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¿Qué vio Raúl Incertis en Gaza? Un médico español cuenta el horror
El médico español Raúl Incertis relata desde Gaza amputaciones, niños heridos, escasez extrema y el material clínico que remitió a Naciones Unidas.

Foto: Instagram.
Resumen
- Raúl Incertis atendió en Gaza amputaciones y heridas bajo una escasez extrema
- El anestesista documentó lesiones y datos clínicos remitidos a Naciones Unidas
- Su testimonio retrata hospitales colapsados y miles de supervivientes heridos
Raúl Incertis vio Gaza desde un lugar donde las estadísticas pierden su forma abstracta: la mesa de operaciones. El médico español, especialista en Anestesiología y Reanimación, trabajó en la Franja en dos periodos distintos y pasó cuatro meses de 2025 atendiendo pacientes en hospitales sometidos a una presión extrema. Allí encontró heridos que llegaban en oleadas, niños sin familia, amputaciones y una escasez de medicamentos tan severa que, según ha relatado, algunos pacientes despertaban después de una intervención con poco más que ibuprofeno para contener el dolor. El resultado eran gritos. No una metáfora: gritos.
Su experiencia aparece en Ojalá curar fuera más fácil, publicado el 10 de septiembre de 2026, un libro que reconstruye su trabajo humanitario desde una perspectiva poco habitual: la de quien ha tenido que anestesiar, operar y estabilizar cuerpos mientras alrededor faltaban electricidad, medicinas, material y seguridad. Incertis no se limitó a atender pacientes. Fotografió lesiones, recogió nombres y datos clínicos y participó en la documentación remitida a Naciones Unidas.
Un anestesista atrapado entre la medicina y la guerra
La historia de Incertis con Gaza comenzó antes de que la Franja se convirtiera en el escenario de una devastación de enormes dimensiones. Había llegado con Médicos Sin Fronteras cuando le sorprendieron allí los ataques dirigidos por Hamás contra Israel del 7 de octubre de 2023, en los que murieron alrededor de 1.200 personas en Israel y fueron secuestradas otras muchas. Israel respondió con una campaña militar sobre Gaza que se prolongaría durante años y dejaría decenas de miles de muertos palestinos, una enorme destrucción urbana y un sistema sanitario exhausto.
Incertis fue evacuado aquella primera vez. Volvió después. Entre abril y julio de 2025 trabajó durante unos cuatro meses integrado en equipos médicos de emergencia vinculados a la Organización Mundial de la Salud. Pasó por centros como el Hospital Nasser de Jan Yunis y el Hospital Indonesio, en Jabalia. El regreso tenía algo de decisión profesional y algo más difícil de explicar: volver voluntariamente al lugar del que uno había conseguido salir.
En los hospitales, la lógica ordinaria de la medicina había saltado por los aires. Un servicio de urgencias está diseñado para priorizar pacientes, controlar tiempos, disponer de medicamentos y enviar a quirófano aquello que no puede esperar. En Gaza podían llegar decenas o incluso centenares de heridos después de un ataque. La elección ya no era qué tratamiento resultaba óptimo, sino qué podía hacerse con lo que quedaba.
La escena se repetía: polvo, sangre, familiares buscando a alguien, sanitarios exhaustos y camillas ocupando cualquier espacio disponible. En junio de 2025, su documentación recogió una jornada en la que llegaron alrededor de 200 heridos a un hospital. La palabra saturación se queda pequeña para algo así.
Operar cuando casi todo escasea
Una de las imágenes que Incertis ha recuperado al presentar su libro resume la degradación sanitaria mejor que una tabla de existencias. Tras determinadas amputaciones, los pacientes despertaban y el alivio disponible podía reducirse al ibuprofeno. Después empezaban los alaridos.
