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¿Por qué el 15,5% de españolas no quiere ser madre y cae la natalidad?
España combina más mujeres que no desean ser madres con una fecundidad muy baja y muchas familias que terminan teniendo menos hijos de los deseados.

Resumen
- El 15,5 % de las españolas no desea tener hijos
- España registra 1,10 hijos por mujer, frente a 1,34 en la UE
- El 34,8 % de las madres tuvo menos hijos de los que quería
Casi una de cada seis mujeres en España no desea tener hijos. Es uno de los datos más llamativos de la Encuesta de Fecundidad 2025: el porcentaje ha pasado del 12,3 % registrado en 2018 al 15,5 %, un aumento de 3,2 puntos porcentuales y de alrededor del 26 % en términos relativos. Dicho de otro modo, España ha pasado de aproximadamente una de cada ocho mujeres a casi una de cada seis. No es una variación diminuta.
Pero hay otra cifra, menos vistosa y quizá bastante más reveladora: el 34,8 % de las mujeres que ya son madres asegura haber tenido menos hijos de los que deseaba. Y todavía alrededor del 69 % de las mujeres quiere tener al menos dos hijos, aunque ese porcentaje era del 73,6 % en 2018. La fotografía, por tanto, tiene dos caras: crece el grupo que no quiere ser madre, pero continúa existiendo una enorme distancia entre los hijos deseados y los hijos que finalmente se tienen.
La comparación europea refuerza la dimensión del problema demográfico, aunque exige no mezclar conceptos. No existe una estadística comunitaria perfectamente equivalente al 15,5 %, con la misma pregunta, edades y metodología. Lo comparable con mayor precisión es la fecundidad real: España registró en 2024 apenas 1,10 hijos por mujer, frente a 1,34 en el conjunto de la Unión Europea. Solo Malta presentó una tasa inferior.
El 15,5 % es mucho, pero no significa que todas acaben sin hijos
Conviene afinar el lenguaje. Hablar de mujeres que «renuncian» a ser madres puede sonar más dramático de lo que realmente mide la encuesta. Quien nunca ha querido tener hijos difícilmente está renunciando a algo que deseaba. El indicador recoge a mujeres que no desean tener descendencia, una preferencia que puede ser firme, cambiar con los años o modificarse según las circunstancias personales.
La Encuesta de Fecundidad estudia a personas de 18 a 55 años. Su diseño contempló alrededor de 31.500 participantes, unos 26.000 de ellos mujeres, con información recogida por internet, teléfono y entrevista personal entre septiembre de 2025 y marzo de 2026. Los primeros resultados son provisionales y dibujan, aun así, una tendencia difícil de ignorar.
Una mujer de 22 años que afirma no querer hijos no representa exactamente la misma realidad demográfica que una mujer de 50 que mantiene esa decisión. La encuesta mide preferencias e intenciones reproductivas; no certifica cuántas mujeres terminarán definitivamente su vida fértil sin descendencia.
La dirección del cambio, en cualquier caso, aparece bastante clara. El porcentaje sube del 12,3 % en 2018 al 15,5 % en 2025 mientras disminuye también el grupo que desea familias de al menos dos hijos. Hay una transformación cultural evidente: la maternidad ha dejado de ser una obligación social automática. Aquel viejo itinerario de estudiar, casarse y tener hijos ya no funciona como manual de instrucciones universal.
España está casi en el sótano de la fecundidad europea
Aquí las cifras son particularmente contundentes. La tasa de fecundidad de la Unión Europea cayó hasta 1,34 hijos por mujer en 2024, mientras España se situó en apenas 1,10. Malta registró 1,01 y Lituania 1,11. En el extremo contrario, Bulgaria alcanzó 1,72, Francia 1,61 y Eslovenia 1,52.
Ningún país de la UE alcanza actualmente el nivel de reemplazo generacional, situado aproximadamente en 2,1 hijos por mujer. España no vive, por tanto, una extravagancia aislada: Europa entera tiene menos niños. La particularidad española consiste en encontrarse muy cerca de la parte más baja de la clasificación.
Con una fecundidad inferior a 1,3 hijos por mujer, España entra en lo que los demógrafos denominan fecundidad extremadamente baja. Puede parecer una décima arriba o abajo, una de esas cifras frías que caben en una celda de Excel. No lo es. Sostenida durante décadas, altera el tamaño de las generaciones, la estructura por edades y la relación entre población activa, jubilados y menores.
La maternidad también llega cada vez más tarde
Existe además otro ingrediente: el retraso del primer hijo. En la Unión Europea, las mujeres tuvieron su primer hijo a una edad media cercana a los 30 años en 2024. España rondaba los 31,5 años, mientras Italia se situaba todavía algo más arriba. Cerca de uno de cada diez nacimientos españoles corresponde ya a madres de 40 años o más, frente a una proporción claramente menor en el conjunto europeo.
Ese aplazamiento no implica necesariamente menos hijos en todos los casos, pero reduce el margen disponible para tener un segundo o un tercer hijo. El calendario laboral, sentimental e inmobiliario puede estirarse bastante; el calendario biológico, bastante menos. Ahí aparece una de las grandes contradicciones de la fecundidad contemporánea.
