Síguenos

Actualidad

¿Israel golpea la elección del sucesor de Jamenei?

Avatar photo

Publicado

el

Israel golpea la elección del sucesor de Jamenei

Israel golpea en Qom el órgano que debía elegir al sucesor de Jamenei y abre la transición más tensa de Irán, entre secreto, poder y misiles.

Israel ha bombardeado en Qom un edificio vinculado a la Asamblea de Expertos, el órgano del clero chií que debe elegir al próximo líder supremo de Irán tras la muerte de Alí Jamenei. Esa es la parte sólida de la noticia. La más delicada, la que cambia el grosor del titular, sigue abierta: la versión israelí ha deslizado que el ataque buscaba romper el proceso sucesorio en pleno desarrollo, mientras que la versión iraní y algunas informaciones posteriores sostienen que los clérigos no estaban reunidos dentro en ese momento o que el inmueble alcanzado no era la sede operativa principal de la votación. Aun con esa cautela, el golpe tiene un alcance enorme porque no apunta solo a un edificio, sino al mecanismo constitucional que garantiza la continuidad del régimen en su momento más frágil desde 1989.

Lo ocurrido convierte la sucesión iraní en un frente más de la guerra. Tras la muerte de Jamenei el 28 de febrero, Irán activó el procedimiento previsto para cubrir la jefatura del Estado religioso. Desde entonces, la Asamblea de Expertos, formada por 88 clérigos, debe escoger cuanto antes a un nuevo líder supremo. Israel ha atacado justo ahí, en el nudo que decide quién controlará las Fuerzas Armadas, la Guardia Revolucionaria, la política exterior, la red judicial de máxima jerarquía y la última palabra sobre el programa nuclear. No es un detalle lateral. Es, probablemente, el objetivo político más sensible que podía tocarse sin asaltar directamente el propio palacio del poder.

El bombardeo en Qom y el choque de versiones

El ataque se produjo sobre un edificio de Qom, ciudad santa del chiismo iraní y uno de los cerebros doctrinales de la República Islámica. El dato tiene peso por sí mismo. Qom no es solo un punto en el mapa, sino el lugar donde se forman ayatolás, se ordenan jerarquías religiosas y se cuecen muchas de las legitimidades internas del sistema. Golpear allí un inmueble ligado a la Asamblea de Expertos envía un mensaje casi quirúrgico: Israel quiere demostrar que puede alcanzar el centro simbólico y jurídico de la sucesión, no solo arsenales, radares o complejos de misiles.

La niebla arranca justo después. En las primeras versiones israelíes apareció la idea de que el golpe iba dirigido contra una reunión de clérigos que ya estaba en marcha e incluso contra un momento decisivo del recuento o la deliberación. Luego llegaron matices importantes. Otras informaciones apuntaron a que la Asamblea no estaba reunida en ese instante. Desde el lado iraní, además, se difundió que el edificio alcanzado era una sede antigua o secundaria. Son dos relatos muy distintos. En uno, Israel irrumpe con bombas en mitad del rito sucesorio. En el otro, impacta sobre un símbolo y sobre la logística del proceso, pero no sobre la votación en sí. Lo prudente, a esta hora, es sostener tres hechos: el edificio fue alcanzado, la Asamblea de Expertos es el órgano llamado a elegir al sustituto de Jamenei y no existe aún confirmación plena sobre cuántos miembros había dentro ni sobre si la sesión decisiva estaba celebrándose allí.

Ese matiz importa porque el conflicto se libra también en el lenguaje. Decir que Israel bombardeó “la reunión” coloca la escena en un grado máximo de precisión política. Decir que atacó “el edificio de la Asamblea” mantiene intacta la gravedad, pero rebaja una certeza que todavía no está cerrada. Entre ambas frases hay humo, propaganda, miedo, cálculo psicológico y un pulso feroz por imponer relato. La guerra moderna funciona así: primero llega el misil; luego, casi al mismo tiempo, la pelea por la interpretación del misil.

La Asamblea de Expertos, el órgano que decide el poder real

Para entender la dimensión del ataque hay que detenerse en la Asamblea de Expertos. No es un parlamento ornamental ni un consejo consultivo sin dientes. Es el órgano que, según la Constitución iraní, debe nombrar al líder supremo y, en teoría, también supervisarlo o incluso apartarlo si deja de cumplir las condiciones exigidas por el sistema. Está compuesta por 88 clérigos chiíes, elegidos formalmente por voto popular cada ocho años, aunque sus candidaturas pasan antes por el filtro del Consejo de Guardianes, una institución profundamente condicionada por el propio entramado del poder religioso. Dicho sin rodeos: la Asamblea existe, vota y decide, pero lo hace dentro de un terreno previamente acotado por el régimen.

