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Economía

El turismo récord y el precio de los alquileres: la lógica del caso

Más viajeros y estancias impulsan la economía, pero agravan la presión sobre la vivienda en los destinos más visitados.

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Turismo récord y alquileres temporales en una ciudad costera española

España atraviesa una expansión turística sin precedentes mientras el alquiler de corta estancia gana peso en las ciudades y los destinos costeros. En 2025, los alojamientos extrahoteleros recibieron 12.841.549 viajeros, un 5,2 % más que el año anterior, según la estadística del Instituto Nacional de Estadística. La cifra casi duplica los 6,85 millones registrados en 2018 y confirma que apartamentos, casas rurales y viviendas de uso turístico ya forman parte central de la oferta vacacional.

El crecimiento no se limita al número de visitantes. Las pernoctaciones alcanzaron 189.492.971 noches en 2025, frente a los 170.591.544 registros de 2024. El dato revela una demanda sólida, sostenida por los viajeros extranjeros y por la facilidad de reservar desde una plataforma digital, pero también expone una tensión cada vez más visible: el mismo inmueble puede generar ingresos turísticos durante todo el año o servir como vivienda estable para residentes.

Una expansión que cambia el mapa del alojamiento

El mercado europeo de las estancias breves cerró 2024 con 854,1 millones de noches reservadas mediante plataformas digitales en la Unión Europea y los países de la Asociación Europea de Libre Comercio. El aumento fue del 18,8 % respecto de 2023, cuando se contabilizaron 719 millones de noches. Traducido a una imagen cotidiana, más de 2,34 millones de personas durmieron cada noche en viviendas anunciadas en esos canales durante aquel ejercicio.

También creció la concentración urbana. En 2024, 69 ciudades europeas superaron el millón de pernoctaciones en alojamientos de corta duración, frente a las 60 del año anterior. París reunió 23,5 millones de noches y quedó al frente de una clasificación en la que también aparecen Roma, Barcelona, Madrid y Lisboa. En conjunto, esas cinco ciudades concentraron aproximadamente el 8,8 % del total europeo, una proporción suficiente para alterar el tráfico, el consumo y la disponibilidad residencial de barrios enteros.

España ocupó una posición destacada dentro de ese circuito. El país registró 170,6 millones de pernoctaciones en plataformas en 2024, un 20,9 % más que en 2023. Andalucía y Canarias encabezaron la recepción, seguidas por Cataluña, la Comunidad Valenciana y la Comunidad de Madrid. El dato no describe únicamente una preferencia de los turistas: muestra cómo las conexiones aéreas, la climatología, el patrimonio y la concentración de empleo han convertido determinados territorios en imanes de demanda durante casi todo el calendario.

El primer trimestre de 2025 mantuvo la tendencia, aunque con un ritmo más moderado. Las plataformas sumaron 129,6 millones de noches, un 4,8 % más que en el mismo periodo de 2024 y un 34,5 % por encima de 2023. Enero creció un 16,3 % y febrero un 11,6 %, mientras marzo retrocedió un 8,6 %, en parte por el desplazamiento de la Semana Santa a abril. La estacionalidad sigue existiendo, pero sus límites se han vuelto menos nítidos.

España bate máximos, pero el crecimiento no se reparte igual

Los registros de 2025 muestran una demanda especialmente intensa en las comunidades con litoral, clima templado y grandes ciudades. Andalucía concentró el 28,4 % de los alojamientos turísticos ocupados, con 3.651.851 viajeros. Cataluña sumó 1.709.182, Canarias 1.646.949, la Comunidad Valenciana 1.589.693 y Madrid 1.304.364. Son cifras de ocupación, no de viviendas disponibles, una diferencia importante para evitar comparaciones engañosas entre territorios.

La estancia media se situó en 4,6 noches en 2025. Los visitantes no residentes permanecieron una media de 5,5 noches, frente a 3,5 noches de los residentes en España. Esa distancia tiene efectos económicos claros: una permanencia más larga eleva el gasto en restauración, comercio y transporte, pero también prolonga la presión sobre los servicios urbanos y la vivienda en los lugares donde la oferta es limitada.

