Tecnología
¿Por qué Texas frena los centros de datos de IA por energía y agua?
Texas congela nuevos centros de datos de IA ante una demanda eléctrica descomunal y el creciente temor por el impacto sobre el agua de Texas.

Texas ha pisado el freno a uno de los negocios que más deprisa estaban creciendo en el estado: los grandes centros de datos, incluidos los destinados a inteligencia artificial. El gobernador Greg Abbott ha ordenado que ningún proyecto que avance por el proceso de conexión de ERCOT siga adelante hasta superar una auditoría sobre electricidad, agua, ayudas públicas, propiedad e impacto local. El motivo cabe en una cifra difícil de digerir: el operador eléctrico estudia solicitudes de nueva demanda que suman 474 gigavatios, más de cinco veces el récord de consumo máximo de su red. Aproximadamente el 90% corresponde a centros de datos.
Pero conviene afinar la noticia porque el matiz importa. Texas no ha prohibido todos los centros de datos ni ha detenido físicamente todas las obras. La orden afecta a los proyectos que necesitan avanzar por el procedimiento de interconexión de ERCOT, la red que atiende alrededor del 90% de la demanda eléctrica texana. Instalaciones completamente aisladas de esa red, con generación propia, y proyectos situados en zonas de Texas que quedan fuera de ERCOT pueden encontrarse en otra situación. Es una pausa regulatoria enorme, sí; no exactamente un candado colocado sobre las puertas de cada edificio con servidores.
Texas descubre el límite físico de la fiebre de la IA
Durante años, Texas cultivó con bastante entusiasmo la imagen de paraíso de las grandes inversiones tecnológicas: terreno abundante, energía, fiscalidad atractiva, regulación amable y una economía acostumbrada a recibir proyectos industriales de dimensiones poco discretas. Los centros de datos encajaban perfectamente en ese paisaje. Hasta que empezaron a multiplicarse a una velocidad que la infraestructura eléctrica no podía tratar como una simple ampliación del polígono industrial de siempre.
ERCOT reconocía en junio que estaba siguiendo más de 438.000 megavatios de solicitudes de grandes consumidores, de los cuales casi el 89% procedía de centros de datos. Dos meses después, la cifra manejada por Abbott había escalado hasta unos 474 GW. El contraste resulta todavía más llamativo al mirar la realidad cotidiana de la red: el récord oficial de demanda de ERCOT se situó el 22 de julio de 2026 en algo más de 91 GW.
Eso no significa, claro, que Texas vaya a necesitar mañana 474 GW adicionales ni que cada solicitud vaya a convertirse en un campus de servidores. Las colas de conexión contienen proyectos en fases muy distintas y una parte nunca llegará a construirse. Precisamente ahí aparece uno de los problemas: la cola había dejado de funcionar como una fotografía razonable de la demanda futura y empezaba a parecerse a una enorme carpeta de aspiraciones empresariales. Para planificar líneas eléctricas, centrales y subestaciones, una aspiración de varios gigavatios no es precisamente una nota al margen.
Los 474 GW no son consumo real, sino solicitudes acumuladas
El dato de los cinco picos eléctricos de Texas necesita esa explicación. Los 474 GW representan demanda propuesta en el proceso de conexión, no electricidad que estén consumiendo actualmente los centros de datos. Abbott utiliza la comparación para expresar la magnitud de la avalancha: si todas esas peticiones se materializaran simultáneamente, superarían en más de cinco veces el máximo histórico alcanzado por ERCOT.
También circula la cifra de unos 1.600 centros o solicitudes relacionadas con estas instalaciones. Los datos públicos varían según la fecha y qué se contabilice exactamente. Otras estimaciones han situado en más de 1.800 los proyectos presentes en la cola de ERCOT, mientras que el dato oficial más sólido y comparable utilizado por el gobernador es el de potencia: 474 GW de nueva demanda, aproximadamente un 90% vinculada a centros de datos. Convertir toda esa cola en un número exacto de futuros centros resulta bastante más aventurado.
Hay, además, una peculiaridad de la nueva generación de instalaciones. Un centro de datos convencional podía ser un consumidor industrial importante; un complejo diseñado para entrenar y ejecutar modelos avanzados de inteligencia artificial puede acercarse a cargas de escala gigavatio. Es otra liga. Un edificio silencioso lleno de chips termina teniendo, visto desde la red eléctrica, algo del apetito energético de una pequeña ciudad o de un gran complejo industrial.
La electricidad es solo media historia: también está el agua
Abbott no ha pedido únicamente saber cuántos megavatios pretende consumir cada empresa. La auditoría exige que los promotores expliquen su consumo anual y máximo de agua, de dónde piensan obtenerla, cuánto reutilizarán y qué tecnología emplearán para refrigerar sus instalaciones. Se contemplan expresamente sistemas refrigerados por aire, circuitos cerrados y otras soluciones destinadas a reducir el gasto hídrico.
