Viajes
¿Por qué 500 vecinos de Palma ocupan plazas contra el turismo masivo?
Palma llena sus plazas de cenas vecinales contra la turistificación y abre un pulso con terrazas, restauradores y el Ayuntamiento palmesano.

En Palma, una mesa plegable, unas sillas traídas de casa y un pa amb oli se han convertido en algo bastante más político de lo que cabría esperar de una cena de verano. Alrededor de 500 vecinos participan cada semana en los Sopars a la Llesca, encuentros organizados por el colectivo Brunzit en plazas y espacios emblemáticos de la ciudad para reivindicar que esos lugares también pertenecen a quienes viven allí todo el año.
La intención no consiste, literalmente, en expulsar turistas. El verbo “desalojar” sirve para describir con cierta pólvora periodística una protesta mucho más simbólica: los residentes llevan su comida, sus mesas y sus sillas hasta espacios especialmente sometidos a la presión turística y los vuelven a utilizar como plazas, no únicamente como escenarios para fotografías, terrazas o tránsito de visitantes. Ahí está el núcleo del conflicto.
Cenar para recuperar una plaza
Los Sopars a la Llesca comenzaron en 2025 y han continuado este verano con una participación que ha superado las expectativas iniciales de sus organizadores. La receta es deliberadamente sencilla: elegir un lugar céntrico, convocar a los vecinos y cenar al aire libre. Sin grandes montajes. Cada participante lleva lo suyo y la plaza vuelve durante unas horas a tener ese aspecto doméstico, casi de pueblo, que era habitual antes de que muchas calles mediterráneas se convirtieran en escaparates del turismo internacional.
Detrás está Brunzit, un colectivo social y vecinal que plantea estas reuniones como una reivindicación del espacio público y como crítica a la turistificación de Palma. Su tesis es bastante reconocible para cualquiera que haya recorrido el centro de una ciudad turística en agosto: cuando proliferan hoteles, negocios orientados casi exclusivamente al visitante y terrazas que ocupan buena parte de las plazas, el residente empieza a encontrarse en su propio barrio como quien entra en casa de otro.
No es una cuestión menor en Mallorca. La isla recibió alrededor de 13,6 millones de turistas durante 2025, mientras que el conjunto de Baleares superó los 19 millones. El turismo sigue siendo una pieza decisiva de la economía balear y cerró 2025 con un gasto turístico récord de 23.406 millones de euros en el archipiélago. Precisamente ahí aparece la contradicción que atraviesa todo este debate: aquello que genera riqueza también puede ejercer una presión enorme sobre vivienda, movilidad, agua, comercio y espacio urbano cuando alcanza determinadas dimensiones.
De la calle Fàbrica a los pies de la Catedral
La protesta se mueve. Esa es parte de su lógica. Durante este verano se han celebrado cenas en lugares como la calle Fàbrica, la Plaça d’en Coll y la plaza Llorenç Villalonga, entre otros puntos de Palma. El 5 de agosto, los participantes llevaron la iniciativa hasta el mirador situado junto a la Catedral de Mallorca, uno de los espacios más fotografiados y transitados por los visitantes.
Aquella noche hubo mesas, comida e incluso música. Los organizadores propusieron un sopar cantat y animaron a llevar instrumentos. Alrededor, turistas mirando la escena con curiosidad; delante, la Seu y el mar. La estampa resume bastante bien la idea de Brunzit: no bloquear un monumento, sino cambiar durante unas horas quién utiliza sus alrededores y para qué.
Y ese detalle importa. Las plazas no se están reclamando únicamente como metros cuadrados. Se discute su función. Una ciudad puede conservar intactas las fachadas, las piedras y los campanarios y, sin embargo, cambiar completamente por dentro cuando desaparecen determinados comercios, se encarece la vivienda o sus espacios cotidianos empiezan a responder principalmente a las necesidades del visitante.
El precedente de la plaza de Cort
El pulso con el Ayuntamiento ya había aparecido unas semanas antes. En julio, el Consistorio no autorizó uno de los encuentros previsto en la plaza de Cort. La explicación municipal fue que ese emplazamiento había acogido ya 89 actos durante 2026, uno más que en todo 2025, y que se esperaba superar el centenar antes de terminar el año.
El Ayuntamiento ofreció otras ubicaciones, entre ellas Llorenç Villalonga, Llorenç Bisbal, la Plaça d’en Coll y la plaza Quadrado. Brunzit objetó que varias ya habían formado parte de su recorrido y transformó la cena prevista en Cort en una concentración sin mesas ni sillas. La controversia dejó una fotografía incómoda: vecinos sin autorización para instalar mobiliario frente a establecimientos que sí disponían de terrazas autorizadas. Exactamente el tipo de contraste que los convocantes querían colocar sobre la mesa. Nunca mejor dicho.