Madrid fue la ciudad española con más alojamientos turísticos utilizados en 2025, con 1.235.257 registros, seguida por Barcelona, con 937.341; Sevilla, con 668.556, y Málaga, con 620.340. Estas cifras no significan que cada registro equivalga a una vivienda distinta. Un mismo alojamiento puede recibir numerosos grupos durante el año, por lo que la medición refleja el uso turístico y no el inventario inmobiliario.

La evolución de los visitantes internacionales añade otra capa al fenómeno. España cerró 2025 con 96,7 millones de turistas extranjeros y el primer trimestre de 2026 sumó 17,5 millones, un 2,6 % más interanual. En ese periodo, el gasto llegó a 25.017 millones de euros, un 6,4 % más. El aumento del desembolso por encima del crecimiento de las llegadas sugiere una composición de la demanda con mayor capacidad de gasto, aunque no elimina la presión territorial provocada por el volumen.

Canarias recibió 4,48 millones de turistas extranjeros entre enero y marzo de 2026, el 25,6 % del total nacional del trimestre. Cataluña alcanzó 3,49 millones, aunque quedó por debajo del mismo periodo de 2025. Las diferencias muestran que no existe un único modelo turístico español. Un archipiélago de temporada alta invernal afronta problemas distintos de los de una capital de negocios o una ciudad mediterránea sometida a fuertes picos estivales.

La vivienda temporal llega al centro del conflicto

En noviembre de 2024 había unas 368.295 viviendas de uso turístico en España, equivalentes al 1,38 % del parque residencial. El porcentaje nacional puede parecer reducido, pero cambia de escala cuando se observa el mercado del alquiler en zonas concretas. En algunos barrios céntricos, la proporción de viviendas destinadas a visitantes alcanzaba el 24 % en el distrito Centro de Madrid, el 21 % en Málaga y el 11 % en San Sebastián.

Ese contraste entre el promedio nacional y la concentración local explica buena parte de la controversia. Una vivienda turística no desaparece físicamente, pero deja de estar disponible para una familia que busca un contrato estable. Cuando muchas unidades se agrupan en las mismas calles, disminuye la oferta residencial, aumenta la competencia por los pisos restantes y puede cambiar el perfil comercial del barrio. El problema no es solamente estadístico: se percibe en los escaparates, en los ascensores y en el precio de una mudanza.

La relación entre alojamientos breves y rentas no es idéntica en todas las ciudades. Influyen la construcción de vivienda, los salarios, la llegada de nuevos trabajadores, la compra para inversión, la regulación y el número de hoteles. Por eso, atribuir cualquier subida del alquiler exclusivamente a las plataformas simplifica un mercado con muchas causas. Sin embargo, ignorar el efecto de retirar viviendas del alquiler habitual también conduce a una lectura incompleta.

El turismo produce empleo y actividad, pero sus beneficios y costes se distribuyen de manera desigual. Un restaurante puede aumentar su facturación, un propietario puede elevar sus ingresos y una plataforma puede atraer más reservas. Al mismo tiempo, una persona que trabaja en ese mismo destino puede verse obligada a vivir lejos, asumir desplazamientos más largos o compartir una vivienda en peores condiciones. La disputa central es quién captura el valor turístico y quién soporta sus costes cotidianos.

Las protestas registradas en Canarias, Barcelona, Málaga, Mallorca y otros destinos reflejan esa fractura. En el archipiélago, movilizaciones multitudinarias reclamaron límites al crecimiento y medidas contra la crisis residencial. En Barcelona, el Ayuntamiento anunció la eliminación de las viviendas turísticas de corta estancia para 2028, una decisión de gran alcance cuya aplicación depende de licencias, controles y coordinación con otras administraciones.

Más anuncios no siempre significan un mercado más sano

La oferta europea de alojamientos anunciados en plataformas también se expandió con rapidez. En dos años aparecieron unos 2,4 millones de nuevos anuncios, un aumento aproximado del 38 %. En julio de 2025 se contabilizaron 4,15 millones de anuncios activos, un 2,8 % más que un año antes y un 2,5 % más que en junio. La demanda avanzó, pero no con la misma intensidad en todos los meses ni en todos los destinos.

