Economía
¿Aumentará el precio de los alimentos en España? Lo que viene en 2027
El clima, la energía y las materias primas vuelven a presionar el precio de los alimentos, con riesgo de nuevas subidas en España durante 2027.

Resumen
- Los alimentos afrontan nuevas presiones al alza de cara a 2027
- Clima, energía y materias primas elevan el riesgo de nuevas subidas
- España aún está lejos de las fuertes alzas alimentarias de 2022
Todo apunta a que los alimentos afrontan nuevas presiones al alza durante los próximos meses y, con más intensidad, a lo largo de 2027. Eso no significa que toda la cesta de la compra vaya a dispararse de golpe ni que volvamos necesariamente a las subidas extraordinarias de 2022 y 2023. Pero varias piezas empiezan a encajar en la misma dirección: peores cosechas en algunas zonas de Europa, un potente episodio de El Niño, fertilizantes y energía más caros, problemas en el comercio del Mar Negro y un transporte que vuelve a costar más.
La señal ya aparece, aunque todavía de manera contenida, en los precios españoles. Los alimentos y bebidas no alcohólicas subieron un 2,3 % interanual en agosto, siete décimas más que un mes antes. El IPC general alcanzó el 4,3 %, su nivel más alto desde febrero de 2023, si bien esta vez el gran responsable fue el encarecimiento de los carburantes y no la comida. La inflación subyacente, de hecho, bajó una décima y quedó en el 2,9 %.
Es decir: la compra todavía no está protagonizando el gran salto inflacionista, pero el terreno se ha vuelto menos tranquilo. El economista Gonzalo Bernardos, catedrático de Economía de la Universidad de Barcelona, ha advertido de un encarecimiento más acusado durante los próximos meses y especialmente en 2027, aunque prevé un impacto inferior al vivido en la anterior crisis alimentaria. Su pronóstico no es un dato consumado, naturalmente. Sí coincide con varias señales objetivas que están apareciendo en los mercados agrícolas internacionales.
La señal ya aparece en los precios de los alimentos
La fotografía española tiene una peculiaridad. El precio de la comida está creciendo mucho menos que el IPC general, pero ha dejado de enfriarse al ritmo de hace unos meses. Agosto rompió parte de esa calma: la tasa anual de los alimentos avanzó siete décimas respecto a julio. Mientras tanto, BBVA Research prevé que la inflación general pueda acercarse al 4,7 %-4,9 % en septiembre, principalmente por la energía, aunque también señala que los alimentos podrían aportar cierta presión adicional.
Fuera de España el movimiento es aún más visible. El índice mundial de alimentos de la FAO aumentó un 1,9 % solo en agosto y quedó un 2,5 % por encima del nivel de hace un año. Subieron todos los grandes grupos que sigue el organismo. Los cereales avanzaron un 2,2 % mensual; los lácteos, un 2,3 %; la carne, un 1 %; los aceites vegetales, un 0,6 %. El azúcar fue el caso más llamativo, con un salto mensual del 11,9 %.
No todo incremento internacional termina automáticamente en la etiqueta del supermercado. Entre una tonelada de trigo y una barra de pan hay contratos, salarios, electricidad, transporte, almacenamiento, impuestos y márgenes comerciales. El traslado puede tardar meses y ser solo parcial. Aun así, cuando varios costes suben simultáneamente, la industria dispone de menos espacio para absorberlos sin tocar precios.
Por qué puede encarecerse la cesta de la compra
La primera presión llega directamente del campo. El verano de 2026 ha castigado varias áreas agrícolas europeas con calor persistente y déficits de agua. El Centro Común de Investigación de la Comisión Europea rebajó sus previsiones para los cultivos de verano y calcula rendimientos de hasta un 14 % por debajo de la media de los últimos cinco años en algunos casos. Francia, el sur de Alemania, zonas de Italia, Austria, Hungría y otros territorios de Europa central aparecen entre los lugares afectados.
Menos producción no equivale siempre a inflación. Puede compensarse mediante importaciones, existencias o mejores cosechas en otros países. El problema aparece cuando la mala campaña coincide con otras perturbaciones. Y este año, precisamente, no viaja sola.
Sequía y El Niño ponen presión sobre las cosechas
El Niño se ha convertido en otro elemento importante del escenario para 2027. La Organización Meteorológica Mundial considera prácticamente seguro que el episodio continúe hasta febrero de 2027 y espera que alcance una intensidad muy fuerte hacia finales de este año. Un fenómeno así altera lluvias y temperaturas en numerosas regiones agrícolas, aunque sus efectos concretos varían mucho según el país y la estación.
La repercusión económica es indirecta, pero fácil de entender. Una sequía en una gran zona productora de azúcar, arroz, palma, café o soja puede reducir la cosecha mundial; una inundación puede hacer lo mismo por el camino contrario. Si disminuye la oferta mientras la demanda se mantiene, las cotizaciones reaccionan. La FAO ya relaciona parte de la subida internacional de los aceites vegetales y el azúcar con unas perspectivas de oferta condicionadas por el tiempo y por El Niño.
