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¿Por qué Trump quiere a Infantino como secretario general de la ONU?
Trump sitúa a Gianni Infantino en la carrera por dirigir la ONU, una apuesta inesperada que mezcla fútbol, poder y diplomacia internacional.

Donald Trump quiere que Gianni Infantino, presidente de la FIFA, se convierta en el próximo secretario general de Naciones Unidas. La propuesta, todavía informal, parte de la convicción del presidente estadounidense de que el dirigente del fútbol mundial es respetado internacionalmente y posee una capacidad poco común para reunir a personas de países, culturas e intereses muy distintos.
Por ahora, sin embargo, Infantino no es candidato oficial. Su nombre no aparece entre los aspirantes registrados por la ONU, tampoco existe un anuncio formal de la Casa Blanca ni una declaración pública del propio dirigente aceptando la idea. Estamos ante una preferencia política que ha salido a la luz, no ante una nominación. Entre el deseo de Trump y el despacho principal del edificio de cristal de Manhattan hay unos pocos kilómetros y un océano institucional.
Trump mueve ficha después del Mundial
La noticia llega apenas unos días después de terminar el Mundial organizado por Estados Unidos, México y Canadá, un torneo que reforzó de manera visible la relación entre Trump e Infantino. El presidente estadounidense participó junto al jefe de la FIFA en la entrega del trofeo a España, campeona tras derrotar a Argentina en la final disputada en Nueva Jersey. Ambos habían compartido actos, reuniones oficiales y ceremonias durante meses.
No se trata de una amistad improvisada en el palco. Infantino entregó a Trump en diciembre de 2025 el primer Premio de la Paz de la FIFA, creado por la propia organización, y la entidad futbolística llegó a instalar una oficina representativa en la Trump Tower de Nueva York. La diplomacia del balón, llamémosla así, ha adquirido una curiosa afición por los edificios con apellido.
El éxito comercial y de audiencia del Mundial habría terminado de convencer a Trump. Infantino dirige una organización con 211 federaciones nacionales, más miembros incluso que los 193 Estados representados en la Asamblea General de la ONU. Ha aprendido a negociar con gobiernos, patrocinadores, monarquías, democracias fatigadas y dirigentes deportivos que sonríen en la fotografía mientras se pisan bajo la mesa.
Esa experiencia constituye, según el razonamiento atribuido al presidente estadounidense, una credencial diplomática. Trump no estaría buscando necesariamente a un diplomático de carrera, sino a un gestor global con reconocimiento inmediato, habilidad para moverse entre poderes enfrentados y cierta querencia por los grandes escenarios. Muy en su estilo: menos pasillos silenciosos, más focos.
Qué hay de cierto en la candidatura de Infantino
La parte confirmada es concreta: Trump desea impulsar a Gianni Infantino como sucesor de António Guterres. La parte que todavía no existe es todo lo demás. No hay carta de nominación, campaña declarada, programa para Naciones Unidas ni respaldo público de otros gobiernos.
El presidente valora especialmente la capacidad de Infantino para unir a personas de países y culturas diferentes. Es una descripción favorable, casi de folleto institucional, aunque políticamente comprensible: la FIFA gobierna un ecosistema planetario y distribuye fondos entre sus asociaciones, lo que ha permitido a su presidente construir una red internacional de apoyos especialmente sólida fuera de Europa.
El dirigente suizo de origen italiano, nacido en 1970, preside la FIFA desde febrero de 2016. Fue reelegido en 2023 y anunció en abril de 2026 que volverá a presentarse en las elecciones de 2027. Su proyecto conocido, por tanto, sigue estando en el fútbol. Cambiarlo por la ONU exigiría abandonar —o al menos alterar por completo— una carrera para la que ya ha pedido el apoyo de las federaciones.
Infantino no puede presentarse por su cuenta
El cargo de secretario general de la ONU no se conquista mediante una campaña personal al uso. Un Estado miembro debe proponer formalmente al candidato mediante una comunicación dirigida a la presidencia de la Asamblea General y a la del Consejo de Seguridad. Las autonominaciones no están permitidas, aunque pueden incorporarse nombres después del plazo orientativo fijado para abril.
Estados Unidos podría impulsar la candidatura si la Administración Trump decide convertir la filtración en una iniciativa diplomática real. Después comenzaría la parte verdaderamente complicada: lograr apoyos suficientes en el Consejo de Seguridad y evitar el veto de China, Rusia, Francia o Reino Unido. El respaldo de Washington cuenta mucho, claro. No cuenta solo.
Infantino tampoco ha indicado públicamente que desee el puesto. Esa ausencia resulta significativa porque en abril anunció su intención de continuar al frente de la FIFA. Una candidatura a Naciones Unidas supondría elegir entre dos instituciones universales, aunque de naturaleza muy diferente: una organiza mundiales y reparte fondos deportivos; la otra intenta contener guerras, gestionar crisis humanitarias y mantener un orden multilateral que cruje por todas las juntas.
Cómo se elige al próximo secretario general de la ONU
António Guterres concluirá su segundo mandato el 31 de diciembre de 2026. El nuevo secretario general asumirá el cargo el 1 de enero de 2027 y será el décimo dirigente de Naciones Unidas desde la fundación de la organización. El proceso suele resolverse entre agosto y octubre, después de consultas reservadas en el Consejo de Seguridad y de los diálogos públicos celebrados con los aspirantes.
