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Ciencia

¿Por qué los cerdos de Auckland interesan a la ciencia y la medicina?

Los cerdos de Auckland pasaron de ser alimento de emergencia para náufragos a una singular población estudiada por su genética y posible uso médico.

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los cerdos de Auckland

Resumen

  • Los cerdos llegaron a Auckland en 1807 como alimento para náufragos
  • Su aislamiento creó una población genética especialmente singular
  • Sus descendientes se estudian en diabetes y xenotrasplantes

En 1807, el capitán británico Abraham Bristow dejó cerdos en las remotas islas Auckland, al sur de Nueva Zelanda, con una finalidad bastante menos sofisticada que la que acabarían teniendo sus descendientes: servir de alimento para marineros y posibles náufragos. Más de dos siglos después, aquel episodio de supervivencia marítima se ha cruzado con la genética, la diabetes tipo 1 y una de las ramas más complejas de la medicina moderna, los xenotrasplantes.

La sorpresa no consiste en que los animales hayan desarrollado una especie de resistencia milagrosa ni en que exista una cura de la diabetes escondida en una isla. Es algo más concreto. La población porcina de Auckland pasó generaciones con un aislamiento extraordinario, adquirió una elevada homogeneidad genética y estuvo expuesta a menos patógenos que los cerdos criados en entornos ganaderos convencionales. Esa combinación ha convertido a sus descendientes en animales especialmente interesantes para estudiar trasplantes de células, tejidos e incluso órganos de cerdo a seres humanos.

Una despensa viviente para los náufragos

Las islas Auckland forman un archipiélago subantártico situado a unos 560 kilómetros al sur de Nueva Zelanda, una tierra húmeda, fría y azotada por el viento donde navegar a comienzos del siglo XIX tenía bastante de ruleta rusa. Bristow había sido el primer europeo conocido en llegar al archipiélago en 1806 y regresó al año siguiente. Entonces soltó cerdos cerca de Port Ross para que futuros visitantes o supervivientes de un naufragio pudieran cazarlos.

Conviene introducir aquí un matiz que suele evaporarse cuando esta historia se cuenta deprisa. Los animales actuales no proceden necesariamente solo de aquellos primeros ejemplares de 1807. Hubo nuevas introducciones de cerdos, documentadas al menos en 1840 y 1842, y se registraron otras liberaciones posteriores durante el siglo XIX. Después, la población quedó separada durante muchas décadas de los rebaños domésticos del resto del mundo.

La idea de dejar animales vivos como provisión de emergencia no era extravagante para la época. Los viajes australes podían prolongarse durante meses y un naufragio en aquellas latitudes significaba aislamiento, frío y hambre. El cerdo era, en términos brutales pero prácticos, una despensa con patas.

Y funcionó demasiado bien.

El aislamiento cambió a los cerdos, pero también a la isla

Los animales prosperaron sin la presión de la ganadería moderna y terminaron adquiriendo un aspecto característico: cuerpos relativamente pequeños, hocicos largos, abundante pelo y una constitución muy atlética. Los análisis genéticos apuntaron a una ascendencia ligada a cerdos domésticos europeos, mientras que estudios posteriores han mostrado un alto grado de homocigosis, es decir, grandes regiones del genoma en las que las dos copias heredadas son muy similares.

La adaptación tuvo una cara bastante menos pintoresca. Para las islas, aquellos cerdos eran una especie invasora. Removían el suelo buscando alimento, dañaban la vegetación y afectaban a las aves que nidifican a ras de tierra o en madrigueras. Los mamíferos introducidos, entre ellos cerdos, gatos y ratones, provocaron una profunda alteración ecológica en la isla principal de Auckland.

Una antigua medida pensada para salvar náufragos acabó, con el paso del tiempo, poniendo en aprietos a un ecosistema que había evolucionado sin esos animales. La historia tiene cierta ironía: lo que para un marinero del XIX podía significar la diferencia entre comer y morir de hambre se convirtió para algunas especies nativas en exactamente el problema contrario.

Los 17 animales que cambiaron el rumbo de la historia

En 1999, ante los trabajos encaminados a recuperar el ecosistema, una expedición retiró 17 cerdos de Auckland Island, entre ellos varias hembras gestantes. Los animales fueron trasladados a instalaciones en Invercargill, Nueva Zelanda, donde comenzó a mantenerse y reproducirse la estirpe fuera de la isla.

Aquella operación permitió conservar una población que pronto despertaría un interés inesperado. Los cerdos procedían de un entorno extraordinariamente aislado y sus descendientes podían criarse bajo condiciones sanitarias muy controladas. Eso resultaba especialmente atractivo para una disciplina en la que cualquier virus escondido puede convertirse en un problema mayúsculo.

Por qué su genética interesa a los xenotrasplantes

El xenotrasplante consiste en utilizar células, tejidos u órganos de otra especie para tratar enfermedades humanas. El cerdo lleva años en el centro de este campo porque comparte con nosotros algunas características fisiológicas y porque sus órganos presentan tamaños potencialmente compatibles con los humanos.

