Naturaleza
¿Por qué la ONU admite que superaremos los 1,5 °C de calentamiento?
La ONU asume que superar temporalmente los 1,5 °C es inevitable y plantea limitar el exceso, reducir emisiones y contener los daños climáticos.

Resumen
- La ONU considera inevitable superar temporalmente los 1,5 °C
- El escenario más favorable del PNUMA llega a un máximo de 1,8 °C
- Cada décima extra eleva los daños y el riesgo de cambios irreversibles
La ONU no ha declarado que toda la lucha contra el cambio climático haya fracasado ni que una catástrofe planetaria sea inevitable. Lo que acaba de reconocer es bastante más concreto —y suficientemente grave por sí solo—: con las políticas y trayectorias actuales, sobrepasar temporalmente los 1,5 °C de calentamiento global se considera ya inevitable, probablemente en los próximos años. Incluso el escenario más favorable estudiado por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente sitúa el máximo alrededor de 1,8 °C respecto a la era preindustrial.
El cambio de lenguaje importa. Durante años, 1,5 °C fue presentado como una frontera todavía evitable mediante reducciones rápidas de emisiones. El nuevo informe Limiting Overshoot asume otro escenario: rebasar el límite, contener el calentamiento máximo y tratar después de reducir la temperatura. No es una rendición, insiste el propio PNUMA. Tampoco una absolución para seguir quemando combustibles fósiles como si el termómetro fuese decorativo. Cuanto más alto y más prolongado sea ese sobrepaso, mayores serán los daños y el riesgo de desencadenar cambios irreversibles.
La frontera de 1,5 °C ya se contempla desde el otro lado
El límite procede del Acuerdo de París de 2015, que comprometió a los países a mantener el aumento de la temperatura mundial muy por debajo de 2 °C e intentar limitarlo a 1,5 °C respecto a 1850-1900. No había magia en esa cifra. Era —y sigue siendo— una frontera de riesgo: cada décima adicional hace más probables y severas las olas de calor, sequías, lluvias extremas, pérdidas de hielo y daños en ecosistemas.
La novedad de 2026 es que Naciones Unidas considera ampliamente inevitable entrar en lo que los científicos llaman overshoot, o sobrepaso: la temperatura rebasa temporalmente 1,5 °C, alcanza un máximo y, en el escenario deseable, vuelve a disminuir después.
Conviene distinguir eso de algo que ya ha ocurrido. 2024 fue probablemente el primer año natural con una temperatura media mundial superior en unos 1,55 °C al nivel preindustrial. Aquello no significó que se hubiera incumplido definitivamente el objetivo de París, porque el calentamiento climático se evalúa durante periodos prolongados, no por un único año excepcional. La diferencia es que las previsiones apuntan a que ese calor deja de parecer una anomalía pasajera y empieza a convertirse en territorio habitual.
Los próximos cinco años ya enseñan la dirección
La Organización Meteorológica Mundial calcula que las temperaturas medias anuales entre 2026 y 2030 podrían situarse entre 1,3 y 1,9 °C sobre los niveles de 1850-1900. También estima una probabilidad del 91 % de que al menos uno de esos años supere temporalmente los 1,5 °C y un 86 % de que algún año resulte más cálido que 2024, hasta ahora el récord.
Son previsiones anuales, no una fecha exacta para declarar oficialmente roto el objetivo climático de París. Pero dibujan una pendiente difícil de disimular. Hace unas décadas se discutía cuánto margen quedaba; en 2026 se discute, más bien, cuánto vamos a sobrepasarnos y durante cuánto tiempo.
El mejor escenario de la ONU ya alcanza 1,8 °C
Aquí está probablemente el dato más incómodo del nuevo informe: aun en el escenario más optimista analizado por el PNUMA, el calentamiento llegaría a un máximo de 1,8 °C. Otros escenarios superan los 2 °C. La diferencia entre esas cifras parece pequeña escrita en una pantalla. En el sistema climático no lo es.
Unas décimas pueden separar una ola de calor extraordinaria de otra más frecuente y destructiva; un arrecife sometido a estrés de un ecosistema incapaz de recuperarse; una cosecha difícil de otra inviable. El calentamiento global no funciona como un interruptor que se enciende exactamente al llegar a 1,5 °C. El riesgo crece gradualmente y, en algunos procesos, de forma no lineal.
El PNUMA advierte de impactos crecientes sobre la salud, la producción de alimentos, el abastecimiento de agua, las ciudades, las infraestructuras y las economías. En ausencia de una adaptación eficaz, plantea incluso que la producción mundial de alimentos podría reducirse hasta un 14 % para 2050.
También aumentaría la presión sobre los pequeños Estados insulares y las ciudades costeras bajas. Y ahí aparece una palabra especialmente desagradable en los informes climáticos: irreversible.
Los puntos de inflexión que preocupan a los científicos
Un punto de inflexión climático es un umbral a partir del cual un sistema puede sufrir una transformación enorme y difícil de detener aunque posteriormente desaparezca parte de la causa inicial. Como empujar lentamente una estantería hasta descubrir, demasiado tarde, que el último centímetro era el que la mantenía en pie.
