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Ciencia

¿Qué revelan las Cataratas de Sangre bajo el hielo de la Antártida?

Las Cataratas de Sangre revelan bajo el hielo antártico una vieja salmuera marina, microorganismos activos y la huella de un océano perdido.

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las Cataratas de Sangre

Las Cataratas de Sangre de la Antártida conservan la huella biológica de agua marina que habría quedado aislada bajo el glaciar Taylor hace más de un millón de años. Una investigación publicada el 3 de agosto de 2026 ha identificado en su entorno una comunidad de microorganismos con una firma oceánica difícil de explicar mediante el viento o la contaminación reciente. La hipótesis que gana fuerza resulta extraordinaria: aquel líquido rojo sería el desagüe visible de una antigua incursión marina sepultada por el avance del hielo.

No es sangre, claro. Tampoco se ha descubierto un océano abierto lleno de criaturas prehistóricas, por mucho que el paisaje parezca diseñado por un director de terror con afición a la geología. Lo que emerge del glaciar es una salmuera extremadamente salada, rica en hierro. Al alcanzar la superficie y entrar en contacto con el oxígeno, sus compuestos metálicos se oxidan y tiñen el hielo de rojo, como una verja abandonada bajo la lluvia.

El hallazgo no resuelve de una vez todos los enigmas de Blood Falls, su nombre internacional. Sí aporta una pieza especialmente sólida: pruebas moleculares y genéticas que conectan este rincón del desierto antártico con un ambiente marino desaparecido. El hielo no solo habría encerrado agua salada. También habría conservado linajes biológicos procedentes del océano, algunos de ellos todavía activos.

No es sangre: el color procede del hierro oxidado

Las Cataratas de Sangre brotan de forma intermitente en el extremo del glaciar Taylor, dentro de los Valles Secos de McMurdo, en la Antártida Oriental. El líquido desciende por la lengua del glaciar hasta las proximidades del lago Bonney y deja sobre el blanco una mancha rojiza, espesa a la vista, casi teatral.

El geólogo Thomas Griffith Taylor observó el fenómeno en 1911 durante una expedición a la Antártida. En aquellos años se atribuyó el color a posibles algas rojas. La explicación moderna es bastante menos romántica, aunque mucho más interesante: el agua sale inicialmente clara y adquiere después su tonalidad carmesí debido al hierro oxidado que transporta.

Los análisis microscópicos realizados en la zona mostraron que ese hierro no aparece únicamente en forma de minerales convencionales. Se encuentra dentro de nanosferas diminutas, estructuras unas cien veces menores que un glóbulo rojo humano y acompañadas por silicio, calcio, aluminio y sodio. Al exponerse al aire, el hierro contenido en esas partículas reacciona con el oxígeno. El resultado parece sangre sobre nieve; químicamente, se parece más al óxido.

La elevada concentración de sales actúa, a su vez, como un anticongelante natural. Permite que parte del agua permanezca líquida en un ambiente donde el agua dulce se convertiría en hielo con rapidez. Bajo la superficie existe un sistema de salmueras y sedimentos saturados mucho más amplio que la pequeña mancha visible desde el exterior.

Las investigaciones geofísicas anteriores ya habían detectado una reserva subglacial extensa, conectada con antiguos procesos marinos y lacustres del valle Taylor. La cascada roja sería apenas la boca del sistema, una grieta por la que el subsuelo antártico deja escapar, de vez en cuando, parte de su química secreta.

Un mar antiguo atrapado por el avance del glaciar Taylor

La explicación propuesta parte de un paisaje antártico muy distinto al actual. Durante periodos climáticos más cálidos, el mar pudo penetrar en el valle Taylor y formar una especie de fiordo. Más tarde, el nivel oceánico descendió, las temperaturas bajaron y el glaciar avanzó, aislando parte de aquella agua.

A medida que el agua marina se congelaba, el hielo expulsaba buena parte de las sales. Estas quedaban concentradas en el líquido restante mediante un proceso conocido como crioconcentración. El resultado fue una salmuera densa, cargada de cloruros, sulfatos, hierro y otros elementos, capaz de continuar líquida bajo el glaciar.

