Síguenos

Economía

Esto es lo que gana Trump con Venezuela y Ormuz cerrado

Publicado

el

que gana Trump con Venezuela y Ormuz cerrado

Venezuela, Ormuz y Trump: el crudo se encarece, cambian las rutas y las petroleras de EE.UU. ganan peso en el tablero, con el Golfo en vilo.

Donald Trump ha encontrado en Venezuela y en el estrecho de Ormuz una combinación que explica buena parte del nuevo terremoto energético. Por un lado, Washington controla de hecho la salida del crudo venezolano desde que fuerzas estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro el 3 de enero y abrieron una etapa de tutela sobre las exportaciones petroleras del país. Por otro, el bloqueo de Ormuz tras la escalada con Irán ha disparado el miedo a una gran interrupción del suministro mundial. El resultado ya se ve en los precios, en las navieras, en las bolsas y en las grandes compañías: cuando una ruta esencial se cierra y otra reserva gigantesca queda bajo órbita de Estados Unidos, el mapa del petróleo se redibuja deprisa, casi con trazo grueso.

La jugada tiene varias capas, pero la más visible es esta: Trump gana margen para vender más petróleo estadounidense, reordenar el venezolano bajo control político de Washington y fortalecer a las petroleras de su país en medio de una crisis que encarece cada barril. El mercado lo ha leído así. El Brent ha saltado hasta los 83,81 dólares y el West Texas Intermediate hasta los 77,23, con una subida cercana al 8% y una brecha entre ambos de unos 8 dólares, la más amplia desde 2022. Ese diferencial favorece las exportaciones de Estados Unidos. A la vez, Chevron prepara más envíos de crudo venezolano a refinerías estadounidenses, ExxonMobil quiere volver a pisar el terreno y el Departamento del Tesoro ha ido abriendo licencias para que las grandes energéticas entren o amplíen negocio en el país sudamericano.

El doble movimiento que ha colocado a Washington en el centro

La secuencia arranca en Caracas, no en el Golfo. La madrugada del 3 de enero de 2026, una operación militar de Estados Unidos capturó a Maduro, acusado por Washington de narcotráfico y narcoterrorismo, y lo trasladó a territorio estadounidense para enfrentar cargos penales. A partir de ese momento, Trump anunció que Estados Unidos dirigiría una transición “segura” y que grandes compañías energéticas norteamericanas participarían en la reconstrucción de la industria petrolera venezolana. Delcy Rodríguez, vicepresidenta del régimen, reaccionó desde la televisión estatal, denunció un “secuestro” y trató de sostener una continuidad institucional en medio del golpe. La imagen fue brutal: un país con las mayores reservas probadas de crudo del mundo entraba en una nueva fase, no solo política, también comercial, con la energía como pieza maestra.

Lo importante, y aquí está el matiz, es que Washington no controla todo el Estado venezolano, pero sí ha logrado situarse sobre la llave de su sector más valioso. Durante semanas se mantuvo el embargo general al petróleo venezolano, aunque la Casa Blanca fue moviendo la arquitectura regulatoria a toda velocidad. Primero colocó las ventas bajo un esquema supervisado por Estados Unidos. Después permitió que algunas operaciones fueran reabriéndose con condiciones nuevas. En febrero, la relajación de sanciones dio a varias grandes energéticas un margen mucho más amplio para operar o negociar en Venezuela. El mensaje era diáfano: el país seguía siendo un territorio inestable, pero su petróleo ya empezaba a circular de otra manera.

Washington no se queda el país, se queda el negocio clave

En esa arquitectura nueva, la parte más sensible no está en los discursos, sino en el dinero. El plan inicial desvió los ingresos del petróleo venezolano a un fondo supervisado por Estados Unidos en Qatar. Después, el propio secretario de Energía, Chris Wright, confirmó que esos ingresos ya no pasaban por esa escala y estaban siendo dirigidos a cuentas controladas por el Departamento del Tesoro estadounidense. Es decir, la caja del crudo venezolano ha quedado integrada en una estructura de control financiero de Washington. A las empresas se les permite pagar impuestos locales, permisos y tasas al gobierno venezolano, pero los pagos federales y las regalías quedan sujetos al diseño impuesto por Estados Unidos. No es un detalle técnico. Es el corazón del plan.

La cifra ayuda a entender el alcance. Las ventas bajo ese acuerdo entre Caracas y Washington se encaminaban a rozar los 2.000 millones de dólares a finales de febrero. Ese dinero explica por qué el discurso de Trump sobre Venezuela no es solo ideológico ni militar. Es un negocio energético con administración política, y en ese cruce entre geopolítica y caja se mueve toda la operación. Quien domina la comercialización, domina algo más que un recurso; domina la capacidad de premiar, castigar, reabrir contratos, atraer compañías y fijar prioridades estratégicas. En un mercado petrolero, eso vale muchísimo. A veces más que el propio barril.

