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Ciencia

¿Cómo podría un rover explorar Mercurio evitando siempre la noche?

Un rover podría recorrer Mercurio siguiendo el terminador para evitar el calor extremo y la noche: así funciona el proyecto Run with the Sun.

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Comparación entre Mercurio y la Tierra
Comparación entre Mercurio y la Tierra / WIKIPEDIA

Un rover podría recorrer Mercurio sin enfrentarse a sus temperaturas más brutales con una idea tan sencilla sobre el papel como endiablada en la práctica: moverse junto al terminador, la frontera móvil que separa el hemisferio iluminado de la noche. Allí, con el Sol rozando el horizonte, el vehículo evitaría tanto el calor capaz de llevar la superficie hasta unos 427 °C como el frío nocturno, que puede rondar los −180 °C. Y, de paso, tendría luz suficiente para alimentar sus paneles solares.

La propuesta existe y ha sido estudiada. No, conviene aclararlo pronto, no hay un rover rumbo a Mercurio ni una misión aprobada para enviarlo. Mari Murillo y Paul G. Lucey, del Instituto de Geofísica y Planetología de la Universidad de Hawái en Mānoa, presentaron en 2025 el concepto Run with the Sun y lo refinaron en 2026 bajo el título Sun Run Relay. Su vehículo tendría que viajar permanentemente dentro de una franja térmicamente soportable mientras el amanecer —o el anochecer— avanza por un planeta donde quedarse quieto durante demasiado tiempo podría ser una pésima idea.

La propuesta intenta resolver uno de los grandes absurdos aparentes de la exploración espacial. Mercurio está mucho más cerca que los gigantes del Sistema Solar exterior y, sin embargo, llegar allí, colocarse en órbita y mucho más aún aterrizar resulta extraordinariamente difícil. Hay que desprenderse de una enorme cantidad de energía orbital mientras la gravedad del Sol tira de la nave hacia dentro. La ESA llega a señalar que insertar una sonda alrededor de Mercurio exige más energía que enviar una misión hacia Plutón. Estar cerca, en astronomía, no siempre significa tenerlo fácil.

El truco está en vivir permanentemente en el crepúsculo

Mercurio apenas posee una tenue exosfera, nada comparable con una atmósfera capaz de repartir el calor alrededor del planeta. Bajo iluminación directa, la superficie puede aproximarse a los 700 kelvin, unos 427 °C; en las regiones nocturnas cae hacia los 100 kelvin. El salto térmico es feroz y obliga a proteger electrónica, baterías, lubricantes, instrumentos y estructuras frente a condiciones que van mucho más allá de las habituales en Marte.

Entre esos dos extremos aparece una especie de pasillo climático. Es el terminador. El Sol queda muy bajo sobre el horizonte, disminuye el calentamiento directo y todavía existe iluminación aprovechable. Un rover colocado dentro de esa banda podría emplear componentes menos exóticos que una máquina diseñada para soportar el pleno día mercuriano y, al mismo tiempo, generar electricidad mediante paneles solares adaptados a un Sol muy rasante.

Eso no significa que el vehículo deba mantenerse matemáticamente sobre una línea imaginaria. Los propios investigadores hablan de permanecer dentro de una banda de longitudes con temperaturas aceptables, cuyo ancho dependería de la inercia térmica del suelo, de las características del rover, de sus necesidades energéticas y de la posición de Mercurio en su órbita. Hay margen. No demasiado, pero lo hay.

Mercurio obliga al rover a correr detrás del Sol

Aquí empieza la parte curiosa. Mercurio tarda unos 88 días terrestres en completar una órbita alrededor del Sol y unos 58,6 días en girar sobre sí mismo. Ambos movimientos están acoplados en una resonancia 3:2: el planeta da tres giros por cada dos vueltas alrededor de nuestra estrella.

El resultado es un día solar extraordinariamente largo. Desde un amanecer hasta el siguiente transcurren aproximadamente 176 días terrestres. El terminador avanza despacio comparado con el amanecer terrestre, pero Mercurio tiene más de 15.000 kilómetros de circunferencia y un rover sigue siendo un rover, no un coche de rally. Murillo y Lucey calculan que, cerca del ecuador, la frontera entre día y noche puede alcanzar aproximadamente 6 km/h; a 45 grados de latitud, la velocidad máxima baja hacia los 4,25 km/h. Cuanto más cerca de los polos, menor es la carrera.

