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Irán cierra Ormuz: ¿se dispara otro shock del petróleo?

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cierra el estrecho de Ormuz

Irán da por cerrado Ormuz y amenaza a los barcos: petróleo, gas y comercio mundial entran en una tensión extrema que golpea precios y rutas.

Irán ha dado por cerrado el estrecho de Ormuz y ha dejado una amenaza tan directa como explosiva: si un barco intenta pasar, puede ser atacado. La frase, lanzada por Ebrahim Yabari, asesor del comandante en jefe de la Guardia Revolucionaria, coloca a la gran arteria energética del planeta en el centro de una crisis que ya no va sólo de misiles y represalias, sino de crudo, gas, seguros marítimos, petroleros inmóviles y mercados en tensión. El mensaje de Teherán no ha quedado en una fanfarronada más. El tráfico se ha frenado, varias navieras han echado el freno, las coberturas de guerra empiezan a desaparecer y el petróleo ha pegado un salto que devuelve al mundo a una vieja pesadilla: que Oriente Próximo no sólo arda en tierra, sino también en el mar.

La noticia, a estas horas, es bastante nítida. La Guardia Revolucionaria sostiene que Ormuz está cerrado, y aunque en los canales marítimos internacionales no se había reflejado la clásica notificación jurídica de clausura, el efecto real sobre la navegación ya es el de un cierre operativo de hecho. Los centros de seguridad marítima de la zona hablan de riesgo crítico, de ataques confirmados contra buques comerciales, de interferencias en navegación y de un entorno donde un nuevo impacto se considera casi seguro. Es decir: aunque el lenguaje diplomático siga buscando matices, el mercado y las navieras se están comportando como si el estrecho hubiera dejado de ser una ruta fiable.

La declaración iraní que cambia el escenario

La frase que ha terminado de romper la jornada llegó a través de medios estatales iraníes. “El estrecho está cerrado”, vino a decir Yabari, antes de rematar que la Guardia Revolucionaria y la marina regular prenderán fuego a cualquier barco que trate de cruzarlo. El tono importa, y mucho. No se habla de una inspección, ni de una advertencia limitada, ni de un cierre meramente político pensado para meter presión. Se habla de fuego directo contra buques en tránsito. Cuando un mando de ese nivel usa ese lenguaje, el comercio marítimo deja de leer propaganda y empieza a leer riesgo puro. A partir de ahí, cada capitán, cada armador y cada aseguradora recalculan. Y recalculan con miedo.

Esta escalada llega después de los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán y de la respuesta iraní en varios puntos de la región. El mar se ha convertido en una prolongación natural de esa guerra. No es un frente secundario. Ormuz es el lugar donde el conflicto militar se transforma en daño económico global. En cuanto Teherán aprieta ahí, el mensaje va mucho más allá de Washington, Tel Aviv o Teherán: alcanza a refinerías asiáticas, a importadores europeos, a gigantes del gas y a todo el negocio del transporte marítimo. Dicho de forma menos técnica, pero más exacta: si Ormuz se encoge, el planeta paga.

El dato de fondo ayuda a medir la sacudida. Por este paso entre Irán y Omán circula alrededor de una quinta parte del petróleo que consume el mundo cada día, además de un volumen enorme de combustibles refinados y cerca del 20% del gas natural licuado mundial. Es un cuello de botella diminuto en el mapa y gigantesco en sus efectos. Un punto estrecho, casi una ranura, que sostiene buena parte del sistema energético internacional. Por eso el anuncio iraní no se lee como una crisis regional más, sino como una amenaza sistémica. Ormuz no es un nombre exótico en una noticia internacional; es una bisagra del precio de la energía.

