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Historia

Tal día como hoy: qué pasó el 24 de febrero en la historia

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qué pasó el 24 de febrero

El 24 de febrero reúne giros clave: del final del 23-F a Pavía la OMT en Madrid, Saura en Berlín y la invasión de Ucrania que pesa en Europa.

El 24 de febrero no es una fecha cualquiera del calendario: es un día con nombres propios, con horas clavadas en la memoria y con decisiones que cambiaron países enteros. En España, el 24 de febrero de 1981 es, en la práctica, el desenlace de la noche más larga del 23-F: el mensaje televisado de Juan Carlos I a la 1:14 de la madrugada, la cadena de órdenes a los capitanes generales y, ya con la mañana entrando por las ventanas, la derrota del golpe en el Congreso y la entrega de sus principales protagonistas. Fuera de aquí, ese mismo 24 de febrero aparece en páginas que pesan: Pavía (1525) con el rey francés Francisco I capturado; Madrid (1976) convertida en sede de la Organización Mundial del Turismo; Berlín (1981) premiando a Carlos Saura con el Oso de Oro por “Deprisa, deprisa”; y, en la historia reciente, el 24 de febrero de 2022, cuando Rusia lanzó la invasión a gran escala de Ucrania, una guerra que en este 24 de febrero de 2026 cumple cuatro años y sigue marcando la agenda europea con sanciones, vetos, apoyos y fisuras.

Ese mosaico tiene un hilo: cada 24 de febrero importante suele venir con tensión y con consecuencias que no se quedan en el titular del día. A veces se ve enseguida —un rey hablando por televisión, un ejército cruzando fronteras— y otras tarda en aflorar —una muerte en una huelga, un organismo internacional que fija su sede, una película que retrata un país en carne viva—. Lo que une a todos esos episodios no es la casualidad romántica del almanaque, sino algo más seco: el 24 de febrero ha sido, una y otra vez, un punto de giro.

España: el 24-F que remató el 23-F

La imagen más repetida del 23-F empieza con un estruendo, con Antonio Tejero entrando en el Congreso pistola en mano, con disparos al techo y con aquella orden brutal de “¡quieto todo el mundo!”. Pero el golpe, en términos reales, se decide en la madrugada del 24 de febrero. El país vivió pegado a TVE y a la radio, con el Parlamento tomado, con los capitanes generales esperando señales, con un Gobierno por investirse —el de Leopoldo Calvo-Sotelo— y con una incertidumbre espesa que se coló en miles de casas. No era “un susto”; era el miedo concreto a que la Transición se partiera como una rama seca.

A la 1:14 llegó el momento que aún hoy se cita con precisión de reloj: el mensaje televisado del rey Juan Carlos I. Uniforme de capitán general, tono firme, orden explícita de defender el orden constitucional, y una instrucción clara a los mandos militares para que no secundaran la asonada. Ese minuto tuvo dos efectos simultáneos: por arriba, fue un golpe de autoridad en la cadena de mando; por abajo, fue una señal de alivio para una sociedad que llevaba horas atrapada entre rumores. En el Congreso seguían dentro Tejero y sus hombres, pero el movimiento había perdido oxígeno.

El 24 de febrero, ya con el día avanzando, se consolidó el derrumbe del golpe. Jaime Milans del Bosch, capitán general de Valencia, había sacado tanques a la calle y decretado el estado de excepción en su región militar, buscando arrastre, impacto, demostración de fuerza. Sin embargo, la falta de apoyo en otras capitanías y el aislamiento político y militar fueron cerrando el cerco. El episodio de Alfonso Armada —general y figura clave en el llamado “golpe blando” o “operación Armada”, la idea de un Gobierno de concentración presentado como salida— quedó como uno de los nudos más comentados, con sombras y discusiones que se han prolongado décadas. Aquel 24 de febrero no solo se impuso el “no” al golpe; también empezó el largo trabajo de digerirlo.

