Historia
Tal día como hoy: qué pasó el 26 de febrero en la historia

Un 26 de febrero cambió Europa con Napoleón, tembló Nueva York en 1993 y hasta Pyongyang escuchó a Gershwin: la fecha que se repite, aviso!!
El 26 de febrero no es un día “cualquiera” en la hemeroteca del mundo: en esa fecha se cruzan un emperador que se niega a quedarse quieto, un parque natural que pasa de paisaje a institución, un aviso temprano del terrorismo global en pleno Manhattan y hasta una orquesta estadounidense tocando en Pyongyang con las cámaras de la televisión estatal encendidas. Si se busca qué ocurrió un 26 de febrero en la historia, la respuesta más honesta es esta: han pasado cosas grandes, de esas que dejan rastro y cambian conversaciones durante años.
En un mismo día del calendario aparecen, entre otras, la fuga de Napoleón Bonaparte de la isla de Elba en 1815, el nacimiento de Victor Hugo en 1802, la creación oficial del Parque Nacional del Gran Cañón en 1919, el anuncio de Winston Churchill en 1952 sobre la primera prueba atómica británica, la explosión del World Trade Center en 1993, el concierto histórico de la New York Philharmonic en Corea del Norte en 2008 y el desastre del globo aerostático de Luxor en 2013. Siete escenas, siete formas distintas de entender por qué esta fecha vuelve una y otra vez a los titulares.
Elba, la noche en que Napoleón rompió el exilio
A finales de febrero de 1815, Napoleón lleva meses en Elba, oficialmente desterrado y vigilado, con esa calma rara de los lugares pequeños donde todo se sabe antes de que ocurra. La isla, en el mapa, parece un punto; en su cabeza, era una jaula. El 26 de febrero se abre la puerta: aprovecha un momento favorable —la vigilancia naval no está donde suele— y sale del puerto de Portoferraio en una pequeña flotilla. El barco más citado en los relatos de aquel escape es el brig Inconstant, armado y preparado para algo más que un paseo. A bordo viaja un grupo que no llega a un ejército pero sí a una promesa: alrededor de 1.000 a 1.100 hombres, parte de su Guardia y soldados leales, suficientes para que la idea del regreso dejase de ser fantasía.
La escena tiene algo de película, pero fue logística pura: barcos, horarios, silencios, órdenes cortas. Con él van nombres clave del antiguo aparato imperial, figuras de confianza como el general Henri Bertrand y el general Gaspard Gourgaud aparece a menudo en el entorno napoleónico, además de oficiales capaces de sostener disciplina en un momento frágil. La consigna no era “volver por volver”, era volver para gobernar. El detalle importante es que esa partida del 26 de febrero no es una ocurrencia de última hora: llega tras semanas de tensión, rumores y la certeza de que el tablero europeo se estaba recolocando sin él, y eso a Napoleón le resultaba insoportable.
España, entonces, miraba ese movimiento con un doble gesto, mezcla de memoria y prevención. La guerra contra el invasor francés estaba todavía fresca en el imaginario nacional, y el retorno de Napoleón reactivaba temores políticos en toda Europa, incluida la España de Fernando VII, donde el absolutismo y la represión convivían con un país cansado y con heridas aún abiertas. Que el hombre que había alterado media Europa volviera a pisar Francia significaba, de inmediato, que nada estaba definitivamente cerrado. Y en política, cuando nada está cerrado, todo se recalienta.
Del desembarco a París: el camino que encendió los Cien Días
Napoleón no llegó a Francia ese mismo día, claro; el mar también pone tiempos. Tras salir de Elba el 26 de febrero, desembarca en Golfe-Juan el 1 de marzo de 1815, cerca de Cannes y Antibes, y a partir de ahí empieza una marcha que es propaganda andando. Elige rutas que evitan zonas abiertamente hostiles y busca el contacto con tropas, alcaldes, curiosos; el objetivo era sumar sin disparar. El relato clásico —que no siempre se cuenta con matices— incluye esa idea de que va ganando adhesiones a cada paso, que los soldados enviados a frenarlo terminan uniéndose, que la autoridad real se resquebraja por dentro. No hace falta adornarlo demasiado: lo decisivo es que su sola presencia desestabiliza el régimen restaurado de Luis XVIII.