La desaceleración observada en la ocupación durante mayo de 2025, mientras la oferta seguía creciendo, puede interpretarse como una señal de ajuste. Cuando se incorporan más viviendas que viajeros, los propietarios compiten con descuentos, mejoras de servicio o estancias más flexibles. En los lugares saturados, el huésped encuentra más opciones, pero el propietario afronta más costes de limpieza, mantenimiento, gestión y cumplimiento normativo.

El alquiler vacacional tampoco es una actividad homogénea. Hay viviendas gestionadas por sus propietarios, pequeños operadores con varios inmuebles, empresas especializadas y grandes carteras de inversión. Mezclar todas esas realidades bajo la etiqueta de economía colaborativa impide saber quién opera profesionalmente, quién cumple las obligaciones fiscales y quién concentra una parte significativa del parque residencial.

Las plataformas han defendido que el crecimiento hotelero explica una parte importante de la masificación. En 2024, los hoteles concentraron el 63 % de las pernoctaciones turísticas europeas y sumaron más noches adicionales que los alquileres de corta estancia. El argumento introduce un matiz relevante: la presión sobre una ciudad no nace de un único formato. Aeropuertos, cruceros, hoteles, apartamentos, excursiones de un día y segundas residencias pueden actuar simultáneamente sobre un territorio limitado.

La discusión exige mejores datos y categorías comparables. No es lo mismo contar reservas, viajeros, noches, anuncios, licencias o viviendas completas. Tampoco produce el mismo impacto una habitación dentro de la residencia habitual del propietario que un edificio entero dedicado a visitantes. Sin esa precisión, el debate se convierte en una sucesión de cifras llamativas que no siempre describen el mismo fenómeno.

Las ciudades endurecen las reglas y buscan equilibrio

La respuesta pública ha pasado de la permisividad general a una regulación más localizada. Lisboa suspendió nuevas licencias en determinadas zonas, Atenas aplicó bloqueos temporales y Florencia estudió impedir nuevos alojamientos turísticos en su centro histórico. Barcelona ordenó retirar decenas de miles de anuncios considerados incompatibles con su marco municipal. Cada medida responde a una combinación distinta de densidad, presión residencial, capacidad de inspección y orientación política.

La Unión Europea aprobó un marco para mejorar el intercambio de información sobre los alquileres de corta duración, con aplicación progresiva a partir de 2026. El objetivo es que las autoridades conozcan mejor cuántos alojamientos funcionan, dónde están y qué actividad registran. La transparencia no resuelve por sí sola el acceso a la vivienda, pero permite comprobar si una licencia se utiliza correctamente y si un anuncio opera en una zona donde la actividad está restringida.

En España, las competencias se reparten entre el Estado, las comunidades autónomas y los ayuntamientos. El Estado regula aspectos civiles, fiscales y de consumo; las autonomías establecen buena parte de los requisitos turísticos, y los municipios ordenan el uso del suelo, conceden licencias y fijan límites urbanísticos. Esta distribución explica por qué una vivienda puede cumplir una regla regional y, al mismo tiempo, quedar excluida por el planeamiento de su ciudad.

El registro de viajeros y la identificación de los alojamientos permiten reforzar la seguridad y combatir la oferta clandestina. También facilitan la inspección de anuncios duplicados, licencias caducadas o inmuebles que superan los límites de ocupación. Aun así, la eficacia depende de que existan inspectores, sanciones proporcionales y procedimientos ágiles. Una norma extensa sin capacidad de control termina pareciendo una puerta cerrada cuyo pestillo nadie revisa.

Las restricciones pueden generar efectos secundarios. Si se elimina de forma brusca una parte de la oferta, los precios hoteleros pueden subir y algunos viajeros pueden desplazarse a municipios vecinos. Si se permiten viviendas sin límites, el alquiler estable puede perder unidades en las áreas más demandadas. El equilibrio requiere combinar licencias, límites de densidad, vivienda pública, rehabilitación, transporte y una estrategia turística que distribuya mejor los flujos.

