Actualidad
¿Qué teme el rey de Marruecos ante una visita de Felipe VI a Ceuta?
Mohamed VI guarda silencio, pero el posible viaje de Felipe VI a Ceuta reaviva la tensión entre soberanía, frontera y diplomacia con Marruecos.

Resumen
- Mohamed VI no ha amenazado oficialmente con una crisis por Ceuta
- Una visita de Felipe VI tendría una fuerte carga de soberanía española
- El precedente de 2007 explica la cautela entre Madrid y Rabat
El rey de Marruecos, Mohamed VI, no ha realizado hasta ahora una declaración oficial contra una eventual visita de Felipe VI a Ceuta. Ese es el primer dato que conviene dejar limpio, sin arabescos diplomáticos. Pero alrededor del Palacio Real de Rabat el mensaje empieza a escucharse con bastante nitidez: medios próximos al poder y voces políticas marroquíes presentan el viaje como una provocación que podría reabrir una crisis entre España y Marruecos.
El verdadero problema para Rabat no es una fotografía ni el protocolo de una visita real. Es lo que representa. La presencia de Felipe VI en Ceuta, como jefe del Estado español, tendría una carga simbólica difícil de disimular: supondría reafirmar públicamente la soberanía española sobre una ciudad cuya españolidad Marruecos cuestiona desde hace décadas. Y todo ello llega después de la grave crisis migratoria de finales de julio, con las relaciones bilaterales sometidas a una tensión que todavía no se ha disipado.
El momento es especialmente incómodo para Mohamed VI. Pedro Sánchez ha asegurado que el monarca español visitará Ceuta y Melilla “cuando se den las condiciones”, aunque no existe una fecha anunciada. Este 3 de septiembre, además, el presidente comparece en el Congreso por la crisis ceutí y ha defendido que el retorno de alrededor del 90% de quienes entraron irregularmente habría resultado imposible sin la colaboración de Marruecos. Madrid necesita a Rabat y Rabat lo sabe. Ahí está buena parte de este complicado juego de equilibrios.
Marruecos habla sin que Mohamed VI tenga que hablar
La política exterior marroquí tiene una particularidad que conviene recordar cuando se intenta interpretar cada silencio de Rabat: el Palacio Real ocupa el centro del poder en las cuestiones estratégicas. Y pocas cuestiones son tan sensibles para la monarquía alauí como Ceuta, Melilla y el Sáhara Occidental.
Por eso resulta significativo que la Casa Real marroquí permanezca oficialmente callada mientras publicaciones próximas a las posiciones del régimen endurecen el lenguaje. Algunos medios han recuperado expresiones como “Ceuta ocupada”, mientras dirigentes vinculados a organizaciones reivindicativas marroquíes califican una eventual visita de Felipe VI de provocación y reclaman una reacción de Rabat.
No equivale a una amenaza pronunciada por Mohamed VI. Sería incorrecto presentarlo así. Pero tampoco estamos ante una conversación de café desconectada del poder. En Marruecos, donde el margen de los medios es particularmente estrecho cuando se aborda la Corona o la integridad territorial, determinados mensajes permiten tomar la temperatura del Palacio sin que el Palacio tenga que ponerse delante de un micrófono. Una vieja técnica diplomática: decir sin firmar lo dicho.
Por qué Ceuta es una línea roja para Rabat
España considera que la soberanía sobre Ceuta y Melilla está fuera de discusión. El ministro de Exteriores, José Manuel Albares, lo ha reiterado con una formulación especialmente clara: no ha habido, no hay y no habrá una negociación sobre la españolidad de las dos ciudades autónomas.
Marruecos sostiene otra posición. Su discurso oficial las presenta como territorios pendientes de recuperación y diversos responsables políticos marroquíes han reactivado durante las últimas semanas esa reivindicación. El ministro de Justicia, Abdellatif Ouahbi, llegó a defender que Ceuta y Melilla constituyen un “derecho histórico y geográfico” del país.
Ahí aparece la dificultad para Mohamed VI. Una cosa es mantener una reivindicación territorial en estado de latencia, útil para la política interna y cuidadosamente administrada en las relaciones con Madrid. Otra, bastante distinta, contemplar al jefe del Estado español desembarcando en Ceuta mientras las cámaras retransmiten su visita. El símbolo sería enorme.
Y los símbolos importan. A veces más que una cumbre de ministros llena de carpetas y sonrisas.
El precedente de 2007 todavía pesa
Existe, además, un antecedente bastante elocuente. Juan Carlos I y la reina Sofía visitaron Ceuta y Melilla en noviembre de 2007. Mohamed VI reaccionó entonces con dureza. La visita fue calificada desde Marruecos como lamentable y contraproducente, y Rabat llamó a consultas a su embajador en Madrid.
El diplomático permaneció fuera de España durante semanas. Hubo que reconstruir después una relación que, paradójicamente, atravesaba hasta aquel momento una etapa bastante cordial entre el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero y Marruecos. Aquella visita dejó un precedente diplomático que sigue proyectando una sombra larga.
