Ciencia
¿Qué probará el eclipse de agosto sobre Einstein y la relatividad?
El eclipse de agosto revive la prueba que encumbró a Einstein, aunque la ciencia busca respuestas nuevas en el Sol y la atmósfera terrestre.

El eclipse total de Sol del 12 de agosto de 2026 no volverá a demostrar la teoría de la relatividad como ocurrió, al menos en el gran relato de la ciencia, durante el célebre eclipse de 1919. La teoría de Albert Einstein ha superado desde entonces pruebas mucho más precisas, realizadas con radiotelescopios, sondas espaciales, relojes atómicos y observatorios capaces de detectar ondulaciones minúsculas del espacio-tiempo. Sería extraño someter de nuevo a examen de primaria a quien lleva un siglo aprobando doctorados.
Eso no convierte el eclipse de agosto en un simple espectáculo. Los proyectos anunciados estudiarán la corona solar, el viento que escapa del Sol, los cambios rápidos de la atmósfera terrestre y la concentración de ozono durante la oscuridad. También se comparará la forma real de la corona con modelos informáticos elaborados antes del fenómeno. No será otra proclamación mundial sobre Einstein, pero sí un laboratorio natural que cruzará España de oeste a este mientras el Sol cae hacia el horizonte.
El eclipse de 2026 no volverá a juzgar a Einstein
La diferencia esencial está en el momento histórico. En 1919, la relatividad general era una construcción reciente, extraña incluso para buena parte de los físicos. Einstein había culminado su formulación en 1915 y sostenía que la gravedad no debía entenderse solo como una fuerza que atrae objetos, al estilo de Newton, sino como una deformación del espacio y del tiempo causada por la materia.
La imagen doméstica suele ser la de una bola pesada hundiendo una tela elástica. No es perfecta, ninguna metáfora lo es, pero funciona: los cuerpos y la luz recorren ese tejido curvado. El Sol, enorme y masivo, debía desviar ligeramente los rayos procedentes de estrellas situadas detrás de él. El problema era ver esas estrellas. A plena luz del día, el resplandor solar las borra como una farola encendida delante de una luciérnaga.
Un eclipse total resolvía el inconveniente. La Luna tapaba el disco brillante durante unos minutos, el cielo se oscurecía y las estrellas próximas al Sol podían quedar registradas en placas fotográficas. Comparando sus posiciones aparentes durante el eclipse con las observadas meses después, cuando el Sol ocupaba otra zona del cielo, debía aparecer el pequeño desplazamiento predicho por Einstein. Pequeño de verdad: 1,75 segundos de arco para una estrella cuya luz rozase el borde solar.
La tarde en que el Sol hizo visible el espacio-tiempo
El 29 de mayo de 1919, dos expediciones británicas observaron un eclipse desde lugares separados por el Atlántico. Arthur Stanley Eddington y Edwin Cottingham viajaron a la isla africana de Príncipe, entonces colonia portuguesa. Andrew Crommelin y Charles Davidson se instalaron en Sobral, al norte de Brasil. La organización estuvo impulsada también por Frank Watson Dyson, astrónomo real británico.
La elección del eclipse no fue casual. Aquel día, el Sol aparecía delante de las Híades, un cúmulo con varias estrellas suficientemente luminosas para quedar impresas en las placas. La naturaleza, sin embargo, decidió recordar que no trabaja para los gabinetes de prensa. En Príncipe llovió y las nubes apenas concedieron unos instantes aprovechables. De 16 fotografías, solo dos resultaron útiles. En Sobral, las condiciones fueron mejores, aunque uno de los instrumentos sufrió problemas de enfoque y deformación.
Qué midieron realmente las expediciones de 1919
La física clásica podía admitir cierta desviación de la luz si se trataba como un flujo de partículas sometidas a la gravedad. El cálculo newtoniano conducía a unos 0,87 segundos de arco junto al borde del Sol. La relatividad general duplicaba aproximadamente la cifra hasta 1,75 segundos porque incorporaba la curvatura del espacio.
