que dejó su nombre en Roma

Romina ocupaba la primera fila de violines y durante aquella experiencia internacional asumió también un momento especialmente delicado para cualquier instrumentista: interpretó como solista un pasaje de ‘Danzón n.º 2’, la célebre obra del compositor mexicano Arturo Márquez.

No era un adorno de protocolo. El ‘Danzón n.º 2’ exige pulso, expresividad y seguridad técnica, y se ha convertido en una de las obras latinoamericanas contemporáneas más reconocibles dentro del repertorio sinfónico. Que una niña de nueve años recibiera esa responsabilidad permite entender por qué sus profesores hablaban de ella como un talento poco corriente.

Su trayectoria reunía dos mundos que rara vez caben con comodidad en una infancia: ensayos, partituras y viajes por un lado; controles médicos y una enfermedad crónica por otro. La música no borraba la fibrosis quística, pero tampoco la enfermedad consiguió reducirla únicamente a una paciente.

Tenía nueve años, aunque algunas informaciones hablan de 10

La edad de Romina ha generado cierta confusión después de su muerte. Las informaciones publicadas antes de su viaje a Roma, incluida una entrevista realizada a su madre en octubre de 2025, señalaban que entonces tenía nueve años. Numerosas crónicas sobre su fallecimiento mantienen esa edad, mientras otras aparecidas posteriormente la sitúan en 10.

Sin una fecha de nacimiento completa publicada y verificable, no resulta prudente fabricar una exactitud que las propias informaciones disponibles no ofrecen. Lo sólido es que Romina era una niña de alrededor de nueve años cuando participó en los conciertos de Roma y que cursaba quinto grado en la Escuela Parroquial Nuestra Señora de El Pilar.

Tras conocerse su muerte, compañeros, profesores e instituciones vinculadas con El Sistema recordaron especialmente su disciplina y vitalidad. Juan Beneditto, uno de sus profesores de lenguaje musical, explicó que Romina era consciente desde muy pequeña de la gravedad de su enfermedad. Una madurez extraña a esas edades, de las que llegan demasiado pronto.

Lo que todavía falta saber sobre su muerte

La información disponible permite reconstruir una parte importante de lo ocurrido: Romina sufría fibrosis quística, sufrió un empeoramiento de salud, permaneció unos diez días hospitalizada en Acarigua-Araure y falleció el 16 de agosto. Su madre considera que la ausencia de atención suficientemente especializada influyó decisivamente en el desenlace.

Lo que todavía no puede afirmarse es que el hospital causara su muerte. Para llegar a una conclusión así harían falta historias clínicas, tratamientos administrados, evolución médica y decisiones tomadas durante el ingreso, además de cualquier investigación sanitaria que pudiera abrirse. Todo lo demás sería adelantar el veredicto.

La denuncia familiar merece atención precisamente porque es concreta: habla de falta de especialistas, de dificultades para contactar con el médico que trataba habitualmente a Romina y de una supuesta insuficiencia de conocimientos sobre su enfermedad. Son extremos que pueden comprobarse y que resultarán esenciales para aclarar qué ocurrió realmente durante el ingreso.

El violín de Romina quedó en silencio demasiado pronto

La historia de Romina Rivera contiene una imagen difícil de apartar: una niña diminuta entre atriles, concentrada frente a una partitura concebida para músicos mucho mayores, viajando desde Portuguesa hasta Roma mientras convivía con una enfermedad que convertía cada respiración en algo menos automático de lo que debería ser para cualquier niño.

Su talento la llevó a la Sinfónica Nacional Infantil de Venezuela y a tocar en Roma durante unos actos históricos para su país. Menos de un año después, murió tras varios días hospitalizada. Eso está acreditado. También lo está el dolor de una madre que exige explicaciones.

Lo que ocurrió exactamente durante aquellos diez días deberá esclarecerse con datos médicos y no con ruido. Entre tanto, permanece la certeza menos discutible: Romina Rivera dejó una trayectoria musical extraordinariamente breve, pero suficiente para que un violín de Acarigua llegara a escucharse a miles de kilómetros de casa.

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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