El mar ya enseña las primeras heridas

No hace falta imaginar el impacto. Ya hay barcos alcanzados, ya hay muertos, ya hay incendios. Las últimas horas han dejado una secuencia de incidentes que confirma que la amenaza no es abstracta. El petrolero MKD VYOM fue alcanzado frente a la costa de Omán por un proyectil que provocó una explosión y un incendio en la sala de máquinas; murió un tripulante. El Stena Imperative, amarrado en Baréin, sufrió impactos aéreos y el ataque dejó muerto a un trabajador del astillero. También figuran el Hercules Star, dañado frente a la costa de Emiratos, el Skylight, alcanzado al norte de Khasab, y el Ocean Electra, que registró un incidente de casi impacto. El parte marítimo de la zona habla de múltiples buques comerciales golpeados en apenas un día. Eso ya no es tensión: eso es un corredor marítimo bajo fuego.

El efecto inmediato ha sido una especie de atasco flotante. Al menos 150 buques, incluidos petroleros y metaneros, habían quedado fondeados en Ormuz y aguas adyacentes, según datos de seguimiento marítimo. Y la imagen puede ser todavía más grande si se amplía el foco: el consejero delegado de Ocean Network Express, Jeremy Nixon, elevó a unos 750 los barcos retrasados alrededor del cuello de botella, con cerca de 100 portacontenedores atrapados en la zona, lo que equivale a alrededor del 10% de la flota mundial de ese segmento. Aquí hay dos noticias dentro de la misma noticia. La primera es energética. La segunda, menos visible y también muy seria, es logística: si se atascan contenedores, se atasca mercancía de todo tipo.

La zona, además, se ha vuelto técnicamente más peligrosa. Los avisos marítimos describen interferencias severas en GPS y GNSS, anomalías en el AIS, comunicaciones por radio sospechosas y un nivel de congestión que multiplica el riesgo de error humano. Cuando un estrecho ya es estrecho y, encima, el posicionamiento se degrada y los barcos se acumulan, el margen para equivocarse se vuelve mínimo. El JMIC ha elevado el nivel regional a crítico, la categoría reservada para situaciones en las que un ataque se considera casi seguro, y advierte de que todos los mercantes, sin importar bandera o nacionalidad, están expuestos. Eso ensancha aún más el problema. No se trata sólo de barcos vinculados a un país u otro: se trata de que nadie puede dar por garantizado su paso.

Un cierre que el mercado ya trata como real

Aquí aparece el matiz más incómodo de toda esta historia. Formalmente, algunos organismos marítimos seguían señalando que ninguna autoridad reconocida había comunicado una clausura legal clásica del estrecho. Pero el mercado, que no espera a que se sellen papeles cuando huele pólvora, ya ha empezado a actuar como si el cierre fuese real. Las aseguradoras han entendido el mensaje antes que nadie. Varias de las grandes compañías de protección e indemnización, entre ellas Gard, Skuld, NorthStandard, London P&I Club y American Club, han anunciado que cancelarán las coberturas de guerra en aguas iraníes, el Golfo y áreas adyacentes con efecto desde el 5 de marzo. En términos prácticos, eso significa una cosa muy simple y muy dura: cruzar será mucho más caro o directamente inviable para muchos operadores.

Las primas ya lo reflejan. En apenas 48 horas, el seguro de guerra ha pasado de rondar el 0,2% del valor del buque a situarse hasta en el 1%. Puede parecer un salto técnico, de despacho y calculadora, pero no lo es. En barcos de gran tamaño eso añade cientos de miles de dólares por viaje. Y si, además, el armador sospecha que puede quedar fondeado varios días o que quizá ni siquiera consiga cobertura completa, la cuenta deja de tener sentido. En paralelo, el coste de llevar crudo desde Oriente Medio a Asia estaba ya en máximos de más de seis años y todo apunta a que seguirá subiendo mientras el estrecho se mantenga bajo esta nube de amenaza y daño real. El mar no está cerrado con una verja; está cerrado con miedo, precio y riesgo.

