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Overtourism: Europa se llena mientras vacía sus barrios

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Overtourism en Europa

Europa afronta el overtourism entre guerras, vivienda cara y ciudades saturadas: datos, culpables y daños de un modelo turístico en tensión.

Europa vive una nueva fase del overtourism: no es solo que lleguen más viajeros, sino que llegan al mismo puñado de ciudades, islas, cascos históricos y playas que ya funcionaban al límite. Venecia, Atenas, Barcelona, Mallorca, Santorini o Lisboa no están protestando contra las vacaciones ajenas, aunque el cartel rápido y la brocha gorda lo vendan así. Protestan contra una maquinaria que convierte barrios enteros en recepción de hotel, vivienda en activo financiero, plazas públicas en decorado y patrimonio común en fondo de pantalla para una cola interminable de móviles. El turista de a pie no es el villano perfecto; apenas es la espuma visible de una ola que mueven aerolíneas, plataformas, fondos, cruceros, ayuntamientos, gobiernos y una economía europea demasiado cómoda cuando el dinero entra por la puerta y demasiado distraída cuando los vecinos salen por la ventana.

La alarma tiene datos, no solo ruido. Europa cerró 2025 como la región turística más visitada del mundo, con 793 millones de turistas internacionales, un 4% más que en 2024 y un 6% por encima de 2019; la Unión Europea, además, alcanzó un récord de noches en alojamientos turísticos, con algo más de 3.000 millones de pernoctaciones, mientras las reservas de corta estancia en plataformas rozaron los 952 millones de noches, un 11,4% más que el año anterior. Es decir: el problema no es una sensación de vecino cansado, aunque también; es una presión física, inmobiliaria, hídrica y urbana acumulada en los mismos mapas de siempre. Y ahora se añade otro ingrediente incómodo: las guerras, las crisis de seguridad y la inestabilidad en otros destinos empujan parte de la demanda hacia Europa, percibida como refugio turístico, postal segura, verano con seguro médico y tren de alta velocidad. El continente recibe encantado la caja. Luego descubre la factura.

Qué es el overtourism cuando se apagan los folletos

El overtourism no significa simplemente “muchos turistas”. Una ciudad puede recibir millones de visitantes y seguir siendo habitable si reparte flujos, protege vivienda, regula usos, invierte en transporte, saneamiento, agua, limpieza y servicios públicos, y mantiene una economía menos dependiente del monocultivo turístico. El problema aparece cuando el número, la velocidad y la concentración de visitantes superan la capacidad real del lugar para absorberlos sin romper la vida cotidiana. Esa capacidad no se mide solo en camas de hotel. Se mide en autobuses, aceras, basuras, alquileres, ruido nocturno, comercios que desaparecen, médicos que se marchan, camareros que viven a 40 kilómetros de su trabajo, tuberías antiguas, playas erosionadas, cruceros que desembarcan a miles de personas a la vez y vecinos que dejan de reconocer la calle donde compraban el pan.

La palabra tiene algo de etiqueta nueva para una enfermedad vieja. Venecia ya sabía de esto antes de que Instagram enseñara al mundo a viajar mirando la pantalla; Barcelona también, Lisboa también, las Baleares también. La novedad está en la escala y en la sincronización: vuelos baratos, teletrabajo internacional, plataformas de alquiler, jubilados con tiempo, clases medias emergentes, redes sociales que convierten una escalera azul o una taberna mínima en destino global, y algoritmos que no distinguen entre una ciudad viva y un escenario. La pandemia pareció dar una pausa. Fue un espejismo. Al volver, la demanda regresó más concentrada, más impaciente y más digitalizada. La pausa no cambió el modelo; solo limpió temporalmente la mesa antes del siguiente banquete.

Por eso la discusión seria no va de cerrar Europa al mundo, una fantasía tan inútil como fea. Va de decidir si una ciudad existe para ser vivida o para ser consumida por turnos. Va de asumir que una economía que depende demasiado del visitante acaba organizando sus horarios, precios, suelos y prioridades alrededor de quien está dos noches, no de quien paga impuestos todo el año. El overtourism es esa inversión silenciosa de jerarquías: primero el visitante, luego el inversor, después el comercio orientado al visitante y, al final, si queda sitio en la esquina, el residente. Muy europeo todo. Muy civilizado. Muy de poner una placa conmemorativa cuando ya se ha expulsado a media comunidad.

