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¿Quién era Dámaso, el guardia civil que mató a su expareja en Llanes?

Dámaso, guía canino de la Guardia Civil, asesinó a su expareja en Llanes tras una condena. El caso revela alertas, armas y fallos muy graves.

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destinos en la Guardia Civil

Dámaso F. S. era un guardia civil de 49 años, natural de Ferrol y destinado desde hacía años en Zamora. Trabajaba como adiestrador de perros detectores de drogas, había acompañado al célebre pastor alemán Donald en más de mil intervenciones y aparecía asociado a una brillante hoja de servicios. El miércoles 5 de agosto de 2026 recorrió la distancia entre Zamora y Asturias con un arma sustraída en su comandancia, entró en el cuartel de Llanes y asesinó a tiros a su expareja, Laura Cruz, también guardia civil.

No fue un arrebato inexplicable ni una tragedia caída del cielo, dos expresiones cómodas que suelen envolver estos crímenes en una niebla casi meteorológica. Dámaso había sido condenado en firme por violencia machista, tenía retirada su pistola reglamentaria y acababa de recibir la resolución que lo separaba definitivamente de la Guardia Civil. Laura había denunciado malos tratos, figuraba en el sistema VioGén y había contado con una orden de alejamiento, aunque las medidas de protección ya no se encontraban activas cuando fue asesinada.

El caso ha adquirido una enorme repercusión por el contraste entre las dos imágenes públicas del agresor. Por un lado, el guía canino fotografiado junto a un perro condecorado, eficaz en operaciones contra el narcotráfico. Por otro, el hombre denunciado, condenado y finalmente expulsado que convirtió un arma oficial robada en el instrumento de un asesinato machista. El uniforme, queda claro, no inmuniza contra la violencia. Tampoco una fotografía con un perro policía funciona como certificado moral.

Un asesinato dentro del lugar que debía protegerla

Los disparos se produjeron poco antes de las 13:30 horas del miércoles en las dependencias de la Guardia Civil de Llanes. Laura Cruz, de 50 años, se encontraba trabajando cuando su exmarido accedió al acuartelamiento, cuyas instalaciones conocía porque había estado destinado allí antes de trasladarse a Zamora. Según la reconstrucción publicada, entró con un chaleco antibalas y la pistola sustraída a otro agente.

Dámaso llegó hasta la zona de oficinas y abrió fuego contra Laura. Un teniente que intervino para auxiliarla recibió un disparo en una pierna. El atacante continuó disparando durante su intento de huida y otros guardias civiles repelieron la agresión con sus armas reglamentarias. Resultó herido de gravedad y murió poco después mientras recibía asistencia sanitaria. El teniente herido fue hospitalizado y quedó fuera de peligro.

Laura y Dámaso tenían tres hijos en común: un joven de 18 años y dos gemelas de 14. El crimen los ha dejado sin madre y también sin padre, aunque conviene no confundir las responsabilidades: él decidió perseguir y matar; ella estaba en su puesto de trabajo. Ese desequilibrio básico suele perderse cuando la noticia se presenta como un tiroteo entre dos agentes o una disputa matrimonial que terminó mal. No fue eso.

Fue un asesinato machista cometido por un hombre que ya había ejercido violencia contra su expareja y que conocía el funcionamiento interno de la institución encargada de protegerla. El Gobierno del Principado, la Delegación del Gobierno y el Ayuntamiento de Llanes lo calificaron desde las primeras horas como violencia machista y coordinaron la asistencia a la familia.

La condena firme y las señales anteriores

La biografía reciente de Dámaso estaba marcada por denuncias, procedimientos judiciales y medidas disciplinarias. Laura había denunciado malos tratos y se encontraba incorporada al sistema VioGén, el mecanismo policial que valora el riesgo y coordina la protección de las mujeres víctimas de violencia de género. Durante un periodo existió una orden de alejamiento y también se utilizaron medidas de control, pero dejaron de estar vigentes antes del crimen.