No se trata únicamente de que falte un analgésico concreto. La cirugía moderna depende de una cadena delicadísima: anestésicos, antibióticos, bolsas de sangre, material estéril, electricidad estable, oxígeno, personal, cuidados intensivos y medicamentos posteriores. Si uno de esos eslabones falla, el riesgo crece; cuando fallan varios a la vez, operar cambia completamente de significado.
La Organización Mundial de la Salud lleva tiempo describiendo esa degradación. En mayo de 2026 advertía de que ningún hospital de Gaza funcionaba plenamente, mientras más de la mitad de los medicamentos esenciales se encontraban agotados. Los informes humanitarios posteriores han seguido describiendo un sistema sanitario sobrecargado, restricciones de suministros y dificultades para mantener servicios dependientes de generadores eléctricos.
Incluso después de la reducción de la intensidad de los combates, la sanidad no regresó mágicamente a la normalidad. No hay botón de reinicio para un hospital destruido. Faltan instalaciones, profesionales, prótesis, rehabilitación y equipos que requieren meses o años para reponerse. Para 2026, las estimaciones internacionales hablaban de más de 5.000 amputaciones desde octubre de 2023 y de miles de pacientes necesitados de tratamiento especializado fuera de la Franja.
Cuando despertar también forma parte de la herida
Para un anestesista, despertar al paciente suele ser una buena noticia. Significa que la operación ha terminado y empieza otra fase. En las condiciones descritas por Incertis, ese momento podía ser exactamente lo contrario: el comienzo consciente del dolor.
Ahí aparece una de las paradojas más crueles de la medicina de guerra. Salvar una vida no significa haber resuelto el sufrimiento. El paciente amputado sigue necesitando analgesia, curas, antibióticos, fisioterapia y, más adelante, una prótesis. El niño al que se extrae metralla continúa necesitando cuidados cuando sale del quirófano. Y la persona que sobrevive a la explosión puede regresar a una tienda, a un edificio dañado o simplemente descubrir que buena parte de su familia ya no existe.
Ese es el Gaza que describe Incertis: no solamente muertos frente a supervivientes, sino supervivientes obligados a continuar con lesiones físicas y psicológicas que pueden durar años.
Los niños y una guerra que continúa dentro de la cabeza
Son los menores los que atraviesan con mayor crudeza su testimonio. Incertis ha explicado que llegó a perder la cuenta de los niños heridos que ingresaban después de haber perdido a sus familiares. Algunos presentaban heridas causadas por explosiones; otros llegaban con daños que obligaban a intervenciones inmediatas. Después estaban los que sobrevivían físicamente pero parecían quedarse en otro lugar.
Ha relatado el caso de un niño de nueve años que pasó semanas en cuidados intensivos y desarrolló una profunda alteración después del bombardeo: mirada fija, rechazo al contacto, gritos cuando alguien intentaba tocarle, mutismo. El cuerpo había sobrevivido. La guerra seguía dentro.
La dimensión infantil no es un elemento secundario dentro de las investigaciones internacionales. En junio de 2026, la Comisión Internacional Independiente de Investigación creada por el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas sostuvo que fuerzas israelíes habían atacado deliberadamente a menores palestinos y consideró esos hechos parte de sus conclusiones sobre la comisión de actos genocidas, crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Israel rechazó esas acusaciones, las calificó de difamatorias y mantiene que sus operaciones se dirigen contra Hamás y que el grupo utiliza a civiles como escudos.
No es un matiz menor. El término genocidio tiene un significado jurídico preciso y no debe utilizarse como simple adjetivo político. La comisión independiente de la ONU concluyó en septiembre de 2025 que las autoridades y fuerzas israelíes habían cometido cuatro de los cinco actos contemplados por la Convención sobre el Genocidio y que existía la intención específica requerida por ese delito. Israel rechazó tajantemente el informe. La causa presentada por Sudáfrica contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia sigue siendo un procedimiento distinto, y las medidas adoptadas por ese tribunal no equivalen por sí mismas a una sentencia definitiva sobre el fondo.