Ormuz deja de ser amenaza y pasa a ser cuello de botella real

Mientras Washington recolocaba la pieza venezolana, el otro extremo del tablero saltó por los aires. El 2 de marzo, Irán declaró el cierre del estrecho de Ormuz y amenazó con atacar cualquier barco que tratara de cruzarlo. La advertencia la formuló el general Ebrahim Jabari, de la Guardia Revolucionaria, con un tono que no dejaba mucho margen a la interpretación. Ormuz no es una ruta secundaria ni una exageración de analistas con mapa en la mano. Por allí transita alrededor de una quinta parte del consumo mundial de petróleo y productos petrolíferos, además de una porción enorme del comercio global de gas natural licuado. Cuando esa puerta se atasca, tiemblan refinerías, aseguradoras, navieras, importadores y bancos centrales.

La crisis ha dejado de ser teórica porque el tráfico se ha frenado de verdad y ya encadena cuatro días de cierre de facto. Más de 150 barcos han quedado parados o a la espera en torno al estrecho, las aseguradoras marítimas han empezado a retirar coberturas de guerra y las tarifas de transporte se han disparado. El ministro griego de Transporte Marítimo, Vassilis Kikilias, describió la situación como “alarmante” mientras decenas de buques con bandera o tripulación griega quedaban expuestos en una región donde cada hora cuenta. Grecia calcula además que hay más de 325 barcos de interés griego en la zona ampliada del conflicto. Si Atenas levanta la voz, no lo hace por teatro. Lo hace porque el problema es severo y porque el mar, cuando se convierte en frente militar, desordena antes el comercio que la diplomacia.

Cuando el Golfo se bloquea, el crudo americano gana valor relativo

Aquí es donde la crisis de Ormuz conecta de lleno con la operación sobre Venezuela. Si una parte crucial del petróleo del Golfo deja de fluir con normalidad, los compradores empiezan a mirar con otros ojos cualquier barril que pueda llegar desde zonas menos expuestas. No se trata de sustituir de un plumazo los volúmenes del Golfo, algo imposible en el corto plazo, sino de ganar cuota, ventaja y precio en medio del desorden. El salto del diferencial entre Brent y WTI empuja justo en esa dirección: hace más competitivas las exportaciones estadounidenses y mejora la posición comercial de las refinerías y productoras de Estados Unidos. De repente, un barril que ayer era normal hoy parece más seguro, más rápido y, sobre todo, más necesario.

La presión se ha notado también en los combustibles refinados. Los futuros del diésel en Estados Unidos han subido cerca del 14% y la gasolina alrededor del 5%, mientras el gas europeo se ha encendido con fuerza. El bloqueo ha afectado ya a instalaciones energéticas en países del Golfo y ha obligado a revisar rutas, contratos y calendarios de entrega. En Irak, el recorte productivo supera el millón de barriles diarios, y en Qatar y Arabia Saudí se han registrado cierres o daños que han metido más ruido todavía en el mercado. En China, primer importador mundial de crudo, varias refinerías han empezado a recortar actividad por la incertidumbre en el suministro. Una de las grandes plantas de Zhejiang Petrochemical Corp ha adelantado mantenimiento y ha reducido carga, mientras Fujian Refining and Petrochemical ha detenido una de sus unidades. No son movimientos menores. Son señales de que el sistema empieza a resentirse aguas abajo.

Venezuela vuelve al centro porque ofrece barriles y margen político

Con Ormuz bajo fuego y medio planeta mirando el precio del barril como quien mira un electrocardiograma, Venezuela reaparece con una fuerza que hacía tiempo no tenía. No porque haya resuelto sus problemas estructurales, ni mucho menos, sino porque dispone de una reserva gigantesca y de un acceso cada vez más abierto para compañías occidentales, sobre todo estadounidenses. La empresa mejor colocada sigue siendo Chevron, la única gran petrolera de Estados Unidos que mantenía presencia operativa en el país incluso en etapas anteriores. Su plan para marzo contempla elevar las exportaciones de crudo venezolano a Estados Unidos hasta unos 300.000 barriles diarios, frente a los cerca de 100.000 de diciembre y los aproximadamente 230.000 de enero. La diferencia es enorme. Y habla sola.

Mike Wirth, consejero delegado de Chevron, ya había explicado que la compañía puede aumentar a corto plazo su producción bruta en Venezuela alrededor de un 50%. Además, dispone de capacidad para procesar unos 100.000 barriles diarios adicionales de ese crudo en refinerías del Golfo de México y de la costa oeste estadounidense. Ahora mismo procesa en torno a 50.000 barriles diarios de petróleo venezolano en sus plantas. Este dato importa porque el crudo venezolano, pesado y con alto contenido de azufre, necesita un tipo de refino específico. No todo barril sirve para cualquier refinería. Chevron sí tiene una posición industrial que encaja con ese perfil y por eso parte con ventaja en esta reapertura acelerada.