En cuestión de semanas, Napoleón llega a París y vuelve al poder, inaugurando el periodo conocido como los Cien Días. Lo que parecía un exilio controlado se convierte en una crisis continental. Las potencias europeas reaccionan con rapidez, forman una nueva coalición y preparan el choque. El final ya es conocido, y aun así impresiona: la aventura que arranca un 26 de febrero terminará en Waterloo en junio de 1815 y en un exilio mucho más lejano, en Santa Elena. Pero el “cómo” importa tanto como el “qué”: esa salida de Elba demuestra que, a veces, la historia cambia de dirección por una decisión tomada en un muelle, con el cielo bajo y el motor político a punto de arrancar.
Victor Hugo nace en Besançon y el siglo XIX toma aire
El 26 de febrero de 1802 nace en Besançon un niño que acabará siendo una institución por sí mismo: Victor-Marie Hugo. En la etiqueta rápida se dice “escritor romántico”, pero Hugo fue más que literatura; fue político, polemista, figura pública, una de esas voces que atraviesan el siglo XIX como un tren pesado. Sus padres ya dibujan un mapa de tensiones: su padre, Joseph Léopold Hugo, era general del ejército napoleónico; su madre, Sophie Trébuchet, sostenía posiciones monárquicas. Ese contraste doméstico —militarismo y tradición, imperio y restauración— aparece, con otros nombres, en muchas de sus páginas y en su vida pública.
Hugo se convierte en un emblema del Romanticismo francés, sí, pero también en alguien que entiende que la novela puede ser un argumento político. “Notre-Dame de Paris” (1831) no es solo una historia de campanas y piedras; es una declaración sobre el poder de la memoria, de la arquitectura, de la marginalidad. Y “Los miserables” (1862) es directamente una catedral de personajes y desigualdades, un espejo incómodo de justicia, pobreza, castigo, revolución y dignidad. Que Hugo naciera un 26 de febrero hace que esa fecha no sea solo batallas y bombas: también es el día en que empieza el recorrido vital de alguien que terminaría ocupando el Panteón de París cuando murió en 1885, convertido en símbolo nacional.
En España, Hugo no llegó como un exotismo lejano. El Romanticismo francés dialogó con el español en décadas de cambios, pronunciamientos y pulsos ideológicos. Su teatro, su tono grandilocuente y, sobre todo, su forma de colocar a los marginados en el centro resonaron con un país que vivía sus propias fracturas. En traducciones, adaptaciones y ecos, Hugo fue un nombre recurrente en bibliotecas, tertulias y escenarios; una influencia que, con el tiempo, se vuelve casi invisible de lo normal que parece. Y ahí está lo curioso: un nacimiento fechado en 1802 termina tocando debates culturales durante generaciones, sin necesidad de explosiones, solo con palabras.
1919: el Gran Cañón pasa de maravilla natural a parque nacional
El 26 de febrero de 1919, el Gran Cañón deja de ser “solo” una maravilla natural reconocida y se convierte oficialmente en parque nacional en Estados Unidos, tras la firma del presidente Woodrow Wilson. La fecha, en apariencia administrativa, marca un cambio real: proteger un espacio no es un gesto poético, es una decisión política, presupuestaria y legal. A partir de ahí, el Gran Cañón entra en otra categoría: la de lo que un Estado decide conservar como patrimonio, con reglas, vigilancia, planificación y, también, con un relato nacional asociado.
Ese territorio ya tenía historia de protección previa, con estatus de monumento nacional y debates anteriores en el Congreso. El salto de 1919 es el que fija la idea de parque como estructura sólida. En un siglo XX que iba a acelerar la explotación de recursos y el turismo masivo, blindar un paisaje era una forma de anticiparse al desgaste. El Gran Cañón impresiona por su escala —no hay muchas maneras de describirlo sin quedarse corto—, pero su importancia no es solo estética: es geología expuesta, capas de tiempo, un lugar donde la Tierra enseña su biografía a cielo abierto.
Que esto figure entre las efemérides del 26 de febrero añade un contrapunto interesante al día: mientras en otros años la fecha se asocia a retornos de poder o a tragedias, aquí se asocia a una protección institucional. No es menor. La noción contemporánea de conservación, aunque hoy suene cotidiana, se construyó con decisiones concretas como esta, y con una tensión permanente entre economía, acceso público y preservación. El Gran Cañón, desde entonces, vive en ese equilibrio: el de ser símbolo, destino y laboratorio natural al mismo tiempo.
1952: Churchill habla de la prueba nuclear británica y el mundo se tensa
El 26 de febrero de 1952, Winston Churchill anuncia en la Cámara de los Comunes que el Reino Unido prevé realizar su primera prueba de bomba atómica en Australia antes de que acabe el año. Este matiz es importante: no era solo decir “tenemos la bomba”, era situar al país en una carrera geopolítica y tecnológica en plena Guerra Fría, con Estados Unidos y la Unión Soviética ya convertidos en referencias inevitables. El mensaje era doble: hacia fuera, disuasión; hacia dentro, estatus y poder industrial.