Petróleo, gas y refinerías: la crisis ya se ha vuelto física

El salto en los precios no ha esperado ni un suspiro. El Brent llegó a subir hasta un 13% y tocó los 82,37 dólares por barril, el nivel más alto desde enero de 2025, antes de moderar parte del impulso y cerrar en torno a 77,74 dólares. El WTI estadounidense terminó cerca de 71,23 dólares tras haber superado también el 12% de subida intradía. Son números muy serios. No sólo por el porcentaje, sino por lo que indican: el mercado está incorporando de golpe la idea de que el daño no va a ser una simple alarma pasajera. Cada dólar que sube ahí acaba empujando a todo lo demás, desde los combustibles hasta el transporte y buena parte de la cadena industrial.

Pero la verdadera novedad de esta crisis es que no afecta sólo al petróleo. El gas se ha metido de lleno en el incendio. Qatar ha detenido producción de GNL y QatarEnergy se preparaba para declarar fuerza mayor en sus cargamentos después de ataques con drones sobre instalaciones del complejo de Ras Laffan, uno de los corazones del gas mundial. Al mismo tiempo, en Arabia Saudí, la refinería de Ras Tanura, con capacidad para 550.000 barriles diarios, fue parada de forma preventiva tras un ataque con drones y un incendio limitado. En Israel se han interrumpido operaciones en el gran campo de gas Leviathan y también se han visto afectadas otras instalaciones. Es decir, no se está discutiendo sólo un riesgo de tránsito: también se está dañando o frenando oferta física. Eso es lo que convierte la tensión en un shock con músculos.

La vulnerabilidad del gas es enorme y, durante años, ha quedado algo tapada por el foco obsesivo en el barril. El estrecho mueve cerca del 20% del GNL mundial, y según Vortexa más del 90% de las exportaciones de GNL de Qatar pasan por ahí. El reparto del daño no sería uniforme. Asia es la zona más expuesta porque absorbe la mayor parte del gas catarí, pero Europa tampoco está a salvo. De hecho, el mismo análisis apunta que las exportaciones de GNL hacia Asia y Europa son las más amenazadas si Ormuz se cierra de verdad, y añade un detalle muy sensible: las reservas europeas están un 35% por debajo de su media de cinco años, en el nivel más bajo desde la crisis energética de 2022. Esa cifra no significa que vaya a faltar gas mañana; significa algo quizá más peligroso en el corto plazo: que el colchón es menor.

Europa reacciona con urgencia y con nervio

La Unión Europea ha movido ficha rápido. La Comisión ha convocado para el miércoles al grupo de coordinación del gas y reunirá también en 48 horas al grupo de coordinación del petróleo. Bruselas sostiene que no ve un riesgo inmediato de escasez de crudo en la UE, pero al mismo tiempo ha pedido a los gobiernos que remitan su evaluación sobre la seguridad del suministro. Esa doble reacción, cauta pero inquieta, retrata bien el momento: nadie quiere alimentar el pánico, pero nadie se toma esto como una turbulencia más. El propio bloque europeo ha subrayado además que debe evitarse la interrupción de vías críticas como Ormuz, porque sabe perfectamente qué significa ese embudo para la economía del continente.

El gas europeo lo ha dicho antes que los discursos. El contrato de referencia TTF llegó a dispararse más de un 50% intradía y a media sesión se movía ya en 48,66 euros por megavatio hora; al cierre, el salto seguía siendo descomunal, en torno al 40%, con el precio cerca de 44,51 euros/MWh. El mercado está descontando dos cosas a la vez: menos fluidez en Ormuz y menos capacidad para digerir un corte prolongado del gas catarí. Eso tensiona no sólo el suministro directo, también la percepción de riesgo. Y en energía, como tantas veces, el miedo también cotiza.