Los resultados considerados fiables se aproximaron al valor de Einstein. Una serie proporcionó 1,98 segundos de arco, con un margen de error de 0,18; otra, 1,60 con un margen de 0,31. Las placas del telescopio desenfocado ofrecieron un resultado menor y fueron descartadas por problemas instrumentales. Aquella decisión alimentó décadas después la sospecha de que Eddington había elegido solo los datos favorables, una acusación atractiva —el científico enamorado de su teoría, qué argumento tan cinematográfico—, pero debilitada por revisiones posteriores del material y del procedimiento.
La Royal Society dejó registrado que las placas verificaban la desviación de 1,75 segundos de arco prevista por la teoría. En 1979, una nueva medición de las fotografías de Príncipe con equipos modernos obtuvo 1,90 segundos de arco, con un error de 0,11. Los datos de 1919 eran toscos para los patrones actuales, pero no constituyeron el fraude elegante que a veces se ha insinuado. Fueron una primera confirmación difícil, limitada por placas de vidrio, calor, nubes y telescopios desmontados al otro lado del mundo.
El anuncio llegó el 6 de noviembre de 1919, durante una sesión conjunta de la Royal Society y la Royal Astronomical Society en Londres. Al día siguiente, la prensa habló de una revolución científica. Einstein pasó en pocas horas de ser un físico conocido en círculos académicos a convertirse en un personaje mundial. La ciencia había encontrado una escena magnífica: un eclipse, una predicción audaz y el viejo universo de Newton aparentemente inclinado ante una nueva geometría.
Por qué aquella prueba ya no tendría el mismo peso
Repetir la medición durante el eclipse de agosto es técnicamente posible. Las cámaras digitales, los catálogos estelares y los programas de análisis actuales permiten realizar una versión moderna del experimento con material transportable. Durante el eclipse total de 2017 en Estados Unidos, una observación con telescopio, cámara CCD y montura computerizada obtuvo una desviación de 1,752 segundos de arco, con una incertidumbre cercana al 3 %. Era casi exactamente el valor relativista.
Pero un resultado similar en 2026 no cambiaría la física. La desviación de la luz se mide desde hace décadas mediante interferometría de muy larga base, una técnica que combina radiotelescopios separados por grandes distancias y estudia señales procedentes de cuásares. El efecto relacionado conocido como retardo de Shapiro también se ha comprobado siguiendo comunicaciones con naves espaciales cuando las ondas pasan cerca del Sol. Las observaciones modernas sitúan el parámetro que describe esta curvatura extremadamente cerca del valor previsto por la relatividad general, con una precisión inimaginable para Eddington.
Y hay mucho más. Las lentes gravitacionales deforman y multiplican imágenes de galaxias; los púlsares permiten examinar la gravedad en sistemas extremos; las ondas gravitacionales muestran cómo el espacio-tiempo vibra cuando colisionan agujeros negros o estrellas de neutrones. La relatividad no descansa sobre una placa tomada entre nubes en 1919. Aquella fotografía abrió la puerta, sí, pero el edificio levantado después ocupa medio paisaje de la física contemporánea.
El eclipse del 12 de agosto podría servir para una demostración educativa o para otra medición independiente. Lo que no hará será colocar a Einstein ante un veredicto histórico comparable. La prueba ya no sería decisiva, sino conmemorativa: reproducir con sensores modernos el gesto científico que hace más de un siglo exigió barcos, tiendas de campaña, emulsiones fotográficas y una paciencia casi mineral.
La ciencia que sí viajará con la sombra
Las investigaciones anunciadas para 2026 miran sobre todo al Sol. La NASA enviará un avión WB-57 a unos 15 kilómetros de altitud para perseguir la sombra de la Luna. En su morro llevará el instrumento SAMI, formado por cuatro cámaras capaces de registrar al menos 20 imágenes por segundo en varias longitudes de onda visibles e infrarrojas.
Volar por encima de las nubes evitará que una tarde cubierta arruine el trabajo y permitirá observar bandas infrarrojas que la parte baja de la atmósfera absorbe. El avión, desplazándose aproximadamente a 740 kilómetros por hora, prolongará la observación de la totalidad hasta cerca de tres minutos, frente a los dos minutos y 18 segundos del máximo posible desde tierra.
El objetivo es registrar estructuras y cambios veloces en la corona, comprender mejor las protuberancias solares y estudiar la relación entre el plasma coronal y el viento solar. También vuelve una de las preguntas más incómodas de la física solar: por qué la corona alcanza temperaturas cercanas al millón de grados mientras la superficie visible del Sol es mucho más fría. No parece razonable que la atmósfera de una hoguera esté bastante más caliente que el fuego; sin embargo, a escala solar ocurre algo parecido.