Las guerras no crean el problema, pero lo empujan

Sería tramposo decir que las guerras son la causa del overtourism europeo. No lo son. La saturación turística ya estaba instalada antes de los últimos sobresaltos geopolíticos: el turismo masivo llevaba décadas creciendo, las viviendas turísticas se habían multiplicado, los cruceros habían convertido algunos puertos en embudos flotantes y las ciudades competían entre sí con una alegría suicida por atraer más llegadas, más congresos, más vuelos, más “experiencias”. Pero las guerras y las crisis de seguridad sí reordenan los mapas del deseo. Cuando Oriente Próximo se percibe como inestable, cuando una parte del Mediterráneo oriental queda bajo sospecha, cuando rutas aéreas se encarecen o se alteran, muchos viajeros no dejan de viajar: cambian de destino. Y Europa occidental o meridional recoge parte de esa corriente.

La crisis en Oriente Próximo ha mostrado ese mecanismo con una claridad casi brutal. La caída de actividad turística en regiones afectadas por conflictos puede desviar millones de viajeros hacia destinos europeos considerados más seguros, mientras las aerolíneas encajan rutas alteradas y costes de combustible más altos. El resultado no es lineal, porque la guerra también encarece billetes y enfría decisiones de viaje, pero sí dibuja una paradoja: el mismo conflicto que golpea unas zonas puede sobrecargar otras. Europa aparece como refugio de vacaciones, con sus museos abiertos, sus seguros de viaje razonables, sus aeropuertos conectados y sus ciudades convertidas en promesa de normalidad. Normalidad para quien llega. Para quien vive allí, a veces, otra cosa.

Hay otro factor menos visible: la geografía emocional del turista. Después de años de pandemia, inflación, guerras televisadas y ansiedad global, mucha gente busca destinos que parezcan estables, reconocibles, fáciles. El Mediterráneo europeo vende justo eso: luz, comida, patrimonio, playas, seguridad, hospitales, tarjetas que funcionan y un imaginario cultural que no exige demasiadas explicaciones. Es una mezcla irresistible. También peligrosa, porque concentra la demanda en lugares que ya se promocionaban como si fueran infinitos. Pero una isla no es infinita. Una laguna tampoco. Un casco antiguo de calles estrechas no puede comportarse como una terminal de aeropuerto sin perder algo por el camino.

Las guerras, por tanto, actúan como acelerador, no como origen. Son viento sobre un incendio que ya ardía. La causa profunda sigue siendo un modelo turístico extractivo, basado en volumen, rentabilidad rápida y externalización de daños. Las ganancias se privatizan con facilidad: hoteles, plataformas, propietarios, intermediarios, aerolíneas, cadenas de restauración, fondos inmobiliarios. Los costes se reparten con una generosidad muy peculiar: alquileres imposibles, ruido, congestión, pérdida de comercio cotidiano, presión sobre el agua, subida de precios, expulsión de vecinos, precariedad laboral y gasto municipal. Ahí está el truco. No se llama turismo, se llama contabilidad incompleta.

Venecia, la ciudad que cobra entrada y sigue perdiendo vecinos

Venecia es el espejo más cruel porque parece una metáfora inventada por un novelista con mala leche. Una ciudad construida contra el agua, sostenida por una belleza frágil, convertida en icono planetario y obligada a cobrar entrada para intentar ordenar el aluvión. En 2025, la tasa para excursionistas se aplicó durante 54 días, con 5 euros para quienes reservaban con antelación y 10 euros para los visitantes de última hora. La medida sirvió para recaudar y para obtener datos, pero no resolvió el fondo: Venecia recibe alrededor de 30 millones de visitantes al año, la mayoría de paso, mientras el centro histórico ronda mínimos demográficos y las camas turísticas superan ya a los residentes oficiales en algunas lecturas locales. Es la ciudad-museo llevada al extremo: mucha gente mirando, poca gente viviendo.