Los restauradores entran en la batalla de las mesas
La otra mitad de esta historia está detrás de la barra. Restauración Mallorca CAEB ha reclamado al Ayuntamiento de Palma que encuentre fórmulas para que las cenas vecinales puedan celebrarse sin perjudicar a bares y restaurantes que disponen legalmente de terrazas en esos mismos espacios.
La patronal insiste en que no cuestiona el derecho de los ciudadanos a reunirse ni las reivindicaciones relacionadas con problemas como la vivienda. Su argumento es otro: los establecimientos tienen licencias municipales, pagan las tasas correspondientes por ocupar la vía pública y, cuando una plaza queda reservada para uno de estos actos, algunos negocios pueden verse obligados a retirar mesas, reducir su terraza o limitar temporalmente la actividad.
El sector lleva planteando esta cuestión desde 2025 y reclama que Cort busque lugares o soluciones que permitan compatibilizar ambos usos. Incluso sostiene que un Sopar a la Llesca podría convertirse en una oportunidad de convivencia entre vecinos y establecimientos. Parece diplomático, y seguramente lo es, pero debajo permanece una discusión bastante más áspera: cuánto espacio público puede explotarse comercialmente sin que deje de sentirse verdaderamente público.
No es exactamente una guerra contra el turista
Presentar estas cenas simplemente como una ofensiva contra quienes pasan sus vacaciones en Mallorca sería reducir demasiado el problema. Brunzit dirige su crítica hacia el turismo de masas y la turistificación, mientras que otras plataformas que se han movilizado este verano en Baleares han insistido igualmente en diferenciar entre el visitante individual y el modelo económico que consideran saturado.
El contexto ayuda a entenderlo. El 26 de julio, unas 25.000 personas según la Policía Nacional se manifestaron en Palma bajo el lema “Mallorca al límit”; los organizadores elevaron la participación hasta 70.000. Vivienda, saturación de infraestructuras, consumo de recursos y transformación de los barrios ocuparon buena parte de las reivindicaciones. Pocos días después, Sóller vivió otra movilización contra la masificación turística.
Existe, naturalmente, otra cara. Miles de residentes trabajan directa o indirectamente gracias al turismo, la restauración depende en buena medida del visitante y las cifras económicas explican por qué cualquier debate sobre limitar el crecimiento termina siendo más complicado que un eslogan pintado en una pancarta. Mallorca vive del turismo; el conflicto empieza cuando una parte de la población siente que vivir del turismo empieza a dificultar vivir en Mallorca.
La verdadera disputa está en quién puede usar la ciudad
Los Sopars a la Llesca han encontrado un símbolo especialmente eficaz porque convierten un problema abstracto —turistificación, presión demográfica, modelo económico— en algo que cabe en unos pocos metros cuadrados. Aquí una terraza. Allí una mesa vecinal. En medio, el Ayuntamiento de Palma intentando decidir quién puede colocar una silla y durante cuánto tiempo.
La discusión tampoco admite soluciones cómodas. Una terraza autorizada representa empleo, actividad económica y una concesión legítima. Una plaza, a la vez, no deja de ser un espacio colectivo porque alrededor haya cartas de restaurante en cuatro idiomas. Ambos argumentos pueden ser ciertos simultáneamente, y precisamente por eso el conflicto resulta más interesante que la caricatura de residentes contra turistas.
En Palma se está discutiendo algo que aparece también en Barcelona, Venecia, Lisboa y otros destinos sometidos a una enorme presión turística: cuándo una ciudad deja de organizarse prioritariamente para quienes la habitan y empieza a comportarse como un producto que se consume por turnos.
Palma convierte la cena de barrio en un debate de ciudad
Una noche a la fresca difícilmente cambiará por sí sola el modelo turístico de Baleares. Tampoco hará desaparecer las terrazas ni resolverá el precio de la vivienda. Pero ha logrado algo menos espectacular y quizá más revelador: hacer visible quién ocupa la ciudad.
Por eso cientos de vecinos continúan sacando sus sillas a las plazas. No están levantando una frontera alrededor de Palma ni comprobando pasaportes antes de repartir el pan. Están diciendo que entre el hotel, la terraza, el apartamento turístico y la fotografía de la Catedral también debe quedar sitio para algo bastante elemental: sentarse a cenar en el lugar donde uno vive.
Y la escena, casi ridículamente sencilla, termina contando todo el conflicto mallorquín del verano de 2026. Una mesa, varias generaciones alrededor y una plaza disputada palmo a palmo. A veces las grandes discusiones sobre el futuro de una ciudad empiezan así, con vecinos sacando las sillas de casa.

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