Fertilizantes, transporte y gas: el coste que no se ve
La segunda capa está lejos del lineal del supermercado, pero termina llegando hasta él. Bernardos señala el encarecimiento de los fertilizantes, el transporte y el gas natural entre las razones que pueden elevar los precios. Los fertilizantes nitrogenados necesitan grandes cantidades de gas para producirse; después hay que mover las cosechas, refrigerarlas, secarlas, pasteurizarlas, esterilizarlas, envasarlas y distribuirlas. Cada etapa consume energía.
Ahí está uno de los riesgos más claros para España. El último repunte del IPC se explica fundamentalmente por combustibles y energía. El transporte registró en agosto una inflación anual del 9,5 %. Si mantener un camión en carretera, enfriar una nave o alimentar una línea industrial resulta más caro durante varios meses, una parte de ese sobrecoste puede acabar incorporándose al producto final. No inmediatamente, no en la misma proporción. Pero la presión existe.
El Mar Negro vuelve a pesar en el precio de los cereales
Hay otro viejo conocido. Ucrania y Rusia siguen siendo actores fundamentales en los mercados agrícolas y las alteraciones de sus rutas comerciales vuelven a sentirse. En agosto, los precios internacionales de los principales cereales aumentaron, con una incertidumbre persistente sobre las exportaciones del Mar Negro que vuelve a introducir tensión en un mercado especialmente sensible a cualquier problema logístico.
Esto importa más allá del pan. El cereal alimenta animales, entra en numerosos productos industriales y condiciona el coste de la ganadería. Un maíz más caro puede terminar dejando huella, meses después, en carne, huevos o determinados lácteos. La economía alimentaria funciona así: una ficha cae lejos y, pasado un tiempo, otra se mueve en el supermercado.
Qué alimentos podrían notar antes las nuevas subidas
No existe una tabla fiable que permita afirmar cuánto costará cada producto en 2027. Sería vender precisión donde todavía hay incertidumbre. Sí pueden identificarse los alimentos más expuestos a las tensiones actuales.
Los cereales y sus derivados están entre ellos por la combinación de cosechas europeas más débiles, demanda internacional y problemas en las exportaciones del Mar Negro. También merece atención el azúcar: su índice internacional registró en agosto el mayor salto entre todos los grupos analizados por la FAO. Los aceites vegetales acumulan tres meses consecutivos de ascensos y se encuentran en su nivel internacional más alto desde junio de 2022, aunque aquí hay diferencias importantes: palma y soja han subido mientras girasol y colza han mostrado un comportamiento más favorable.
También hay presión sobre algunos productos lácteos. Los precios internacionales de la leche en polvo y el queso avanzaron durante agosto, entre otras razones por una oferta europea más limitada tras el tiempo cálido y seco. En carnes ocurre algo parecido: aves, porcino y ovino aumentaron internacionalmente, mientras el vacuno se abarató. Hablar de «los alimentos» como si fueran una sola mercancía, por tanto, engaña bastante. Unos pueden subir mientras otros se estabilizan o incluso bajan.
Y luego está la comida procesada. Una galleta, una pizza congelada o un yogur no dependen únicamente de trigo, leche o azúcar. Pagan también envase, electricidad, frío, fábrica y transporte. En épocas de energía cara ese componente industrial cobra peso y puede explicar por qué algunos productos continúan encareciéndose incluso cuando su principal materia prima deja de subir.
No es 2022, pero tampoco una falsa alarma
La comparación con la gran crisis inflacionaria posterior a la invasión rusa de Ucrania necesita cuidado. En agosto de 2026, el índice mundial de alimentos de la FAO seguía un 16,8 % por debajo del máximo de marzo de 2022. La inflación alimentaria española del 2,3 % tampoco se parece, por ahora, a las tasas de dos dígitos que llegaron a sufrir los hogares durante aquella etapa.
Esa diferencia es importante. No hay datos que permitan presentar como inevitable otra explosión generalizada de la cesta de la compra. El propio Bernardos considera que el incremento que anticipa será menor que el de 2022 y 2023. Y las previsiones de inflación a corto plazo apuntan principalmente hacia un problema energético: BBVA espera una aceleración en septiembre, pero atribuye la mayor parte del movimiento a la energía.
Lo inquietante es la acumulación. Clima adverso, energía, fertilizantes, transporte y comercio internacional están empujando al mismo tiempo, aunque con distinta fuerza. No hace falta que todos empeoren para que determinados productos acaben costando más. Basta con que varios de esos costes permanezcan elevados durante suficiente tiempo.
Una cesta más cara, pero con subidas muy desiguales
El escenario más razonable no es una subida idéntica de todos los alimentos, sino un supermercado cada vez más irregular: productos relativamente estables junto a otros que vuelven a encarecerse con fuerza. Cereales, azúcar, algunos aceites, determinados lácteos y alimentos muy dependientes de energía o transporte aparecen entre los más sensibles a las tensiones que ya se observan en los mercados internacionales.
Así que sí, existe un riesgo real de nuevas subidas del precio de los alimentos durante los próximos meses y en 2027, pero convertir ese riesgo en una cifra única sería prematuro. La inflación alimentaria española sigue moderada frente a los peores momentos de la crisis anterior. El problema está un poco más lejos, todavía: en los campos secos de Europa, en un Pacífico demasiado caliente, en los fertilizantes, en el gas y en las rutas por las que viajan los cereales. El ticket del supermercado suele enterarse después. Y casi nunca para bien.