Ese órgano tiene encima una responsabilidad descomunal. El líder supremo no es una figura honorífica, ni una presidencia con aroma clerical, ni un árbitro espiritual separado del Estado. Es el vértice real del sistema iraní. Tiene capacidad para fijar las grandes directrices de la República Islámica, mandar sobre las Fuerzas Armadas, influir de manera decisiva en la designación de altos cargos judiciales y militares, marcar el tono de la política exterior, intervenir en la relación con las potencias regionales y occidentales, y ejercer la última palabra en asuntos estratégicos que van desde la seguridad hasta el expediente nuclear. Cuando se habla de elegir al nuevo líder supremo, en realidad se está hablando de escoger al hombre con más poder de Irán.

Por eso el bombardeo de Qom no puede leerse como un episodio secundario. Un ataque sobre la Asamblea equivale a golpear el punto donde el régimen intenta demostrarse a sí mismo que sigue siendo continuo, sólido y gobernable incluso después de perder a su figura central. La República Islámica ha vivido una sola transición de este calibre, la de 1989, cuando Ruhollah Jomeini murió y el sistema encajó el relevo que acabó situando a Jamenei en la cúspide. Han pasado casi cuatro décadas. El contexto actual, además, no tiene nada que ver con aquel. Entonces hubo tensión, claro, pero no esta mezcla de guerra abierta, ataques de precisión, destrucción de infraestructuras estratégicas y una sensación de asedio permanente sobre la arquitectura entera del Estado.

El vacío tras la muerte de Jamenei

La muerte de Alí Jamenei, confirmada por Irán tras los ataques del sábado 28 de febrero, abrió la crisis política más delicada en la historia reciente de la República Islámica. Llevaba cerca de 37 años en el cargo y había concentrado durante décadas una red de poder que mezclaba autoridad religiosa, control institucional, obediencia militar y capacidad de arbitraje entre facciones. Su desaparición no deja un hueco ceremonial. Deja un hueco de mando. Y, a la vez, activa un mecanismo previsto en la Constitución para evitar que el país entre en un vacío absoluto.

Mientras la Asamblea de Expertos designa al nuevo líder supremo, las funciones pasan a un consejo provisional compuesto por el presidente Masud Pezeshkian, el jefe del Poder Judicial Gholam-Hossein Mohseni Ejei y el clérigo Alireza Arafi, miembro del Consejo de Guardianes. Ese trípode permite que el Estado mantenga una cabeza transitoria y que el aparato no quede suspendido en el aire. Pero una cosa es el armazón legal y otra el poder efectivo. En un sistema como el iraní, la autoridad real depende también de la capacidad para mantener alineados al clero, a la burocracia de seguridad, a la Guardia Revolucionaria y a los núcleos políticos más duros del régimen. La interinidad sirve para que el país no se descosa, pero no sustituye la legitimidad que, dentro del sistema, da la elección de un nuevo líder supremo.

Ese detalle explica por qué el ataque israelí resulta tan sensible. Si la Asamblea no consigue reunirse con rapidez o si sus deliberaciones quedan fragmentadas, el consejo provisional puede verse obligado a gobernar más tiempo del previsto. Y cuanto más se alargue esa fase, más posibilidades habrá de tensiones internas, maniobras de facción y presión de los aparatos securitarios. Irán está diseñado para resistir golpes, no para lucir indecisión. La interinidad prolongada sería, para muchos dentro del régimen, casi otra forma de herida.

Lo que Israel intenta romper

Israel no ha apuntado solo a una sede física. Ha apuntado a la velocidad de reacción del régimen iraní. La lógica del golpe parece bastante clara. Primero, intentar impedir o retrasar la elección del nuevo líder. Segundo, sembrar paranoia y descoordinación en el momento en que las élites religiosas y de seguridad necesitan transmitir normalidad. Tercero, exhibir que ni siquiera Qom, con toda su carga sagrada y política, está fuera del alcance de la ofensiva. Es una operación con una carga militar limitada en comparación con los grandes complejos estratégicos, pero con un valor psicológico inmenso.

En la práctica, el ataque empuja a Teherán a moverse en condiciones peores. Si la Asamblea de Expertos decide reunirse pronto, tendrá que hacerlo bajo medidas de seguridad extremas, probablemente en localizaciones cambiantes, con más secretismo del habitual y con la certeza de que cada movimiento puede estar siendo observado. Si retrasa la cita, proyectará debilidad. Si la acelera demasiado, podrá transmitir improvisación. Israel ha conseguido, solo con tocar este punto, que cualquier salida tenga costes. Ese es el centro del golpe: no tanto destruir una sala como envenenar el proceso que debía ocurrir dentro o alrededor de esa sala.