Contra el agente ya pesaba una sentencia firme por violencia de género. Como consecuencia de esa condena se le retiró el arma reglamentaria y se abrió el procedimiento que terminó con su separación del servicio, la sanción disciplinaria más grave dentro del cuerpo. La resolución definitiva le había sido comunicada apenas unos días antes del asesinato.

Ese dato no permite atribuir automáticamente el crimen a la expulsión. La responsabilidad pertenece exclusivamente al agresor y a su voluntad de matar. Sí dibuja, sin embargo, un momento de riesgo especialmente delicado: la pérdida del empleo, el final de un procedimiento disciplinario y la ruptura definitiva de cualquier apariencia de normalidad profesional coincidieron con el desplazamiento hasta Llanes.

Hablar de “obsesión” puede resultar vistoso en un titular, pero rebaja la precisión. Lo que existía era violencia previa acreditada, una condena judicial, conflictos persistentes y una víctima identificada por los mecanismos oficiales de protección. No hacía falta adivinar una oscuridad secreta en la personalidad de Dámaso. Había señales escritas, denunciadas y tramitadas.

El arma salió del cuartel de Zamora

Dámaso no conservaba legalmente su pistola reglamentaria. La utilizada para asesinar a Laura fue sustraída de la Comandancia de Zamora, donde había estado destinado en el servicio cinológico. Las pesquisas deberán determinar con precisión cuándo la cogió, cómo pudo abandonar las instalaciones con ella y qué controles fallaron para que un agente apartado y desarmado accediera a la pistola de un compañero.

La procedencia del arma convierte el caso en algo más que una sucesión de decisiones individuales. Abre un interrogante institucional incómodo: cómo pudo obtener armamento oficial un hombre condenado por violencia machista, privado de su propia pistola y a punto de quedar definitivamente fuera del cuerpo.

No significa que toda medida de protección deba garantizar un riesgo cero, algo materialmente imposible. Sí obliga a revisar los protocolos relacionados con la custodia de armas, los cambios de destino, el acceso a dependencias policiales y la vigilancia de agentes sometidos a procedimientos por violencia de género. Aquí no faltaba información sobre el peligro. Lo que faltó fue impedir que el peligro llegara armado hasta Laura.

El guía de Donald: prestigio profesional y violencia privada

Antes de que su nombre quedara unido al crimen de Llanes, Dámaso aparecía en informaciones sobre Donald, un pastor alemán especializado en localizar drogas. El animal trabajó durante 11 años en la Guardia Civil de Zamora y participó junto a su guía en más de mil actuaciones administrativas y judiciales vinculadas al tráfico y la tenencia de estupefacientes.

Donald se jubiló en septiembre de 2024. Había recibido la Mención de Honor al Mérito Canino, la máxima distinción destinada a los perros del instituto armado, y fue adoptado por Dámaso tras abandonar el servicio. Para sustituirlo se incorporó Darko, un pastor belga malinois seleccionado y preparado también bajo la dirección del mismo guía.

Las fotografías de aquel momento mostraban una escena limpia, casi ceremonial: el perro veterano, su guía, los uniformes, los reconocimientos. Dos años después, esa imagen circula de nuevo, ahora como si contuviera una explicación secreta sobre el asesino. No la contiene. Una carrera profesional competente puede convivir con una conducta brutal en el ámbito privado. La contradicción resulta perturbadora, pero no es misteriosa.

También conviene separar el prestigio laboral de la supuesta honorabilidad personal. Una persona puede realizar correctamente su trabajo, recibir felicitaciones y al mismo tiempo ejercer violencia contra su pareja. El mérito profesional no cancela los malos tratos. Ni los vuelve menos ciertos. Ni concede crédito moral para poner en duda a quien denuncia.

Las 29 felicitaciones no eran una absolución

Algunos titulares han presentado a Dámaso como un instructor “elogiado 29 veces”. El dato requiere una precisión importante. Las informaciones publicadas en 2024 explicaban que Donald había acumulado, junto a su guía, más de mil intervenciones y 29 felicitaciones expresas relacionadas con ese trabajo operativo. El reconocimiento principal, la Mención de Honor al Mérito Canino, correspondía al perro.

