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Ciencia

¿Por qué el mapa del mundo deforma África y la ONU quiere cambiarlo?

La ONU respalda Equal Earth frente a Mercator, cuya proyección agranda el norte y cambia la percepción del tamaño real de África y otros continentes.

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el mapa del mundo

Resumen

  • Mercator agranda visualmente las regiones situadas lejos del ecuador
  • La ONU respalda Equal Earth para mostrar mejor el tamaño de los continentes
  • África recupera una escala más fiel sin convertir el mapa en una esfera

El mapa del mundo que millones de personas aprendieron en el colegio no representa correctamente el tamaño relativo de los continentes. No porque alguien dibujara mal África o porque Groenlandia haya engordado sobre el papel, sino por una limitación matemática bastante menos misteriosa: es imposible extender una esfera sobre una superficie plana sin deformarla. Como intentar dejar lisa la piel de una naranja sobre una mesa. Algo acaba estirándose, rompiéndose o encogiéndose.

Durante siglos hemos convivido sobre todo con la proyección de Mercator, creada en 1569 y extraordinariamente útil para la navegación porque conserva ángulos y direcciones locales. El precio se paga en superficie: cuanto más se aleja un territorio del ecuador, más exagerado puede aparecer su tamaño. África queda visualmente reducida mientras regiones septentrionales parecen gigantescas. La ONU ha colocado esa anomalía en primer plano al respaldar representaciones que conservan mejor las superficies relativas de los continentes.

No es un detalle ornamental. Los mapas enseñan dónde están las cosas, pero también construyen una imagen mental del mundo. El tamaño, la posición central, las fronteras e incluso los nombres que aparecen impresos parecen hechos objetivos cuando, en realidad, detrás siempre hubo decisiones técnicas, históricas y, algunas veces, políticas. El papel aguanta mucho; la geometría, algo menos.

La ONU entra en el viejo debate del mapa mundial

La Asamblea General de Naciones Unidas aprobó el 4 de septiembre de 2026 la resolución conocida como Correct the Map, impulsada por Togo y respaldada por países africanos. La votación terminó con 164 países a favor, Estados Unidos en contra y seis abstenciones. Se trata de una resolución no vinculante que anima a gobiernos, escuelas, instituciones internacionales y empresas tecnológicas a emplear proyecciones de área equivalente cuando resulte importante comparar el tamaño de los continentes.

El texto da protagonismo a Equal Earth, aunque eso no significa que desde mañana vaya a desaparecer Mercator de todos los atlas, navegadores y aulas. Tampoco existe un único mapa perfecto capaz de resolver cada problema cartográfico. La propia naturaleza del asunto obliga a elegir qué propiedad conservar y cuál sacrificar.

Ahí está precisamente el matiz que se pierde con facilidad. Naciones Unidas no ha descubierto que la Tierra tuviera unas dimensiones diferentes. Ni ha aparecido un continente nuevo detrás del sofá. Lo que plantea es cambiar qué tipo de deformación aceptamos cuando convertimos un planeta tridimensional en un dibujo plano.

La decisión tiene además una fuerte carga educativa. Durante generaciones, buena parte de la población ha aprendido geografía mirando mapas en los que regiones próximas a los polos ganaban presencia visual mientras zonas ecuatoriales parecían menores. La distorsión matemática era conocida desde hacía mucho; lo novedoso es convertirla en un debate institucional de alcance mundial.

Por qué Mercator agranda el norte

Gerardus Mercator no diseñó su proyección para establecer una clasificación de países importantes y países secundarios. Su objetivo era mucho más práctico: ayudar a navegar.

En un mapa Mercator, una ruta que mantiene un rumbo constante puede representarse de una manera especialmente cómoda para un navegante. Los ángulos locales se conservan y el sistema permitió durante siglos trabajar con brújulas y cartas marítimas con enorme eficacia. Para atravesar océanos fue una revolución.

El problema aparece cuando una herramienta creada con ese propósito termina convertida en una imagen general del planeta. Mercator incrementa progresivamente la escala según nos alejamos del ecuador. El efecto puede pasar inadvertido porque los contornos siguen resultando familiares. Todo parece normal hasta que se comparan superficies.

Groenlandia es quizá el ejemplo más famoso: en muchos mapas Mercator puede parecer comparable con África cuando África es enormemente mayor. Lo mismo ocurre, con distinta intensidad, con Canadá, Rusia o los territorios del extremo norte. No han crecido. Están dibujados en una zona de la proyección donde la escala se estira.

África no es pequeña: el mapa la empequeñece en comparación

La discusión ha adquirido especial fuerza alrededor de África porque el continente reúne una enorme superficie cerca del ecuador y, por tanto, su presencia visual queda relativamente disminuida cuando se compara con territorios situados en latitudes altas.

No significa que Mercator reduzca físicamente África dentro de su propio sistema de coordenadas como quien encoge una fotografía con el ratón. El fenómeno es relativo: los territorios alejados del ecuador se agrandan cada vez más, y al observar el conjunto África termina pareciendo proporcionalmente menor de lo que es.

