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¿Qué denuncia la ONU sobre los presos ucranianos cautivos en Rusia?

Ex presos ucranianos relatan torturas, abusos sexuales y aislamiento en Rusia, mientras la ONU documenta un patrón sistemático de violencia.

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brazo de soldado ucraniano en el frente

Los testimonios de antiguos detenidos ucranianos han vuelto a colocar el foco sobre uno de los capítulos más oscuros de la guerra: lo que ocurre tras las puertas cerradas de los centros de detención rusos. Ex prisioneros de guerra y civiles liberados describen palizas, descargas eléctricas, hambre, humillaciones, amenazas y violencia sexual. No son únicamente relatos individuales. La Oficina de Derechos Humanos de Naciones Unidas sostiene que la tortura y los malos tratos contra ucranianos bajo custodia rusa continúan de forma generalizada y sistemática.

El dato que permite medir la magnitud, aunque no abarque a todos los cautivos, es especialmente duro: más del 95% de los prisioneros de guerra ucranianos entrevistados por la ONU afirmó haber sufrido tortura o malos tratos. Más de la mitad relató alguna forma de violencia sexual. Desde febrero de 2022, Naciones Unidas ha verificado además la ejecución de 129 militares ucranianos capturados y otras 48 muertes bajo custodia relacionadas con torturas, falta de atención médica u otras condiciones inhumanas.

La denuncia adquirió una nueva dimensión el 10 de agosto de 2026 durante una reunión informal de miembros del Consejo de Seguridad de la ONU. Allí hablaron antiguos cautivos y representantes ucranianos, pero también intervino Naciones Unidas con sus propios datos. Rusia rechazó las acusaciones, las calificó de campaña de desinformación y sostuvo que soldados rusos también han sido maltratados por Ucrania. La ONU ha documentado abusos en ambos lados; la diferencia, según sus investigadores, está en la escala y el carácter del fenómeno.

La ONU habla de un patrón generalizado y sistemático

Claudia Fuentes Julio, secretaria general adjunta de la ONU para Derechos Humanos, describió ante los Estados miembros un cuadro que va bastante más allá de incidentes aislados. Los antiguos prisioneros entrevistados han relatado golpes con porras, cinturones pesados y objetos de madera, ataques con perros, descargas eléctricas y simulacros de ejecución. La violencia sexual aparece repetidamente ligada a interrogatorios, castigos y humillaciones.

Entre los testimonios recogidos figuran violaciones, agresiones sexuales colectivas, desnudez forzada, golpes en los genitales y aplicación de electricidad en zonas íntimas. Son detalles difíciles de leer —más aún de imaginar—, pero explican por qué la ONU utiliza una terminología tan grave. En 2025, la Comisión Internacional Independiente de Investigación sobre Ucrania concluyó que las desapariciones forzadas y la tortura cometidas por autoridades rusas contra ucranianos formaban parte de un ataque generalizado y sistemático contra población civil y podían constituir crímenes contra la humanidad.

La fotografía más reciente mantiene esa línea. Un informe de derechos humanos publicado el 29 de junio de 2026 señaló que prácticamente todos los prisioneros de guerra ucranianos repatriados entrevistados durante el último periodo analizado denunciaron torturas o malos tratos. El documento verificó también la ejecución de al menos 16 soldados ucranianos capturados entre mediados de noviembre de 2025 y enero de 2026.

1.183 días de cautiverio y una supervivencia al límite

Uno de los testimonios presentados ante Naciones Unidas fue el de Khuan Alberto Levya Garsiya, militar ucraniano de padre cubano. Permaneció 1.183 días en cautividad rusa. Según su relato, sufrió golpes diarios, electrocuciones, ejercicios físicos extremos a temperaturas bajo cero, humillaciones y abusos sexuales concebidos, asegura, para quebrar mentalmente al detenido.

Garsiya afirmó que dos compañeros murieron después de ser golpeados en centros de detención de la región de Donetsk. Describió barracones abarrotados, enfermedades intestinales extendidas entre los cautivos y presos que pasaban hambre. También sostuvo que algunos guardias lo señalaron particularmente por su apellido latino y lo acusaron de ser mercenario y espía estadounidense. Son acusaciones procedentes de su testimonio que no han podido ser verificadas de manera independiente dentro de las instalaciones donde permaneció retenido.

Otro relato fue el de Leniie Umerova, activista tártara de Crimea liberada en un intercambio de prisioneros en 2024. Había sido detenida cuando trataba de visitar a su padre, gravemente enfermo, en Crimea. Durante su cautiverio pasó por siete instalaciones distintas. Ese tránsito constante, de celda en celda y de centro en centro, forma parte de una realidad más amplia: numerosas familias desconocen durante meses dónde están sus parientes detenidos.

De las palizas a la violencia sexual

La violencia sexual en este conflicto no se limita a la violación. Naciones Unidas engloba también bajo este concepto determinadas formas de desnudez forzada, amenazas sexuales, golpes dirigidos a los genitales y electrocución en partes íntimas. En un entorno de detención, estas agresiones pueden utilizarse como instrumentos de interrogatorio, intimidación y sometimiento psicológico.

La mayoría de las víctimas ucranianas documentadas en cautiverio son hombres, algo que durante los primeros compases del conflicto quedó bastante menos visible en el debate público. La documentación acumulada durante cuatro años ha ido desmontando ese silencio. La violencia sexual de guerra no responde necesariamente al perfil que suele imaginarse fuera de una prisión; también puede dirigirse sistemáticamente contra soldados capturados y hombres civiles detenidos.

