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¿Por qué Unicef necesita 65 millones tras los terremotos de Venezuela?
Unicef reclama 65,7 millones para atender a miles de familias tras los terremotos de Venezuela y mantener la ayuda humanitaria durante meses.

Unicef calcula que necesita 65,7 millones de dólares para mantener durante los próximos meses la respuesta humanitaria al doble terremoto que sacudió Venezuela el 24 de junio. El dinero permitirá atender a unas 470.000 personas, entre ellas 169.000 niños y adolescentes, mediante programas de salud, nutrición, agua potable, saneamiento, educación y protección infantil.
No se trata de una partida destinada a reconstruir edificios, carreteras o puentes. Es el presupuesto para sostener la vida cotidiana allí donde casi todo se volvió precario: centros sanitarios saturados, familias desplazadas, escuelas inutilizadas y comunidades donde abrir un grifo ya no garantiza que salga agua segura. Mientras tanto, el balance oficial asciende a 5.398 fallecidos, 16.740 heridos y 17.907 damnificados.
La cifra impresiona, aunque el desastre hace tiempo que dejó de caber en una cifra. Los dos seísmos, de magnitud 7,2 y 7,5, golpearon el centro-norte del país con apenas un minuto de diferencia y provocaron la catástrofe sísmica más mortífera sufrida por Venezuela desde 1812. Casas abiertas como cajas de cartón, hospitales trabajando al límite, aulas convertidas en dormitorios colectivos. La emergencia visible duró segundos; la otra, la que se instala en las familias, puede durar años.
Un llamamiento de 65,7 millones para sostener la ayuda
La petición de Unicef busca financiar una operación amplia y prolongada. Incluye medicamentos esenciales, vacunaciones, controles nutricionales, sistemas para almacenar y purificar agua, espacios educativos provisionales y atención psicológica para menores afectados por pérdidas, desplazamientos o separación familiar.
Antes de distribuir nada hay que comprarlo, transportarlo, almacenarlo y hacerlo llegar a barrios donde las comunicaciones, las carreteras o los servicios básicos han quedado dañados. La logística humanitaria suele parecer invisible hasta que falla. Y falla con facilidad: una vacuna sin cadena de frío deja de servir; un depósito sin tratamiento convierte el agua en otro riesgo; una escuela cerrada durante meses no es únicamente un edificio vacío.
Unicef estimó inicialmente que 1,8 millones de personas, incluidos 680.000 menores, necesitaban asistencia humanitaria tras los terremotos. Su plan específico pretende alcanzar directamente a 470.000 afectados, una parte de la población atendida dentro de una respuesta más extensa en la que participan autoridades, agencias de Naciones Unidas y organizaciones locales.
El dinero no se limita a repartir cajas
Una emergencia de esta escala exige mantener equipos sanitarios móviles, personal de protección infantil, trabajadores sociales, especialistas en nutrición y técnicos capaces de restablecer sistemas de agua y saneamiento. También requiere localizar a los menores que han perdido contacto con sus familias y habilitar lugares donde puedan seguir aprendiendo, jugar o, sencillamente, dormir sin miedo a otra sacudida.
La atención a la infancia suele quedar atrapada entre dos imágenes cómodas: el rescate inmediato y el regreso sonriente a la escuela. Entre ambas hay un territorio bastante menos fotogénico. Niños sin hogar, rutinas rotas, familias hacinadas en refugios y adolescentes que aparentan normalidad hasta que el estado de choque se desvanece.
El acceso a agua potable ocupa un lugar central en la respuesta. Cuando las redes quedan rotas o contaminadas, aumentan las posibilidades de diarreas, infecciones y enfermedades transmitidas por el agua, especialmente peligrosas para niños pequeños, mujeres embarazadas y personas con problemas de salud previos.
También preocupa la continuidad educativa. En el Distrito Capital, las primeras evaluaciones detectaron daños en 432 escuelas, más de un tercio de los centros de la zona. Algunas instalaciones que resistieron fueron utilizadas como alojamientos temporales para familias desplazadas, lo que resolvió una necesidad inmediata mientras abría otra: dónde y cómo continuar las clases.
La infancia carga con el daño menos visible
Unicef advierte de que los menores afectados tienen una mayor exposición a la angustia psicológica, la negligencia, la violencia, la explotación o la separación familiar. No todos los efectos aparecen durante los primeros días. El insomnio, la irritabilidad, el miedo a entrar en edificios o el rechazo a separarse de los adultos pueden manifestarse semanas después, cuando desde fuera parece que la situación empieza a normalizarse.