El problema veneciano no es que una familia quiera ver San Marcos una vez en la vida. El problema es que miles de familias quieran verla el mismo sábado, a la misma hora, bajando de trenes, buses y cruceros, consumiendo poco en proporción al impacto, ocupando calles diseñadas para otra escala y marchándose antes de que la ciudad recupere el pulso. El excursionista de unas horas deja una huella urbana distinta al visitante que duerme, compra, cena, paga tasa hotelera y reparte su presencia. Pero tampoco conviene idealizar al turista de pernocta: si su cama ha sustituido una vivienda estable, si su apartamento turístico ha expulsado a una vecina, si su consumo alimenta una monocultura de tiendas de máscaras de plástico y heladerías clonadas, el daño sigue ahí, aunque lleve maleta con ruedas y no solo mochila.

Venecia ha probado tasas, límites a grandes cruceros en zonas sensibles, controles de grupos y normas de comportamiento. Todo eso ayuda, pero tiene un aire de tirita sobre una grieta estructural. Porque la ciudad no necesita solo gestionar entradas, sino recuperar habitantes, servicios, escuelas, alquileres viables, comercio cotidiano y autoridad política sobre su propio metabolismo. Cobrar cinco o diez euros puede ordenar una parte del flujo; no devuelve por sí solo una panadería, ni hace que un joven veneciano pueda alquilar casa en el centro, ni impide que la economía entera se arrodille ante el visitante de temporada. La tasa es un semáforo. El incendio está en otro sitio.

Atenas ya no quiere ser un hotel con ruinas alrededor

Atenas se ha sumado al grito de socorro con una frase que resume la época: la ciudad no puede funcionar como un hotel gigante. El alcalde Haris Doukas ha advertido de que la capital griega, con unos 700.000 residentes y más de 8 millones de visitantes en 2025, corre el riesgo de perder autenticidad, vecindario y equilibrio urbano si no limita la expansión turística en los distritos saturados. Plaka, Koukaki o Kolonaki no son solo nombres bonitos al pie de la Acrópolis; son barrios donde la presión de hoteles, terrazas en azoteas, alquileres de corta estancia y tiendas orientadas al visitante empieza a comerse la textura urbana. La postal se mantiene. La vida, menos.

Grecia vive además una contradicción feroz: el turismo es una bendición macroeconómica y una carga local. Los ingresos turísticos del país alcanzaron cifras récord en 2025, con más de 23.000 millones de euros en recibos de viaje y crecimiento respecto al año anterior, mientras algunas zonas limitan nuevas licencias de alquiler de corta estancia y endurecen inspecciones para evitar que sótanos, almacenes o viviendas indignas se conviertan en alojamiento turístico. En la Acrópolis, el límite diario de visitantes introducido para ordenar la presión simboliza muy bien el dilema: el patrimonio atrae riqueza, pero el patrimonio no es una cinta transportadora. No se puede subir indefinidamente el volumen sin degradar la experiencia, el monumento y la ciudad que lo sostiene.

Atenas muestra algo que muchas ciudades europeas tardaron demasiado en admitir: el turismo no solo llena habitaciones, también vacía edificios. Allí donde una vivienda puede rendir más por noches que por meses, la lógica del mercado empuja con una fuerza elemental. El propietario particular, el pequeño inversor y el fondo hacen números. El vecino hace maletas. Después llega el discurso oficial sobre la “convivencia” y la “sostenibilidad”, palabras suaves como servilletas de hotel. Pero el cálculo ya ocurrió: si el suelo urbano se deja competir sin reglas entre residentes y visitantes globales, gana quien paga más por menos tiempo. Y quien vive allí pierde dos veces: primero la casa, luego el barrio.

España, Portugal, Italia y la rebelión contra el decorado

España es el laboratorio más cercano y uno de los más incómodos. En 2025 recibió 96,8 millones de turistas internacionales, nuevo récord y un 3,2% más que el año anterior; el gasto extranjero superó los 134.700 millones de euros. Son cifras extraordinarias para la balanza de pagos, el empleo y la recaudación. También son cifras que explican por qué Barcelona, Baleares, Canarias, Málaga, San Sebastián o Granada han visto crecer una contestación social que ya no cabe en la caricatura del vecino antipático. La protesta habla de vivienda, salarios, ruido, agua, movilidad y pérdida de identidad comercial. Habla de camareros que sirven copas en barrios donde no pueden vivir. Habla de ciudades que se venden como experiencia local mientras expulsan a los locales.