La prueba acabaría teniendo nombre y lugar, con una precisión casi quirúrgica: Operation Hurricane, en las islas Montebello, frente a la costa de Australia Occidental, y con una fecha que terminaría marcándose en rojo en los manuales: 3 de octubre de 1952. La detonación se realizó con un dispositivo de plutonio y, de forma deliberada, se hizo estallar en el interior de un barco, el HMS Plym, para medir el impacto de una bomba introducida por mar, una obsesión de seguridad de la época. El rendimiento estimado rondó los 25 kilotones, una cifra que, más que técnica, era un nuevo escalón en el miedo global.
En España, aquellos años se vivían con una mezcla de distancia y atención: el país estaba bajo el franquismo, aislado en parte de la política europea de posguerra, pero no al margen de la conversación internacional sobre armamento y bloques. La bomba atómica se colaba en la cultura popular —revistas, cine, conversaciones— y también en la diplomacia. Que Churchill lo anunciase un 26 de febrero coloca a ese día en la línea de tiempo de la era nuclear: un momento en que el mundo aprende a convivir con la posibilidad de la destrucción total como telón de fondo, sin necesidad de que haya guerra abierta para que haya amenaza.
1993: la bomba en el World Trade Center y el aviso que quedó grabado
El 26 de febrero de 1993, poco después del mediodía, una furgoneta cargada con explosivos estalla en el aparcamiento subterráneo del World Trade Center en Manhattan. La explosión abre un cráter enorme —se habló de decenas de metros, varios niveles dañados—, corta sistemas eléctricos, llena de humo escaleras y pasillos, y obliga a evacuar a decenas de miles de personas en condiciones muy difíciles. Murieron seis personas y resultaron heridas más de mil; muchas por inhalación de humo, porque el humo viaja rápido y el pánico aún más. El atentado pretendía algo peor: provocar el colapso de una torre sobre la otra y multiplicar la cifra de víctimas. No lo consiguió, pero el impacto psicológico fue enorme.
Los nombres de los fallecidos se recuerdan porque fueron vidas concretas, no cifras: John DiGiovanni, Robert Kirkpatrick, Stephen A. Knapp, William Macko, Wilfredo Mercado y Monica Rodriguez Smith, que estaba embarazada. Ese dato —una mujer embarazada muerta en un atentado en el corazón financiero— se convirtió en símbolo del tipo de violencia que no distingue, que cae donde puede. En aquel día, el World Trade Center dejó de ser solo un complejo de oficinas para convertirse en un escenario de vulnerabilidad moderna: infraestructura gigante, mucha gente dentro, un ataque desde el subsuelo, a la hora del almuerzo, cuando el edificio está vivo.
La investigación se movió entre el caos y la precisión. Se recuperaron fragmentos del vehículo, se siguieron rastros de alquiler y materiales, y poco a poco se dibujó una red de responsables. En el centro del caso aparece Ramzi Yousef, señalado como organizador, junto a otros nombres que acabarían condenados: Mohammed A. Salameh, Nidal Ayyad, Mahmud Abouhalima, Ahmad Ajaj y Eyad Ismoil, entre otros implicados. Hubo juicios, condenas largas y un aprendizaje institucional sobre seguridad, evacuaciones y respuesta de emergencia. Es fácil decirlo con distancia, pero en 1993 aquello no era “historia”: era humo real, gente bajando escaleras a ciegas, bomberos entrando sin saber bien qué iban a encontrar, teléfonos que no funcionaban, y una ciudad que entendía que el terrorismo podía golpear ahí, en el símbolo.
Con el paso del tiempo, el atentado de 1993 quedó eclipsado por el 11 de septiembre de 2001, inevitablemente. Pero su lugar en las efemérides del 26 de febrero es el de un aviso: un antes que muchos no quisieron leer a tiempo. Y cuando se revisan los hechos, vuelve esa sensación fría de las cronologías: hay eventos que, vistos a posteriori, parecen señales evidentes. En su momento, eran simplemente una tragedia y un caso policial enorme.