La órbita mercuriana añade otra rareza. Su considerable excentricidad hace que el movimiento aparente del Sol cambie a lo largo del año y, con él, la velocidad que debe mantener el vehículo. No se trataría, por tanto, de pisar un acelerador imaginario y circular seis meses a velocidad constante. El rover necesitaría regular continuamente su marcha, elegir rutas compatibles con la iluminación y aprovechar las fases en las que el terminador se mueve más despacio.

Seis kilómetros por hora allí no son seis kilómetros por hora aquí

Los autores comparan su propuesta con vehículos que ya han circulado fuera de la Tierra. El Lunar Roving Vehicle utilizado por los astronautas del programa Apolo alcanzaba alrededor de 15 km/h y el soviético Lunojod 2 rondaba los 2 km/h. Perseverance, en Marte, trabaja a velocidades muchísimo menores: el estudio emplea una media cercana a 0,1 km/h. Sobre esa base, considera que la movilidad necesaria en Mercurio puede entrar dentro de tecnologías existentes o próximas.

Pero la comparación tiene letra pequeña. El coche lunar del Apolo llevaba seres humanos al volante; un rover mercuriano tendría que desplazarse solo por un terreno remoto, esquivar piedras, pendientes, cráteres y desniveles y hacerlo durante largos periodos sin esperar instrucciones detalladas desde la Tierra. Es decir: la velocidad deja de ser el único problema; manda la autonomía.

A 6 km/h, una roca que el sistema detecte demasiado tarde deja de ser una curiosidad geológica y se convierte en un obstáculo serio. La navegación tendría que interpretar imágenes, calcular pendientes y escoger alternativas, además de conservar suficiente energía mientras el horizonte luminoso continúa moviéndose. El planeta no esperará cortésmente a que llegue una orden desde el centro de control.

El problema no es correr, sino detenerse para hacer ciencia

Un rover planetario no se envía para acumular kilómetros. Tiene que fotografiar, medir, perforar o analizar materiales; precisamente aquello que obliga a quedarse quieto. Y ahí aparece una contradicción bastante elegante: Run with the Sun necesita avanzar para sobrevivir, pero necesita parar para investigar.

Los instrumentos considerados en los estudios incluyen espectrometría de rayos X, neutrones y gamma, técnicas de infrarrojo, radar de penetración terrestre y otros sistemas para estudiar la composición y estructura del terreno. Algunas mediciones pueden hacerse con relativa rapidez; otras necesitan tiempo, estabilidad o proximidad a un objetivo concreto. Cada parada consume parte del margen térmico que separa al rover de la zona que intenta evitar.

También está la electricidad. Colocar paneles solares sobre Mercurio parece, a primera vista, el sueño de cualquier ingeniero energético: el Sol domina el cielo. El problema es que este vehículo no buscaría el mediodía, sino justo lo contrario. Trabajaría con la estrella pegada al horizonte, por lo que necesitaría paneles dispuestos y orientados para captar luz con ángulos muy bajos, además de baterías capaces de atravesar interrupciones temporales de generación. El refinamiento presentado en 2026 identifica precisamente la generación eléctrica con baja elevación solar, el almacenamiento energético y, sobre todo, la navegación autónoma como los principales asuntos pendientes.

Los lugares más interesantes tampoco ponen las cosas fáciles

Mercurio merece un rover porque todavía guarda preguntas bastante grandes para un planeta tan pequeño. Su enorme núcleo metálico, la composición de su corteza, las huellas de un vulcanismo antiguo, su contracción al enfriarse y la presencia inesperada de materiales volátiles han desmontado algunas ideas antiguas sobre cómo se formaron los mundos próximos al Sol. MESSENGER descubrió incluso unas depresiones brillantes y poco profundas conocidas como hollows, estructuras prácticamente exclusivas de Mercurio y relacionadas con la pérdida de sustancias volátiles.

Un vehículo de superficie podría estudiar esos hollows directamente, acercarse a depósitos volcánicos, examinar escarpes creados al contraerse el planeta, medir regiones oscuras ricas en carbono y utilizar cráteres recientes como ventanas naturales hacia materiales del subsuelo. Es exactamente la clase de información que un orbitador puede sugerir, pero difícilmente sustituir.