Barcelona ha elegido una vía más dura: eliminar las licencias de pisos turísticos en 2028. La medida afecta a más de 10.000 apartamentos y busca devolver vivienda al uso residencial, aunque sus detractores advierten de efectos secundarios, mercado ilegal y presión sobre hoteles. La discusión es áspera porque toca propiedad privada, modelo económico y derecho a la ciudad. Pero al menos reconoce la raíz del problema: no basta con pedir turistas educados si el parque de vivienda se ha transformado en infraestructura turística. La educación cívica importa, claro; no mear en un portal debería ser un consenso de la civilización occidental. Pero el verdadero conflicto no está solo en la conducta individual, sino en la conversión masiva de hogares en camas rotatorias.

Portugal e Italia siguen patrones parecidos, con matices locales. Lisboa ha vivido la presión del alquiler turístico y del comprador extranjero; Florencia teme convertirse en una maqueta renacentista con estudiantes expulsados; Roma controla fuentes, monumentos y barrios donde el comercio cotidiano cede ante heladerías, souvenirs y menús fotocopiados; las islas, desde Baleares hasta Santorini, se enfrentan a límites físicos más severos. En una gran ciudad todavía se puede desplazar la presión unas calles, aunque sea injusto. En una isla, el agua, la basura, las carreteras y la vivienda no negocian. Cuando se llenan, se llenan. Y entonces aparece el conflicto en su forma más primaria: quién puede beber, dormir, circular, descansar, quedarse.

De quién es la culpa y quién mira hacia otro lado

Culpar al turista es cómodo, fotogénico y bastante perezoso. El turista medio compra lo que el sistema le ofrece: vuelos baratos, alojamientos céntricos, recomendaciones automáticas, cruceros empaquetados, rutas de 48 horas, entradas digitales y la promesa de vivir “como un local” en un piso que quizá antes era de un local. Tiene responsabilidad, por supuesto. Puede elegir temporadas menos saturadas, alojamientos regulados, consumo respetuoso, estancias más largas, menos ruido, menos prisa y menos derecho imaginario a usar una ciudad como parque temático. Pero el turista no diseñó las licencias, no aprobó los planes urbanísticos, no permitió la expansión opaca de pisos turísticos, no subvencionó aeropuertos sobredimensionados ni colocó el crecimiento de llegadas como medalla política.

Los gobiernos locales y nacionales han sido cómplices por acción y por omisión. Durante años vendieron récords como quien presume de fiebre: más visitantes, más gasto, más rutas, más cruceros, más hoteles, más marca ciudad. La palabra límite sonaba a herejía. Nadie quería ser el alcalde que frenaba la caja ni el ministro que enfriaba el gran motor del PIB. Se toleró demasiada economía sumergida, se tardó en regular plataformas, se dejó crecer el alquiler turístico con herramientas del siglo XXI y controles del siglo XX, se invirtió en promoción antes que en capacidad de carga, se cobró tasa turística sin garantizar siempre que el dinero volviera al barrio saturado. Luego llegaron las pancartas y todos descubrieron, con estupor perfectamente ensayado, que la gente quería vivir cerca de su trabajo.

Las plataformas digitales cargan con una parte central del problema, aunque no con toda. Han democratizado ingresos para algunos propietarios y ampliado opciones para viajeros, sí. También han acelerado la transformación de vivienda en alojamiento, han hecho escalable un negocio que antes era más limitado y han dificultado el control cuando los datos no fluían con transparencia. La cifra europea de casi 952 millones de noches de corta estancia reservadas en plataformas en 2025 no es un detalle: es una infraestructura paralela de alojamiento que afecta a barrios completos. Y el hotel tradicional, que a veces se presenta como víctima de la mala fama ajena, tampoco puede lavarse las manos sin más. Hoteles, apartamentos, cruceros, turoperadores, aerolíneas y administraciones forman un ecosistema. Cuando todo el ecosistema gana con el volumen, nadie quiere ser el primero en decir basta.