Un avión, seis globos y una corona abrasadora
España acogerá tres equipos del proyecto de globos científicos apoyado por la NASA. Lanzarán seis aparatos equipados con cámaras de 360 grados para observar desde gran altura el avance de la sombra lunar. Llevarán además instrumentos destinados a medir el ozono atmosférico, cuya formación depende de la luz solar.
Experimentos semejantes detectaron una caída del ozono durante la totalidad del eclipse norteamericano de abril de 2024. La observación española permitirá comparar el fenómeno en otra estación y a una hora mucho más tardía, cuando la atmósfera ya está entrando de manera natural en la transición entre el día y la noche. Separar ambos efectos será delicado: el eclipse apagará el Sol de golpe, pero el atardecer también estará llamando a la puerta.
La Agencia Espacial Europea trabaja, por su parte, con predicciones digitales de la corona. Investigadores de la Universidad Católica de Lovaina utilizarán observaciones solares y modelos magnéticos tridimensionales para anticipar su aspecto antes del eclipse. Después compararán la simulación con lo que realmente aparezca alrededor del disco negro de la Luna.
Esa confrontación servirá para mejorar las previsiones del tiempo espacial, es decir, la actividad solar capaz de afectar satélites, comunicaciones, navegación y redes eléctricas. El eclipse actuará como una radiografía breve de una zona que normalmente queda ahogada por la luz del disco solar. No decidirá si Einstein tenía razón, pero pondrá a prueba modelos que intentan explicar cómo se organiza y evoluciona el campo magnético del Sol.
España será uno de los grandes escenarios. La franja de totalidad atravesará la Península desde Galicia hasta el Mediterráneo y alcanzará Baleares, pasando por áreas próximas a A Coruña, Oviedo, León, Bilbao, Zaragoza, València y Palma. En buena parte de la mitad sur el eclipse será parcial. La dificultad será terrenal: ocurrirá durante el atardecer, con el Sol muy bajo, de modo que una montaña, un edificio o una simple línea de árboles hacia el oeste podrá convertir el acontecimiento astronómico del siglo en una bonita contemplación de tejados.
En A Coruña, la totalidad durará alrededor de 76 segundos y el Sol estará a unos 12 grados de altura. En Burgos alcanzará aproximadamente 104 segundos, con el astro a ocho grados. En Palma llegará casi pegado al horizonte, a solo dos grados. Fuera de la totalidad deberán utilizarse filtros solares certificados durante todas las fases de observación; las gafas de sol corrientes, por muy oscuras y sofisticadas que parezcan, no protegen la retina.
La vieja fotografía y el laboratorio de 2026
El eclipse de 1919 convirtió una idea abstracta en algo visible: una estrella parecía moverse porque el Sol había curvado el camino de su luz. Fue una medición frágil, heroica y discutida, justo la clase de episodio que la historia pule hasta dejarlo brillante. Einstein no inventó la desviación gravitatoria de la luz de la nada, ni una sola tarde dejó completamente enterrado a Newton. La ciencia rara vez funciona con ese golpe de teatro. Pero la cifra obtenida favoreció la nueva teoría y abrió una época.
El 12 de agosto de 2026 ofrecerá otra clase de conocimiento. La relatividad general permanecerá al fondo, sosteniendo buena parte de la física y la astronomía modernas, mientras los instrumentos se concentran en la corona, el plasma, el ozono y la atmósfera terrestre. Podrá repetirse el experimento de Eddington, desde luego, y las estrellas volverán a aparecer alrededor del Sol oscurecido. Solo que esta vez nadie espera que el universo cambie de leyes al revelar las fotografías.
La gran diferencia cabe en una imagen. En 1919, los astrónomos miraron unas manchas diminutas sobre placas de vidrio e intentaron averiguar si el espacio podía doblarse. En 2026, un avión perseguirá la noche a 15 kilómetros de altura mientras varios globos fotografían su sombra y los ordenadores comparan la corona real con una versión creada antes del eclipse. La misma oscuridad. Otra ciencia. Y Einstein, tranquilo, sin necesidad de presentarse de nuevo al examen.

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