España no queda fuera de ese dibujo. No porque dependa de forma mecánica de cada barril que sale del Golfo, sino porque forma parte de un mercado internacional donde los precios de referencia son comunes. Si el Brent salta, salta la gasolina. Si el gas europeo se recalienta, parte del coste energético termina filtrándose. Y si además se encarece el transporte marítimo y se vuelven a desviar rutas, el efecto se va expandiendo como una mancha: fletes más caros, costes más altos, inflación más pegajosa. Reuters recuerda que el BCE ya venía trabajando con hipótesis energéticas mucho más bajas para este año y que un encarecimiento sostenido del petróleo y el gas puede golpear una economía europea de crecimiento ya bastante modesto. No sería un golpe como el de 2022, pero tampoco un susto menor.

Lo que se juega en las próximas horas

El gran interrogante ya no es si Irán ha querido elevar el tono. Eso está despejado. La cuestión es si va a sostener el cierre con ataques repetidos y capacidad real de disuasión. Si lo hace, el siguiente paso lógico será una presión creciente sobre Estados Unidos y sus aliados para escoltar tráfico, ampliar despliegues navales o responder de manera más dura. Y si ese ciclo se activa, Ormuz podría dejar de ser un escenario de amenaza para convertirse en teatro central de la guerra. La navegación comercial, que normalmente vive escondida detrás de los titulares políticos, pasaría entonces al primer plano del conflicto.

Hay otra posibilidad, menos estridente pero muy dañina: que no haga falta una gran batalla naval para que el estrecho siga medio paralizado. Basta con unos cuantos impactos más, una cadena de cancelaciones de seguros, interferencias constantes y suficientes armadores negándose a entrar. Ese escenario tiene un aire viscoso, lento, casi silencioso, pero para el comercio puede ser igual de devastador. De hecho, algunas navieras ya han empezado a desviar buques alrededor de África, alejándose del corredor del Suez, lo que encarece plazos y tarifas y vuelve a tensar la circulación entre Asia y Europa. Es una crisis que no necesita un fotograma épico para hacer daño. Le basta con volver insegura la rutina.

Tampoco se puede perder de vista otro factor que los avisos marítimos subrayan con letras mayúsculas: el minado. Los partes de seguridad admiten que no hay confirmación de minas desplegadas, pero también señalan que la actividad minera sigue siendo la principal variable de escalada. Y ahí cambia todo. Un estrecho minado ya no es sólo caro y peligroso; es un cuello de botella que exige otro tipo de respuesta militar, otro nivel de inspección y otro calendario de reapertura. En otras palabras, si la crisis pasa del misil y el dron a la mina, el tiempo del problema se alarga. Mucho.

El estrecho que ha puesto a temblar al mundo

La idea central, después de todo el ruido, es bastante sencilla. Irán no sólo ha amenazado con cerrar Ormuz: ha conseguido que buena parte del sistema energético y marítimo ya actúe como si el paso estuviera cerrado. Ahí está la verdadera noticia. No en la frase, por brutal que sea, sino en sus efectos: barcos alcanzados, dos muertos, petroleros y metaneros fondeados, seguros cancelados, primas disparadas, gas catarí comprometido, una gran refinería saudí parada y precios del crudo y del gas corriendo al alza. Cuando tantos indicadores distintos empiezan a contar el mismo relato, ya no se está ante una simple advertencia diplomática. Se está ante una disrupción real.

Eso explica por qué el nombre de Ormuz ha regresado con tanta fuerza. No es nostalgia geopolítica ni un reflejo de viejas crisis del Golfo. Es que ese paso sigue siendo, en pleno 2026, uno de los puntos donde una guerra regional puede convertirse en un problema de alcance global en cuestión de horas. Todo cabe ahí: el petróleo, el gas, el comercio, la inflación, la ansiedad de los bancos centrales, la cuenta de resultados de las navieras y la factura energética de medio planeta. Si Teherán mantiene la presión y el mar sigue bloqueado por miedo, daño y coste, el sobresalto no se quedará en Oriente Próximo. Entrará por los surtidores, por las tarifas y por los mercados. Y, visto lo visto, ya ha empezado a hacerlo.

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Periodista internacional con más de 20 años de experiencia en radio, prensa y medios digitales. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, trabaja entre España e Italia con la mirada puesta en la actualidad.

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