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Historia

El hundimiento del USS Indianapolis: tragedia, rescate y silencio

Una misión secreta terminó en cuatro días de agonía, errores militares y una batalla por limpiar el nombre del capitán.

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El hundimiento del USS Indianapolis y la memoria de su tripulación en el Pacífico

El USS Indianapolis se hundió en la madrugada del 30 de julio de 1945, después de recibir dos torpedos del submarino japonés I-58 en el Pacífico occidental. El crucero pesado desapareció bajo el agua en apenas 12 minutos, dejando a cientos de marineros heridos y sin protección en un océano abierto. De los 1.195 hombres que viajaban a bordo, 879 murieron y solo 316 fueron rescatados con vida.

La tragedia no terminó cuando el buque se fue a pique. Durante casi cinco días, los supervivientes soportaron heridas, quemaduras, deshidratación, exposición al sol, hipotermia nocturna, intoxicación por agua salada y ataques de tiburones. El rescate llegó por una casualidad operativa, no por una búsqueda organizada desde el primer momento. El caso reúne una misión nuclear ultrasecreta, fallos de comunicación y una de las peores catástrofes navales de Estados Unidos.

Un crucero construido para la guerra del Pacífico

El Indianapolis pertenecía a la clase Portland, una serie de cruceros pesados diseñados para combinar velocidad, artillería y autonomía. Fue construido por New York Shipbuilding Corporation, en Camden, Nueva Jersey, y entró en servicio el 15 de noviembre de 1932. Medía unos 181 metros de eslora, desplazaba más de 10.000 toneladas y podía superar los 32 nudos, una velocidad notable para un buque de su tamaño.

Su armamento principal estaba formado por nueve cañones de 203 milímetros instalados en tres torres triples. También contaba con piezas antiaéreas, ametralladoras, hidroaviones de observación y una tripulación que podía superar los 1.200 efectivos en tiempo de guerra. No era un barco improvisado ni una unidad secundaria: había sido concebido para escoltar, bombardear posiciones costeras y proteger operaciones navales de gran escala.

Antes de su último viaje, acumuló diez estrellas de combate por sus operaciones durante la Segunda Guerra Mundial. Participó en campañas del Pacífico, apoyó desembarcos y sirvió como buque insignia de la Quinta Flota bajo el mando del almirante Raymond Spruance. También fue utilizado en ocasiones como buque presidencial durante la administración de Franklin D. Roosevelt, una función que reforzó su valor simbólico dentro de la Armada.

En marzo de 1945, durante la batalla de Okinawa, un avión kamikaze impactó contra el crucero. El golpe causó daños graves, mató a varios tripulantes y obligó al barco a regresar a Estados Unidos para ser reparado. Tras las obras en el astillero de Mare Island, California, el Indianapolis volvió al servicio en un momento en que la guerra se acercaba a su desenlace, aunque nadie a bordo conocía la naturaleza de su siguiente encargo.

La misión secreta que aceleró el final de la guerra

El 16 de julio de 1945, el crucero partió de San Francisco con rumbo a la isla de Tinián, en las Marianas. Navegó con prioridad máxima y mantuvo un ritmo excepcional para completar el trayecto. En sus bodegas llevaba componentes esenciales de un arma atómica, entre ellos material relacionado con el núcleo de uranio de la bomba que Estados Unidos utilizaría sobre Hiroshima el 6 de agosto.

El barco no transportaba una bomba atómica completa y la mayoría de los marineros desconocía qué había sido cargado. La operación se desarrolló bajo un estricto control de información y con instrucciones de comunicación muy limitadas. La carga llegó a Tinián el 26 de julio, donde fue entregada al personal encargado de ensamblar el arma. Después, el Indianapolis recibió la orden de trasladarse a Guam antes de continuar hacia Leyte, en Filipinas.

La importancia del cargamento explica la velocidad del viaje, pero no convierte al crucero en un objetivo conocido por el enemigo. El submarino I-58 no sabía que el barco había participado en aquella misión nuclear. Para su comandante, Mochitsura Hashimoto, se trataba de una unidad estadounidense detectada en una ruta de patrulla. La conexión entre el transporte de los componentes atómicos y el naufragio es histórica, aunque el ataque japonés no fue una acción dirigida contra esa carga.

El Indianapolis llegó a Guam el 28 de julio y partió ese mismo día hacia Leyte. La ruta atravesaba una zona en la que seguían operando submarinos japoneses. El crucero navegaba sin escolta, una decisión que después sería examinada con dureza, pero que no era excepcional en las últimas semanas de la guerra. La Armada consideraba que el tráfico submarino enemigo estaba muy debilitado y no transmitió al comandante una alerta específica sobre la presencia del I-58.

Los torpedos del I-58 y los 12 minutos decisivos

Poco después de la medianoche del 30 de julio, el I-58 avistó al Indianapolis. El submarino japonés se colocó en posición de ataque y lanzó una salva de torpedos Tipo 95. Dos proyectiles alcanzaron el crucero por el costado de estribor, cerca de la proa y de la zona central. Las explosiones destruyeron compartimentos, cortaron sistemas esenciales y provocaron una entrada de agua imposible de controlar.

