Historia
¿Por qué septiembre significa siete si ocupa el noveno lugar del año?
Septiembre fue el séptimo mes romano y por eso su nombre significa siete. El calendario cambió de orden, aunque la palabra sobrevivió intacta.

Resumen
- Septiembre significa siete porque fue el séptimo mes del calendario romano
- Al colocarse enero y febrero delante, septiembre pasó al noveno puesto
- Octubre, noviembre y diciembre conservan el mismo rastro de aquel orden
Septiembre tiene una pequeña trampa escondida en el nombre. Procede del latín September, relacionado directamente con septem, «siete». Y no, los romanos no contaban mal. Septiembre fue realmente el séptimo mes en una de las formas más antiguas del calendario romano, cuando el año comenzaba en marzo y no en enero.
El misterio aparece porque el calendario cambió, pero el nombre sobrevivió. Enero y febrero terminaron situándose antes de marzo, septiembre descendió dos puestos y pasó del séptimo al noveno lugar. Nadie se molestó —o nadie consiguió— rebautizarlo de forma duradera. Así hemos llegado hasta 2026 diciendo septiembre mientras utilizamos una palabra que conserva la numeración de la antigua Roma.
Dicho de otra manera: cada vez que alguien escribe 15 de septiembre está utilizando, sin saberlo, una reliquia lingüística de más de dos mil años. El calendario parece una cuadrícula bastante aburrida hasta que se levanta una esquina. Debajo hay emperadores, guerras, reformas, dioses y bastante desorden administrativo.
Cuando marzo era el primer mes del año
La tradición romana atribuía uno de sus calendarios más antiguos a Rómulo, fundador legendario de Roma. Aquella estructura habría tenido diez meses y comenzaba con Martius, nuestro marzo, dedicado a Marte.
Después llegaban Aprilis, Maius y Iunius. A partir de ahí, los nombres se volvían deliciosamente prácticos: Quintilis era el quinto mes; Sextilis, el sexto; September, el séptimo; October, el octavo; November, el noveno, y December, el décimo. En aquella secuencia, septiembre encajaba perfectamente como número siete.
Ahí encajan las piezas. Si marzo ocupa la primera posición, septiembre cae exactamente en la séptima. Octubre también conserva el ocho latino, noviembre el nueve y diciembre el diez. El aparente error afecta, por tanto, a cuatro meses consecutivos.
Conviene introducir una cautela. La historia más antigua del calendario romano mezcla documentación, reconstrucciones posteriores y tradición legendaria. Los propios romanos atribuían reformas a sus primeros reyes, pero no disponemos de una agenda de Rómulo guardada en un archivo. Lo sólido es que el sistema romano antiguo conservó una estructura en la que marzo ocupaba una posición inicial y los nombres numéricos de septiembre a diciembre reflejan precisamente ese orden.
El invierno que complicaba las cuentas
Según la tradición, aquel calendario temprano contabilizaba diez meses y dejaba fuera una parte del invierno. Más adelante apareció un calendario de doce meses con Ianuarius y Februarius, enero y febrero.
La transformación no ocurrió de golpe ni puede reducirse a la típica frase de que un emperador llegó una mañana y añadió dos casillas al calendario. La evolución fue bastante más enrevesada. Las fuentes antiguas atribuyen a Numa Pompilio, segundo rey legendario de Roma, la introducción de enero y febrero, aunque la configuración histórica exacta de los primeros calendarios romanos sigue siendo objeto de reconstrucción.
Lo importante para entender septiembre es mucho más sencillo: cuando enero y febrero quedaron colocados antes de marzo, los antiguos meses numerados se desplazaron dos posiciones. El antiguo séptimo se convirtió en noveno, el octavo en décimo, el noveno en undécimo y el décimo en duodécimo. Los nombres, testarudos, siguieron donde estaban.
Por qué septiembre no cambió de nombre al cambiar de puesto
Los nombres de los meses ya estaban profundamente incorporados a la vida pública, religiosa y administrativa romana. Cambiar la posición de un mes es una cosa; lograr que toda una sociedad abandone una palabra utilizada durante generaciones es otra bastante distinta. September sobrevivió al cambio de orden.
De hecho, el calendario conserva más cicatrices de ese pasado. Quintilis, cuyo nombre significaba aproximadamente «quinto», acabó convertido en julio en honor de Julio César. Sextilis, el antiguo sexto mes, fue rebautizado posteriormente como agosto en honor de Augusto.
Septiembre, octubre, noviembre y diciembre tuvieron otra suerte. Conservaron sus nombres numéricos incluso cuando esos números dejaron de corresponder con su posición. Es precisamente esa continuidad la que convierte sus nombres en vestigios del antiguo calendario romano.
Hubo intentos imperiales de imponer nuevas denominaciones. Algunos emperadores romanos probaron a asociar meses con sus propios nombres o con miembros de sus familias. La posteridad, por decirlo suavemente, no siempre colaboró. Los cambios vinculados a Julio César y Augusto cuajaron; otros desaparecieron.
Julio César no añadió enero y febrero para desplazar septiembre dos puestos. Es uno de los errores populares más repetidos cuando se cuenta esta historia. Ambos meses existían mucho antes de la reforma juliana.
