Tecnología
¿Cómo lograron teletransportar información por cables de internet?
La teletransportación cuántica convivió con tráfico convencional en fibra óptica, y otro ensayo llevó el entrelazamiento a una red urbana real.

Resumen
- Northwestern teletransportó estados cuánticos por fibra con tráfico clásico
- El experimento de 2026 llevó el entrelazamiento a una red urbana real
- La fibra actual podría servir de base para una futura internet cuántica
La teletransportación cuántica a través de fibra óptica convencional ya no pertenece únicamente al territorio de la ciencia ficción. Investigadores de la Universidad Northwestern demostraron que es posible transferir un estado cuántico por una fibra de 30,2 kilómetros mientras el mismo cable transporta comunicaciones clásicas de alta velocidad. No desaparece un objeto en Chicago para reaparecer en Madrid —la física sigue teniendo cierta consideración por nuestro sentido común—: lo que se transfiere es información cuántica, no materia.
Hay, sin embargo, un matiz importante para entender correctamente el avance. La teletransportación propiamente dicha fue demostrada en 2024 en una fibra de laboratorio por la que circulaba simultáneamente tráfico clásico de 400 Gbps. El salto posterior llegó en julio de 2026: el mismo equipo consiguió distribuir fotones entrelazados por 24,4 kilómetros de fibra instalada entre Evanston y Chicago, mezclándolos con tráfico moderno de telecomunicaciones. En ese segundo experimento todavía no se realizó la teletransportación completa entre los dos puntos remotos; se demostró uno de sus ingredientes fundamentales y, probablemente, el más delicado de sacar del laboratorio.
Qué significa realmente teletransportar información cuántica
La palabra invita al equívoco. En física cuántica, teletransportar no significa trasladar físicamente una partícula de un punto a otro. Significa reconstruir en otro lugar el estado cuántico de un sistema utilizando entrelazamiento, una medición específica y comunicación clásica.
Dos partículas pueden prepararse de forma que sus propiedades presenten correlaciones cuánticas imposibles de reproducir mediante la física clásica. Ese recurso, el entrelazamiento cuántico, funciona como una especie de puente matemático. Al realizar una medición de Bell sobre el estado que se desea transmitir y una partícula entrelazada, y comunicar después el resultado al receptor, este puede recuperar el estado original sobre otra partícula.
Eso tiene una consecuencia que conviene subrayar: la teletransportación cuántica no permite enviar mensajes más rápido que la luz. Hace falta transmitir información clásica para completar el proceso. Einstein puede descansar razonablemente tranquilo.
Tampoco se crea una copia perfecta del estado inicial. La mecánica cuántica impide clonar arbitrariamente un estado desconocido; durante el protocolo, el estado original deja de estar disponible en su forma inicial. Más que una fotocopiadora cósmica, es un traslado de información con reglas bastante estrictas.
El experimento de 30 kilómetros que cambió el problema
El trabajo desarrollado por Northwestern atacaba una dificultad muy concreta. Las señales cuánticas suelen utilizar fotones individuales, extraordinariamente débiles, mientras una red convencional mueve enormes cantidades de luz para transportar datos. Compartir fibra parecía poco menos que meter una luciérnaga dentro de un estadio iluminado y pretender seguir distinguiendo sus destellos.
El equipo dirigido por Prem Kumar, profesor de ingeniería eléctrica e informática en Northwestern, encontró una zona relativamente tranquila del espectro óptico. Las comunicaciones clásicas circulaban por la denominada banda C, habitual en telecomunicaciones, mientras la señal cuántica se situó en la banda O. Se añadieron filtros espectrales y temporales muy estrechos y técnicas de detección de coincidencias para reducir el ruido generado, entre otras causas, por la dispersión Raman dentro de la fibra.
Funcionó. El experimento consiguió transferir un estado cuántico a través de 30,2 kilómetros de fibra mientras coexistía un canal clásico de 400 gigabits por segundo. La medición de Bell se efectuaba en un punto intermedio del enlace. El resultado mostró que ambos mundos, el internet que utilizamos y las futuras redes cuánticas, podían compartir infraestructura en condiciones que hasta entonces parecían demasiado ruidosas.
No es un detalle menor. Buena parte del coste potencial de una internet cuántica reside precisamente en la infraestructura. Si hubiese que tender una segunda red de fibra dedicada exclusivamente a señales cuánticas, desplegarla a gran escala sería una obra gigantesca. Si la fibra existente puede reutilizarse, la ecuación cambia.
El ruido era el enemigo
La dificultad nace de una diferencia brutal de escala. Una transmisión convencional utiliza cantidades enormes de fotones; una señal cuántica puede depender de uno solo. La luz clásica genera ruido y dispersión dentro del cable, suficientes para sepultar esos fotones delicados.