ExxonMobil también ha movido ficha. Su vicepresidente sénior, Jack Williams, dijo este martes que la compañía prevé enviar un equipo técnico a Venezuela en las próximas semanas para evaluar un eventual regreso. Exxon salió del país tras las expropiaciones de 2007 y no quiere volver a ciegas. Pide garantías robustas de inversión, seguridad operativa y reglas claras. Tiene lógica. El país conserva unas reservas gigantescas, pero también arrastra una industria devastada por años de mala gestión, sanciones, litigios, corrupción y fuga de talento. Volver a Venezuela no consiste en aterrizar con un maletín y empezar a bombear; implica reconstruir infraestructuras, asegurar servicios, proteger personal y renegociar desde cero un equilibrio político que sigue siendo frágil.

El cambio regulatorio de febrero fue pensado precisamente para eso. Las nuevas licencias estadounidenses han permitido a grandes grupos como BP, Chevron, Eni, Maurel & Prom, Repsol y Shell operar con un alcance mucho mayor en el país, e incluso negociar nuevos contratos sujetos a permisos y condiciones adicionales. No es una barra libre, pero sí una apertura muy superior a la que existía. Para Repsol, que mantiene intereses y cuentas pendientes en Venezuela desde hace años, el nuevo escenario reabre posibilidades que estaban prácticamente congeladas. Para Washington, esta mezcla de grandes petroleras estadounidenses y europeas tiene una ventaja política añadida: reparte el riesgo, da una apariencia de normalización y convierte la recuperación petrolera venezolana en una operación con socios, no en una apropiación desnuda. Aunque, en el fondo, el control duro sigue estando en otro sitio.

El negocio político de Trump y sus límites reales

La lectura económica del movimiento es potente, pero la política interior de Estados Unidos ayuda a entender por qué Trump ha insistido tanto en esta vía. Una guerra abierta o semiabierta con Irán dispara el riesgo de inflación energética, castiga al consumidor y erosiona a cualquier presidente. La gasolina cara entra por la puerta de la cocina, no por la de los despachos. Por eso, disponer de más barriles propios y de más crudo venezolano bajo un circuito controlado por Washington ofrece una cobertura estratégica: no anula el shock global, pero le da a la Casa Blanca un relato de seguridad energética y una palanca para actuar sobre suministros y márgenes. Trump puede vender firmeza militar y, al mismo tiempo, presentar una salida económica que beneficia a sus empresas y reduce su exposición política.

Wall Street entendió ese mensaje desde el minuto uno. El 5 de enero, tras la captura de Maduro y el anuncio de Trump sobre el futuro del petróleo venezolano, las acciones de Chevron llegaron a dispararse un 7,3% y ExxonMobil avanzó más de un 4%, mientras varias refinerías estadounidenses registraban subidas de entre el 5% y el 16%. En estos primeros días de marzo, con el crudo disparado por el conflicto en Oriente Próximo, el sector energético ha vuelto a colocarse entre los pocos ganadores claros en un mercado más nervioso, con caídas en índices y miedo renovado a un rebrote inflacionista. El dinero no suele enamorarse de los discursos. Se enamora de los márgenes. Y en este escenario los márgenes de la energía vuelven a brillar.

Ahora bien, la operación tiene límites serios, y algunos son incómodos para Washington. El primero es físico. Ormuz no se compensa de la noche a la mañana con unos cuantos cargamentos extra desde Venezuela o con más exportaciones desde Texas. El estrecho concentra un volumen de crudo y gas demasiado grande como para ser reemplazado a corto plazo. Aunque el petróleo estadounidense gane atractivo y aunque Venezuela sume barriles, el sistema sigue siendo global y sigue sintiendo cada atasco en el Golfo como un golpe en el pecho. Si el bloqueo se alarga, los precios pueden seguir altos durante días o semanas y el daño se repartirá por todo el tablero: inflación en Europa, tensión industrial en Asia, presión política en Estados Unidos.

El segundo límite es venezolano. La industria petrolera del país arrastra un deterioro profundo. Oleoductos, mejoradores, puertos, almacenamiento, electricidad, seguridad industrial, equipos, mantenimiento, personal especializado: casi todo necesita inversión y tiempo. El crudo pesado de la Faja del Orinoco no se reactiva con una orden administrativa ni con una ceremonia en Washington. Hace falta capital, tecnología, diluyentes, servicios, transporte y una estabilidad mínima que todavía está lejos de ser normal. El propio interés de ExxonMobil en enviar un equipo técnico, antes de comprometer algo más, refleja ese problema. Las compañías ven el botín potencial, sí, pero también ven el barro. Y el barro en energía cuesta miles de millones.

Tampoco conviene exagerar el grado de alineamiento internacional con el plan estadounidense. China ya ha advertido que tomará medidas para proteger su seguridad energética tras las operaciones de Estados Unidos en Venezuela e Irán. Pekín importa cerca de la mitad de su crudo desde Oriente Próximo y observa con recelo cualquier intento de Washington de cerrar rutas por un lado y rediseñar orígenes por otro. A la vez, el giro sobre Venezuela ha obligado a Estados Unidos a hacer ajustes en su propia política regional. El Tesoro ha terminado autorizando la reventa de petróleo venezolano al sector privado de Cuba, en un intento de aliviar una escasez aguda de combustible agravada precisamente por el nuevo control estadounidense sobre las exportaciones venezolanas. Cada intervención corrige un problema y crea otro. Así funciona esto.

El futuro interno de Venezuela sigue siendo la gran incógnita que sobrevuela toda la operación. Delcy Rodríguez trató de proyectarse como figura de continuidad, pero el poder real del chavismo quedó golpeado tras la captura de Maduro. Aun así, eso no significa que el aparato estatal y militar se haya evaporado. PDVSA continúa siendo una estructura central, aunque debilitada, y cualquier intento de normalización petrolera pasa por reordenar relaciones dentro del país, algo especialmente complejo cuando la soberanía está en disputa y el sector energético se ha convertido en el premio principal. En otras palabras: el petróleo venezolano puede volver al mercado con más rapidez que la estabilidad política venezolana. Y esa asimetría es peligrosa.

El petróleo venezolano ya no es una pieza aislada

Lo que está ocurriendo no es un episodio suelto, de esos que se olvidan cuando baja el precio del barril. Es una reorganización acelerada del mercado energético mundial. Trump ha encontrado una manera de unir dos escenarios aparentemente separados —Venezuela y Ormuz— en una misma narrativa de poder. En esa narrativa, Estados Unidos aparece como país capaz de asegurar barriles alternativos, atraer inversiones, castigar rivales, reforzar a sus compañías y, de paso, mejorar su posición exportadora cuando el Golfo entra en convulsión. Todo eso tiene una lógica nítida. Y por eso la operación, aunque discutida y arriesgada, no parece improvisada. Es una apuesta calculada para que el desorden ajeno se convierta en negocio propio.

El problema ya no es si esa apuesta puede generar dinero. Ya lo está generando en forma de precios más altos, márgenes mayores y valorización bursátil para las energéticas. El problema real es si puede sostenerse sin que el coste político, militar y económico termine volviéndose contra su autor. Un Ormuz cerrado durante demasiado tiempo ahoga comercio, recalienta inflación y tensiona aliados. Una Venezuela reabierta demasiado deprisa puede chocar con su propia ruina industrial y con una transición endeble. Y un presidente que mezcla intervención militar, control financiero y petróleo nunca opera en terreno estable. Opera sobre pólvora mojada: parece apagada, pero basta una chispa para que vuelva a arder.

A estas alturas, el gran dato es que Venezuela ha dejado de ser una historia latinoamericana encerrada en sí misma. Su petróleo está ya conectado con la guerra en Irán, con las aseguradoras de Londres, con las refinerías chinas, con las cuentas del Tesoro estadounidense, con la estrategia bursátil de Wall Street y con la factura energética de medio mundo. Ese es el verdadero salto de escala. Trump no necesita “apoderarse” literalmente del país para ganar influencia decisiva; le basta con dominar el circuito que transforma reservas en exportaciones, exportaciones en ingresos e ingresos en poder político. Es menos visible que una bandera sobre un palacio. Pero, en la práctica, vale más.

Por eso el cruce entre Maduro, Chris Wright, Delcy Rodríguez, Chevron, ExxonMobil, Repsol, la Guardia Revolucionaria iraní y el estrecho de Ormuz no es un rompecabezas extraño, sino la fotografía de un mercado energético que se ha vuelto más crudo, más caro y más político. El barril venezolano, bajo la nueva arquitectura de Washington, sirve para compensar parte del miedo que genera el Golfo, para reforzar la posición exportadora de Estados Unidos y para alimentar la idea de que la Casa Blanca puede ordenar el caos en su favor. Esa es la noticia de fondo. No que Trump haya descubierto de repente el petróleo. Sino que ha decidido usar dos crisis a la vez para convertir el petróleo en una herramienta todavía más útil, más rentable y más decisiva de lo que ya era.

Newsletter

Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

Lo más leído