Con el paso del tiempo, el 23-F se volvió archivo, investigación, literatura, documental, debate parlamentario y conversación privada. Se hablaron de tramas civiles, de contactos, de silencios interesados, de responsabilidades difusas. Se acumularon miles de folios judiciales, se cerraron versiones oficiales y se abrieron preguntas. Hay un detalle significativo: el 23-F fracasó, pero dejó un efecto psicológico duradero en la política española, una especie de recordatorio de que la democracia, entonces, aún caminaba con las rodillas peladas. En este 24 de febrero de 2026, cuando se cumplen 45 años de aquella noche, la fecha vuelve con fuerza porque el aniversario redondea la memoria y porque la desclasificación de documentos y el trabajo de historiadores y periodistas siguen removiendo capas.

En ese mismo paisaje de Transición, hay otro 24 de febrero español menos televisado, más local y más duro de mirar. El 24 de febrero de 1976, en Elda (Alicante), murió Teófilo del Valle, un joven de 20 años, por disparos de la Policía Armada durante una huelga del sector del calzado y un contexto de protestas. Su caso se ha convertido en una referencia habitual cuando se habla de violencia institucional en aquellos años: la Transición tuvo luces, sí, pero también tuvo un suelo de conflicto laboral, represión y miedo. El nombre de Teófilo del Valle aparece, cada vez más, asociado a actos de homenaje y a debates sobre verdad y reparación. Y eso también es “tal día como hoy”: no solo grandes escenarios, también calles concretas, fábricas, carreras, disparos.

Cuando se mira el 24 de febrero en España, el hilo es evidente: autoridad, mando, orden público, derechos, el pulso entre un país que quería avanzar y otro que se resistía. El 23-F terminó derrotado el 24-F; la violencia de 1976 mostró hasta qué punto el cambio político convivía con métodos heredados. No son dos historias separadas por capricho: son piezas del mismo periodo, con protagonistas distintos y con la misma atmósfera de fondo.

Pavía 1525: el día en que capturaron a un rey

El 24 de febrero de 1525, en la batalla de Pavía, se produjo una escena que hoy suena casi medieval, pero que tuvo una modernidad brutal: el rey Francisco I de Francia fue capturado en combate. No es un dato pintoresco; es un hecho que reordenó la política europea. La batalla, en el marco de las Guerras Italianas, enfrentó a Francia con el poder de los Habsburgo encarnado en Carlos V, emperador y, a la vez, rey de España. El premio fue doble: victoria militar y victoria simbólica. Un monarca prisionero es una negociación obligatoria, una humillación pública, una debilidad estratégica.

Pavía también se recuerda por el choque entre imaginarios. La caballería francesa, con su nobleza armada y su idea de la guerra como escenario de honor, se encontró con una guerra que ya empezaba a mirar a otra parte: infantería disciplinada, arcabuces, coordinación, asedios, maniobras. Los soldados “humildes” armados con fuego de pólvora rompieron el mito de la invencibilidad caballeresca. En ese sentido, Pavía no es solo el triunfo de un bando; es una señal de cambio de época, el momento en que la guerra europea empieza a parecerse más a una máquina que a un torneo.

En el relato español, Pavía se liga al auge imperial de Carlos V y al protagonismo de contingentes hispánicos en el campo de batalla. Se cita a mandos imperiales y a fuerzas que combinaban españoles, alemanes e italianos, bajo una estructura de mando compleja en la que el objetivo era romper el asedio francés sobre la ciudad. El resultado fue tan contundente que, a partir de ahí, Francia quedó obligada a sentarse a la mesa con menos cartas y con más urgencias. La captura de Francisco I abrió la puerta a tratados, cesiones y reajustes que afectaron al mapa político de Italia y a la rivalidad franco-imperial durante años.

La fecha del 24 de febrero en Pavía, además, tiene un matiz que le da potencia narrativa: sucede “por la mañana”, en un combate decisivo, y deja una imagen que funciona como leyenda política. Ese tipo de hechos se convierten en material de propaganda, de crónica y de memoria nacional. En Francia, el trauma; en el imperio, el golpe de pecho. En ambos casos, el 24 de febrero quedó como una marca.