Los fondos inmobiliarios y los pequeños especuladores juegan otra partida, más silenciosa. Compran, reforman, suben, convierten, rentabilizan. No necesitan odiar la ciudad para dañarla; basta con mirar una hoja de cálculo. Ese es uno de los rasgos más fríos del overtourism: no siempre hay un villano con bigote, sino incentivos mal puestos. Si una vivienda rinde tres veces más como alojamiento turístico que como alquiler residencial, la moral urbana compite contra una calculadora. Y la calculadora, ya se sabe, no tiene abuela.

Qué daños deja: vivienda, agua, trabajo y una ciudad sin vecinos

El primer daño es la vivienda porque la vivienda es el órgano vital de una ciudad. Sin casas accesibles no hay maestros cerca de los colegios, enfermeros cerca de los hospitales, camareros cerca de los bares, libreros cerca de las librerías ni viejos que bajen a comprar el periódico. La ciudad se convierte en un teatro con trabajadores desplazados a la periferia y visitantes en el centro. A veces el decorado sigue precioso. Incluso más limpio, más iluminado, más rentable. Pero falta el ruido de fondo que hace real un sitio: persianas que suben, discusiones de portal, niños llegando tarde, pescaderías, ferreterías, gente que no está “disfrutando la experiencia”, sino viviendo. Esa diferencia, tan simple, es la que el mercado turístico tiende a borrar.

El segundo daño es la presión sobre recursos que parecían invisibles mientras funcionaban. Agua, energía, saneamiento, limpieza, transporte, playas, senderos, puertos. En el Mediterráneo, donde el cambio climático ya aprieta con sequías, calor extremo y erosión costera, añadir millones de visitantes en picos de verano multiplica tensiones. Grecia ha tenido que estudiar soluciones tan gráficas como permitir piscinas hoteleras con agua de mar en islas afectadas por la sequía; varios programas europeos señalan la presión sobre recursos locales, degradación ambiental y overtourism como desafíos centrales del turismo mediterráneo. No es romanticismo ecologista: es fontanería, litros, kilovatios y basura. La épica acaba pronto cuando el depósito baja.

El tercer daño es laboral, aunque se mencione menos porque estropea la postal. El turismo crea empleo, nadie serio lo niega. Pero demasiado empleo turístico es estacional, mal pagado, físicamente duro y dependiente de ciclos externos que una ciudad no controla: guerras, tipos de interés, pandemias, aerolíneas, modas, divisas. Una economía urbana excesivamente turística puede parecer próspera mientras precariza a quienes la sostienen. El camarero sirve una mesa de 90 euros y vuelve a una habitación compartida; la limpiadora prepara apartamentos que nunca podrá alquilar; el guía encadena grupos bajo 38 grados; el taxista gana más en temporada y pierde la ciudad en atascos. La riqueza existe. La pregunta es quién la captura y quién solo la barre al final del día.

El cuarto daño es cultural, y aquí conviene no ponerse cursi, aunque apetezca. Una ciudad no pierde autenticidad porque haya visitantes, sino porque todo empieza a organizarse para ellos. El comercio cambia de lengua, de precio y de función. Donde había una mercería aparece una tienda de imanes; donde había menú para trabajadores aparece brunch fotogénico; donde había silencio nocturno aparece maleta rodando sobre adoquín a las dos de la mañana. La cultura local no desaparece de golpe, se adelgaza. Queda como perfume. Como marca. Como palabra en una carta plastificada. La ciudad sigue diciendo su nombre, pero cada vez con voz más prestada.

Lo que debería hacerse y casi nunca se hace del todo

La respuesta no puede ser una tasa suelta, una campaña de civismo y dos carteles en inglés. Hace falta regular la oferta, no solo gestionar la demanda. Eso implica límites reales a nuevas viviendas turísticas en zonas saturadas, inspecciones con datos cruzados, sanciones que duelan, obligación de compartir información por parte de plataformas, cupos de cruceros por día y por franja horaria, tasas finalistas que financien vivienda, limpieza, transporte y servicios en los barrios afectados, y planes de movilidad que impidan que todos entren por la misma puerta a la misma hora. No es comunismo ni apocalipsis administrativo. Es gestión de capacidad, algo que cualquier discoteca entiende mejor que muchas capitales europeas: cuando el local está lleno, dejar pasar más gente no mejora la fiesta; aumenta el riesgo de avalancha.