Esa diferencia importa en educación. Un niño no aprende únicamente memorizando cifras de kilómetros cuadrados. Aprende mirando. La silueta repetida durante años acaba instalándose en la cabeza con una naturalidad difícil de desmontar. Y cuando una representación gráfica convierte determinadas regiones en enormes manchas de color y otras en espacios aparentemente menores, también cambia la percepción geográfica.

Aquí aparece el debate que ha impulsado la Unión Africana: una distorsión técnica perfectamente explicable puede adquirir consecuencias culturales cuando se utiliza durante siglos como representación habitual del mundo. Esa interpretación histórica y política admite discusión; el problema geométrico de Mercator, en cambio, es medible: la distorsión de las superficies aumenta con la latitud.

Equal Earth cambia el tamaño aparente, no la geografía

La alternativa que ha ganado protagonismo se llama Equal Earth. Fue diseñada en 2018 por los cartógrafos Bojan Šavrič, Tom Patterson y Bernhard Jenny y pertenece a la familia de las proyecciones equivalentes: está construida para conservar las proporciones de superficie.

Dicho sin examen de matemáticas: si dos territorios tienen la misma superficie real, Equal Earth intenta que ocupen también la misma cantidad relativa de espacio sobre el mapa. Esa es precisamente la propiedad que Mercator sacrifica.

Sus creadores buscaban, además, evitar uno de los problemas históricos de algunas proyecciones equivalentes: ofrecer un resultado matemáticamente correcto en superficie pero visualmente extraño para quien está acostumbrado al mapa tradicional. Equal Earth se inspiró en el aspecto de la proyección Robinson y adoptó formas curvas que mantienen una imagen reconocible del planeta.

África recupera así una presencia mucho más cercana a sus dimensiones relativas. Europa parece menor respecto al continente africano; Groenlandia pierde aquella enormidad casi continental que le concedía Mercator. El planeta comienza a resultar un poco raro durante unos segundos. Luego ocurre algo curioso: raro era, en parte, el mapa anterior.

Un mapa plano siempre deforma algo

Equal Earth tampoco convierte una hoja de papel en un globo terráqueo. Toda proyección plana sacrifica alguna propiedad: superficie, forma, distancia, dirección o una combinación de ellas.

Las proyecciones equivalentes mantienen las áreas, pero eso no significa que cada costa conserve exactamente su forma ni que todas las distancias puedan medirse correctamente. Un cartógrafo elige la proyección según la función del mapa. Para determinadas aplicaciones de navegación, Mercator continúa teniendo propiedades muy valiosas; para comparar visualmente el tamaño de los continentes, una proyección equivalente resulta bastante más adecuada.

Por eso hablar del mapa “verdadero” puede ser engañoso. El único modelo capaz de mantener simultáneamente la geometría global de la Tierra es, básicamente, una esfera. En cuanto la abrimos y tratamos de extenderla sobre dos dimensiones, empieza la negociación con las matemáticas.

Los nombres del mapa también pueden cambiar

La discusión de 2026 ha coincidido con otra demostración de que los mapas cambian aunque las montañas y los mares permanezcan donde estaban. El Gobierno de Estados Unidos ha modificado durante la presidencia de Donald Trump varias denominaciones geográficas utilizadas oficialmente por sus organismos federales.

La Administración estadounidense recuperó Mount McKinley como denominación federal de la montaña conocida anteriormente como Denali, adoptó Gulf of America para el Golfo de México en el uso federal estadounidense y, en agosto de 2026, Trump ordenó utilizar Lake America para el lago Ontario en documentos y sistemas federales de Estados Unidos. Esos cambios no obligan a Canadá, a organismos internacionales ni a empresas privadas a emplear las mismas denominaciones.

La geografía permanece inmóvil mientras las palabras se mueven sobre ella. Ha sucedido desde que existen mapas: fronteras disputadas, territorios con distintas denominaciones, ciudades rebautizadas, mares cuyo nombre cambia dependiendo de desde qué costa se miren.

El mapa, así entendido, funciona también como una pequeña cápsula del tiempo. Dice cómo una sociedad representaba el planeta en un determinado momento. Basta observar un atlas de hace cien años para comprobarlo: no sólo cambian las fronteras. Cambian nombres, jerarquías, colores, centros y silencios.

El planeta es el mismo, la imagen mental no

La resolución de Naciones Unidas no hará que África crezca ni que Europa se encoja. Lo que puede cambiar es algo bastante más cotidiano: la escala con la que millones de personas imaginan el mundo.

Mercator seguirá teniendo sentido allí donde sus propiedades técnicas sean útiles. Equal Earth ofrece otra respuesta cuando lo importante es comparar superficies. No hay necesidad de convertir una cuestión cartográfica en una guerra santa de paralelos y meridianos. Cada proyección sirve para unas cosas y deforma otras.

Lo interesante de este episodio de 2026 está precisamente ahí. Durante siglos contemplamos ciertos mapas como si fueran ventanas transparentes hacia el planeta, cuando son más bien traducciones: convierten una esfera gigantesca en unos centímetros de pantalla o papel y, al hacerlo, toman decisiones.

El mapa nunca es exactamente el territorio. A veces ni siquiera se le parece tanto como creíamos. Y quizá esa sea la parte más desconcertante de toda esta historia: la Tierra no ha cambiado. Lo que está cambiando es el dibujo que llevábamos años confundiendo con ella.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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