El primer impacto causó una devastación inmediata. El segundo agravó la inundación y dejó al buque sin tiempo suficiente para organizar una evacuación completa. Algunas balsas y chalecos salvavidas quedaron inutilizados, mientras que numerosos marineros murieron atrapados en los compartimentos inferiores. El barco escoró con rapidez y se hundió antes de que muchos hombres pudieran comprender lo que estaba sucediendo.

La velocidad del naufragio explica buena parte de la cifra de víctimas. Un crucero de casi 181 metros desapareció en menos de un cuarto de hora, en plena oscuridad, con el mar cubierto de combustible y restos metálicos. Quienes lograron saltar o fueron expulsados por las explosiones quedaron dispersos en grupos pequeños. Algunos llevaban chalecos, otros se aferraron a fragmentos del casco y muchos permanecieron en el agua con quemaduras, fracturas o heridas abiertas.

La profundidad de la zona y la rapidez de la pérdida impidieron una operación inmediata sobre el pecio. Durante décadas se desconoció la ubicación exacta del barco. Los restos fueron localizados en 2017, a más de 5.000 metros de profundidad, en una zona del mar de Filipinas. El hallazgo confirmó el lugar del naufragio, pero no alteró la condición protegida del sitio, considerado un cementerio de guerra.

La espera en el océano y el verdadero papel de los tiburones

Los supervivientes pasaron cuatro días y cinco noches en el mar, aunque la duración exacta de la exposición varió según el grupo y el momento en que cada hombre abandonó el buque. El calor diurno castigaba la piel y aceleraba la pérdida de líquidos; por la noche, el viento y el agua enfriaban cuerpos ya debilitados. La ropa empapada, el combustible adherido a la piel y la falta de un horizonte cercano convertían cada hora en una prueba física.

El agua potable era escasa o inexistente. Algunos hombres bebieron agua de mar, una decisión desesperada que empeoró la deshidratación y pudo provocar delirios, convulsiones y fallos orgánicos. Otros murieron por sus heridas, por la exposición o por el agotamiento. Los grupos se fragmentaron, y la disciplina de una tripulación entrenada cedió ante la sed, el dolor y la confusión.

Los tiburones estuvieron presentes, sobre todo especies oceánicas como el tiburón de puntas blancas y ejemplares de tiburón tigre. El ruido del hundimiento, la sangre y los cuerpos atrajeron a los animales. Hubo ataques y algunos marineros murieron por mordeduras, pero no existe una cifra precisa que permita atribuir a los tiburones la mayoría de las 879 muertes.

La cultura popular convirtió a los depredadores en el centro del relato, especialmente después de que el personaje Quint describiera el episodio en la película Tiburón, estrenada en 1975. Esa escena fijó una imagen poderosa, pero incompleta. Los supervivientes también hablaron de hombres que desaparecieron por beber agua salada, de compañeros que perdieron la razón y de heridos que no pudieron mantenerse a flote. Reducir la tragedia a un ataque animal borra la dimensión humana del desastre.

Las alucinaciones fueron otro elemento frecuente en los testimonios. Algunos náufragos creyeron ver islas, barcos o incluso el propio crucero flotando cerca. La sed y el agotamiento alteraban la percepción hasta el punto de que varios hombres intentaron nadar hacia imágenes inexistentes. En aquel mar sin referencias, la mente fabricaba una costa donde solo había agua, una ilusión tan peligrosa como cualquier amenaza exterior.

Un rescate accidental después de cuatro días

El rescate comenzó el 2 de agosto, cuando el teniente Wilbur Gwinn sobrevoló la zona durante una patrulla rutinaria. Desde su avión observó una mancha de petróleo que se extendía sobre la superficie y después distinguió grupos de hombres en el agua. El hallazgo no fue resultado de una búsqueda coordinada del crucero, sino de una coincidencia aérea que interrumpió la misión prevista.

La noticia activó la llegada de otras aeronaves. El teniente Adrian Marks aterrizó con un hidroavión PBM Mariner, una maniobra arriesgada y contraria a los procedimientos habituales debido al oleaje y al estado del aparato. Su tripulación subió a bordo a decenas de supervivientes y utilizó cuerdas de paracaídas para sujetar a otros hombres a las alas y evitar que desaparecieran entre las olas.

Los barcos de superficie tardaron más en alcanzar el área. Durante la noche del 2 al 3 de agosto y en las horas posteriores, las unidades de rescate fueron recogiendo a los grupos dispersos. La operación terminó el 3 de agosto, cuando ya habían muerto cientos de hombres que podrían haber sido encontrados antes. El balance oficial quedó fijado en 1.195 tripulantes embarcados, 879 fallecidos y 316 supervivientes.