También hay que dejar de medir el éxito turístico por número de llegadas. La estadística fácil ha hecho mucho daño. Un destino puede recibir menos visitantes y vivir mejor si aumenta la estancia media, reparte temporadas, mejora salarios, reduce presión residencial y captura más valor local. “Más” no siempre es mejor. A veces es solo más. Las ciudades deberían premiar el turismo que duerme más noches, gasta en comercios locales, respeta normas, visita fuera de picos y no depende de vaciar viviendas. Deberían penalizar el turismo extractivo de unas horas cuando colapsa infraestructuras y deja poco valor. Eso no significa despreciar al excursionista, sino ponerle precio real a su impacto. Durante demasiado tiempo, Europa ha vendido entradas baratas a un espectáculo carísimo de mantener.

La vivienda debe salir del terreno de las frases bonitas. Sin parque público suficiente, sin alquiler estable, sin límites a la conversión turística en áreas tensionadas y sin protección del residente, todo lo demás es maquillaje. Barcelona, Atenas o Venecia pueden equivocarse en detalles, pero han entendido algo esencial: el turismo se vuelve políticamente tóxico cuando compite con el derecho a vivir. Y cuando un joven no puede quedarse en su barrio, cuando una enfermera no puede alquilar cerca del hospital, cuando una familia se marcha porque su edificio se ha convertido en un pasillo de códigos de acceso, la ciudad ya está pagando una deuda que no aparece en el balance turístico.

La Unión Europea tiene margen para actuar más allá del discurso amable. Puede exigir transparencia de datos a plataformas, armonizar estándares mínimos, apoyar a municipios que limiten usos turísticos, condicionar fondos a planes de sostenibilidad reales y tratar la presión turística como parte de la política de vivienda, clima y cohesión social. Porque el overtourism no es una anécdota local de vecinos irritados; es una forma de desigualdad territorial. Unos lugares concentran beneficios empresariales y costes urbanos; otros quedan fuera del mapa, vacíos o envejecidos. Hay media Europa rural pidiendo vida y media Europa monumental pidiendo aire. La solución no es mandar autobuses a la fuerza a pueblos abandonados, claro, pero sí repartir inversión, relato, infraestructuras y atractivo con algo más de inteligencia.

Europa necesita visitantes, pero no ciudades sacrificadas

El turismo seguirá siendo una de las grandes industrias europeas, y sería absurdo negarlo con gesto solemne. Da empleo, financia patrimonio, abre mundos, mezcla lenguas, sostiene negocios y permite que millones de personas descubran lugares que no son suyos y, precisamente por eso, importan. Viajar no es el pecado. El pecado es fingir que todos los viajes tienen el mismo impacto y que todas las ciudades pueden absorberlos sin límite. Europa no se ahoga porque la gente quiera verla. Se ahoga porque demasiados poderes han querido venderla por metros cuadrados, por franjas horarias, por licencias, por clics y por noches sueltas, sin preguntar demasiado a quienes viven dentro de la postal.

Las guerras y crisis externas pueden empujar más visitantes hacia el continente, pero el verdadero examen está en casa. Si Venecia solo cobra entrada, si Atenas solo congela unas licencias, si Barcelona solo mueve turistas de pisos a hoteles, si las islas solo ponen tasas mientras siguen ampliando capacidad, el modelo seguirá crujiendo con otro nombre. La pregunta incómoda es si Europa quiere ser hogar con visitantes o escaparate con figurantes. La diferencia se nota en cosas pequeñas: una escuela abierta, una fuente que no se seca, una tienda donde aún compra el vecino, una calle donde la maleta no suena más que la conversación. Ahí empieza la respuesta. No en odiar al turista. En dejar de sacrificar ciudades para que el negocio pueda seguir llamándose normalidad.

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