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¿Por qué Arabia Saudí teme ataques coordinados desde el norte y sur?

Arabia Saudí alerta de posibles ataques desde Irak y Yemen mientras crece la tensión regional y refuerza la seguridad de puntos estratégicos.

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Un tank de Arabia Saudí

Arabia Saudí considera inminente el riesgo de ataques coordinados desde dos frentes, uno al norte y otro al sur de su territorio. Según un alto funcionario saudí que habló bajo condición de anonimato, Riad dispone de información de inteligencia que apunta a posibles operaciones de milicias iraquíes y de los hutíes de Yemen, grupos vinculados a Irán. Entre los objetivos potenciales figuran instalaciones energéticas, puertos, aeropuertos y otros puntos civiles y económicos.

La advertencia no significa que ese ataque coordinado se haya producido ya. Lo que existe es una evaluación de amenaza de las autoridades saudíes, apoyada, según el funcionario, en informes de inteligencia de Arabia Saudí, Estados Unidos y otros países de la región. Riad asegura también haber detectado movimientos de drones y misiles que podrían encajar con preparativos para operaciones simultáneas.

De dónde podrían llegar los ataques contra Arabia Saudí

La expresión «desde el norte y desde el sur» tiene una traducción bastante concreta sobre el mapa. Al norte está Irak, donde operan milicias armadas cercanas a Teherán; al sur, Yemen, territorio desde el que los hutíes han lanzado durante años misiles y drones contra objetivos saudíes.

Según la versión transmitida desde Riad, las posibles acciones estarían coordinadas bajo la supervisión del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán. Es una acusación saudí de enorme peso político y militar, pero conviene mantener la precisión: procede de un alto funcionario anónimo y no equivale, por sí sola, a una confirmación independiente de que Irán haya ordenado un ataque concreto.

El temor, en cualquier caso, no aparece de la nada. A finales de julio ya se habían producido ataques contra Arabia Saudí desde territorio iraquí que, según evaluaciones saudíes y regionales, involucraron a hutíes en coordinación con grupos armados iraquíes. Esa conexión convierte el frente septentrional en algo más incómodo que una hipótesis dibujada sobre una mesa de operaciones.

Irak vuelve a entrar en la ecuación saudí

El 29 de julio, Arabia Saudí aseguró haber participado junto con el Mando Central de Estados Unidos, CENTCOM, en ataques contra grupos respaldados por Irán en Irak, después de responsabilizarlos de acciones con drones contra instalaciones petroleras saudíes. Milicias iraquíes prometieron responder.

Ahí aparece uno de los puntos más delicados de la crisis. Irak intenta preservar su soberanía mientras dentro de sus fronteras siguen actuando organizaciones armadas con diferentes grados de relación con Irán. Una escalada que utilizara territorio iraquí para golpear Arabia Saudí colocaría a Bagdad ante una presión enorme: frenar a esos grupos o exponerse a nuevas operaciones militares extranjeras.

No es un detalle diplomático. Una ofensiva desde Irak abriría una dirección de ataque relativamente nueva para Riad, acostumbrada durante la última década a mirar con mayor preocupación hacia Yemen. Tener que vigilar simultáneamente ambos espacios multiplica radares, defensas, bases y kilómetros que proteger.

Los hutíes elevan de nuevo la presión desde Yemen

Al sur, la amenaza resulta mucho más conocida. Los hutíes controlan Saná y amplias zonas del norte y oeste de Yemen desde hace años y poseen un arsenal de misiles balísticos, misiles de crucero y drones con el que ya han demostrado capacidad para atacar a distancia.

La tensión volvió a dispararse el 6 de agosto. Al menos 30 soldados de las fuerzas gubernamentales yemeníes murieron en ataques contra posiciones militares de Marib y Hadramaut, según fuentes gubernamentales. Los hutíes reivindicaron lanzamientos de misiles y drones contra lo que describieron como concentraciones de fuerzas vinculadas a Arabia Saudí. No todas las cifras difundidas por el movimiento han podido verificarse de manera independiente.

Los hutíes sostienen, además, que mantienen un bloqueo naval contra Arabia Saudí en el mar Rojo, presentado por el grupo como respuesta a la política saudí hacia Yemen. Riad rechaza las acusaciones hutíes sobre un supuesto asedio y ha respondido militarmente contra posiciones del movimiento.

El problema ya no se limita al desierto yemení. El conflicto toca rutas comerciales, petroleros y estrechos marítimos. El tráfico naval por puntos estratégicos de la región ha descendido con fuerza durante los episodios recientes de tensión, mientras los hutíes han reivindicado ataques contra embarcaciones saudíes que Riad no siempre ha confirmado. Es una guerra donde un radar naval y una póliza de seguros pueden acabar diciendo casi tanto como un comunicado militar.

Petróleo, puertos y aeropuertos bajo amenaza

Las instalaciones que, según la inteligencia citada por Riad, podrían ser atacadas explican la gravedad de la alarma. Arabia Saudí sigue siendo una pieza esencial del mercado mundial del petróleo y dispone de refinerías, terminales de exportación, oleoductos, instalaciones de procesamiento y puertos cuya importancia rebasa con mucho sus fronteras.