La demora abrió una investigación sobre la cadena de avisos. Varias estaciones habían recibido señales o indicios relacionados con el hundimiento, pero no fueron tratados con la urgencia necesaria. Un mensaje no fue autenticado correctamente, otro operador estaba bajo los efectos del alcohol y una estación que recibió información no transmitió una alerta efectiva. La combinación de secretismo, burocracia y errores individuales dejó a los náufragos fuera de una respuesta de emergencia durante demasiado tiempo.

El juicio al capitán McVay

El capitán Charles Butler McVay III sobrevivió al hundimiento y fue sometido a un consejo de guerra en diciembre de 1945. La acusación se centró en que no había ordenado navegar en zigzag, una maniobra utilizada para dificultar el cálculo de tiro de los submarinos. La Armada sostuvo que esa decisión había contribuido a que el I-58 acertara sus torpedos.

El proceso tuvo una particularidad extraordinaria: Mochitsura Hashimoto, el comandante japonés que había dirigido el ataque, declaró que el zigzag no habría cambiado el resultado porque el Indianapolis ya estaba dentro de una posición favorable para el lanzamiento. Aun así, McVay fue declarado culpable de poner en peligro el buque por no realizar aquella maniobra. No recibió una condena de prisión, pero la sentencia dañó su carrera y lo convirtió en el rostro institucional de una catástrofe mucho más amplia.

Los supervivientes y sus familias mantuvieron durante décadas una campaña para revisar el caso. Argumentaban que el capitán no había recibido una advertencia clara sobre la amenaza submarina, que el barco navegaba dentro de una ruta autorizada y que la Armada había fallado al no reaccionar a los avisos de socorro. También señalaban que responsabilizar a McVay permitía apartar la mirada de los fallos de comunicación y de planificación.

El Congreso aprobó en 2000 una resolución que exoneró públicamente a McVay y estableció que su historial debía reflejar que no había sido responsable de la pérdida del barco. El capitán no llegó a conocer esa reivindicación: se suicidó en 1968. Su muerte añadió otra capa de dolor a una historia marcada por la culpa, el silencio y la dificultad de asumir responsabilidades dentro de una institución militar.

El hallazgo del pecio y la memoria de la tripulación

La ubicación del crucero permaneció oculta durante más de siete décadas porque los datos de navegación disponibles no permitían fijar con seguridad el punto exacto. En agosto de 2017, un equipo de exploración liderado por el investigador Paul Allen localizó los restos mediante tecnología de sonar y vehículos submarinos operados a distancia. El pecio se encuentra en un cañón submarino, en un entorno de gran profundidad y relieve irregular.

Las imágenes mostraron partes del casco y estructuras reconocibles, pero no convirtieron el lugar en una atracción. La profundidad, las corrientes y la condición de cementerio militar hacen inviable cualquier recuperación convencional. El hallazgo tuvo sobre todo un valor histórico: permitió confirmar dónde terminó el barco y ofreció a las familias un punto concreto alrededor del cual preservar la memoria.

El Indianapolis ocupa un lugar incómodo en la historia de la Segunda Guerra Mundial. Su misión contribuyó a que los componentes de la primera bomba atómica llegaran a Tinián, pero la tripulación no conocía la magnitud de la carga. Cuatro días después de completar esa tarea, el barco fue destruido sin que sus atacantes supieran que acababa de participar en una operación decisiva para el desenlace del conflicto.

La fama posterior estuvo dominada por los tiburones y por el cine, mientras que muchos supervivientes evitaron hablar durante años. La memoria familiar conservó nombres, silencios y escenas difíciles de contar: hombres cubiertos de petróleo, compañeros que desaparecían durante la noche, cuerpos que no pudieron ser recuperados. El legado principal no pertenece al mito, sino a quienes soportaron el naufragio y a las familias que mantuvieron viva su historia.

Una tragedia que exige mirar más allá del mito

El hundimiento del crucero no puede explicarse con una sola causa. Los torpedos japoneses provocaron la pérdida inmediata del buque, pero la magnitud de la tragedia también estuvo relacionada con la ausencia de escolta, la información incompleta sobre la amenaza, la falta de reacción ante los avisos y la demora del rescate. En el agua, las heridas, la sed y la exposición hicieron el resto.

La historia tampoco encaja en una narración simple de heroísmo o negligencia. Hubo decisiones discutibles, procedimientos mal aplicados y actos extraordinarios de auxilio. El hidroavión que aterrizó en mar abierto, los marineros que compartieron chalecos y los hombres que mantuvieron unidos a sus grupos muestran una resistencia que no aparece cuando todo el relato se concentra en el ataque inicial.

Hoy, el pecio permanece en silencio en el fondo del Pacífico, lejos de las rutas turísticas y de las cámaras que transformaron el caso en leyenda. Sobre la superficie, durante aquellos días de 1945, cientos de hombres esperaron una ayuda que llegó demasiado tarde. Recordar esa espera con sus dimensiones completas permite entender que la tragedia del USS Indianapolis no fue solo la historia de un barco hundido, sino también la de una cadena de decisiones que dejó a una tripulación luchando contra el océano.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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