Volver a jugar puede parecer secundario frente a una casa derrumbada, pero no lo es. Los espacios infantiles seguros permiten detectar abusos, identificar problemas emocionales y devolver cierta estructura a jornadas dominadas por colas, trámites y rumores. Una pelota, unos lápices, una hora de clase. Cosas pequeñas, casi domésticas, que en mitad del caos funcionan como una barandilla.
La protección también alcanza a los niños que han perdido a sus padres o cuidadores. Registrar correctamente a cada menor, comprobar vínculos familiares y evitar entregas precipitadas es una tarea lenta, delicada y poco compatible con las prisas. En una crisis, la buena voluntad ayuda; los protocolos evitan tragedias añadidas.
Qué ha logrado Unicef durante el primer mes
Desde los terremotos, Unicef ha distribuido más de 82 toneladas de suministros de emergencia, entre ellos material sanitario, equipos para purificar y almacenar agua y recursos destinados a la primera infancia y a actividades recreativas. La ayuda ha sido desplegada en coordinación con las instituciones venezolanas y otros actores humanitarios.
Los equipos móviles apoyados por la organización han prestado atención primaria y vacunación a más de 21.000 personas, incluidos niños y mujeres embarazadas. También se enviaron medicamentos esenciales a 198 centros sanitarios, con capacidad para ofrecer servicios básicos a unas 49.000 personas.
Más de 5.000 afectados han recibido atención nutricional, desde pruebas para detectar desnutrición aguda hasta suplementos de micronutrientes, orientación alimentaria y apoyo a la lactancia materna. Son resultados concretos, pero todavía modestos frente al tamaño de la emergencia. Nadie debería confundir toneladas entregadas con problema resuelto; la contabilidad humanitaria no tiene ese lujo.
Una respuesta que aún no cubre todas las necesidades
La diferencia entre la población necesitada y la que puede ser atendida explica buena parte del llamamiento financiero. Los programas deben mantenerse durante meses, no solo mientras las imágenes de los edificios derrumbados ocupan portadas. La salud mental, la recuperación educativa y la rehabilitación de los sistemas de agua avanzan con una lentitud que desespera, aunque resulta inevitable.
El desplazamiento complica el seguimiento. Una familia puede pasar de un polideportivo a casa de unos parientes y después a un refugio distinto. Los historiales médicos se pierden, las vacunaciones quedan incompletas y los menores cambian varias veces de escuela o dejan de asistir. El terremoto mueve el suelo una vez; la precariedad continúa moviendo a la gente.
Daños por 19.600 millones y una reconstrucción gigantesca
El Banco Mundial ha estimado en 19.600 millones de dólares los daños físicos directos causados por los seísmos. El 47 % corresponde a viviendas, el 27 % a infraestructuras y el 26 % a edificios no residenciales. La factura de reconstruir con mejores estándares, retirar escombros y reforzar las estructuras podría acercarse a los 50.000 millones.
En ese paisaje, los 65,7 millones solicitados por Unicef parecen una cantidad pequeña. Lo son frente al coste global, pero resultan decisivos para evitar que el daño material se transforme en una crisis sanitaria, educativa y social más profunda. Reconstruir una carretera exige cemento y maquinaria; recuperar la vida de un niño exige tiempo, estabilidad, profesionales y una familia que pueda mantenerse en pie.
El Banco Mundial advierte de que una recuperación lenta podría mantener la capacidad productiva y el producto interior bruto por debajo de los niveles anteriores al terremoto hasta, al menos, 2036. La catástrofe llegó, además, a un país golpeado por años de deterioro económico, pobreza y emigración. El terremoto no creó todas las grietas. Solo las ensanchó con una brutalidad difícil de disimular.
Una emergencia que continuará bajo los escombros
El llamamiento de Unicef pretende impedir que la tragedia se prolongue silenciosamente en forma de enfermedades evitables, desnutrición, abandono escolar o trauma infantil. Los 65,7 millones no devolverán las casas perdidas ni borrarán el miedo a las réplicas, pero pueden garantizar agua segura, atención sanitaria y espacios de protección a cientos de miles de personas.
Un mes después de los terremotos, Venezuela sigue contando muertos mientras intenta calcular cuánto costará levantarse. La reconstrucción física será larga y cara. La humana, probablemente más. Y es ahí, lejos del estruendo inicial, donde se decidirá si los menores afectados recuperan una vida reconocible o quedan atrapados durante años en las consecuencias de aquel minuto interminable.

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