Economía
¿Por qué Canadá está hundiendo el whisky y las destilerías de EE.UU.?
El boicot de Canadá al alcohol estadounidense hunde las exportaciones de whisky y vino y deja cientos de millones en pérdidas para el sector.

Resumen
- El boicot canadiense hunde las ventas de alcohol estadounidense
- Las exportaciones de destilados a Canadá cayeron cerca de un 70%
- El fracaso comercial aleja el regreso del whisky a las tiendas
Las destilerías estadounidenses afrontan uno de los daños colaterales más visibles de la guerra comercial entre Washington y Ottawa. El fracaso de las últimas negociaciones entre Estados Unidos y Canadá ha dejado prácticamente sin salida inmediata al boicot provincial contra el alcohol estadounidense, vigente desde marzo de 2025 en buena parte del país. Lo que comenzó como una represalia política contra los aranceles de Donald Trump se ha convertido, 18 meses después, en un agujero de cientos de millones para productores de whisky, bourbon, vino y otros licores.
Las cifras explican el nerviosismo bastante mejor que cualquier comunicado empresarial. Entre marzo y diciembre de 2025, las exportaciones estadounidenses de bebidas espirituosas a Canadá se desplomaron alrededor de un 70%, desde 203 millones de dólares en el mismo periodo de 2024 hasta apenas 60 millones. En el caso del vino, la caída acumulada de las exportaciones entre 2024 y 2026 ronda el 78%, con unos 357 millones de dólares en ventas perdidas. Canadá era demasiado importante para fingir que aquello era simplemente una pelea diplomática más.
Un acuerdo parecía cerca hasta que todo volvió a romperse
Durante unos días de agosto, la industria estadounidense llegó a pensar que veía la salida. Washington y Ottawa habían avanzado hacia un acuerdo comercial y el primer ministro canadiense, Mark Carney, pidió a los gobiernos provinciales que considerasen devolver las bebidas estadounidenses a sus establecimientos públicos. En Canadá, conviene recordarlo, buena parte de la venta de alcohol pasa por monopolios o redes provinciales, de modo que la decisión no depende únicamente del Gobierno federal.
El optimismo duró poco. Las conversaciones se rompieron el 21 de agosto, después de que ambas partes fueran incapaces de cerrar un pacto y Canadá rechazara condiciones estadounidenses que consideraba perjudiciales para sectores estratégicos y para su capacidad de decidir futuros acuerdos comerciales. Washington respondió con aranceles del 50% sobre una parte de las importaciones canadienses; Ottawa anunció represalias. El whisky quedó otra vez atrapado entre coches, lácteos, acero, aluminio y política industrial. Un lugar extraño para una botella de bourbon, pero bastante habitual cuando empieza una guerra comercial.
Para los destiladores estadounidenses, la ruptura tenía una consecuencia mucho más concreta: desaparecía la posibilidad inmediata de recuperar las estanterías canadienses. Chris Swonger, presidente del Distilled Spirits Council of the United States, había confiado en que el acuerdo devolviese sus productos a las tiendas. La retirada canadiense de las conversaciones dejó esa esperanza en suspenso y a una industria que asegura estar sufriendo daños económicos importantes sin fecha clara para recuperar uno de sus mercados históricos.
Cómo nació el boicot canadiense al alcohol de EE.UU.
La batalla comenzó en marzo de 2025. Ante los aranceles estadounidenses contra productos canadienses, varias provincias retiraron de sus tiendas whisky, bourbon, vino, cerveza y otros productos fabricados en Estados Unidos. No se trataba únicamente de aplicar un impuesto que encareciera una botella: en numerosos territorios, sencillamente dejó de estar disponible a través de los canales públicos de distribución.
La dimensión del golpe se entiende mirando a Ontario. Antes de retirar esos productos, la provincia movía aproximadamente 965 millones de dólares canadienses anuales en alcohol estadounidense. Un año después de ordenar su retirada, parte del inventario seguía almacenado y alrededor de dos millones de dólares canadienses en bebidas estaban caducando o próximas a hacerlo. Mientras tanto, las ventas de productos elaborados en Ontario habían crecido con fuerza.
Canadá descubrió que podía presionar donde más dolía
El alcohol resultó ser una herramienta comercial peculiarmente eficaz. No paraliza una cadena industrial como puede hacerlo un arancel sobre el acero, pero tiene una enorme visibilidad política. Una botella de Kentucky desaparecida de una tienda de Toronto se entiende mucho mejor que una tabla de derechos aduaneros.
