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Economía

Déficit comercial de EE.UU.: ¿qué explica el salto de julio de 2026?

El déficit comercial de EE.UU. alcanzó 88.600 millones en julio, con más compras tecnológicas al exterior y una caída notable de las exportaciones.

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Resumen

  • El déficit comercial de EE.UU. subió a 88.600 millones de dólares en julio
  • Las importaciones tecnológicas crecieron y las exportaciones retrocedieron
  • El saldo de enero a julio aún mejora un 29,6% frente al mismo periodo de 2025

El déficit comercial de Estados Unidos volvió a ensancharse con fuerza en julio de 2026 y alcanzó los 88.600 millones de dólares, su nivel más elevado desde marzo de 2025. El desequilibrio aumentó un 24,4% respecto a junio, cuando había quedado en 71.200 millones, aunque el resultado fue ligeramente mejor de lo previsto por los analistas, que esperaban una cifra cercana a los 90.000 millones.

La explicación inmediata es bastante clara: Estados Unidos compró mucho más al exterior y, al mismo tiempo, vendió menos. Las importaciones crecieron un 2,8%, hasta 399.300 millones de dólares, mientras las exportaciones retrocedieron un 2,1%, hasta 310.700 millones. Bajo esas dos cifras, sin embargo, aparece un movimiento bastante más sugerente: buena parte del salto procede de maquinaria tecnológica, ordenadores y chips vinculados a la enorme inversión estadounidense en inteligencia artificial.

Por qué ha aumentado tanto el déficit comercial de Estados Unidos

El grueso del deterioro se produjo en el comercio de mercancías. El déficit de bienes creció en 17.600 millones de dólares durante julio hasta alcanzar los 119.600 millones, mientras que el tradicional superávit estadounidense en servicios mejoró ligeramente, en 200 millones, hasta situarse en 31.000 millones. El problema —o, mejor dicho, el desequilibrio— está esencialmente en las cosas que caben en un barco, un avión de carga o un contenedor.

Las importaciones de mercancías aumentaron hasta 320.600 millones de dólares, 11.400 millones más que en junio. Y aquí aparece el dato que cambia bastante la lectura: las compras de bienes de capital crecieron en 14.400 millones y alcanzaron el récord de 140.300 millones.

No se trata principalmente de televisores, zapatillas o juguetes entrando en los puertos estadounidenses. Son equipos utilizados para producir, procesar datos y ampliar capacidad empresarial. Solo las importaciones de ordenadores aumentaron en 6.900 millones; los accesorios informáticos, otros 6.600 millones, y los semiconductores, 1.200 millones. Un cargamento tecnológico de dimensiones considerables.

La inteligencia artificial también viaja en contenedores

Estados Unidos lidera buena parte del desarrollo empresarial de la inteligencia artificial, pero eso no significa que todos los componentes físicos necesarios para levantar esa infraestructura se fabriquen dentro de sus fronteras. Centros de datos, servidores, chips, sistemas informáticos y equipos asociados dependen de cadenas de suministro internacionales repartidas entre Asia, Norteamérica y otros mercados.

La fiebre inversora en infraestructura para IA está empujando así una categoría de importaciones que puede empeorar el déficit comercial a corto plazo y, al mismo tiempo, representar inversión productiva para los próximos años. Es una paradoja solo en apariencia: importar mucho no equivale necesariamente a que una economía se esté debilitando. A veces ocurre precisamente porque sus empresas están gastando, construyendo y ampliando capacidad.

De hecho, las importaciones estadounidenses de bienes de capital registraron en julio un avance mensual del 11,4%, el mayor desde 1993. El dato encaja con una economía en la que el gasto empresarial tecnológico se ha convertido en una de las grandes corrientes de inversión. Servidores, procesadores y equipamiento para centros de datos cuestan dinero; y una parte sustancial de esa factura se paga fuera de Estados Unidos.

Las exportaciones también cayeron y ampliaron la brecha

La otra mitad de la ecuación fue menos vistosa y bastante sencilla: Estados Unidos exportó menos. Las ventas de bienes al exterior descendieron en 6.200 millones de dólares, hasta 201.000 millones.

El descenso se concentró en suministros y materiales industriales, cuyas exportaciones cayeron 8.700 millones. Dentro de esa categoría sobresalieron el petróleo crudo, con 4.500 millones menos, y el oro no monetario, con un descenso de 3.900 millones. Las exportaciones de bienes de capital, en cambio, crecieron 1.900 millones, y las de bienes de consumo aumentaron 1.700 millones, apoyadas por los productos farmacéuticos.

También bajaron ligeramente las exportaciones de servicios, hasta 109.700 millones de dólares. Los ingresos procedentes de viajes, transporte y servicios financieros retrocedieron, aunque otras partidas, como los derechos derivados de la propiedad intelectual, mejoraron.

El resultado global es casi de manual: más importaciones y menos exportaciones. Cuando ambos movimientos ocurren a la vez, la distancia entre las dos líneas se abre deprisa. Julio fue precisamente uno de esos meses.

Aranceles, México y una geografía comercial que está cambiando

El dato llega en plena transformación de la política comercial estadounidense. La Administración de Donald Trump ha recurrido de nuevo a los aranceles como instrumento para reducir dependencias, presionar a sus socios y corregir el déficit exterior. Sin embargo, una barrera aduanera no funciona como una persiana que se baja por la mañana y detiene las importaciones esa misma tarde.

Las empresas pueden adelantar compras, cambiar de proveedor, absorber parte del arancel, trasladarlo a los precios o simplemente seguir importando cuando no existe una alternativa doméstica suficientemente rápida. En sectores tecnológicos ocurre algo todavía más incómodo: determinadas cadenas industriales llevan décadas construyéndose y no pueden mudarse con un decreto y un mapa sobre la mesa.

