Historia
¿De qué murió José Breijo tras más de dos años preso en Venezuela?
José Breijo murió tras años de cárcel y arresto domiciliario en Venezuela. Su salud, la detención y el final de su caso dejaron muchas dudas.

Foto: INSTAGRAM
José Ricardo Breijo Fedorchenko murió en Caracas durante la madrugada del 6 de agosto de 2026, después de arrastrar un grave deterioro de salud que se había acentuado durante sus más de dos años de encarcelamiento en Venezuela. Los reportes publicados tras su fallecimiento apuntan a complicaciones respiratorias, concretamente un edema pulmonar acompañado de derrame pleural. Breijo continuaba sometido a arresto domiciliario y algunos medios sitúan sus últimas horas en un hospital de la capital venezolana.
Su muerte pone punto físico, aunque no judicial, a una historia difícil de encajar en los márgenes de la normalidad: fue detenido en 2023 después de fotografiar una bandera con inscripciones árabes en Caracas, pasó más de dos años privado de libertad y salió de prisión en mayo de 2026 únicamente para quedar bajo arresto domiciliario. Cuando regresó a su casa descubrió que el apartamento estaba ocupado por un policía relacionado con su detención. Durmió varios días en el pasillo del edificio. Y cuando finalmente recuperó la vivienda, estaba prácticamente vacía.
La causa de muerte de José Breijo: un cuadro respiratorio grave
La información conocida hasta el momento señala como causa del fallecimiento un cuadro de afecciones respiratorias crónicas agravadas hasta desembocar en edema pulmonar y derrame pleural, una acumulación anormal de líquido que compromete seriamente la respiración. No se ha difundido públicamente un informe forense completo que permita ir más allá, por lo que conviene separar el dato médico comunicado de cualquier interpretación sobre responsabilidades.
Lo que sí está documentado es que la salud de Breijo se había deteriorado de manera brutal durante su encarcelamiento. Llegó a pesar unos 120 kilos antes de su periodo de reclusión y posteriormente bajó hasta aproximadamente 62 kilos, con un cuadro descrito como desnutrición severa. Durante su estancia en Tocuyito sufrió edema pulmonar y úlceras en las piernas. Su aspecto al abandonar la cárcel poco tenía que ver con el hombre que había entrado años antes.
Después de recibir el arresto domiciliario, volvió a enfermar. El 27 de mayo fue ingresado en un centro sanitario y permaneció hospitalizado cerca de tres semanas. Había llegado en un estado delicado, con dificultades incluso para comer y comunicarse. Recibió el alta el 16 de junio y regresó a su vivienda de Caracas, todavía sometido a restricciones judiciales. Menos de dos meses después murió.
Hay, por cierto, una pequeña maraña documental alrededor de su edad. Varios medios y organismos venezolanos informaron de que tenía 71 años, mientras que EFE había señalado en mayo que tenía 73. La discrepancia no cambia el fondo del caso, pero sí aconseja no convertir una cifra incierta en verdad de mármol.
La fotografía que terminó en una acusación de terrorismo
La historia que llevó a Breijo a prisión comenzó a finales de 2023. Según su propio relato, conocía un lugar de Caracas que sospechaba relacionado con personas u organizaciones de Oriente Próximo. Entró en una oficina vacía y fotografió una bandera verde con inscripciones en árabe. Él mismo reconocería después que no sabía exactamente a qué organización pertenecía aquel símbolo.
Breijo quería hacer llegar la imagen a un rabino porque consideraba que podía servir para demostrar la presencia en Venezuela de personas vinculadas con organizaciones islamistas. Necesitaba, además, unos 1.500 dólares para pagar un cateterismo y llegó a plantearse obtener dinero por la fotografía. Intentó establecer contacto y acabó citado en una panadería. Allí mostró la imagen al hombre con el que se había reunido. No era el interlocutor que esperaba: era un policía. Fue esposado y detenido.
Qué ocurrió con las acusaciones contra Breijo
El laberinto judicial posterior es menos claro que la escena de la detención. Breijo afirmó que inicialmente le imputaron terrorismo, asociación para delinquir y traición a la patria, y que después se retiraron algunos de esos cargos. Sus abogados ofrecieron una versión parcialmente distinta: sostenían que la documentación judicial continuaba incluyendo referencias al terrorismo y a una supuesta conspiración para cometer actos terroristas.
Hay un detalle importante. Los abogados que asumieron posteriormente su defensa aseguraron que no conocían pruebas públicas de un acto terrorista cometido por Breijo ni otros acusados con los que presuntamente hubiese conspirado. La propia defensa denunció problemas para acceder al expediente y cuestionó el desarrollo del procedimiento. La fotografía, un teléfono móvil y aquella reunión terminaron así convertidos en materia de seguridad del Estado. Una escalada jurídica bastante más grande que la imagen que la originó.
Breijo tampoco era un conocido dirigente opositor ni una figura central de partido alguno. Organizaciones y activistas lo calificaron como preso político y denunciaron una detención arbitraria; otras voces vinculadas a su seguimiento prefirieron precisamente esa segunda expresión porque consideraban que las irregularidades del procedimiento estaban mejor documentadas que una motivación política concreta. Ese matiz importa: incluso quienes defendieron a Breijo no siempre utilizaron exactamente la misma categoría.
Tocuyito: más de dos años de cárcel y un deterioro extremo
Breijo pasó inicialmente por un centro de detención de la zona caraqueña de San Agustín y posteriormente fue trasladado al Centro Penitenciario de Tocuyito, en el estado de Carabobo. Allí permaneció durante buena parte de sus más de dos años de encarcelamiento. Él mismo describió condiciones de hacinamiento extremo: aseguró haber compartido con más de 200 personas un espacio concebido para unas 60.