Hay además un cambio cualitativo en la campaña militar. Hasta hace muy poco, buena parte de los ataques contra Irán se leían en clave de programa nuclear, defensa antiaérea, bases de misiles o nodos de mando militar. El bombardeo en Qom abre otra pantalla: la del descabezamiento político-institucional. Ya no se trata solo de degradar capacidades militares, sino de entorpecer el mecanismo con el que el régimen se recompone tras perder a su figura central. La sucesión, en otras palabras, ha dejado de ser un asunto reservado para el clero y se ha convertido en un objetivo de guerra.

Los nombres que sobrevuelan la sucesión

El ataque llega, además, en un momento en que no hay un favorito indiscutible. Esa ausencia de heredero claro agranda el impacto. Entre los nombres que más circulan en los análisis y en los corrillos del poder iraní aparece Mojtaba Jamenei, hijo del líder fallecido, un clérigo de perfil intermedio pero con lazos sólidos con los sectores más duros y con cercanía a la Guardia Revolucionaria. Su opción tiene músculo dentro del aparato, aunque arrastra un problema evidente: sonaría a dinastía, y la República Islámica ha construido parte de su legitimidad justamente contra la lógica hereditaria de las monarquías.

También figura Alireza Arafi, que no solo integra el consejo provisional, sino que dirige una red importante de seminarios religiosos y pertenece al núcleo clerical duro. Su nombre resulta relevante porque combina visibilidad institucional, proximidad al aparato teológico y presencia en la transición. En la conversación sucesoria aparecen igualmente Hassan Khomeini, nieto del fundador de la República Islámica y considerado más moderado en las formas; Hassan Rouhani, expresidente y rostro del acuerdo nuclear de 2015, aunque debilitado por su salida de la Asamblea y por el recelo del bloque duro; y el ayatolá Mohammad Mehdi Mirbagheri, muy estimado en círculos ultraconservadores. Ninguno llega a este tramo como dueño del tablero. Eso vuelve todavía más valiosa la capacidad de la Asamblea para reunirse sin interferencias.

Hay un nombre que ya no está porque la historia se lo llevó antes de tiempo: Ebrahim Raisi, muerto en el accidente de helicóptero de 2024. Durante años fue señalado como posible heredero natural del sistema. Su desaparición reordenó el tablero y dejó más abierta una carrera que ahora discurre, literalmente, entre escombros y medidas de seguridad extraordinarias. Ese vacío previo explica en parte por qué el golpe de Qom cae sobre un proceso menos encarrilado y más expuesto a la presión externa.

Qom, el corazón clerical que ya no parece intocable

La elección del objetivo añade una capa de profundidad que va más allá de la cronología. Qom es una de las capitales doctrinales del chiismo y una pieza sentimental y política del régimen. Allí están las hawzas, los seminarios, los grandes referentes del aprendizaje religioso, las redes de fidelidad entre clérigos y buena parte de la legitimación simbólica de la República Islámica. No es extraño que el posible proceso sucesorio mirase a Qom o orbitara sobre su ecosistema. Si Teherán representa el músculo del Estado, Qom representa una parte esencial de su alma oficial.

Por eso el ataque golpea también la imaginación interna del régimen. Durante décadas, la República Islámica ha cultivado la imagen de un poder sitiado por fuera pero blindado por dentro, con una columna doctrinal que no se resquebraja. El bombardeo en Qom rompe esa escena. Da igual, hasta cierto punto, que los 88 miembros estuvieran dentro o no. La sola posibilidad de que el órgano llamado a elegir al nuevo líder haya sido alcanzado en su entorno más sensible ya introduce una fisura. Ningún centro parece del todo seguro, ni siquiera el que se pensaba reservado a la continuidad religiosa del sistema.

Además, el ataque llega acompañado de otro mensaje incómodo. Según informaciones difundidas por medios iraníes, una sede de la Asamblea en Teherán también habría sido golpeada en las horas anteriores. Si ese extremo termina de consolidarse, el cuadro cambia de escala: ya no sería solo un impacto simbólico sobre Qom, sino una campaña orientada a perseguir físicamente la infraestructura institucional de la sucesión. Es decir, impedir que el proceso encuentre un lugar estable donde ocurrir.

La batalla por el relato dentro y fuera de Irán

En Teherán necesitan vender continuidad. En Jerusalén necesitan vender penetración. De ahí el choque de versiones. Para Irán, reconocer que Israel ha bombardeado con precisión el órgano encargado de elegir al nuevo líder sería admitir una vulnerabilidad política insoportable en el peor momento. Para Israel, presentar el ataque como una irrupción en el mismísimo relevo del poder multiplica el efecto de la operación y envía una señal de dominio de inteligencia. Ambas partes tienen incentivos para estirar la narración en su beneficio.