No querer hijos y terminar sin tenerlos son cosas distintas
Existe otra medida que ayuda a entender el fenómeno: la infecundidad definitiva, es decir, la proporción de mujeres que llega al final de su etapa reproductiva sin haber tenido hijos, independientemente de si ese resultado fue voluntario o no.
Entre las mujeres nacidas alrededor de 1975, España e Italia presentan porcentajes cercanos a una de cada cuatro mujeres sin hijos. En buena parte de los países desarrollados, esa proporción se mueve aproximadamente entre el 10 % y el 20 %. Japón se encuentra todavía más arriba, alrededor del 28 %.
La diferencia metodológica es fundamental. Esas cifras no permiten distinguir entre mujeres que eligieron no tener descendencia y mujeres que querían ser madres pero finalmente no pudieron serlo. Comparar directamente ese porcentaje con el 15,5 % de españolas que declara no querer hijos sería atractivo para un titular, pero estadísticamente sería comparar dos historias diferentes.
España presenta, así, dos fenómenos simultáneos: aumenta la maternidad voluntariamente descartada y existe una proporción elevada de mujeres que termina sin descendencia, mientras las preferencias familiares declaradas siguen concentrándose alrededor de dos hijos. Es precisamente esa convivencia de tendencias lo que hace tan interesante —y tan incómodo— el dato.
La gran grieta está entre los hijos deseados y los reales
El 34,8 % de madres que afirma haber tenido menos hijos de los que quería cambia bastante la interpretación. Si aproximadamente siete de cada diez mujeres siguen deseando dos hijos o más, resulta difícil explicar la baja natalidad española únicamente mediante un supuesto desinterés general por la familia.
Hay decisiones personales, claro. También cambios profundos en las expectativas vitales: mayor autonomía femenina, proyectos profesionales más largos, relaciones de pareja distintas, menor presión para casarse y una aceptación creciente de una vida adulta sin descendencia. La maternidad ya no viene incluida de fábrica, por fortuna para quien no la quiere.
Pero junto a esa transformación cultural aparecen obstáculos bastante menos filosóficos: vivienda, empleo, estabilidad económica, pareja y conciliación. Para muchas personas, tener hijos no depende únicamente de quererlos. Depende también de encontrar un piso asumible, un contrato razonablemente estable y un reparto de cuidados que no convierta la crianza en una carrera de obstáculos.
Cuando la estabilidad llega después que el deseo de formar una familia
El coste de la vivienda mantiene una relación negativa con la fecundidad en buena parte de las economías desarrolladas, mientras la incertidumbre laboral y económica favorece el aplazamiento de los nacimientos. España añade a ese cóctel una emancipación juvenil tardía y dificultades persistentes para conciliar durante los primeros años de crianza.
La paradoja resulta conocida. Primero hay que encontrar un empleo estable, después pagar una vivienda, consolidar la pareja, alcanzar cierta seguridad económica y cuadrar horarios. Cuando las piezas finalmente encajan, el calendario marca treinta y tantos. El reloj social corre despacio; el biológico, no tanto.
Esto ayuda a entender por qué un país puede registrar simultáneamente un aumento de mujeres que no desea hijos y, a la vez, muchas mujeres que querrían haber tenido más. Son fenómenos distintos que avanzan por carriles paralelos y terminan desembocando en la misma estadística: menos nacimientos.
Fuera de Europa hay países todavía más extremos
La caída de la fecundidad tampoco es exclusivamente europea. Corea del Sur registró alrededor de 0,75 hijos por mujer en 2024, pese a experimentar un pequeño repunte respecto al año anterior. Es una cifra extraordinariamente baja incluso cuando se compara con la española.
Estados Unidos, por el contrario, se situó aproximadamente en 1,63 hijos por mujer en 2024, todavía por debajo del reemplazo generacional pero claramente por encima de España. Las diferencias muestran que la caída de los nacimientos atraviesa numerosas economías desarrolladas, aunque no lo hace con la misma intensidad.
Sería absurdo convertir estas cifras en una especie de competición internacional por ver quién vacía antes las cunas. Sirven, eso sí, para observar factores repetidos: coste de criar, vivienda, relaciones de pareja, precariedad, conciliación, expectativas profesionales y nuevos valores familiares. La mezcla cambia según el país; el resultado se parece bastante.
El dato que explica mucho más que ese 15,5 %
El 15,5 % impresiona porque refleja un cambio rápido y visible: en siete años ha crecido con claridad la proporción de españolas que no desea tener hijos. Es una cifra elevada y socialmente significativa. Pero quedarse únicamente ahí conduciría a una explicación demasiado sencilla: España tiene pocos niños porque cada vez más mujeres no quieren ser madres.
Los números describen una realidad bastante más compleja. España combina una fecundidad de apenas 1,10 hijos por mujer, una maternidad cada vez más tardía, una proporción elevada de mujeres que termina definitivamente sin hijos y, al mismo tiempo, una mayoría que continúa declarando que preferiría tener dos o más.
Quizá el porcentaje verdaderamente incómodo sea entonces el 34,8 %. Más de un tercio de las madres ha tenido menos hijos de los que habría querido. Ahí se encuentran dos Españas: la que ha dejado de considerar imprescindible la maternidad y la que todavía quiere una familia más grande, pero llega tarde, cansada o con las cuentas demasiado justas. Una realidad no invalida la otra. Juntas explican mucho mejor por qué las cunas son cada vez menos.

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