Síguenos

Actualidad

¿Dónde golpeó más el terremoto de Colombia y por qué hubo tanto daño?

El terremoto dejó daños desiguales en Colombia: epicentro, pobreza, vivienda y protocolos explican por qué algunas zonas sufrieron mucho más.

Publicado

el

Dónde golpeó más el terremoto de Colombia

Las zonas más castigadas por el terremoto de magnitud 7,4 que sacudió Colombia el 10 de agosto dibujan un mapa bastante menos obvio de lo que sugiere mirar únicamente el epicentro. Pereira y Cali concentran buena parte de las víctimas y algunos de los colapsos más graves, mientras San José del Palmar y otros municipios de Chocó soportan daños severos agravados por el aislamiento. Manizales, Armenia y distintos puntos de Cauca, Valle del Cauca y Antioquia completan un corredor occidental profundamente afectado. Los recuentos continúan sujetos a revisión, aunque los balances disponibles ya situaron el número de fallecidos por encima de 200 y un recuento de autoridades locales llegó a 254 muertos, 101 de ellos en Pereira y 95 en Cali.

No existe una explicación única. El epicentro estuvo junto a San José del Palmar, en Chocó, pero el terremoto se originó a unos 107 kilómetros de profundidad, una cota suficiente para que sus ondas alcanzaran con fuerza una superficie muy extensa. A partir de ahí entran en escena otros factores: densidad de población, comportamiento de los suelos, antigüedad y calidad de los edificios, construcción informal, mantenimiento, accesibilidad de los barrios y capacidad de los servicios de emergencia. La pobreza pesa mucho, sí, pero no funciona como una brújula sísmica. El terremoto golpeó tanto territorios extremadamente pobres como áreas urbanas consolidadas.

El mapa del desastre no termina donde está el epicentro

San José del Palmar está prácticamente encima del origen geográfico del terremoto. Sin embargo, Pereira aparece como uno de los grandes epicentros humanos de la tragedia. La ciudad risaraldense acumulaba 101 fallecidos en uno de los principales recuentos de autoridades locales, además de edificios residenciales destruidos o gravemente dañados. En Cali, tercera gran ciudad del país, el mismo balance situaba las víctimas mortales en 95. Los equipos de rescate continuaban trabajando entre bloques de viviendas, colegios y centros sanitarios afectados.

Ahí aparece una distinción importante. El epicentro sísmico indica el punto de la superficie situado sobre el foco del terremoto; no señala automáticamente el lugar donde se producirán más muertes. Un terremoto profundo y potente puede distribuir su energía sobre una zona enorme, y lo que sucede después depende de qué encuentra esa energía al llegar arriba: una casa ligera, una torre de varias plantas, un terreno que amplifica determinadas frecuencias o un edificio antiguo con reformas acumuladas durante décadas.

Los llamados efectos de sitio pueden modificar considerablemente la sacudida. Sedimentos superficiales, espesor de los depósitos, propiedades del suelo, topografía y estabilidad del terreno pueden amplificar el movimiento respecto a otros lugares relativamente próximos. Dos barrios separados por unos kilómetros pueden, literalmente, vivir terremotos distintos bajo sus pies.

Chocó: muy cerca del origen y muy lejos de casi todo

En Chocó se juntan dos vulnerabilidades. Una está bajo tierra; la otra lleva décadas a plena vista. San José del Palmar, municipio de unos 5.000 habitantes, contabilizaba alrededor de 500 viviendas afectadas y unas 20 estructuras completamente colapsadas. En Quibdó también se registraron viviendas destruidas, fallecidos y más de un centenar de heridos. En numerosos municipios, las comunicaciones, el suministro eléctrico y los servicios básicos quedaron interrumpidos o debilitados.

La geografía de Chocó hace el resto. El departamento tiene una red terrestre muy limitada y una enorme dependencia del transporte aéreo y fluvial. San José del Palmar ya arrastraba dificultades en su conexión terrestre con Valle del Cauca antes del terremoto. Cuando una carretera precaria recibe derrumbes, las telecomunicaciones fallan y hacen falta excavadoras, médicos, combustible y alimentos al mismo tiempo, cada kilómetro adquiere otra medida. No son kilómetros; son horas.