Miles siguen cautivos y hay más de 300 lugares identificados

Determinar cuántos ucranianos continúan detenidos en Rusia o en territorios ocupados sigue siendo complicado. Oleg Gushin, del Cuartel General de Coordinación ucraniano para el Tratamiento de Prisioneros de Guerra, aseguró ante la ONU que Kyiv tiene identificados más de 300 lugares de detención y que más de 9.000 ucranianos han regresado mediante intercambios, mientras otros miles continúan cautivos. Son cifras facilitadas por las autoridades ucranianas y no equivalen a un registro independiente completo de Naciones Unidas.

Aquí aparece uno de los problemas centrales de esta guerra: el acceso. El Comité Internacional de la Cruz Roja había visitado, hasta abril de 2026, a más de 8.900 prisioneros de guerra de ambos bandos, aunque principalmente en Ucrania. La organización reconoce que todavía no dispone de acceso completo a todos los prisioneros y civiles internados. En julio, su presidenta, Mirjana Spoljaric, volvió a pedir a las autoridades rusas acceso sostenido a los cautivos.

Para las familias, esta limitación tiene una traducción menos diplomática: meses, a veces años, sin saber con certeza dónde se encuentra una persona, cuál es su estado de salud o incluso si sigue viva. El derecho internacional establece que las familias deben poder conocer el destino de sus allegados y que las partes tienen que facilitar información sobre quienes han caído en manos del enemigo.

Lo que dice Rusia y qué ha documentado la ONU sobre Ucrania

Moscú niega que exista ese sistema de abusos. Durante la reunión del 10 de agosto, la representante adjunta rusa ante Naciones Unidas, Maria Zabolotskaya, calificó las acusaciones de desinformación y afirmó que prisioneros rusos han sufrido torturas, degradación y violencia física y psicológica en manos ucranianas.

La respuesta rusa contiene un elemento que conviene separar de su intento de desacreditar las denuncias: Naciones Unidas sí ha constatado malos tratos contra prisioneros rusos y de terceros países detenidos por Ucrania. Aproximadamente la mitad de los entrevistados relató abusos, concentrados principalmente durante la captura y el traslado, antes de llegar a centros oficiales de internamiento. El informe de junio de 2026 volvió a documentar ese problema.

Pero la propia ONU advierte contra una equivalencia automática. Fuentes Julio habló de una escala fundamentalmente diferente al comparar ambos patrones. Los investigadores internacionales han tenido además acceso a centros de detención en territorio controlado por Ucrania, mientras el acceso a numerosos prisioneros retenidos por Rusia continúa siendo limitado. Una infracción no borra la otra; tampoco convierte dos magnitudes distintas en fenómenos idénticos.

Las reglas que tampoco desaparecen durante una guerra

La condición de prisionero de guerra no deja a una persona en un vacío jurídico. El Tercer Convenio de Ginebra obliga a tratar humanamente a los combatientes capturados y prohíbe la violencia, la intimidación y la tortura física o mental. El Comité Internacional de la Cruz Roja debe poder visitar a los prisioneros, acceder a los lugares donde están recluidos y repetir esas visitas cuando sea necesario.

El cautiverio no permite castigos ni interrogatorios violentos

Un soldado capturado puede ser detenido hasta que las reglas del derecho internacional permitan su liberación o repatriación, pero no torturado para obtener información, castigado por el mero hecho de haber combatido ni convertido en objeto de represalias. Los civiles privados de libertad están protegidos, a su vez, por otras disposiciones del derecho internacional humanitario y de los derechos humanos. La guerra tiene reglas precisamente porque, sin ellas, el cautiverio se convierte con facilidad en un territorio sin testigos.

La cuestión de la responsabilidad penal va por otro carril. Las ejecuciones deliberadas de prisioneros, la tortura y determinados actos de violencia sexual pueden constituir crímenes de guerra y, cuando forman parte de un ataque generalizado o sistemático contra la población civil, algunos comportamientos pueden alcanzar también la categoría de crímenes contra la humanidad. La Comisión de Investigación de la ONU ya llegó a esta última conclusión respecto a determinados patrones de desaparición forzada y tortura atribuidos a autoridades rusas.

La guerra continúa dentro de las cárceles

Los intercambios de prisioneros devuelven personas a casa, pero no resuelven lo ocurrido durante meses o años de cautiverio. Tras cada autobús que cruza una frontera hay expedientes médicos, declaraciones, familias que recuperan a alguien cambiado y posibles pruebas de delitos que tardarán años en reconstruirse. Los 1.183 días de Garsiya sirven para entender esa dimensión del conflicto mejor que cualquier mapa del frente.

El cuadro disponible en agosto de 2026 es suficientemente sólido para no reducirlo a una batalla propagandística entre Kyiv y Moscú. Existen testimonios de supervivientes, informes periódicos, entrevistas realizadas por investigadores internacionales y violaciones verificadas durante varios años. Al mismo tiempo, cada responsabilidad concreta deberá acreditarse con pruebas y atribuirse a quienes participaron en los hechos. Esa distinción importa. Mucho.

Mientras miles de ucranianos continúen cautivos y los organismos humanitarios no puedan acceder plenamente a todos ellos, seguirá existiendo una zona de sombra alrededor de las prisiones rusas. Lo que sí ha salido de esa oscuridad es el patrón descrito por quienes regresan: tortura, miedo, aislamiento y violencia sexual repetidos con una frecuencia que Naciones Unidas ya no presenta como una colección de excepciones, sino como uno de los grandes problemas de derechos humanos de esta guerra.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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