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¿Por qué Serbia amenaza con desviar el río Ibar y qué teme Kosovo?

Serbia estudia desviar el río Ibar tras la disputa con Kosovo por Ujmani, un choque que mezcla agua, energía, soberanía y tensión balcánica.

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La última tensión entre Serbia y Kosovo tiene agua de por medio, pero poco de simple disputa hidráulica. El presidente serbio, Aleksandar Vučić, ha anunciado que expertos e ingenieros estudian la posibilidad de modificar el curso del río Ibar antes de que sus aguas lleguen a Kosovo, una medida que podría reducir el caudal que alimenta el estratégico embalse de Ujmani, conocido en serbio como Gazivode. No existe, de momento, una decisión oficial para ejecutar el proyecto ni se han anunciado obras.

La amenaza es, ante todo, una represalia política. Vučić la ha vinculado al derribo de construcciones de propietarios serbios en las orillas del embalse, actuaciones que las autoridades kosovares consideran demoliciones de edificios ilegales levantados en terrenos bajo control de la empresa pública Ibër-Lepenc. Belgrado habla, en cambio, de presión contra la minoría serbia del norte de Kosovo. La Unión Europea ha pedido a ambas partes que rebajen el tono y regresen al diálogo. Una frase conocida en los Balcanes, aunque esta vez el desacuerdo no pasa por una frontera, una matrícula o un puente: pasa literalmente por un río.

Qué ha amenazado con hacer Serbia con el río Ibar

Vučić explicó el 9 de agosto que Serbia había recurrido a especialistas del sector de la construcción y a ingenieros para estudiar un posible cambio del curso del Ibar. Presentó la idea como una de las alternativas de Belgrado frente a lo que considera un deterioro de las condiciones de vida de los serbios de Kosovo.

Sus palabras tienen importancia por lo que sugieren, pero conviene medirlas. El Gobierno serbio no ha presentado un proyecto técnico, presupuesto, calendario ni ubicación para unas hipotéticas obras. Tampoco ha determinado cuánto caudal desviaría. Lo que existe es el anuncio presidencial de que esa posibilidad está siendo examinada.

No es exactamente una ocurrencia nueva. Vučić ya había mencionado en 2024 la posibilidad de modificar el Ibar después del ataque que dañó el canal Ibër-Lepenc. Entonces aseguró que era una idea antigua y terminó alejándose de ella, argumentando que no pretendía utilizar la naturaleza con fines políticos. En 2026, el concepto ha regresado al escenario, esta vez ligado al conflicto por las propiedades alrededor de Gazivode.

El presidente serbio sostiene que la gestión de los cursos de agua dentro de Serbia corresponde a su soberanía. El problema aparece aguas abajo. Los ríos, con esa incómoda costumbre suya, no suelen respetar demasiado las fronteras políticas.

Por qué el Ibar es tan importante para Kosovo

El Ibar nace en Montenegro, atraviesa territorio serbio, entra en Kosovo y posteriormente vuelve a Serbia. En el norte kosovar alimenta el enorme lago artificial de Ujmani/Gazivode, una pieza esencial del sistema hídrico del territorio.

Su importancia va bastante más allá de llenar un embalse. Ujmani es el principal reservorio de Kosovo y desde allí el agua se distribuye mediante el sistema Ibër-Lepenc hacia zonas densamente pobladas y áreas donde se concentra buena parte de la actividad económica. El canal abastece hogares y participa en el suministro necesario para agricultura, industria, minería y energía.

El agua almacenada pasa también por la central hidroeléctrica de Ujmani y continúa hacia el canal Ibër-Lepenc, de aproximadamente 49 kilómetros. Es decir, alterar de forma sustancial el caudal del Ibar no equivaldría simplemente a tener un río algo más bajo durante agosto. La infraestructura está conectada con agua potable, electricidad y actividad productiva en la zona central de Kosovo.

De ahí la sensibilidad de cualquier amenaza relacionada con Gazivode. El embalse lleva décadas siendo mucho más que una obra hidráulica: posee valor económico, estratégico y político. Un depósito de agua convertido, por la geografía y la historia, en una pieza del tablero balcánico.

Las demoliciones junto a Ujmani que encendieron la disputa

El detonante inmediato está en las orillas del lago. Durante las últimas semanas, las autoridades kosovares y la empresa pública Ibër-Lepenc han llevado a cabo una campaña contra construcciones que consideran irregulares o levantadas sobre terrenos pertenecientes a la compañía.

A finales de julio, el número de inmuebles demolidos había alcanzado los 17, entre ellos viviendas y el hotel Jezero. Las autoridades de Kosovo sostienen que se trata de construcciones ilegales; propietarios afectados, dirigentes serbokosovares y Belgrado cuestionan tanto la legalidad del procedimiento como la forma en que se ha aplicado.

La cuestión no pasó inadvertida para Bruselas. La representación de la Unión Europea en Kosovo expresó preocupación por la falta de un procedimiento adecuado y reclamó que se detuvieran nuevas demoliciones mientras se abordaban los derechos de los residentes afectados. También se ha reclamado respeto a la propiedad y al debido proceso.

Vučić convirtió después esas demoliciones en argumento para elevar la presión sobre Pristina. Según Belgrado, los derribos forman parte de un patrón destinado a desplazar a la población serbia y apropiarse de sus bienes. Kosovo rechaza esa interpretación y encuadra la operación dentro del control urbanístico y patrimonial de terrenos estratégicos.