Y aparece el dato incómodo. Chocó registró una pobreza monetaria del 67,4% en 2024, la mayor entre los departamentos colombianos medidos oficialmente. Esa desigualdad no explica la magnitud 7,4 ni la profundidad del foco. Sí ayuda a comprender por qué recuperarse puede resultar mucho más difícil: viviendas con menor inversión y mantenimiento, infraestructuras escasas, administraciones con recursos limitados, carreteras frágiles y familias con poco margen económico para abandonar una casa insegura durante semanas o meses.

Pereira y Cali: más población significa también más exposición

El caso de Pereira desmonta, sin embargo, cualquier explicación basada exclusivamente en la pobreza. El mayor número de fallecidos registrado en algunos de los balances locales se concentró allí, no en Chocó. El Eje Cafetero está además dentro de una región de elevada amenaza sísmica que conoce bien el fenómeno: el terremoto de 1999 dejó una cicatriz histórica en Armenia, Pereira y sus alrededores.

Pereira dispone desde hace años de estudios de microzonificación sísmica, precisamente porque el terreno urbano no responde de manera uniforme. Estos análisis identifican zonas con distintas respuestas ante un terremoto y permiten ajustar las exigencias de diseño a las características locales del suelo. Que existan esos estudios no significa que cualquier derrumbe pueda atribuirse al terreno. Significa algo más prudente: conocer la magnitud no basta para explicar qué ocurrió edificio por edificio.

Cali presenta otro factor: la escala. Millones de personas, miles de edificios, hospitales, colegios, bloques residenciales, carreteras y redes de servicios multiplican los puntos donde una sacudida puede convertirse en emergencia. En el complejo residencial Torres del Limonar, por ejemplo, los rescatistas consiguieron sacar con vida a una mujer entre los escombros mientras continuaba la búsqueda de víctimas. No se trataba de una remota vivienda rural, sino de un conjunto de torres situado en una zona urbana consolidada. El dinero tampoco funciona como aislante sísmico.

¿Golpeó más a zonas pobres o ricas?

La respuesta seria es que golpeó de forma diferente. Confundir pobreza con causa física del desastre sería un error; ignorarla también.

En las áreas pobres, una vivienda autoconstruida, ampliada sin supervisión técnica o levantada con materiales poco adecuados puede tener menor margen frente a movimientos intensos. Después llega la segunda factura: menos seguros, menos ahorros, peor transporte, menor capacidad sanitaria y mayores dificultades para encontrar alojamiento provisional. En las zonas rurales esa distancia entre las normas escritas y las condiciones reales de construcción sigue siendo uno de los grandes puntos débiles.

Pero una ciudad relativamente próspera puede sufrir más muertos simplemente porque acumula más personas y más superficie construida expuestas. También puede conservar edificios levantados con normas antiguas, estructuras modificadas posteriormente, plantas bajas transformadas para comercios o construcciones que, aun siendo formales, encuentran una solicitación extraordinaria. Y un bloque de diez pisos concentra en pocos metros lo que una población rural dispersa reparte por kilómetros.

Por eso conviene evitar sentencias rápidas sobre los edificios derrumbados. Un colapso no demuestra automáticamente incumplimiento de la normativa. Para conocer sus causas habrá que estudiar el proyecto, el año de construcción, los materiales, la cimentación, las reformas posteriores, el tipo de suelo, la intensidad realmente soportada y posibles errores de ejecución. La ruina es visible enseguida; la causa estructural necesita bastante más tiempo.

Colombia tiene normas sísmicas; el problema está también en lo construido

Colombia no llega a esta tragedia sin regulación. La NSR-10, Reglamento Colombiano de Construcción Sismo Resistente, establece requisitos de diseño, construcción y reforzamiento destinados a evitar el colapso y proteger vidas. Aproximadamente el 86% de la población colombiana vive en zonas de amenaza sísmica alta o intermedia. Aquí los terremotos no son una extravagancia estadística llegada de otro planeta; forman parte del riesgo conocido del territorio.