Los estudios químicos ya habían encontrado proporciones de sodio y cloro parecidas a las del agua marina, así como señales isotópicas compatibles con ese origen. También se habían recuperado bacterias emparentadas con linajes oceánicos. Sin embargo, permanecía abierta una objeción razonable: los fuertes vientos de los Valles Secos podrían haber transportado microorganismos y restos biológicos desde la costa.

La nueva investigación ha buscado precisamente aclarar ese punto. Y el viento, esta vez, no parece suficiente para explicar lo encontrado.

La pista molecular apareció en 167 muestras

El equipo científico examinó 167 muestras de agua, hielo, barro, sedimentos y partículas del aire. Procedían del extremo del glaciar Taylor, de otros ambientes acuáticos de los Valles Secos y de zonas marinas del estrecho de McMurdo, utilizadas como referencia.

El análisis reveló que las muestras rojizas de las Cataratas de Sangre contenían una comunidad de microorganismos eucariotas —seres cuyas células poseen un núcleo definido— mucho más parecida a la marina que la encontrada en el resto del desierto polar. Entre los grupos detectados figuraban diatomeas, dinoflagelados, haptófitos y ciliados, habituales en distintos ecosistemas oceánicos.

Las muestras del entorno de Blood Falls compartían un 9,34 % de sus variantes eucariotas con las referencias marinas. En otros ambientes acuáticos de los Valles Secos, la coincidencia se limitaba al 1,15 %. La diferencia no parece gigantesca sobre el papel, pero resulta significativa en un territorio donde las comunidades microbianas están muy condicionadas por el aislamiento, la salinidad y la escasez extrema de agua líquida.

El contraste se volvía más acusado al estudiar las diatomeas. En el barro y los sedimentos rojizos, cerca del 80 % de los taxones identificados correspondían a formas marinas, mientras que las muestras de hielo y de terrenos próximos sin contacto directo con la salmuera estaban dominadas por organismos terrestres o de agua dulce.

No se trata, por tanto, de unas pocas células perdidas en el hielo. La distribución de los organismos dibuja un patrón coherente: cuanto mayor es la relación de una muestra con el flujo rojizo, más clara aparece su firma biológica marina.

ADN, ARN y una actividad que continúa

Encontrar ADN no siempre significa encontrar vida activa. El material genético puede permanecer en un sedimento mucho después de que el organismo haya muerto. Por eso los investigadores analizaron también ARN ambiental, una molécula más frágil y relacionada con la actividad celular reciente.

Los perfiles de ARN mostraron que parte de los microorganismos estaba activa en el momento del muestreo. Aparecieron señales de fotosíntesis, respiración, reparación del ADN, transporte de iones y respuestas frente al estrés osmótico. No eran simples fósiles moleculares arrastrados hasta allí. Algunas células estaban funcionando y adaptándose a cambios bruscos de salinidad.

La presencia de actividad fotosintética puede parecer contradictoria en una historia protagonizada por agua subglacial y oscuridad. Aquí conviene afinar. Los organismos eucariotas fueron estudiados principalmente en el área de descarga, donde la salmuera alcanza el hielo, el barro y los sedimentos expuestos a la luz. El trabajo no afirma que todos esos microorganismos vivan permanentemente en las profundidades del depósito.

Algunos de los grupos detectados pueden formar esporas, quistes o células de reposo. Esas estrategias les permiten soportar fases desfavorables y reactivarse cuando regresan el agua, la luz o los nutrientes. Una vida a tirones, casi suspendida. En la Antártida, sobrevivir suele consistir en saber esperar.

Lo que demuestra el estudio y lo que permanece abierto

El trabajo ofrece evidencia molecular de una comunidad marina relicta, es decir, derivada de un antiguo ambiente oceánico que dejó de existir. Las diferencias genéticas entre algunas diatomeas del glaciar Taylor y sus parientes actuales del estrecho de McMurdo encajan con un aislamiento prolongado.