Pyongyang escucha a Nueva York, Luxor cae del cielo y el día vuelve a sonar
El 26 de febrero de 2008, la New York Philharmonic ofrece un concierto en Pyongyang, en el East Pyongyang Grand Theatre, en un acto con carga diplomática clara. La orquesta, dirigida por Lorin Maazel, interpreta los himnos de Corea del Norte y de Estados Unidos, algo impensable en la imaginación popular de décadas anteriores. El programa incluye piezas con un simbolismo casi descarado: el preludio del acto III de “Lohengrin” de Wagner, la Sinfonía nº 9 “Del Nuevo Mundo” de Dvořák y “An American in Paris” de Gershwin. Los bises añaden más capas: Bizet, Bernstein con la obertura de “Candide” y, cerrando, una fantasía sobre “Arirang” del compositor norcoreano Choi Sung-hwan, basada en la canción popular coreana. Música como lenguaje cuando el lenguaje político se atasca; durante unas horas, el hielo se agrieta y se ve otra cosa.
Ese mismo día del calendario, pero en 2013, la noticia es de otro tipo y golpea de lleno al turismo: un globo aerostático se incendia y cae cerca de Luxor, en Egipto, una zona marcada por el imaginario de templos y antigüedad, por esa mezcla de excursión y reverencia que acompaña al Valle del Nilo. El accidente ocurre el 26 de febrero por la mañana, con un globo operado por Sky Cruise y matrícula SU-283, un modelo Ultramagic N-425. Según los datos conocidos, se produce un fuego en la cesta asociado a una fuga en el sistema de combustible; el globo se desinfla en el aire y se precipita. De las 21 personas a bordo (20 pasajeros y el piloto), mueren 19. Las víctimas incluían turistas de Hong Kong, Japón, Reino Unido, Francia, además de una persona de Hungría residente en Reino Unido, y también viajaba un guía egipcio. Hubo dos supervivientes. La imagen de un globo ardiendo sobre un paisaje histórico se convirtió en una de esas fotografías mentales que cuesta borrar.
A veces, para completar el mapa del 26 de febrero contemporáneo, aparece también una anécdota mundialmente conocida, aunque sea de otra gravedad: el 26 de febrero de 2017, en la gala de los Óscar, se anunció por error que “La La Land” era mejor película cuando el premio era para “Moonlight”. Los presentadores Warren Beatty y Faye Dunaway habían recibido el sobre equivocado, el de mejor actriz, donde figuraba Emma Stone. La corrección llegó en directo, con el productor Jordan Horowitz mostrando el sobre correcto. Fue un fallo humano, sí, pero también un recordatorio extraño de cómo un instante puede quedar fijado para siempre en la memoria colectiva.
Con todo esto, el 26 de febrero termina pareciéndose a una sala con varias pantallas encendidas a la vez: una emite historia imperial, otra política nuclear, otra terrorismo, otra cultura, otra tragedia turística. Y se entiende por qué “tal día como hoy” funciona como formato: no es nostalgia, es una forma rápida de ver cómo el mundo repite ciertos patrones con disfraces distintos.
El 26 de febrero, una fecha que vuelve cuando no conviene
Si se junta el puzzle con calma, el 26 de febrero deja una conclusión práctica —sin necesidad de grandilocuencias—: es una fecha que se asocia a cambios de rumbo. Napoleón sale de Elba y reabre un conflicto europeo; Hugo nace y, con los años, su obra ayuda a narrar la desigualdad moderna; el Gran Cañón se protege y se convierte en símbolo institucional; Churchill anuncia una prueba nuclear y el mundo entra en otra fase de disuasión; Manhattan se llena de humo por una bomba en el subsuelo; Pyongyang escucha a una orquesta de Nueva York mientras el guion diplomático se estira; Luxor vive una tragedia que rompe la idea de excursión segura. No son hechos conectados por causa y efecto, pero sí por algo más simple: el calendario no es neutro, y ciertos días acumulan golpes de historia como si se hubieran citado a la misma hora.
Para España, estas efemérides sirven también como espejo indirecto. La fuga de Napoleón vuelve a tocar la memoria de una Europa que ya había pasado por la invasión y la resistencia; la era nuclear se relaciona con un continente partido y con equilibrios que afectaron a toda la política exterior; el atentado de 1993 anticipa debates sobre seguridad y terrorismo que después serían muy presentes en Europa; la cultura —Hugo, la música en Corea del Norte— recuerda que hay herramientas menos ruidosas que un ejército, pero igual de persistentes. En un día concreto, el 26 de febrero, cabe un resumen del mundo: poder, ideas, miedo, conservación, diplomacia, accidente. Y esa mezcla, tan poco elegante y tan real, es lo que hace que esta fecha vuelva cada año a las páginas de historia.

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