El nuevo documento menciona riesgos sobre las grandes capas de hielo, la selva amazónica y la circulación meridional de retorno del Atlántico, conocida por sus siglas inglesas AMOC. Esta red de corrientes oceánicas transporta calor hacia el Atlántico Norte y desempeña un papel fundamental en el clima regional. La ONU no afirma que esos sistemas vayan a colapsar automáticamente al cruzar 1,5 °C; sostiene algo más preciso: la posibilidad de alcanzar umbrales irreversibles aumenta cuanto mayor y más prolongado sea el calentamiento.
Ese matiz resulta esencial. Los 1,5 °C no son un precipicio con una raya roja pintada en el suelo. Superarlos no provoca de golpe todos los peores escenarios. Pero tampoco significa que 1,6, 1,8 o 2 °C sean versiones ligeramente más calurosas del mismo mundo.
El IPCC lleva tiempo señalando que un sobrepaso más elevado y duradero expone a sociedades y ecosistemas a riesgos adicionales, algunos irreversibles. La subida del nivel del mar, determinados cambios en los glaciares, los hielos polares o algunos ecosistemas costeros pueden continuar durante mucho tiempo aunque después consiga reducirse la temperatura.
La nueva apuesta: sobrepasar, tocar techo y bajar
La propuesta del PNUMA puede resumirse en una trayectoria de sobrepaso, punto máximo y descenso. Primero se cruza 1,5 °C; después se intenta impedir que el calentamiento alcance cotas mucho mayores; finalmente, mediante emisiones netas negativas, se busca reducir gradualmente la temperatura hasta situarla otra vez alrededor o por debajo de ese umbral.
Para que eso funcione, la primera tarea no cambia: reducir rápidamente las emisiones de gases de efecto invernadero. Especialmente dióxido de carbono y metano. Llegar a emisiones netas cero deja de ser el punto de llegada y pasa a convertirse en una estación intermedia, porque enfriar posteriormente el planeta exigiría retirar de la atmósfera más CO₂ del que se emite.
Y aquí empieza la parte incómoda de la ingeniería climática. Plantar y restaurar bosques puede absorber carbono; también existen técnicas de captura directa del CO₂ atmosférico y otros procedimientos. Sobre el papel hay varias herramientas. A escala planetaria, las cantidades necesarias son enormes.
El IPCC estima, como referencia, que reducir el calentamiento en una décima de grado mediante emisiones netas negativas puede requerir retirar alrededor de 220.000 millones de toneladas de CO₂, con un rango amplio de incertidumbre. Es una cifra que explica por qué los científicos repiten que capturar carbono mañana no puede convertirse en excusa para emitirlo alegremente esta tarde.
Volver a 1,5 °C tampoco borraría todos los daños
El propio PNUMA introduce una advertencia que evita convertir el sobrepaso en una especie de préstamo climático que después se devuelve tranquilamente. No está garantizado que el planeta pueda volver a situarse por debajo de 1,5 °C una vez superado el nivel durante un periodo prolongado.
La retirada de dióxido de carbono solo puede contribuir de forma creíble a ese regreso si el calentamiento máximo permanece claramente por debajo de 2 °C, se reducen las emisiones residuales y las tecnologías utilizadas pueden desplegarse de forma segura y sostenible. Incluso bajo hipótesis optimistas, el organismo considera poco probable que la extracción de CO₂ reduzca la temperatura más que unas pocas décimas durante este siglo.
Y bajar el termómetro no significa rebobinar el planeta. El nivel del mar puede continuar elevado, determinados ecosistemas no reaparecerán a voluntad y algunas comunidades podrían haber perdido para entonces viviendas, tierras cultivables o incluso territorio. Naciones Unidas contempla expresamente reubicaciones de poblaciones y cambios permanentes en los medios de vida entre las consecuencias que habrá que gestionar.
Ahí está probablemente la parte menos vistosa y más decisiva del informe. Durante mucho tiempo, el debate climático giró alrededor de evitar determinados daños. El nuevo escenario obliga a hablar también de convivir con daños que no podrán evitarse, repartir sus costes y decidir quién paga la adaptación. Física atmosférica por un lado; política, dinero y justicia por el otro. Como casi siempre.
Un límite sobrepasado no convierte en inútil cada décima
Interpretar el informe como una declaración de que ya no merece la pena reducir emisiones sería exactamente lo contrario de su mensaje. Si 1,5 °C va a ser rebasado, la diferencia entre alcanzar 1,7, 1,8, 2 o 2,5 °C se vuelve todavía más importante, no menos. Cada fracción adicional aumenta la exposición a fenómenos extremos, daños económicos y posibles cambios irreversibles.
La ONU ha cambiado, eso sí, el escenario sobre el que construye su advertencia. Ya no presenta simplemente un mundo intentando mantenerse por debajo de 1,5 °C, sino otro que probablemente tendrá que regresar hacia esa frontera después de haberla cruzado. El margen se ha estrechado y parte del daño climático ya no cabe en la categoría de lo completamente evitable.
No es el anuncio de un apocalipsis inevitable. Es quizá algo menos cinematográfico y bastante más incómodo: la constatación de que el mundo ha dejado pasar suficiente tiempo como para que el mejor escenario disponible sea peor que el objetivo que había prometido cumplir. Y, aun así, entre un sobrepaso corto y contenido y décadas de calentamiento creciente hay una distancia enorme. Ahí, precisamente, sigue jugándose el clima del siglo.