La memoria saudí conserva una fecha particularmente desagradable: septiembre de 2019, cuando ataques con drones y misiles alcanzaron las instalaciones de Abqaiq y Khurais y provocaron una fuerte reducción temporal de la producción del país. Aquel episodio demostró que una operación militar relativamente limitada podía sacudir los mercados internacionales sin necesidad de una guerra convencional a gran escala.

Ahora la presión es mayor porque coincide con tensiones en el estrecho de Ormuz y el mar Rojo, dos arterias esenciales para el transporte energético. Los precios del petróleo subieron con fuerza el 6 de agosto mientras los mercados asimilaban nuevos riesgos relacionados con Irán, Yemen y la navegación regional.

Un ataque contra un aeropuerto tendría un efecto distinto, aunque igualmente serio. Golpear infraestructuras civiles ampliaría el conflicto más allá de bases y posiciones militares, elevaría el riesgo para la población y obligaría a reforzar defensas alrededor de grandes núcleos urbanos. Y con drones relativamente baratos frente a sistemas antiaéreos que cuestan millones por interceptor, la aritmética militar empieza pronto a parecer absurda. Pero funciona así.

Irán, Estados Unidos y una diplomacia bajo amenaza

La alerta saudí llega mientras Irán y Estados Unidos mantienen un pulso militar y diplomático que amenaza con arrastrar a otros países del Golfo. Teherán ha advertido a los Estados de la región de que nuevos ataques estadounidenses contra territorio iraní podrían provocar represalias contra infraestructuras energéticas y otros objetivos regionales.

El ministro iraní de Exteriores, Abbas Araqchi, ha trasladado mensajes a Arabia Saudí, Turquía, Catar y Pakistán. El propósito iraní sería convencer a los aliados regionales de Washington de que presionen a Estados Unidos para evitar una nueva escalada. Riad, por su parte, intenta mantener abierta la vía negociadora sin renunciar a responder militarmente si es atacado.

Ese doble movimiento define bastante bien la posición saudí: teléfono en una mano, defensa aérea en la otra. El funcionario citado desde Riad aseguró que los contactos con las distintas partes, incluido Irán, estaban avanzando en una dirección favorable y planteó que un posible ataque podría buscar precisamente sabotear esos esfuerzos diplomáticos.

Arabia Saudí mantiene también una cooperación operacional muy estrecha con Estados Unidos y CENTCOM. Al mismo tiempo, refuerza otros mecanismos regionales de seguridad. Turquía, Arabia Saudí y Pakistán tienen previsto firmar el 7 de agosto un acuerdo conjunto de defensa. El calendario difícilmente podría ser más expresivo.

La amenaza existe, pero un ataque no es inevitable

La capacidad existe. También existen precedentes de ataques con drones y misiles contra territorio e infraestructuras saudíes. Lo que no puede afirmarse todavía es que una ofensiva simultánea desde Irak y Yemen vaya a producirse necesariamente, ni cuándo, ni contra qué objetivo concreto.

Las alertas de inteligencia trabajan precisamente con indicios, movimientos logísticos, comunicaciones y patrones que no siempre terminan convertidos en un ataque. A veces porque la información era incompleta; otras, porque la advertencia pública consigue disuadir al adversario. Publicitar que se han detectado movimientos de drones y misiles también puede formar parte de esa lógica: avisar de que el factor sorpresa quizá ya no existe.

Hay otro elemento. Una operación contra grandes instalaciones saudíes tendría consecuencias que difícilmente quedarían confinadas a Arabia Saudí. Podría provocar represalias saudíes y estadounidenses, nuevas acciones contra grupos vinculados a Irán en Irak o Yemen y mayores restricciones al tráfico marítimo. El riesgo consiste precisamente en esa cadena, donde cada respuesta se presenta como respuesta a la anterior hasta que nadie recuerda demasiado bien dónde estaba el primer peldaño.

Un reino atrapado entre la defensa y la diplomacia

Riad intenta evitar dos cosas a la vez: parecer vulnerable y quedar atrapado en una guerra regional abierta. De ahí la contundencia de la advertencia y, al mismo tiempo, la insistencia en que continúan los contactos diplomáticos.

La información disponible dibuja una situación seria pero todavía preventiva. Arabia Saudí afirma que existen indicios de preparativos para ataques desde Irak y Yemen, identifica instalaciones civiles y económicas entre los posibles objetivos y asegura estar preparada para responder a cualquier agresión. No hay, sin embargo, confirmación de que esa ofensiva coordinada anunciada como inminente haya comenzado.

Lo que sí ha cambiado es el paisaje alrededor del reino. Los hutíes han intensificado sus operaciones, las milicias iraquíes forman parte de la preocupación saudí, Teherán amenaza con ampliar sus represalias si vuelve a ser atacado y Estados Unidos conserva una presencia militar decisiva en la zona. Arabia Saudí queda justo en medio de ese tablero, con petróleo, puertos, rutas comerciales y ciudades expuestos a una guerra que ya hace tiempo dejó de respetar fronteras cómodas.

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