El visitante que llega y la ciudad que permanece

El crecimiento turístico también plantea preguntas sobre la calidad de la experiencia. La ocupación hotelera prevista en la Comunidad Valenciana para agosto de 2026 rondaba el 92 %, con una tarifa media estimada de 215,5 euros. En septiembre, la ocupación podía acercarse al 90 %, mientras València apuntaba a un 93,6 % por la actividad ferial y de negocios. Las cifras muestran que la temporada ya no depende exclusivamente del sol y la playa.

Un destino puede alcanzar una ocupación elevada y, sin embargo, generar menos bienestar si la población local no puede acceder a la vivienda, el agua, el transporte o los servicios básicos. La calidad turística no se mide solo por la categoría del hotel o por el gasto medio. También incluye el estado del espacio público, la tranquilidad nocturna, la disponibilidad de personal y la posibilidad de que quienes trabajan allí vivan cerca.

El debate sobre el modelo debe incorporar la capacidad física de cada territorio. Una calle estrecha, una isla con recursos hídricos limitados o un centro histórico protegido no pueden absorber visitantes de forma indefinida. La planificación necesita observar el consumo de agua, los residuos, la movilidad y la energía junto con las reservas. El récord de llegadas deja de ser una buena noticia automática cuando los servicios públicos no pueden acompañarlo.

La inteligencia artificial empieza a intervenir en la planificación de viajes, la comparación de precios y la elaboración de itinerarios, pero todavía genera reservas entre los usuarios cuando se trata de completar una compra. Persisten dudas sobre privacidad, control y responsabilidad ante un cambio de vuelo o una cancelación. El dato resulta significativo: la tecnología puede ordenar la demanda, aunque no sustituye la confianza que exige una operación turística completa.

También cambia el perfil del viajero. Los visitantes internacionales permanecen más noches y gastan más que los residentes, mientras que los mercados latinoamericanos y estadounidense registran avances relevantes en algunos periodos. Una política turística madura debería valorar no solo cuántas personas llegan, sino cuándo lo hacen, cuánto tiempo permanecen, qué zonas visitan y qué presión ejercen sobre la vivienda y los recursos.

Un récord turístico que obliga a medir mejor el futuro

La expansión de los alojamientos de corta duración no desaparecerá por decreto. Responde a una demanda real, facilita viajes familiares y prolongados, genera ingresos para propietarios y sostiene empleos en limpieza, mantenimiento, restauración y transporte. También ha ampliado las opciones de alojamiento en lugares donde la planta hotelera era escasa. Su existencia, por tanto, no es incompatible con una política de límites.

El desafío está en distinguir la actividad que complementa la vivienda de la que la sustituye a gran escala. Una habitación ocasional en la casa habitual no tiene el mismo impacto que una cartera de decenas de pisos completos en un barrio tensionado. Tampoco es equivalente una localidad con abundante segunda residencia a una capital donde miles de trabajadores compiten por pocos alquileres de larga duración.

Los datos disponibles describen una paradoja. España atrae más visitantes, registra más gasto y consolida su posición internacional, pero algunos de sus destinos afrontan una crisis de acceso residencial que amenaza la continuidad del propio modelo. El turismo necesita camareros, conductores, personal sanitario, técnicos y trabajadores de temporada. Si esas personas no pueden vivir en el lugar donde prestan sus servicios, la maquinaria pierde una pieza esencial.

La respuesta más sólida combina información pública, reglas claras y evaluación periódica. Hay que saber cuántas viviendas operan, cuánto tiempo permanecen activas, qué ingresos generan y qué efecto tienen sobre el alquiler residencial. También es necesario medir si una restricción reduce la presión o simplemente la desplaza a la localidad vecina. La sostenibilidad turística no consiste en detener los viajes, sino en impedir que el éxito de un destino expulse a quienes lo mantienen vivo.

Los próximos años definirán si España convierte sus máximos de visitantes en prosperidad distribuida o en una carrera contra la saturación. El número de reservas seguirá siendo un indicador relevante, pero no suficiente. La verdadera medida del desempeño estará en la capacidad de recibir viajeros sin vaciar los barrios, proteger el alquiler estable y conservar la identidad de las ciudades que hacen atractivo el viaje.

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