La solución no consistió en hacer la señal cuántica mucho más potente —eso destruiría precisamente las propiedades que se pretenden aprovechar—, sino en buscarle un pequeño carril libre dentro de una autopista óptica atestada. Ingeniería más que magia.
Y ese detalle quizá sea lo más interesante del trabajo: no es necesario apagar el tráfico convencional para que funcione la parte cuántica. La posibilidad de compartir un mismo medio físico acerca estas tecnologías al mundo real de las telecomunicaciones.
En 2026 los fotones salieron del laboratorio
La siguiente prueba llevó el experimento a un escenario considerablemente más incómodo. Northwestern conectó su campus de Evanston con una instalación situada en el centro de Chicago utilizando 24,4 kilómetros de fibra óptica realmente desplegada, no una bobina cuidadosamente controlada dentro de un laboratorio.
Uno de los fotones de cada pareja entrelazada permanecía en Evanston y el otro recorría la fibra hasta Chicago. Por ese mismo enlace circulaban dos canales clásicos de 800 Gbps, junto con potencia óptica adicional diseñada para reproducir las condiciones de una conexión comercial muy cargada. El nivel empleado era compatible con una capacidad clásica potencial de alrededor de 36 terabits por segundo.
El entrelazamiento sobrevivió con una fidelidad superior al 94%. También hubo que sincronizar ambos extremos con precisión de picosegundos mediante un sistema óptico de temporización, porque reconocer dos fotones que pertenecen a la misma pareja dentro de semejante torrente de señales requiere algo más que mirar el reloj del ordenador.
Aquí aparece la diferencia que algunos titulares han borrado por el camino. En 2024 sí hubo teletransportación de un estado cuántico, aunque sobre fibra instalada experimentalmente en el laboratorio. En la red metropolitana de 2026 lo conseguido fue distribuir entrelazamiento entre dos nodos remotos reales mientras la fibra seguía soportando tráfico convencional.
La siguiente etapa es ejecutar teletransportación completa entre esos nodos remotos. Primero hay que repartir el entrelazamiento; después utilizarlo para transferir el estado cuántico. Parece una pequeña diferencia semántica. Científicamente es enorme.
Para qué serviría una internet cuántica
Una internet cuántica no sería simplemente nuestro internet actual funcionando a una velocidad absurda. Esa comparación se queda corta y, sobre todo, apunta en la dirección equivocada.
Su función principal sería conectar procesadores, sensores y memorias cuánticas para realizar tareas que una red clásica no puede reproducir de la misma manera. Podría permitir computación cuántica distribuida, sincronización extremadamente precisa, determinados sistemas de detección y nuevas formas de comunicación protegidas por principios físicos.
La seguridad merece otra precisión. Hablar de una red cuántica como algo automáticamente “imposible de hackear” es demasiado alegre. Algunos protocolos cuánticos permiten detectar ciertas formas de interceptación y ofrecen garantías que no existen en comunicaciones clásicas, pero los dispositivos, el software y los extremos de la conexión siguen siendo tecnología humana. Y la tecnología humana posee una antigua tradición de encontrar maneras creativas de fallar.
Lo decisivo es que el entrelazamiento permite construir protocolos cuyo funcionamiento depende directamente de las leyes de la mecánica cuántica, no únicamente de que un problema matemático resulte difícil para un atacante.
Todavía faltan piezas importantes. A grandes distancias los fotones se pierden, y no basta con amplificar la señal como se hace en telecomunicaciones normales porque un estado cuántico desconocido no puede copiarse libremente. De ahí la investigación en repetidores cuánticos, memorias capaces de conservar estados durante más tiempo y sistemas para corregir errores.
También queda llevar estos experimentos desde enlaces concretos hasta redes con muchos nodos, diferentes operadores, equipamiento comercial y tráfico cambiante. Una prueba de decenas de kilómetros no equivale a una internet cuántica mundial. Ni mucho menos.
Internet podría cambiar sin cambiar sus cables
Lo paradójico del avance es que una tecnología asociada a laboratorios, detectores de fotones y fenómenos que desafían la intuición podría acabar viajando por algo tan cotidiano como la fibra enterrada bajo una avenida.
No se han teletransportado personas. Tampoco archivos que aparezcan instantáneamente al otro lado del planeta ni mensajes que burlen la velocidad de la luz. Lo que se ha demostrado es más sobrio y, precisamente por eso, más importante: los estados cuánticos pueden convivir con el tráfico convencional en infraestructura óptica existente, mientras el entrelazamiento también ha sobrevivido fuera del laboratorio en una conexión metropolitana cargada de datos.
La futura internet cuántica sigue siendo una tecnología en construcción. Pero tal vez no necesite levantar una autopista completamente nueva desde cero. Parte de la infraestructura lleva años bajo nuestros pies, transportando el internet de siempre mientras la física empieza a ensayar sobre ella una red bastante distinta.