La diferencia no es menor. Convertir esas felicitaciones en una especie de medallero personal del asesino mejora el efecto dramático del titular, pero desfigura el contexto. Y aun cuando todas hubieran estado anotadas exclusivamente en su expediente, nada cambiaría respecto al crimen. Los éxitos profesionales no son puntos que puedan descontarse de una condena por violencia machista.

La sorpresa social suele nacer de una expectativa bastante ingenua: imaginamos al maltratador como un personaje permanentemente reconocible, incapaz de trabajar bien, cuidar un animal o comportarse con cordialidad ante sus compañeros. La realidad es más áspera. Muchos agresores conservan una imagen pública normalizada, precisamente porque la violencia se desarrolla en espacios íntimos y mediante dinámicas que rara vez se exhiben delante de terceros.

Laura Cruz, el centro de una historia que no debe desviarse

Laura era una guardia civil de 50 años, natural de Madrid y destinada desde hacía aproximadamente una década en Llanes. Compañeros y vecinos la describieron como una mujer conocida y querida en la localidad. Participaba en la vida comunitaria y mantenía vínculos con el deporte local. La atención pública, sin embargo, ha girado con rapidez hacia el currículo del hombre que la mató: su origen, sus perros, sus condecoraciones, su carácter reservado. El viejo imán del agresor vuelve a funcionar.

Ella había dado los pasos que tantas veces se reclama a las víctimas. Denunció, obtuvo medidas de alejamiento y entró en el sistema de protección. Continuó trabajando y criando a sus hijos. Que finalmente fuera asesinada no demuestra que denunciar sea inútil; demuestra que la protección debe adaptarse al riesgo y que la violencia puede intensificarse cuando el agresor siente que pierde el control sobre la víctima, el empleo o su posición social.

Llanes guardó minutos de silencio y celebró la tarde del jueves 6 de agosto una concentración ante el Ayuntamiento. Representantes del Principado, la Delegación del Gobierno, los municipios asturianos y numerosos vecinos participaron en el acto de condena. El concejo decretó días de luto y la conmoción se extendió por Asturias.

Ese silencio colectivo tiene sentido cuando devuelve el nombre y la dignidad a Laura, no cuando transforma al agresor en un personaje fascinante. Dámaso no es relevante porque entrenara perros ni porque sus compañeros lo considerasen reservado. Es relevante porque había sido condenado, perdió el acceso legal a las armas, consiguió otra y recorrió cientos de kilómetros para asesinar a su expareja.

La hoja de servicios no borra las alertas

El crimen de Llanes reúne varias capas que deberán analizarse sin atajos: una mujer previamente protegida, un agresor condenado, una orden de alejamiento ya extinguida, la reciente expulsión del cuerpo, un arma sustraída en dependencias oficiales y el conocimiento interno de dos cuarteles. Son piezas concretas. No una fatalidad.

Dámaso pudo ser un guía canino eficaz y fue, a la vez, el hombre que asesinó a Laura. Ambas afirmaciones caben en la misma biografía, pero no tienen el mismo peso. La segunda explica por qué su nombre aparece ahora en las noticias. La primera solo recuerda algo menos cómodo: los agresores no siempre responden al aspecto que la sociedad espera de ellos.

La investigación deberá aclarar la sustracción del arma y revisar qué ocurrió en la cadena de protección. No para repartir culpas a ciegas, sino para evitar que las señales conocidas vuelvan a desembocar en un despacho, un disparo y tres hijos huérfanos. El prestigio, las felicitaciones y el uniforme forman parte del decorado. En el centro está Laura, asesinada después de haber denunciado.

Las mujeres que sufran violencia de género y las personas de su entorno pueden recurrir al 016, disponible las 24 horas, al WhatsApp 600 000 016 o al correo 016-online@igualdad.gob.es. Ante una emergencia inmediata deben llamar al 112, al 091 o al 062. El 016 no aparece en la factura telefónica, aunque puede quedar registrado en el historial del dispositivo.

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