Dos relatos, un mismo lago. Nada especialmente novedoso en la relación entre Serbia y Kosovo, donde prácticamente cualquier asunto administrativo puede acabar convertido en una batalla sobre soberanía, identidad y territorio.

¿Puede Serbia realmente desviar el Ibar?

Aquí la retórica choca con la ingeniería. Cambiar de manera significativa el curso de un río de estas características exigiría una infraestructura considerable y sus consecuencias dependerían del punto concreto donde se realizara la intervención, el volumen de agua desviado y el nuevo destino del caudal. Vučić no ha explicado ninguno de esos elementos.

Especialistas en ingeniería hidráulica han advertido de que una operación semejante sería técnicamente muy compleja y plantearía importantes dificultades jurídicas. Una alteración relevante afectaría, además, al conjunto de la población situada aguas abajo, no exclusivamente a los albanokosovares.

El Ibar es un curso de agua transfronterizo. Las normas internacionales sobre recursos hídricos compartidos se apoyan precisamente en principios de cooperación, utilización razonable del agua y prevención de daños significativos aguas abajo. El particular estatus internacional de Kosovo complica la discusión jurídica, porque Serbia no reconoce su independencia, pero no modifica un hecho elemental: el agua cruza fronteras y cualquier intervención sustancial produciría consecuencias fuera del lugar donde se realizaran las obras.

Por eso resulta prematuro hablar de un inminente corte de agua a Kosovo. No existe un desvío en marcha conocido públicamente. Existe una amenaza política, un estudio anunciado por Vučić y una infraestructura demasiado importante como para que Bruselas considere esas palabras simple ruido doméstico.

Por qué ha intervenido la Unión Europea

La Comisión Europea reaccionó este 11 de agosto recordando que las amenazas sobre el caudal y las medidas unilaterales no ayudan a normalizar las relaciones entre Serbia y Kosovo. La portavoz comunitaria Anitta Hipper insistió en que la salida pasa por el diálogo entre Belgrado y Pristina.

Bruselas tiene, además, una herramienta considerable para hacerse escuchar. La normalización de las relaciones está vinculada al futuro europeo de ambas partes. El acuerdo alcanzado en 2023 y su anexo de aplicación de Ohrid incorporaron los compromisos del diálogo a los respectivos procesos europeos, con posibles consecuencias políticas y financieras cuando esos compromisos no avanzan.

La UE intenta así impedir que otro conflicto local se transforme en una escalada. En el norte de Kosovo, donde existe una importante comunidad serbia y donde Belgrado conserva una considerable influencia política, decisiones aparentemente administrativas pueden convertirse rápidamente en asuntos de seguridad.

Y el Ibar ya es un símbolo de esa división. Su puente en Mitrovica ha estado durante años asociado a la separación entre las zonas de mayoría albanesa y serbia de la ciudad. El río que físicamente atraviesa el territorio también atraviesa, desde hace tiempo, buena parte de sus tensiones políticas.

Serbia y Kosovo arrastran un conflicto que sigue sin resolverse

Kosovo declaró unilateralmente su independencia en 2008. Serbia sigue considerándolo parte de su territorio y no reconoce su soberanía. Desde entonces, la Unión Europea ha impulsado numerosas rondas de negociación destinadas a conseguir una convivencia práctica incluso sin resolver de inmediato la cuestión definitiva del reconocimiento.

El problema es que los avances suelen convivir con crisis recurrentes: matrículas de vehículos, presencia policial, elecciones locales, instituciones serbias, puentes, energía, propiedades. Ahora, agua.

El acuerdo europeo de normalización establece compromisos destinados a rebajar esa confrontación y el anexo de Ohrid vincula su cumplimiento a los respectivos caminos hacia Europa. Pero la aplicación continúa siendo difícil y cada episodio en el norte kosovar recuerda hasta qué punto la normalización sigue incompleta.

El conflicto sobre Gazivode concentra casi todos esos problemas en una sola imagen. Para Kosovo, el embalse es infraestructura estratégica dentro de su territorio. Para Serbia, también está íntimamente ligado a la población serbia del norte y a una región cuya independencia no reconoce. Cuando Pristina derriba propiedades junto al lago, Belgrado lo interpreta en términos nacionales; cuando Belgrado habla de cambiar el río, Kosovo lo percibe como una amenaza sobre recursos vitales.

El Ibar, de recurso natural a instrumento de presión

Por ahora, el escenario más inmediato no es el de excavadoras desviando el río, sino el de una nueva batalla política entre Vučić y las autoridades kosovares. El presidente serbio ha elevado deliberadamente el coste verbal de las demoliciones de Ujmani; Pristina sostiene que está actuando contra construcciones ilegales; Bruselas cuestiona procedimientos de Kosovo y, al mismo tiempo, considera contraproducente amenazar con alterar el caudal.

Eso explica de qué trata realmente la disputa. No es una guerra por el agua en sentido clásico, ni Kosovo se encuentra a las puertas de quedarse sin suministro. Es una nueva manifestación del conflicto de soberanía entre Serbia y Kosovo, esta vez alrededor de una infraestructura particularmente vulnerable porque conecta territorio, población, energía y agua.

El río seguirá bajando de las montañas mientras la política discute quién manda sobre sus orillas. En los Balcanes, a veces basta eso para convertir unos metros cúbicos de agua en una cuestión de Estado.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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