La cuestión delicada está en el parque inmobiliario existente. Las normas modernas mejoran los edificios nuevos, pero una ciudad no se reconstruye cada vez que cambia un reglamento. Permanecen casas anteriores a las reglas actuales, edificaciones informales y construcciones sometidas con los años a ampliaciones o intervenciones de calidad desigual. Esa distancia entre un buen diseño normativo y su cumplimiento efectivo se vuelve particularmente importante en la vivienda popular.

Tampoco todo termina en el hormigón. Los protocolos de emergencia necesitan hospitales utilizables, comunicaciones, carreteras abiertas y aeropuertos disponibles. El terremoto obligó a cerrar temporalmente varios aeropuertos por daños, entre ellos los de Pereira, Quibdó, Manizales y Armenia, y dejó interrupciones de electricidad, agua, telefonía y atención sanitaria, especialmente graves en Chocó. Un edificio puede sobrevivir y, aun así, la ciudad que lo rodea quedar durante horas medio paralizada.

La respuesta también ha sido desigual porque desigual era el punto de partida. En Pereira y Cali pudieron desplegarse grúas, excavadoras, personal sanitario y grandes grupos de voluntarios; en comunidades aisladas del Pacífico, llegar hasta el damnificado se convirtió en parte del propio rescate. La misma sacudida encontró dos Colombias distintas.

Manizales, Armenia y el resto del corredor occidental

La destrucción no queda encerrada en el triángulo Chocó-Pereira-Cali. Manizales y Armenia figuran entre las ciudades con daños importantes; en Quindío, Armenia, Quimbaya y Montenegro estuvieron entre los municipios más afectados inicialmente. Cauca comunicó daños en decenas de municipios, entre ellos Popayán, Santander de Quilichao, El Tambo, Caldono, Morales, Toribío, Puracé y Silvia. Incluso departamentos más alejados, como Antioquia y Huila, notificaron centenares de viviendas, colegios y otras edificaciones afectadas.

Ese abanico territorial encaja con la profundidad del terremoto. Un foco situado aproximadamente a 100 kilómetros bajo la superficie puede producir una huella de percepción y daños muy extensa. No significa que todos esos lugares hayan soportado la misma intensidad. Precisamente ahí entran los mapas instrumentales, las inspecciones de campo y los estudios posteriores que permitirán separar el efecto regional del terremoto de las condiciones específicas de cada municipio, barrio y edificio.

Mientras continúan las réplicas, el problema inmediato no es únicamente que aparezcan nuevos daños. Una construcción debilitada por el movimiento principal puede tolerar bastante peor una sacudida posterior. De ahí las evacuaciones preventivas, los perímetros alrededor de estructuras inestables y la necesidad de revisar los edificios antes de permitir el regreso de sus habitantes.

La geografía mueve el suelo; la vulnerabilidad decide el daño

El terremoto de Colombia deja una lección bastante menos cómoda que señalar un punto rojo sobre un mapa. San José del Palmar fue el epicentro, pero Pereira y Cali se convirtieron en dos de los grandes centros humanos de la catástrofe. Chocó muestra con crudeza cuánto pesan pobreza, aislamiento y servicios precarios; Pereira recuerda que una ciudad más desarrollada y acostumbrada al riesgo sísmico tampoco queda a salvo; Cali enseña lo que ocurre cuando una sacudida muy potente alcanza una enorme concentración urbana.

La magnitud explica la energía liberada. La profundidad ayuda a entender la extensión. Los suelos modifican cómo llega la onda. Las viviendas, la densidad urbana y las infraestructuras convierten después esa energía en daños, o consiguen contenerlos. Ahí está la verdadera frontera entre un terremoto muy fuerte y una catástrofe humana: no una línea simple entre barrios ricos y pobres, sino la suma, edificio a edificio, de exposición, ingeniería, desigualdad y capacidad pública de respuesta.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído