Ocio
¿Por qué Igor Yebra ocultó su esclerosis múltiple durante 11 años?
El bailarín Igor Yebra cuenta que padece esclerosis múltiple desde 2015, que la ocultó durante años y que su pierna izquierda es la más afectada.

Imagen: Intendencia de Montevideo / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0
Resumen
- Igor Yebra padece esclerosis múltiple desde 2015 y lo mantuvo en secreto
- Los síntomas afectan sobre todo a su pierna izquierda y a su movilidad
- El bailarín cuenta su diagnóstico y su adaptación en una autobiografía
Igor Yebra ha hecho público que padece esclerosis múltiple desde 2015, una enfermedad que mantuvo prácticamente en secreto durante años y que afecta especialmente a su pierna izquierda. El bailarín y coreógrafo bilbaíno ha explicado que los primeros problemas habían aparecido incluso antes, en 2013, cuando comenzó a notar molestias en esa pierna y las atribuyó al entrenamiento. Tras someterse a una punción lumbar recibió tratamiento, pero evitó conocer todos los detalles del diagnóstico porque temía que aquello pudiera significar el final de su vida sobre los escenarios.
La revelación llega ligada a su autobiografía, ¿Por qué somos tan estúpidos y no estamos ya bailando?, en la que Yebra rompe una reserva que había protegido durante más de una década. No es un detalle menor en alguien cuya profesión convirtió durante años el cuerpo en un instrumento de precisión: equilibrio, fuerza, coordinación, memoria muscular. La movilidad, precisamente, es uno de los terrenos donde la enfermedad ha terminado dejando una huella más perceptible.
El diagnóstico llegó en 2015, pero Yebra prefirió no conocerlo
La historia tiene una particularidad. Yebra recibió atención médica en 2015 después de someterse a una punción lumbar, pero ha contado que entonces prefirió no saber exactamente qué enfermedad tenía. Su médico le indicó tratamiento y seguimiento y él continuó adelante. Para un bailarín acostumbrado desde adolescente a convivir con dolor, lesiones, disciplina y jornadas físicamente extenuantes, aquella reacción tenía una lógica muy concreta: seguir trabajando mientras el cuerpo respondiera.
No fue hasta 2017 cuando conoció expresamente que padecía esclerosis múltiple. Según su relato, una doctora mencionó el diagnóstico durante una consulta. Hasta ese momento había mantenido una especie de pacto consigo mismo: mientras pudiera continuar con su vida profesional, prefería no mirar demasiado detrás del telón.
El mecanismo tenía algo de supervivencia profesional y también, inevitablemente, de negación. En la danza clásica el cuerpo no acompaña al artista: es el propio oficio. Una lesión puede arruinar una temporada; una enfermedad neurológica crónica obliga a mirar mucho más lejos, a otro calendario, menos previsible y bastante menos indulgente.
Las primeras molestias habían aparecido dos años antes
Yebra sitúa en 2013 los primeros síntomas que con el tiempo relacionó con la enfermedad. Comenzó a notar problemas en la pierna izquierda, pero inicialmente creyó que se debían a una preparación física insuficiente. La paradoja resulta llamativa: ha explicado que podía llegar a entrenar durante muchas horas al día y aun así interpretaba aquellas señales como una necesidad de exigirse más.
Ese reflejo dice bastante del ecosistema de la danza de élite. El cuerpo protesta y el profesional, educado para pedirle siempre un centímetro más, responde aumentando el esfuerzo. Yebra ha considerado posteriormente que aquella sobreexigencia física pudo perjudicarle, aunque esa percepción personal no permite establecer por sí sola una relación médica de causa y efecto con la evolución de la esclerosis múltiple.
En 2021 los síntomas comenzaron a ser más difíciles de ocultar
Durante años, muy pocas personas conocieron la situación. Yebra ha explicado que el diagnóstico permaneció limitado a un círculo muy reducido de confianza. La enfermedad se quedó así en una habitación privada de su vida mientras fuera continuaban los escenarios, la dirección artística, los ensayos, los viajes y la enseñanza.
La situación cambió especialmente en 2021, cuando los síntomas ganaron intensidad y comenzó a recibir una medicación cuyos efectos secundarios resultaban más visibles. Mantener aquella discreción se volvió cada vez más complicado y el bailarín empezó a compartir lo que ocurría con más personas de su entorno.
Actualmente señala la pierna izquierda como la zona que más problemas le provoca. Ha reconocido que en determinados momentos le cuesta caminar y que adapta sus movimientos para intentar disimularlo. Hay incluso algo profundamente ligado a su profesión en ese gesto: quien pasó media vida aprendiendo a controlar cada movimiento termina buscando también una forma de administrar el movimiento imperfecto.
Qué supone la esclerosis múltiple que padece Igor Yebra
La esclerosis múltiple es una enfermedad crónica del sistema nervioso central en la que intervienen procesos inflamatorios y neurodegenerativos. Puede afectar al cerebro y a la médula espinal y generar síntomas muy diferentes de una persona a otra, entre ellos alteraciones de movilidad y equilibrio, fatiga, problemas visuales, debilidad muscular, cambios en la sensibilidad o dificultades cognitivas.
Ese matiz es fundamental cuando una enfermedad entra en la conversación pública a través de una persona conocida. Saber que alguien tiene esclerosis múltiple no permite anticipar automáticamente su evolución, ni determinar qué limitaciones tendrá dentro de unos años. Hay pacientes con trayectorias muy diferentes y tratamientos que buscan reducir la actividad de la enfermedad, controlar sus manifestaciones y ralentizar su progresión cuando es posible.
En España viven decenas de miles de personas con esclerosis múltiple. Suele diagnosticarse en adultos jóvenes y presenta una enorme variabilidad clínica. Dicho de otro modo: la experiencia de Igor Yebra explica la experiencia de Igor Yebra. No es un molde universal para entender la de todos los pacientes.
De Víctor Ullate al Kremlin: una carrera construida sobre el cuerpo
La noticia adquiere otra dimensión cuando se mira la trayectoria del protagonista. Nacido en Bilbao el 1 de agosto de 1974, Igor Yebra comenzó muy joven su formación profesional en la escuela de Víctor Ullate. Su carrera terminó llevándolo a compañías, teatros y escenarios de distintos países, con una trayectoria internacional especialmente ligada al ballet clásico.
Uno de sus grandes hitos llegó en 2004, cuando se convirtió en el primer bailarín no ruso en interpretar como protagonista Iván el Terrible en el Palacio Estatal del Kremlin. También fue étoile del Ballet de la Ópera de Burdeos y primer bailarín invitado de la Ópera de Roma, antes de desarrollar una intensa actividad como coreógrafo, profesor y director artístico.
Entre 2018 y 2020 dirigió el Ballet Nacional del Sodre, en Uruguay. Fueron años de una actividad profesional intensa, con proyectos, responsabilidades y desplazamientos internacionales. Yebra ha relacionado esa etapa con una importante presión física, aunque esa apreciación biográfica no equivale a demostrar que ese ritmo de vida causara un empeoramiento concreto de la enfermedad.
Su relación con Anne Igartiburu y una fama que va más allá de la televisión
Para una parte del público español, Yebra también es conocido por su matrimonio con Anne Igartiburu. Ambos se casaron en 2004 y posteriormente se separaron. Esa dimensión personal ha regresado inevitablemente a muchos titulares tras conocerse su enfermedad, pero su biografía profesional había adquirido peso internacional mucho antes de que su vida sentimental ocupara páginas de información social.
Reducir a Igor Yebra a la condición de expareja de una presentadora conocida dejaría fuera, de hecho, la parte principal de la historia: décadas dedicadas a una disciplina extremadamente exigente y una carrera levantada sobre el control físico del cuerpo. Precisamente por eso su relato sobre una enfermedad que altera la movilidad contiene una contradicción tan poderosa.
Una autobiografía donde la enfermedad deja de ser un secreto
La enfermedad aparece ahora integrada en ¿Por qué somos tan estúpidos y no estamos ya bailando?, el libro en el que Yebra revisa su relación con la disciplina, la vulnerabilidad, el miedo y el propio cuerpo. La autobiografía transforma en relato público algo que durante años estuvo confinado a consultas médicas y conversaciones privadas: su convivencia con la esclerosis múltiple.
La decisión de hablar tampoco parece planteada como una conversión de la enfermedad en espectáculo. Más bien ocurre lo contrario. Después de años administrando silencios, tratamientos y explicaciones parciales, Yebra ha reconocido el peso de mantener la situación escondida. Contarlo supone también ordenar una biografía en la que el cuerpo dejó de obedecer como antes.
La preocupación actual del bailarín no se centra en reconstruir exactamente la vida física que tenía veinte años atrás. Su horizonte pasa por evitar el deterioro, adaptarse a las posibilidades que vaya permitiéndole la enfermedad y mantenerse vinculado a su trabajo. Enseña, dirige, escribe y desarrolla proyectos relacionados con la danza. No es exactamente una retirada. Es otro modo de estar.
El cuerpo que antes obedecía y ahora negocia
Durante buena parte de su carrera, Igor Yebra consiguió que un movimiento dificilísimo pareciera sencillo. Ese era parte del artificio del gran bailarín: detrás de unos segundos de ligereza había horas de repetición, músculos doloridos y una disciplina feroz. La esclerosis múltiple ha modificado esa relación. El cuerpo ya no recibe únicamente órdenes; también impone condiciones.
Los primeros síntomas aparecieron en 2013, el diagnóstico llegó en 2015 y Yebra terminó conociéndolo claramente en 2017. El público descubre esa parte de su historia en 2026. Entre esas fechas caben años de trabajo, silencio y adaptación. Esa distancia temporal explica buena parte de la noticia: Yebra no acaba de descubrir su enfermedad, sino que ha decidido finalmente contarla.
Y continúa ligado a la danza, aunque desde otro lugar. Enseña, dirige, escribe, organiza proyectos. Quizá ahí esté la transformación más reveladora. Después de una carrera dedicada a dominar cada centímetro del movimiento, el bailarín afronta una realidad mucho menos coreografiable. Seguir bailando, al final, también puede significar aprender a moverse de otra manera.

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