El problema es que trasladar material biológico de un animal a una persona no significa únicamente enfrentarse al rechazo inmunitario. También existe el riesgo de introducir microorganismos capaces de cruzar la barrera entre especies. Y ahí aparece uno de los elementos más peculiares de los cerdos Auckland: algunas líneas han podido seleccionarse sin PERV-C, uno de los retrovirus endógenos porcinos considerados relevantes en los estudios de xenotrasplantes.

Los PERV son fragmentos virales incorporados al propio genoma del cerdo. No son exactamente una infección externa que pueda eliminarse con una simple cuarentena; forman parte de su ADN. Por eso, conocer qué variantes posee cada animal y seleccionar líneas adecuadas tiene importancia médica.

Los estudios de colonias derivadas de los cerdos Auckland han encontrado una elevada homocigosis genética y características particulares en regiones relacionadas con el sistema inmunitario porcino. Su menor tamaño corporal frente a muchas razas comerciales también puede resultar útil en determinadas investigaciones con órganos y tejidos.

De una isla subantártica a pacientes con diabetes tipo 1

El vínculo con la diabetes es quizá el giro más inesperado de toda la historia. Descendientes de estos cerdos fueron utilizados como fuente de islotes pancreáticos, pequeños grupos celulares del páncreas que contienen las células beta responsables de producir insulina.

Los islotes pancreáticos y los primeros ensayos

En un ensayo clínico realizado en Nueva Zelanda participaron 14 personas con diabetes tipo 1 inestable y problemas graves para reconocer episodios de hipoglucemia. Los pacientes recibieron islotes neonatales porcinos encapsulados procedentes de la línea Auckland, sin el tratamiento inmunosupresor convencional asociado a otros tipos de trasplantes. Los animales donantes y las preparaciones celulares fueron sometidos a controles microbiológicos exhaustivos.

Los controles posteriores no encontraron evidencias de transmisión de virus porcinos a los receptores durante el periodo estudiado. Los pacientes registraron una disminución de determinados episodios de hipoglucemia inadvertida, aunque los cambios en la hemoglobina glucosilada y en las necesidades diarias de insulina fueron limitados al cabo de un año. Es decir: resultados de interés científico, sí; una sustitución general de la insulina o una cura demostrada de la diabetes, no.

Una investigación posterior con pacientes en Argentina utilizó también islotes encapsulados procedentes de estos animales. Tampoco se encontraron evidencias de transmisión de PERV durante el seguimiento analizado. Algunos indicadores metabólicos mejoraron, aunque las necesidades de insulina cambiaron poco.

No son simplemente cerdos inmunes a las enfermedades

Aquí está uno de los detalles que merece precisión. El valor sanitario de esta población no significa que los cerdos de Auckland sean naturalmente inmunes a los virus ni que dos siglos de aislamiento hayan producido animales libres de cualquier patógeno.

Lo relevante es la combinación entre su historia genética, una exposición histórica reducida a determinadas enfermedades y, posteriormente, la cría de sus descendientes en instalaciones libres de patógenos específicos, con controles veterinarios muy estrictos. La seguridad empleada en los ensayos depende tanto de ese manejo moderno como del aislamiento original de la población.

La ciencia, dicho de otra manera, no encontró diecisiete supercerdos perdidos en el Pacífico. Encontró una población singular que ofrecía una materia prima genética poco corriente.

La paradoja continúa. En cautividad, los descendientes de los animales rescatados son objeto de conservación e investigación. En Auckland Island, en cambio, los cerdos salvajes siguen siendo considerados una amenaza ambiental. Nueva Zelanda trabaja desde hace años en proyectos destinados a eliminar de la isla principal varias especies de mamíferos introducidos y recuperar un ecosistema subantártico de enorme valor.

Mientras tanto, la línea genética continúa despertando interés médico fuera del archipiélago. Investigadores europeos han establecido colonias derivadas de estos animales y estudian su posible utilidad como base para xenotrasplantes y modificación genética. La vieja población aislada del Pacífico ha terminado entrando, por una puerta insospechada, en algunos de los debates más avanzados de la medicina contemporánea.

De provisión de emergencia a material biomédico

Abraham Bristow no podía imaginarlo cuando desembarcó aquellos animales en 1807. Su preocupación era elemental: que un marinero atrapado en una isla inhóspita tuviera algo que llevarse a la boca. Dos siglos después, descendientes de aquella población han terminado en laboratorios donde se estudian diabetes, inmunología y trasplantes entre especies.

La historia resulta extraordinaria precisamente porque no necesita adornos. Hubo cerdos soltados para alimentar a náufragos, posteriores introducciones durante el siglo XIX, décadas de aislamiento, un daño ecológico considerable, 17 ejemplares rescatados en 1999 y, finalmente, una población con características genéticas y sanitarias lo bastante particulares como para interesar a investigadores de varios países.

Una decisión náutica improvisada hace más de 200 años dejó una huella que nadie habría previsto. En Auckland, aquellos cerdos siguen representando un problema para la naturaleza. Fuera de la isla, su singular legado genético se ha convertido en una pequeña pieza de una pregunta médica enorme: hasta dónde puede llegar el uso de animales para reemplazar células, tejidos y órganos humanos.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.