Madrid 1976: la OMT y el turismo convertido en política

En el 24 de febrero de 1976, Madrid sumó un tipo de centralidad distinta: la ciudad quedó asociada al asiento institucional de la Organización Mundial del Turismo (OMT), hoy parte del ecosistema de Naciones Unidas y referente global del sector. A primera vista suena burocrático, incluso gris; en realidad, es un movimiento de poder blando. El turismo no es solo playas y museos: es economía, empleo, infraestructuras, conectividad, imagen internacional y, en el caso de España, uno de los pilares de su modelo productivo contemporáneo.

Que Madrid se vinculara a la sede de la OMT en 1976 tiene una lectura histórica evidente: España estaba en transición política, pero ya llevaba años consolidando al turismo como motor nacional. La sede de un organismo internacional trae reuniones, diplomáticos, técnicos, conferencias, acuerdos, reglamentos, debates sobre estándares, estadísticas y estrategias. Trae, además, una red permanente de contactos con gobiernos de todo el mundo. Es un tipo de influencia silenciosa, de pasillo, de café en un vestíbulo con acreditaciones colgando del cuello. Y Madrid, desde entonces, aparece en ese circuito.

El momento, además, no fue casual en términos de calendario político. En 1976, el país aún estaba definiendo su futuro institucional. Colocar en Madrid una organización de este calibre encajaba con una idea de apertura y normalización internacional. No era el único elemento, ni mucho menos, pero sí uno de esos hitos que muestran cómo la diplomacia y la economía se entrelazan. La OMT no escribe constituciones ni dirige elecciones, pero su presencia en una capital dice algo del lugar que esa capital ocupa en la arquitectura internacional.

También hay un detalle práctico que suele pasarse por alto: una sede fija implica un ecosistema local. Personal internacional, servicios asociados, traducción, seguridad, logística, hoteles, transporte, un microclima económico que se sostiene año tras año. En un país donde el turismo ha sido protagonista —con sus beneficios y sus debates—, que el organismo mundial del sector tenga su hogar en Madrid no es una anécdota: es un dato con peso. Y que la efeméride caiga en 24 de febrero añade ese efecto curioso del calendario: el mismo día en que España recuerda el 23-F como amenaza a la democracia, también puede recordar que el turismo fue, y es, un factor de proyección internacional.

Berlín 1981: Saura gana el Oso de Oro mientras España tiembla

El 24 de febrero de 1981 tiene un contraste que llama la atención cuando se mira con calma. Mientras España vivía las horas más tensas del golpe en su Parlamento, el cine español celebraba un reconocimiento mayor en Europa: Carlos Saura ganaba el Oso de Oro en el Festival de Berlín por “Deprisa, deprisa”. La coincidencia temporal no convierte una cosa en causa de la otra, pero sí pinta una foto nítida de época: un país con nervios políticos y, a la vez, con una cultura capaz de mirar de frente su propia realidad.

“Deprisa, deprisa” no es una película amable. Retrata a jóvenes del extrarradio madrileño, delincuencia, robos, drogas, falta de expectativas, una velocidad casi fatalista. Saura, que ya era un director clave, se metió en esa España de asfalto y descampado sin sentimentalismo fácil. El título, por sí solo, suena a urgencia, a vivir con prisa porque parece que el futuro no garantiza nada. En 1981, ese tono encajaba con un país que llevaba poco tiempo respirando democracia y que, de pronto, tuvo que comprobar que la vieja amenaza seguía cerca.

El Oso de Oro en Berlín convirtió la película en símbolo. No solo por el premio, también porque Berlín era un escenario cargado de significado en plena Guerra Fría. Que una película española, con ese retrato crudo de juventud sin salida, se llevara el máximo galardón allí, ese año, tiene una lectura internacional: España empezaba a ser observada no como un país periférico, sino como un país con una voz cultural propia, capaz de exportar historias complejas. En paralelo, el golpe del 23-F recordaba que el proceso democrático aún estaba en construcción.

En la memoria de la fecha, la cultura sirve como un contrapunto útil. El 24 de febrero no es solo la política de alto voltaje; también es el relato de un país contándose a sí mismo con imágenes, con lenguaje, con personajes. La España de 1981 era muchas Españas a la vez: la de los uniformes y las órdenes, la de los pasillos del Congreso, la de los barrios donde se corría “deprisa” por pura falta de horizonte. Saura, sin proponérselo como cronista del 23-F, acabó retratando una atmósfera. Y esa atmósfera también pertenece a la efeméride.