En Tocuyito comenzó el deterioro médico que acabaría marcando sus últimos meses. Aparecieron los problemas pulmonares, las lesiones en las piernas, la pérdida masiva de peso y la debilidad. Según su testimonio, incluso cuando recibió atención en la enfermería del penal había dificultades para disponer de medicamentos básicos. Su salud se convirtió en una segunda condena, paralela a la judicial.
A finales de mayo de 2026, dentro del proceso de amnistía impulsado por la presidenta encargada Delcy Rodríguez, Breijo abandonó la cárcel. Pero la palabra libertad queda grande para describir lo ocurrido. La medida concedida fue arresto domiciliario. Es decir, dejó la celda, no el control judicial.
Del arresto domiciliario al apartamento ocupado
El episodio más difícil de creer llegó cuando regresó a su domicilio de Bello Monte, Caracas. Breijo encontró la vivienda ocupada. Las denuncias de activistas, posteriormente recogidas por distintos medios, identificaron al ocupante como un funcionario policial del Grupo de Operaciones Especiales relacionado con la operación que había desembocado en su arresto.
La situación tenía un punto casi kafkiano. Breijo debía cumplir prisión domiciliaria precisamente en un domicilio al que no podía entrar. Como las restricciones judiciales le impedían alejarse del lugar, terminó durmiendo durante varios días sobre un colchón colocado en el pasillo de su propio edificio, acompañado y asistido por vecinos.
La repercusión pública obligó finalmente a intervenir a las autoridades. El 27 de mayo recuperó las llaves, pero al atravesar la puerta descubrió otro golpe: faltaban muebles y numerosas pertenencias. EFE describió el apartamento como vacío, mientras Breijo y quienes siguieron su caso denunciaron que había sido desvalijado. De la cárcel a un colchón frente a su casa; de allí, casi directamente, al hospital.
El ingreso hospitalario y la recaída
La propia Defensoría del Pueblo venezolana informó posteriormente de que realizaba seguimiento de su estado médico. Durante los primeros días de junio comunicó una mejoría respecto al grave cuadro con el que había ingresado el 27 de mayo. Breijo estaba consciente y podía conversar, pero el desgaste acumulado era evidente.
Recibió el alta a mediados de junio y volvió a su apartamento. Seguía bajo arresto domiciliario. Sus abogados reclamaron la libertad plena, pero esa petición no prosperó antes de su muerte. El 6 de agosto llegó la noticia de su fallecimiento, comunicada públicamente por el periodista y activista Carlos Julio Rojas.
Quién era José Breijo fuera del expediente judicial
José Ricardo Breijo Fedorchenko era uruguayo y venezolano. Había nacido en Uruguay y procedía del barrio montevideano del Cerro. Su vida anterior a las acusaciones de terrorismo tenía bastante poco de película de espionaje. Emigró a Venezuela en 1979, cuando tenía 24 años, después de atravesar buena parte del continente haciendo autostop junto a una mujer argentina con la que entonces mantenía una relación.
Durante décadas trabajó en la hostelería, especialmente en gestión de alimentos y bebidas, y ocupó distintos puestos dentro del sector hotelero venezolano. Más tarde emprendió pequeños negocios: tuvo una fábrica de chocolates y posteriormente una actividad relacionada con la deshidratación de frutas y verduras. Con los años terminó viviendo de su jubilación y del alquiler de un local.
Su relación con la política tampoco encaja fácilmente en una etiqueta de una sola pieza. Había vivido las transformaciones de Venezuela durante décadas y, en entrevistas concedidas después de salir de prisión, relató cómo inicialmente había visto con esperanza parte del proyecto de Hugo Chávez antes de adoptar una visión profundamente crítica sobre el rumbo posterior del país. No era un dirigente profesional de la oposición. Era, más bien, un ciudadano atrapado en un expediente que adquirió proporciones extraordinarias.
Una libertad que llegó demasiado tarde
José Breijo murió sin haber recuperado plenamente la libertad. Había salido de Tocuyito, sí, pero continuaba bajo arresto domiciliario, con una causa judicial todavía sobre sus hombros y después de meses en los que su salud quedó seriamente comprometida. Sus abogados no consiguieron que se levantaran por completo las restricciones antes del fallecimiento.
No existe, con la información pública disponible, base para afirmar sin más que una actuación concreta de las autoridades causó directamente su muerte. Sí existe una secuencia comprobable: Breijo enfermó durante su encarcelamiento, perdió decenas de kilos, desarrolló graves problemas respiratorios, necesitó hospitalización después de abandonar Tocuyito y acabó muriendo pocas semanas más tarde por complicaciones pulmonares. Una cosa es la causalidad médica y otra, las condiciones en las que una persona llega a ese estado. Confundir ambas sería poco riguroso; ignorar la segunda, también.
Su caso queda además dentro de un problema que Venezuela no ha terminado de resolver pese a las excarcelaciones y medidas de amnistía de 2026. Foro Penal seguía contabilizando a comienzos de agosto 382 presos políticos, entre ellos decenas de ciudadanos extranjeros. Breijo dejó de formar parte de cualquier estadística el 6 de agosto. La fotografía que tomó en 2023, en cambio, siguió proyectando una sombra larguísima: más de dos años de prisión, arresto domiciliario, una casa ocupada, hospitales y una muerte sin libertad plena.

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