También debilita la hipótesis de un transporte moderno exclusivamente aéreo. Las muestras recogidas en el aire contenían pocas señales marinas, y los microorganismos encontrados en las zonas rojizas formaban una comunidad demasiado específica para atribuirla solo a partículas llegadas con el viento. Eso no significa que las corrientes aéreas jamás hayan intervenido; significa que el viento actual no explica por sí solo el patrón observado.

La investigación, sin embargo, no permite afirmar que cada microorganismo localizado tenga millones de años ni que las mismas células hayan permanecido vivas desde que el mar quedó atrapado. Hablar de organismos ancestrales funciona como imagen, pero científicamente es más preciso referirse a linajes marinos antiguos cuyos descendientes habrían persistido, cambiado o entrado en estados de latencia dentro del sistema.

Tampoco se conoce con exactitud cuándo quedó aislada la salmuera. Las estimaciones anteriores apuntan a más de un millón de años, en algunos casos alrededor de 1,5 o 2 millones, pero el nuevo análisis no proporciona una datación definitiva. Harán falta secuencias genéticas más completas, estudios de células individuales y un mapa biológico más fino del glaciar.

Otra incógnita es cómo se desplaza la salmuera a través del hielo sin congelarse por completo. La presión, la elevada cantidad de sal y el calor liberado durante ciertos procesos de congelación pueden favorecer su movimiento por grietas diminutas. El sistema, lejos de ser una tubería estable, parece una red cambiante de bolsas y fracturas.

Un laboratorio natural para buscar vida fuera de la Tierra

Blood Falls interesa también a la astrobiología, la disciplina que estudia cómo podría surgir o sobrevivir la vida más allá de nuestro planeta. Su combinación de frío intenso, salinidad elevada, poco oxígeno, largos periodos de oscuridad y aislamiento recuerda algunas condiciones que podrían darse bajo el hielo de Marte o en lunas como Europa y Encélado.

La comparación tiene límites. Las Cataratas de Sangre forman parte de la Tierra, un planeta cubierto de vida cuyos microorganismos llevan miles de millones de años colonizando cualquier rincón mínimamente habitable. Encontrar células en una salmuera antártica no demuestra que exista vida extraterrestre.

Sí demuestra algo más modesto y quizá más útil: un ecosistema puede mantenerse en condiciones que, vistas desde la superficie, parecen estériles. El agua líquida no necesita formar un lago azul ni correr como un río. Puede sobrevivir convertida en salmuera atrapada, avanzar por fracturas microscópicas y sostener comunidades que despiertan cuando el entorno concede una tregua.

Estudiar estas adaptaciones ayuda a decidir qué señales químicas o genéticas deberían buscar las futuras misiones espaciales. También obliga a actuar con cuidado: perforar un ambiente aislado durante cientos de miles de años sin contaminarlo con microorganismos modernos es una operación bastante más delicada que clavar una broca en el hielo.

El glaciar Taylor funciona así como un laboratorio natural. No ofrece una réplica exacta de Marte, Europa o Encélado, pero permite estudiar qué hace la vida cuando casi todo juega en su contra: poca energía, temperaturas extremas, agua escasa y una oscuridad que puede durar siglos.

El hielo antártico conserva la memoria del océano

Las Cataratas de Sangre no son una herida en el continente ni la puerta visible a un mar intacto. Son algo menos cinematográfico y, a la vez, más revelador: la salida intermitente de una antigua salmuera marina, transformada por el frío, la presión, las rocas y el trabajo silencioso de los microorganismos.

El nuevo estudio convierte aquella mancha roja en un archivo biológico. Sus diatomeas, dinoflagelados y demás habitantes microscópicos guardan señales de una época en que el océano alcanzaba lugares que actualmente parecen condenados al hielo eterno. No cuentan la historia completa; ningún archivo natural lo hace. Pero la escriben a su manera, en fragmentos de ARN, sales concentradas y hierro que se vuelve rojo al respirar el aire.

Bajo uno de los paisajes más secos y hostiles del planeta, el antiguo mar no desapareció del todo. Quedó reducido a pequeñas bolsas líquidas, a descendientes microscópicos y a una cascada color óxido que emerge de vez en cuando. La Antártida, tan blanca desde lejos, también sabe conservar sus cicatrices.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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