De médico a testigo forense ante Naciones Unidas
Incertis terminó desempeñando una función que normalmente queda lejos del trabajo cotidiano de un anestesista. Los equipos médicos internacionales rellenaban formularios con edad, sexo, tipo de lesión, mecanismo de la herida y tratamiento aplicado. Él fotografiaba determinadas lesiones y reunía información clínica que posteriormente podía entregarse a investigadores internacionales.
Lo explicaba de forma sencilla: observar sin hacer juicios de valor, como se enseña en Medicina Legal. Una herida de bala tiene una localización. Una quemadura, una extensión. La metralla deja determinados patrones. Una lesión se fotografía, se fecha y se vincula a un paciente. Ese procedimiento convierte lo que podría desaparecer en el ruido inmenso de una guerra en algo distinto: evidencia clínica documentada.
Parte de ese material llegó a la Comisión Internacional Independiente de Investigación sobre los territorios palestinos ocupados e Israel. En septiembre de 2025, la comisión hizo pública su conclusión sobre genocidio tras una investigación más amplia que también utilizó entrevistas, testimonios, imágenes y otros materiales. No fue, por tanto, un informe escrito por Incertis ni una conclusión basada exclusivamente en su documentación; su trabajo formó parte de un caudal probatorio mucho mayor. Esa precisión importa.
El médico había convertido así el quirófano en algo más que un lugar de asistencia. También era un espacio donde quedaban registrados los efectos concretos de la violencia.
Gaza en 2026: el hospital sigue contando la guerra
El libro aparece cuando Gaza permanece lejos de haber dejado atrás el conflicto. Aunque la intensidad de los combates se ha reducido en determinados periodos, la violencia no ha desaparecido. Los organismos humanitarios han seguido informando durante 2026 de víctimas, ataques, desplazamientos y graves dificultades para mantener los servicios básicos.
También siguen apareciendo cadáveres entre los escombros de edificios destruidos durante los años anteriores. La recuperación e identificación de restos puede prolongarse durante años, mientras organismos internacionales reclaman preservar posibles pruebas de crímenes internacionales.
Persiste, además, una herida menos visible. Hospitales que funcionan parcialmente, enfermos crónicos que han perdido tratamientos, amputados pendientes de rehabilitación, familias desplazadas y profesionales sanitarios que continúan trabajando después de haber perdido sus propias casas o familiares.
Incertis recuerda precisamente a esos compañeros. Médicos y enfermeros que terminaban un turno y regresaban a tiendas de campaña; sanitarios que atendían a desconocidos después de enterrar a personas de su familia. En medio de semejante paisaje resulta fácil convertir palabras como resistencia o dignidad en eslóganes. Él las describe de una manera bastante menos elegante: seguir presentándose a trabajar.
Lo que permanece después del quirófano
Quizá la parte más incómoda del testimonio de Raúl Incertis sea que Gaza tampoco terminó para él cuando salió de Gaza. Ha contado que regresó con pesadillas, sobresaltos y una sensación de vacío difícil de sacudirse. Las escenas se quedaron adheridas a la memoria: cuerpos, heridas, niños, compañeros muertos.
Ojalá curar fuera más fácil nace de esa memoria. Su título contiene, casi sin pretenderlo, la contradicción esencial de todo lo que vivió. La medicina puede cerrar una arteria, amputar una extremidad destrozada, evacuar un hematoma, sedar durante unos minutos a un niño. Lo que no puede hacer es reconstruir una ciudad arrasada, devolver una familia o borrar de la cabeza de un paciente el momento en que una explosión cambió su vida.
Eso es lo que vio este médico español en Gaza. No una cifra, aunque haya decenas de miles. No una discusión televisiva ni un mapa con zonas coloreadas. Vio qué ocurre unos minutos después de la explosión, cuando el humo ya se ha levantado y alguien entra por la puerta de urgencias con un niño en brazos.
Y entonces empieza el trabajo del médico. Incluso cuando apenas queda medicina.