Y había otro detalle: Canadá era uno de los principales compradores del sector estadounidense. El impacto fue tan desproporcionado que, en 2025, las exportaciones totales de bebidas espirituosas de Estados Unidos bajaron un 3,8%, hasta 2.370 millones de dólares; descontando Canadá, en cambio, habrían aumentado un 2,5%. Dicho de otra forma, un único mercado consiguió convertir un año de crecimiento internacional en un ejercicio negativo para el conjunto del sector.
El bourbon paga una guerra que no empezó en una destilería
La industria estadounidense lleva meses insistiendo en que sus productores se han convertido en víctimas indirectas de decisiones tomadas bastante lejos de las barricas. En 2025, las fricciones comerciales coincidieron con una reducción del empleo en las destilerías estadounidenses: el sector perdió cerca de 1.000 puestos de trabajo entre septiembre de 2024 y septiembre de 2025, según datos presentados por su principal asociación empresarial ante las autoridades comerciales de Washington.
Tampoco ayuda el momento económico. Brown-Forman, propietaria de Jack Daniel’s, informó de una demanda débil en varios mercados desarrollados y reconoció que las dificultades de distribución en Canadá continúan. La compañía mantiene sus previsiones anuales, pero opera en un mercado donde los consumidores vigilan más el gasto y el consumo de alcohol muestra señales de enfriamiento. Perder Canadá justo entonces es como descubrir una gotera cuando ya tienes agua en el sótano.
Solo dos provincias habían abierto de nuevo la puerta
La retirada estadounidense no ha sido completamente uniforme. Alberta y Saskatchewan fueron durante meses las dos grandes excepciones y volvieron a permitir la comercialización de bebidas procedentes de Estados Unidos, mientras el veto continuaba en las demás provincias.
Pero tampoco ahí llegó la tranquilidad. Saskatchewan anunció a finales de agosto un recargo del 50% sobre el alcohol estadounidense, con entrada en vigor prevista para el 8 de septiembre, como respuesta a la nueva escalada arancelaria de Washington. Incluso en uno de los pocos lugares donde seguían disponibles, las botellas estadounidenses afrontaban otra sacudida comercial.
El problema ya no es únicamente volver a las tiendas
Hay una incógnita todavía más incómoda para las destilerías: recuperar las estanterías no garantiza recuperar al comprador.
El boicot institucional ha convivido durante meses con otro fenómeno más difícil de desmontar mediante un tratado: el rechazo voluntario de parte de los consumidores canadienses a los productos estadounidenses. Una encuesta publicada en agosto mostraba que alrededor del 69% de los consultados en varias provincias apoyaba mantener las restricciones sobre el alcohol de Estados Unidos; solo el 19% defendía devolverlo a las tiendas.
Eso cambia bastante el problema. Cuando una provincia retira Jack Daniel’s, basta una decisión administrativa para devolverlo. Cuando un consumidor sustituye durante año y medio un bourbon de Kentucky por un whisky canadiense y descubre que le gusta, recuperar la venta es otra historia.
Los distribuidores provinciales, además, funcionan con una lógica muy sencilla: necesitan vender existencias antes de realizar nuevos pedidos. Incluso si desaparecieran todas las prohibiciones, un regreso flojo del alcohol estadounidense podría traducirse en pedidos menores durante meses. La diplomacia puede abrir la puerta; no puede obligar a nadie a coger la botella.
Whisky, vino y política en una frontera que ya no es la misma
El conflicto del alcohol retrata, en pequeño, el deterioro comercial entre dos economías que durante décadas funcionaron con una frontera casi rutinaria. El whisky estadounidense no es el origen de la disputa, pero se ha convertido en uno de sus símbolos: fácil de retirar, visible para el consumidor y doloroso para regiones productoras de Estados Unidos.
El fracaso del acuerdo de agosto ha prolongado esa anomalía. Las destilerías estadounidenses siguen perdiendo ventas, los productores de vino han visto evaporarse cientos de millones y las provincias canadienses conservan una palanca política que Washington quiere eliminar. Mientras tanto, la escalada arancelaria sigue alimentándose a sí misma: un impuesto provoca una represalia, la represalia genera otro impuesto y, entre medias, alguien descubre que su mercado exterior prácticamente ha desaparecido.
Hay cierta ironía en todo ello. Durante generaciones, el whisky norteamericano envejecía despacio en barricas mientras el comercio atravesaba la frontera con relativa facilidad. Ahora las botellas están listas, pero el mercado no. Y 18 meses de boicot empiezan a demostrar algo que inquieta mucho más a las destilerías que cualquier arancel temporal: perder un cliente puede ocurrir de golpe; convencerlo de que vuelva suele llevar bastante más tiempo.

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