Lo que hizo César fue abordar un calendario romano que llevaba tiempo acumulando problemas de sincronización con el año solar. En el 46 a. C. impulsó la gran reforma que dio origen al calendario juliano, aplicado desde el 45 a. C.
El nuevo sistema estableció un año ordinario de 365 días y articuló el mecanismo de los años bisiestos. También fijó de manera mucho más estable una estructura mensual reconocible para cualquier persona del siglo XXI. La reforma alteró profundamente el cómputo del tiempo, pero no convirtió septiembre de séptimo en noveno: ese desplazamiento venía de mucho antes.
Quintilis fue rebautizado como Iulius tras la muerte de César, de donde procede julio. Años después, Sextilis pasó a llamarse Augustus, nuestro agosto. Pero septiembre conservó su antiguo nombre, igual que los tres meses que lo siguen.
Cuándo enero terminó imponiéndose como comienzo del año
Otra simplificación habitual consiste en imaginar que Roma pasó directamente de comenzar el año en marzo a utilizar nuestro calendario actual. Entre ambas cosas hubo siglos de cambios, ajustes políticos y costumbres administrativas. El calendario, como casi todo en Roma, también fue una cuestión de poder y organización.
Una fecha especialmente importante es 153 a. C.. Desde ese año los cónsules romanos comenzaron a asumir el cargo el 1 de enero, una decisión relacionada con necesidades militares de la República en Hispania. El inicio de enero ganó así un peso civil y político decisivo.
Más tarde, la reforma de Julio César consolidó el 1 de enero dentro del calendario juliano. Para entonces, septiembre llevaba mucho tiempo cargando con un nombre que hablaba de su antigua séptima posición.
Es una de esas ironías históricas pequeñas pero resistentes. Roma reorganizó el año, corrigió días, introdujo mecanismos para evitar que las estaciones se escaparan del calendario y rebautizó meses en honor de gobernantes. Sin embargo, siguió llamando, en esencia, «siete» al mes número nueve.
Septiembre, octubre, noviembre y diciembre cuentan la misma historia
Septiembre no es una rareza aislada. Forma parte de una secuencia que permite reconstruir el viejo calendario casi con mirar cuatro palabras. Los últimos cuatro meses conservan números latinos escondidos en sus nombres.
Septem significa siete; octo, ocho; novem, nueve, y decem, diez. De ahí proceden septiembre, octubre, noviembre y diciembre. En el calendario actual son, respectivamente, los meses nueve, diez, once y doce. La diferencia es siempre de dos posiciones.
Esto convierte a los últimos meses del año en una especie de fósil lingüístico. Las palabras cuentan cómo estaba organizado el tiempo antes de que nuestro calendario adoptara su estructura definitiva.
Y ahí hay algo curioso. Utilizamos esas denominaciones constantemente, en contratos, cumpleaños, billetes de avión, calendarios escolares o citas médicas, pero rara vez pensamos en su significado literal. Diciembre significa diez, aunque llevemos toda la vida celebrando en él el final del duodécimo mes.
Y entonces llegó el calendario gregoriano
Todavía faltaba otra gran reforma. El calendario juliano era notablemente eficaz, pero calculaba el año con una pequeña desviación respecto al año solar real. Parece poca cosa; acumulada durante siglos, dejó de serlo. El desfase terminó haciendo necesaria una nueva corrección del calendario.
En 1582, el papa Gregorio XIII promovió el calendario gregoriano, diseñado para corregir aquel desfase y modificar la regla de los años bisiestos. Es, con adaptaciones históricas según cada país, el sistema civil que domina actualmente gran parte del mundo.
La reforma corrigió fechas y afinó el cómputo astronómico, pero no tenía motivo para empezar a reinventar los nombres tradicionales de los meses. Septiembre siguió siendo septiembre.
Para entonces, la palabra llevaba tantos siglos circulando que su significado numérico original había pasado a segundo plano. Ya no se percibía como «mes siete», sino simplemente como el nombre propio de una parte del año. En esa batalla silenciosa entre aritmética y costumbre, la lengua había ganado al cálculo.
Un calendario moderno lleno de ruinas romanas
Que septiembre signifique siete y sea el noveno mes no es un error pendiente de corregir. Es el resultado visible de varias capas históricas superpuestas: calendarios primitivos, cambios políticos, reformas administrativas y ajustes astronómicos.
Primero hubo un calendario romano en el que marzo ocupaba el comienzo del año y septiembre encajaba perfectamente como séptimo mes. Después llegaron nuevas estructuras, enero y febrero quedaron por delante, el año civil se desplazó hacia enero y la reforma juliana estabilizó el sistema. Mucho más tarde, el calendario gregoriano corrigió sus defectos astronómicos. El nombre resistió a todo.
Por eso septiembre significa siete aunque ocupe el mes nueve. Y por la misma razón octubre conserva el ocho, noviembre el nueve y diciembre el diez. No son nombres equivocados: son restos perfectamente conservados de otra manera de ordenar el año.
El calendario que cuelga de una pared parece contemporáneo, casi impersonal. En realidad lleva Roma escrita por todas partes. A veces basta con leer septiembre literalmente para verla.

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