El procedimiento tiene dos estaciones. Primero, el Consejo de Seguridad recomienda un nombre. Después, la Asamblea General realiza el nombramiento. Sobre el papel participan 193 países; en la práctica, el embudo decisivo está en el Consejo y, sobre todo, en sus cinco miembros permanentes: Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido. Cualquiera de ellos puede bloquear al aspirante mejor relacionado, más carismático o más fotografiado del planeta.
El veto pesa más que la popularidad
La candidatura necesitaría una mayoría suficiente dentro del Consejo de Seguridad y no recibir ningún veto de las cinco potencias permanentes. Ahí reside la primera gran dificultad para Infantino. Su proximidad a Trump podría abrirle la puerta estadounidense, pero también despertar recelos en gobiernos enfrentados con Washington o preocupados por la creciente mezcla entre deporte, negocios y política.
La ecuación es incómoda. China mantiene una relación estratégica con la FIFA y desea ampliar su peso futbolístico; Rusia ha encontrado en Infantino una voz favorable a revisar su exclusión de las competiciones internacionales; Francia y Reino Unido observan con más prevención las tensiones entre la dirección de la FIFA y el fútbol europeo. Cada potencia haría sus cuentas. En Naciones Unidas, la admiración universal suele durar hasta que comienza la primera votación secreta.
La elección tampoco gira únicamente alrededor de los vetos. Existe una fuerte presión para que el cargo recaiga por primera vez en una mujer y una expectativa informal de que la próxima persona proceda de América Latina o el Caribe. No es una norma escrita, pero tres de los cuatro candidatos actualmente registrados pertenecen a esa región.
Los candidatos oficiales y las resistencias a Infantino
La lista oficial incluye a Michelle Bachelet, expresidenta de Chile y ex alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos; Rafael Mariano Grossi, diplomático argentino y director general del Organismo Internacional de Energía Atómica; Rebeca Grynspan, exvicepresidenta de Costa Rica y secretaria general de la Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo; y Macky Sall, expresidente de Senegal.
Son perfiles con experiencia gubernamental, diplomática o interna en el sistema de Naciones Unidas. Infantino aportaría algo distinto: dirección de una gran organización transnacional, negociación con gobiernos de todos los colores y dominio de una industria capaz de movilizar más público que casi cualquier acontecimiento político.
Su entrada alteraría una carrera hasta ahora marcada por la diplomacia tradicional y por el debate sobre la representación regional y de género. También obligaría a los gobiernos a discutir una cuestión incómoda: si gestionar la FIFA prepara realmente para dirigir Naciones Unidas o si el éxito comercial y la notoriedad mundial se están convirtiendo en sustitutos de la experiencia diplomática.
El presidente de la FIFA posee una base de apoyo formidable entre las federaciones nacionales, pero su gestión acumula críticas. Javier Tebas, presidente de LaLiga, reclamó esta semana su dimisión y le acusó de perjudicar al fútbol de clubes mediante la ampliación constante de las competiciones internacionales. Infantino, pese a esas objeciones, no tiene por el momento un rival claro para las elecciones de 2027.
Su cercanía a Trump también ha dejado de ser una simple cuestión protocolaria. La intervención del presidente estadounidense para pedir que se revisara la sanción al delantero Folarin Balogun durante el Mundial provocó una controversia sobre la independencia disciplinaria de la FIFA. Trump reconoció haber llamado a Infantino, aunque sostuvo que no le ordenó adoptar ninguna decisión.
La relación entre ambos ha provocado denuncias ante los órganos éticos deportivos por el premio de la paz concedido a Trump y por una posible vulneración del principio de neutralidad política. La FIFA ha defendido la independencia de sus estructuras, pero el episodio ofrece munición a quienes consideran que Infantino mantiene una cercanía excesiva con determinados gobiernos.
Ese historial no invalida una posible candidatura, pero condicionaría su recepción. El secretario general debe hablar con todos sin parecer propiedad de ninguno. La confianza transversal es su capital más delicado; basta una fotografía demasiado entusiasta, una concesión mal explicada o un padrino excesivamente visible para depreciarlo.
Del palco presidencial al Consejo de Seguridad
La posibilidad de que Gianni Infantino dirija Naciones Unidas no es todavía una candidatura, sino una idea atribuida a Trump que podría quedarse en conversación privada, convertirse en globo sonda o desembocar en una nominación oficial. La diferencia dependerá de lo que haga Washington durante las próximas semanas y, sobre todo, de si el presidente de la FIFA acepta entrar en una carrera dominada por vetos, equilibrios regionales y negociaciones que rara vez aparecen en televisión.
Infantino posee contactos globales, experiencia ejecutiva y una capacidad probada para construir mayorías dentro del fútbol. También arrastra controversias sobre la independencia de la FIFA y una relación con Trump tan estrecha que sería simultáneamente su principal impulso y su mayor debilidad.
El Mundial termina cuando se apagan las luces del estadio. En la ONU no hay pitido final ni prórroga: hay cinco potencias con derecho a veto, 193 gobiernos mirando de reojo y demasiadas guerras esperando en la puerta. Trump ha puesto el nombre sobre la mesa. Falta saber si Infantino quiere sentarse y, más difícil todavía, quién estaría dispuesto a dejarle la silla.

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