La preocupación no apareció de repente con la carta del gobernador. Texas lleva años planificando cómo sostener su crecimiento demográfico e industrial durante periodos de sequía, y su Plan Estatal del Agua de 2027, aprobado el 23 de julio, está construido precisamente alrededor de las necesidades futuras de suministro y de las estrategias necesarias para mantenerlo. Decir que Texas sencillamente «no tiene agua» sería exagerado; decir que puede permitirse ignorar quién consume millones de litros en zonas sometidas a estrés hídrico tampoco tendría demasiado sentido.
Las estimaciones sobre el crecimiento de los centros de datos apuntan a que estas instalaciones, responsables actualmente de menos del 1% del uso de agua del estado, podrían representar entre el 3% y el 9% en 2040, dependiendo del crecimiento de la industria y de las tecnologías de refrigeración empleadas. El porcentaje puede parecer pequeño hasta recordar el tamaño de Texas. En términos absolutos, son volúmenes formidables y, sobre todo, no se consumen de manera uniforme: el problema puede concentrarse justo en una comunidad donde el acuífero o la red municipal ya llegan con la lengua fuera.
La auditoría nació también de un problema de transparencia
La gota que terminó de llenar el vaso —agua incluida— fue la escasa información disponible. La Comisión de Servicios Públicos de Texas había enviado una encuesta para conocer el consumo eléctrico y de agua de estas instalaciones. De 377 empresas notificadas, solo 28 habían respondido. Abbott ha citado expresamente la falta de colaboración de algunos centros de datos como una de las razones para ordenar la revisión general.
Electricidad propia, agua propia y quién paga las infraestructuras
El nuevo examen va bastante más lejos que preguntar cuántos servidores caben en un edificio. Texas quiere conocer las subvenciones, exenciones fiscales y ayudas locales obtenidas por cada proyecto; qué porcentaje de su electricidad producirá por sus propios medios; qué inversiones realizará para reducir su dependencia de ERCOT; cómo obtendrá el agua; y qué medidas adoptará frente al ruido, la iluminación, el tráfico o las emergencias que afectan a los vecinos. También deberá identificarse quién controla realmente cada proyecto.
La filosofía que empieza a abrirse paso es bastante sencilla: si una empresa pretende instalar una infraestructura de varios miles de millones destinada a alimentar la carrera mundial por la IA, el coste de adaptar la red no debería deslizarse silenciosamente hacia la factura del consumidor doméstico. Texas ya había endurecido en 2025 el tratamiento de los grandes consumidores mediante la SB 6, y ERCOT preparó después el sistema denominado Batch Zero para estudiar conjuntamente las solicitudes superiores a 75 MW, en lugar de analizarlas una a una como antes.
El sistema Batch Zero también ha quedado congelado
Batch Zero era, en cierto modo, la respuesta técnica al atasco. ERCOT agrupaba grandes peticiones y calculaba qué combinación podía soportar la red, dónde serían necesarias nuevas líneas y qué proyectos podían aceptar cortes temporales de consumo cuando el sistema estuviera bajo presión. Incluso se contemplaban vías distintas para instalaciones capaces de producir parte de su propia electricidad.
La orden de Abbott ha obligado a posponer ese estudio de planificación, precisamente cuando comenzaba a poner orden en la cola. Y la suspensión tiene consecuencias económicas bastante menos abstractas que una discusión sobre gigavatios: muchos promotores habían depositado importantes garantías para participar en el proceso. Determinados proyectos tuvieron que aportar 50.000 dólares por megavatio para entrar en Batch Zero. En complejos gigantescos, la factura se cuenta fácilmente en decenas de millones.
No existe por ahora un calendario público claro que determine cuánto durará la auditoría. Esa incertidumbre regulatoria ha dejado inversiones, contratos de suelo y decisiones de construcción flotando en una especie de sala de espera. Algunas empresas estudian sus opciones, aunque hasta el momento no se ha producido una retirada generalizada de proyectos. Texas sigue siendo demasiado atractivo como para que miles de millones de dólares cojan la autopista de salida de un día para otro.
De paraíso de la IA a laboratorio de sus límites
La paradoja texana es difícil de mejorar. El mismo estado que promocionó su abundancia energética y su facilidad para hacer negocios está descubriendo que la inteligencia artificial no vive en una nube etérea. Vive en naves industriales, transformadores, cables de alta tensión, turbinas, sistemas de refrigeración y tuberías. La nube, al final, pesa. Y consume.
Texas tampoco está renunciando a convertirse en una potencia mundial de centros de datos. Las previsiones del sector siguen situándolo en condiciones de disputar a Virginia el liderazgo del mercado antes de 2030. Lo que está cambiando es la pregunta política: no tanto cuántos proyectos puede atraer el estado, sino cuántos puede absorber sin trasladar sus costes y riesgos al resto de la población.
Y ahí está la verdadera noticia. No es que Texas haya descubierto de repente una animadversión hacia la IA. Ha descubierto algo mucho más prosaico: el crecimiento digital también obedece a las leyes de la física. Los modelos pueden escalar con una facilidad asombrosa; las redes eléctricas, los embalses y los acuíferos no. Entre ambas velocidades se ha abierto una grieta de 474 gigavatios, y Texas acaba de decidir que, antes de seguir construyendo sobre ella, alguien tendrá que echar las cuentas.