Y aparece otra ironía: algunos de los objetivos científicos más valiosos están precisamente en terrenos accidentados, el escenario menos amable imaginable para una máquina que debe mantener un ritmo considerable.

Los polos ofrecen una alternativa tentadora. Allí disminuye la velocidad necesaria para acompañar al terminador y existen cráteres permanentemente en sombra donde MESSENGER encontró pruebas sólidas de hielo de agua. Son regiones capaces de conservar volátiles pese a encontrarse en el planeta más próximo al Sol, una de esas contradicciones que hacen de Mercurio un lugar mucho menos simple de lo que parece desde lejos.

De hecho, el concepto ha evolucionado. El trabajo de 2025 planteaba una travesía que arrancaba cerca del ecuador y avanzaba hacia latitudes donde el terminador se mueve más despacio. La versión refinada presentada en 2026 estudia un inicio en una zona polar durante una fase de baja velocidad del terminador, para después desplazarse progresivamente hacia el ecuador. El cambio no es menor: busca conceder al rover tiempo inicial para reconocer el terreno antes de pedirle velocidades mayores.

BepiColombo llegará mucho antes que cualquier rover

Mientras este vehículo continúa perteneciendo al territorio de los estudios de misión, Mercurio tiene una cita mucho más concreta. BepiColombo, la gran misión conjunta de la Agencia Espacial Europea y la japonesa JAXA, está ya en la fase final de un viaje iniciado en octubre de 2018. Tras seis sobrevuelos de Mercurio y años frenando frente al enorme tirón gravitatorio del Sol, sus motores eléctricos de crucero fueron apagados definitivamente en junio de 2026.

El calendario actual prevé separar el módulo de transferencia el 3 de septiembre de 2026 e insertar el conjunto MPO-Mio en órbita alrededor de Mercurio el 21 de noviembre. Los dos orbitadores se separarán en diciembre y las operaciones científicas regulares deben comenzar en abril de 2027. BepiColombo estudiará, entre otras cosas, la composición superficial, el interior del planeta, su campo magnético, su exosfera y su interacción con el viento solar.

No aterrizará. Ahí permanece el gran vacío. Mariner 10 realizó los primeros sobrevuelos en 1974 y 1975; MESSENGER se convirtió en 2011 en la primera nave que entró en órbita y terminó su misión impactando deliberadamente contra el planeta en 2015. Ninguna nave ha realizado todavía un aterrizaje controlado sobre Mercurio.

NASA estudió hace años un concepto distinto, Mercury Lander, pensado para realizar mediciones científicas durante aproximadamente un año mercuriano, unos 88 días terrestres. Era un estudio de viabilidad para una posible misión de la clase New Frontiers, no una misión aprobada. Su existencia demuestra que aterrizar allí no se considera ciencia ficción; demuestra también algo menos espectacular y bastante más importante: pasar del estudio al cohete sigue siendo un salto enorme.

Mercurio todavía no está preparado para dejarse conducir

Run with the Sun tiene una virtud poco frecuente en las propuestas espaciales llamativas: ataca un problema físico cambiando la forma de operar, no intentando fabricar una máquina indestructible. En lugar de construir un rover capaz de soportar todo Mercurio, plantea buscar la pequeña porción de Mercurio que un rover podría soportar y perseguirla alrededor del planeta.

La física básica encaja. El terminador proporciona temperaturas mucho menos hostiles, existe energía solar y su movimiento puede calcularse con enorme precisión. El refinamiento de 2026 sostiene que el concepto es compatible con tecnologías actuales o próximas, siempre que maduren la generación eléctrica con el Sol bajo, el almacenamiento de energía y, sobre todo, la navegación autónoma.

La ingeniería real será bastante menos indulgente. Un vehículo que deba desplazarse durante meses, atravesar terrenos desconocidos, analizar muestras y conservar siempre una distancia prudente respecto al horno que avanza detrás de él tendría que convertirse en uno de los rovers más autónomos jamás diseñados. Y hacerlo en un planeta donde ni siquiera hemos logrado aterrizar suavemente una nave.

Por eso la imagen de un robot corriendo eternamente tras el crepúsculo mercuriano resulta tan poderosa: parece una extravagancia de ciencia ficción, pero nace de una limitación muy concreta. En Mercurio, quizá la manera más sensata de sobrevivir al Sol no sea resistirlo. Sea no dejar nunca que te alcance.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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