Ucrania en 24-F: del 2022 al aniversario de 2026

El 24 de febrero de 2022 se convirtió en una fecha-límite para Europa. Esa madrugada, Rusia inició la invasión a gran escala de Ucrania, tras semanas de tensión, acumulación de tropas y advertencias diplomáticas. La decisión de Vladímir Putin se presentó con el lenguaje de “operación militar especial”, pero lo que siguió fue una guerra en toda regla, con ataques desde varios frentes, explosiones en ciudades clave y un shock que recorrió capitales europeas como una corriente eléctrica. En las primeras horas, los nombres de Kiev, Járkov, Odesa y el Donbás se metieron en las noticias con un dramatismo que ya no ha salido.

El inicio de la invasión tuvo un componente televisado: el discurso de Putin, la justificación política, el intento de presentar el ataque como respuesta defensiva. Ese marco propagandístico no cambió lo esencial: tropas cruzando fronteras, misiles, aviación, combate. Ucrania, con Volodímir Zelenski al frente, rechazó la rendición rápida que Moscú parecía esperar. Y esa resistencia inicial marcó el resto de la guerra. La idea de una caída exprés de Kiev se estrelló contra una combinación de defensa militar, movilización civil y apoyo externo. A partir de ahí, el conflicto se volvió largo, caro, devastador.

En términos europeos, el 24 de febrero de 2022 activó un paquete de consecuencias que todavía en 2026 siguen abiertas. Las sanciones económicas se multiplicaron, los mercados energéticos se tensaron, el debate sobre la dependencia del gas ruso cambió de tono, y países que vivían la seguridad como un concepto abstracto pasaron a hablar de rearme, OTAN y disuasión sin rodeos. Millones de ucranianos se desplazaron dentro y fuera del país; la acogida de refugiados se convirtió en realidad cotidiana, no en teoría. La guerra también trajo otro elemento moderno y tóxico: la desinformación como frente más, con campañas, narrativas enfrentadas y una batalla por el relato casi tan intensa como la del terreno.

En este 24 de febrero de 2026, la invasión cumple cuatro años y la fecha se conmemora en Kiev con presencia de dirigentes europeos, mensajes políticos y un balance que ya no cabe en un titular simple. Ucrania insiste en que no puede haber paz a costa de su soberanía; Rusia sostiene su discurso y mantiene posiciones; los aliados occidentales muestran apoyo, pero también aparecen grietas, cansancio, debates presupuestarios y tensiones internas. La guerra, en su cuarto aniversario, es a la vez un hecho militar y un hecho político europeo: condiciona presupuestos, discursos, elecciones, relaciones internacionales.

Kiev, 24 de febrero de 2026: la UE, el veto húngaro y la pelea por el petróleo

El aniversario de este 24 de febrero de 2026 ha llegado con una escena muy significativa: Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, y António Costa, presidente del Consejo Europeo, han estado en Kiev para escenificar apoyo, mientras en Bruselas se discutía —otra vez— el paquete de sanciones y la unidad interna. En paralelo, el veto de Hungría ha bloqueado medidas que se querían aprobar para endurecer la presión sobre Moscú, y el foco ha vuelto a un punto delicado: el petróleo, el tránsito y las disputas sobre infraestructuras energéticas, con el oleoducto Druzhba como palabra que reaparece entre acusaciones cruzadas y tensiones diplomáticas.

La discusión no es solo técnica; es política pura. Viktor Orbán lleva tiempo situándose como el socio más incómodo de la UE en materia de Rusia, y su postura afecta a la capacidad europea de actuar con rapidez. En este cuarto aniversario, el debate se ha mezclado con una cuestión económica de fondo: cómo mantener el apoyo a Ucrania, cómo asfixiar los ingresos rusos sin desestabilizar aún más la energía en determinados países y cómo sostener la unidad cuando las elecciones nacionales y el desgaste social empujan a algunos gobiernos a mirar hacia dentro. Zelenski, en este contexto, ha insistido en que Ucrania no puede aceptar una paz que “borre” el sacrificio de estos años, y ha apelado también a la política estadounidense, con Donald Trump de vuelta como figura central del tablero, pidiendo que Washington no se aleje del apoyo.