Felipe VI conoce ese precedente. Moncloa también. Y Rabat, naturalmente, no lo ha olvidado. La diferencia es que una visita en 2026 llegaría en un escenario todavía más inflamable: tras la entrada masiva de personas en Ceuta, con una investigación judicial abierta, una discusión feroz dentro de España sobre la responsabilidad marroquí y las elecciones legislativas de Marruecos previstas para el 23 de septiembre.
Felipe VI mueve ficha sin pisar todavía Ceuta
La Zarzuela ha empezado a intervenir con gestos medidos. Con motivo del Día de Ceuta, el 2 de septiembre, la Casa del Rey difundió una imagen de las banderas de Ceuta, España y la Unión Europea acompañada de un mensaje de apoyo a la ciudad: unidad, convivencia y futuro.
Fue un movimiento institucional cuidadosamente calibrado. Sin viaje, sin discurso territorial grandilocuente, sin necesidad de levantar el puente levadizo diplomático. Pero tampoco fue un gesto neutro. La Corona hacía visible su respaldo a Ceuta precisamente cuando se discute por qué Felipe VI nunca ha realizado una visita oficial a las dos ciudades autónomas desde su proclamación en 2014.
La cuestión ha entrado de lleno también en la batalla política española. El PP acusa a Pedro Sánchez de preocuparse más por evitar el enfado de Mohamed VI que por facilitar una presencia del jefe del Estado en Ceuta. El Gobierno sostiene, por el contrario, que el viaje debe producirse coordinadamente y cuando resulte conveniente.
Traducido del dialecto político al castellano corriente: todos aceptan que la visita importa y nadie quiere asumir solo sus consecuencias.
El informe policial complica todavía más la relación con Mohamed VI
Mientras se discute el viaje, otro asunto ha convertido la relación con Marruecos en material altamente inflamable. Un informe del Centro Nacional de Inmigración y Fronteras de la Policía Nacional sobre las entradas de los días 30 y 31 de julio describe una movilización planificada y recoge indicios de actuación de agentes marroquíes, incluida la existencia de comportamientos de guiado sobre el terreno.
Aquí hay que mantener los pies en el suelo. El documento no permite atribuir sin más una orden directa a Mohamed VI ni identifica de forma concluyente al autor intelectual de la operación. El propio director general de la Policía ha sostenido que no existe un informe que responsabilice formalmente a las fuerzas de seguridad marroquíes de haber planificado o ejecutado la entrada masiva. La diferencia entre documentar actuaciones de determinados agentes y probar una orden del Estado marroquí es enorme, por mucho que la discusión política tienda a triturar esos matices.
El asunto, sin embargo, añade presión. España necesita la cooperación marroquí para gestionar la frontera, las devoluciones, la lucha contra las redes criminales y la seguridad. Sánchez ha vuelto a subrayarlo este jueves en el Congreso al defender que la colaboración de Rabat permitió devolver a gran parte de las personas que habían entrado irregularmente.
Al mismo tiempo, cualquier indicio de participación de funcionarios marroquíes convierte esa cooperación en una criatura extraña: indispensable y sospechosa a la vez. Socio estratégico por la mañana, problema diplomático por la tarde. El Estrecho tiene esas ironías.
Mohamed VI tampoco puede ignorar sus elecciones
Existe otra pieza que explica la incomodidad del Palacio Real. Marruecos celebrará elecciones legislativas el 23 de septiembre, y la cuestión territorial tiene una enorme capacidad de movilización interna.
Una visita de Felipe VI colocaría a Mohamed VI ante una disyuntiva poco agradable. Una reacción demasiado suave podría ser presentada por sectores nacionalistas como debilidad frente a España. Una respuesta excesiva abriría otra crisis con Madrid en un momento en el que los dos países siguen dependiendo mutuamente para asuntos económicos, migratorios, policiales y de seguridad.
De ahí el valor del silencio. Rabat puede permitir que otros eleven el tono mientras conserva margen de maniobra. Es diplomacia con guantes: se enseña el puño, pero todavía dentro del bolsillo.
Dos reyes y una frontera donde cada gesto pesa
La eventual visita de Felipe VI a Ceuta se ha convertido así en mucho más que una cuestión de agenda de la Casa Real. Para España supondría normalizar la presencia del jefe del Estado en una ciudad española y ofrecer respaldo institucional a una población golpeada por una crisis excepcional. Para Marruecos significaría contemplar una de las imágenes que menos encajan con su reivindicación histórica: el rey español ejerciendo con absoluta normalidad su función institucional en Ceuta.
Mohamed VI aún no ha amenazado oficialmente con una nueva crisis ni ha anunciado públicamente una respuesta a la visita. Lo que existe es un creciente malestar expresado alrededor del poder marroquí y un precedente, el de 2007, que explica por qué Madrid mide cada palabra antes de poner una fecha.
Felipe VI tampoco necesita levantar la voz para que el gesto tenga fuerza. Bastaría bajar del avión, estrechar unas manos y recorrer Ceuta bajo las banderas española y europea. La diplomacia tiene estas rarezas: a veces una visita de unas horas pesa más que cien comunicados.