La consecuencia es una noticia que obliga a moverse con cuidado. No hay por ahora un balance cerrado de víctimas vinculadas a la Asamblea, no hay un parte definitivo sobre cuántos miembros estaban en el edificio y tampoco existe confirmación total sobre el estado exacto de la reunión. Sí hay, en cambio, una constatación nítida: Israel ha situado la sucesión iraní dentro de su lista de objetivos estratégicos. Esa es la novedad de fondo. El resto —si la reunión estaba dentro, si era sede principal o auxiliar, si el golpe llegó antes o durante la deliberación crítica— pertenece todavía al territorio movedizo de una guerra donde cada bando administra la información como otra munición.

Eso no vuelve irrelevante el matiz. Al contrario. Si finalmente se confirma que los clérigos no estaban reunidos, el artículo no pierde fuerza; cambia el ángulo. Ya no sería el bombardeo de la votación, sino el bombardeo del edificio que simboliza y articula la votación. Sigue siendo gravísimo. Sigue afectando al núcleo de la sucesión. Sigue revelando hasta qué punto la campaña israelí ha ensanchado su radio. La diferencia está en el grado de precisión política del ataque, no en su profundidad estratégica.

Una transición bajo fuego

El próximo líder supremo, sea quien sea, no heredará un despacho en calma. Heredará una estructura golpeada, una guerra abierta, una población exhausta, un aparato de seguridad hiperactivado y un régimen obligado a demostrar que puede sobrevivir a la muerte de Jamenei sin entrar en un desorden irreversible. Esa es la verdadera clave del momento. La Asamblea de Expertos debe elegir a alguien, sí, pero también debe producir una imagen de continuidad. Y eso es mucho más difícil cuando la sede del órgano aparece dañada, cuando las reuniones deben protegerse como si fueran objetivos militares y cuando el enemigo ha probado que puede tocar los símbolos más sensibles del sistema.

La Constitución iraní exige que el relevo se resuelva lo antes posible. La política real añade otra exigencia: que el relevo no parezca fruto del pánico. Entre ambas presiones se mueve Teherán. Demasiada prisa puede transmitir improvisación. Demasiado retraso puede sugerir división. Un nombre muy continuista puede consolidar al bloque duro, pero aumentar el desgaste de legitimidad. Un nombre más matizado podría rebajar tensiones simbólicas, aunque cuesta imaginar que el núcleo de poder apueste por una salida blanda en mitad de la guerra. La lógica del asedio suele endurecer a los regímenes, no ablandarlos.

Y ahí está, en el fondo, el alcance político del bombardeo. Israel no solo intenta dañar instalaciones o matar cuadros. Está empujando a Irán a elegir a su nuevo vértice en las peores condiciones posibles. Convertir la sucesión en un problema de seguridad es obligar al régimen a decidir bajo presión, con menos margen y con más miedo. Esa presión puede no impedir la elección. Puede incluso acelerarla. Pero la acelere o la retrase, ya la ha contaminado.

El relevo que decide el rumbo de Irán

Lo que ha ocurrido en Qom no es un episodio decorativo de esta guerra, ni una escena lateral para adornar el parte militar del día. Es un golpe sobre el sistema que reproduce el poder iraní cuando su cabeza desaparece. Por eso la noticia importa tanto. Porque junta tres planos en un mismo fogonazo: el religioso, el institucional y el militar. Jamenei ha muerto, la Asamblea de Expertos debe nombrar sucesor, y Israel ha demostrado que ese proceso puede ser alcanzado.

Todavía faltan piezas por encajar, sí. Falta saber con precisión quién estaba dentro, cuántos daños operativos ha sufrido la Asamblea, si hubo víctimas relevantes y si la elección se retrasará o se blindará con más rapidez. Pero el cuadro esencial ya está delante. El relevo del hombre más poderoso de Irán se desarrolla bajo ataque. Y esa sola imagen explica por qué este bombardeo pesa tanto: no afecta solo al presente inmediato, sino al tipo de República Islámica que puede salir de esta transición. Más cerrada, más militarizada, más opaca. O, al menos, más consciente de que ni siquiera sus recintos más simbólicos están a salvo.

Newsletter

Periodista con más de 15 años de experiencia en prensa digital y televisión. Especializado en actualidad nacional, economía y sociedad. Ha colaborado con medios de ámbito nacional y escribe desde Madrid.

Lo más leído