Por eso conviene evitar una conclusión demasiado fácil. El déficit de julio no demuestra por sí solo que la política arancelaria haya fracasado, igual que una reducción mensual tampoco probaría automáticamente su éxito. Los flujos comerciales dependen también del consumo interno, la inversión empresarial, los tipos de cambio, los precios energéticos y el comportamiento de compañías que intentan anticiparse a cambios regulatorios.

La comparación con marzo de 2025 lo ilustra bien. Aquel mes el déficit estadounidense alcanzó un récord histórico de 140.500 millones de dólares, dentro de un periodo marcado por fuertes movimientos de inventarios y compras exteriores. Frente a aquello, los 88.600 millones de julio son elevados, sí, pero quedan muy lejos del máximo absoluto.

La geografía del déficit también se está moviendo. China continúa siendo un socio fundamental, pero ya no explica por sí sola la fotografía del comercio estadounidense. En julio, el mayor déficit de mercancías entre los principales socios se registró con México, con 27.500 millones de dólares. Le siguieron Vietnam, con 23.300 millones; Taiwán, con 18.100 millones; China, con 15.200 millones, y Corea del Sur, con 10.400 millones. El déficit con la Unión Europea se situó en 8.900 millones.

México destaca especialmente. El desequilibrio bilateral aumentó en 7.200 millones de dólares en un solo mes: Estados Unidos exportó mercancías por 32.600 millones e importó por 60.100 millones. Es una fotografía que habla tanto del déficit como de la profunda integración industrial entre ambos países.

Parte de las cadenas manufactureras que antes apuntaban casi exclusivamente hacia China se han ido redistribuyendo entre México, Vietnam, Taiwán y otros centros productivos asiáticos. Cambia el origen de las cajas; la necesidad estadounidense de importar determinados bienes, no siempre tanto.

Con Canadá ocurrió lo contrario. El déficit estadounidense bajó en 3.700 millones, hasta 3.200 millones de dólares, porque aumentaron algo las exportaciones y disminuyeron las importaciones. Otra muestra de que el balance comercial no se mueve como un bloque uniforme: cada socio, sector y producto cuenta su propia historia.

El acumulado de 2026 cuenta una historia bastante distinta

Hay una cifra que evita convertir julio en una película de catástrofes económicas: entre enero y julio de 2026, el déficit estadounidense de bienes y servicios fue 188.400 millones de dólares menor que durante el mismo periodo de 2025. En términos porcentuales, la reducción alcanza el 29,6%.

En esos siete meses las exportaciones crecieron un 12%, mientras las importaciones avanzaron solo un 1,9%. Dicho de otra manera, el salto de julio es notable y merece atención, pero todavía no borra la mejoría acumulada durante el año. Una fotografía mensual puede ser aparatosa; la película completa, bastante menos dramática.

Hay, eso sí, señales menos cómodas cuando se suaviza el ruido mensual. La media móvil del déficit durante los tres meses terminados en julio aumentó hasta 78.500 millones de dólares, 11.900 millones más que en el periodo anterior. Es una señal de que la brecha comercial vuelve a ensancharse después de varios meses extremadamente volátiles.

Qué supone este déficit para el crecimiento de Estados Unidos

En las cuentas nacionales, las importaciones se restan al calcular el producto interior bruto porque representan producción realizada fuera del país. Eso no convierte una importación en algo económicamente negativo por definición. Un servidor comprado en el extranjero, por ejemplo, puede aumentar después la productividad de una compañía estadounidense durante años.

El comercio exterior ya restó alrededor de 1,14 puntos porcentuales al crecimiento estadounidense durante el segundo trimestre, cuando la economía avanzó a una tasa anualizada del 1,5%. Con el fuerte aumento de las importaciones observado en julio, el sector exterior podría volver a ejercer presión sobre las cifras del tercer trimestre.

Todo dependerá de lo que ocurra durante agosto y septiembre. Un único mes, especialmente en una etapa de cambios arancelarios, grandes inversiones tecnológicas y alteraciones en los mercados energéticos, puede ofrecer una imagen exagerada. En comercio exterior hay bastante ruido: pedidos que se adelantan, barcos que llegan unos días antes o después, compras extraordinarias de materias primas. Conviene mirar varios meses antes de proclamar una nueva tendencia.

Una economía que compra parte de su futuro fuera de casa

El déficit comercial estadounidense de julio es llamativo porque reúne dos movimientos poco favorables para la balanza: las importaciones suben y las exportaciones bajan. Pero su composición obliga a afinar el diagnóstico. Una parte considerable de las nuevas compras no corresponde a una oleada de consumo corriente, sino a equipos tecnológicos y bienes de capital relacionados con la inversión empresarial.

Ahí está la peculiaridad. Estados Unidos intenta reducir su dependencia exterior mientras sus compañías corren para construir la infraestructura de la próxima revolución tecnológica, y una parte de esa infraestructura sigue llegando del extranjero. Los aranceles quieren levantar paredes; los centros de datos siguen necesitando chips.

Los 88.600 millones de dólares de julio son, por eso, algo más que otro número incómodo de la balanza comercial. Reflejan la tensión entre una política que busca fabricar más dentro de Estados Unidos y una economía que, por tamaño, consumo y velocidad inversora, continúa necesitando enormes cantidades de bienes producidos fuera de sus fronteras.

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Fundador de DonPorqué y curioso empedernido. Escribe sobre tecnología, viajes, gastronomía, cultura y todo lo que le genera una pregunta con un buen «¿por qué?» detrás. En su tiempo libre es aficionado a los casinos online y aprovecha esa experiencia para compartir análisis y recomendaciones sobre el sector del iGaming.