Lo relevante de este 24 de febrero de 2026 es que, cuatro años después, la guerra ya no se vive como un impacto súbito, sino como un sistema: sanciones, ayudas, vetos, coaliciones, discursos, paquetes financieros, líneas rojas. Y eso tiene un coste: el de la fatiga y el de la fractura. Precisamente por eso, la efeméride se ha convertido en fecha de reafirmación política, con Kiev como escenario y con la UE intentando sostener el mensaje de que la paz solo puede ser “justa y duradera”, sin ceder en lo esencial.

Una fecha que vuelve con nombres y consecuencias

El 24 de febrero también guarda otras marcas que ayudan a entender por qué esta fecha aparece tantas veces en cronologías del mundo. El 24 de febrero de 1920, en Múnich, Adolf Hitler presentó en una cervecería el programa de 25 puntos que definió el núcleo ideológico del movimiento que acabaría convertido en el Partido Nazi. Es una fecha incómoda y decisiva porque muestra el inicio público de un proyecto político extremo que, con el tiempo, desembocaría en la tragedia europea del siglo XX. En el calendario, ese 24 de febrero sirve como recordatorio de que los grandes desastres históricos no empiezan siempre con tanques; a veces empiezan con un discurso, con un programa, con una sala llena.

Otro 24 de febrero, el de 1991, abrió la fase terrestre de la Guerra del Golfo con la ofensiva de la coalición liderada por Estados Unidos para expulsar a Irak de Kuwait. Fue el momento en que la operación, tras semanas de bombardeos, se transformó en avance sobre el terreno. La fecha quedó asociada a un tipo de guerra moderna televisada, con una superioridad militar aplastante, y con una victoria rápida que, sin embargo, no cerró el capítulo geopolítico: dejó secuelas, narrativas, resentimientos y un mapa de Oriente Medio aún más tenso. También aquí el 24 de febrero funciona como puerta de entrada a algo más grande.

En el lado cultural, el 24 de febrero de 1975 fue el lanzamiento de “Physical Graffiti”, el álbum doble de Led Zeppelin que se convertiría en una referencia del rock por ambición y mezcla de estilos, con ese tono expansivo que parecía querer ocuparlo todo: guitarras densas, atmósferas abiertas, canciones largas, un disco pensado como mundo propio. No es política ni guerra, pero sí es un hito cultural que explica una época: el rock como industria, como fenómeno de masas, como símbolo de libertad y exceso. Y el hecho de que aparezca en el mismo 24 de febrero en el que España recordará para siempre el derrumbe del 23-F y el mundo recordará el inicio de la invasión de Ucrania tiene algo casi irónico: el calendario mete en la misma página el ruido de las botas y el ruido de una batería.

Al final, el 24 de febrero se entiende mejor si se acepta su naturaleza de fecha “bisagra”. En España, es la madrugada en que la democracia se defendió ante una amenaza concreta, con Tejero, Milans del Bosch, Armada, Calvo-Sotelo y un país entero pegado a una pantalla; también es el recuerdo de un joven como Teófilo del Valle, muerto en 1976 en un contexto de huelga y represión. En Europa, es el día en que un rey como Francisco I cayó prisionero en Pavía y el tablero imperial se recolocó. En Madrid, es el día en que el turismo empezó a ser también institución global desde una sede permanente. En Berlín, es el día en que Carlos Saura puso una película áspera en lo más alto mientras España temblaba. Y en el presente, es el día que marca la continuidad de una guerra en Ucrania que, cuatro años después, sigue sin final a la vista y obliga a los gobiernos europeos a retratarse cada vez que llega el aniversario.

Por eso el 24 de febrero no se agota en la efeméride rápida. Es una fecha que, cuando se repite, trae consecuencias. Trae decisiones, trae tensiones, trae memoria. Y trae, siempre, esa sensación de que la historia —la grande y la pequeña— tiene costumbre de elegir días concretos para dejar cicatrices con fecha y hora.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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